PRESENTACION

 

José Antonio Romero*

 

En el último tercio del siglo XX, gradualmente fue abriéndose paso, en diversas expresiones de la cultura occidental  (arquitectura, literatura, filosofía), una difusa tendencia que propende eclécticamente a la amalgama de estilos y posiciones, incompatibles por antagónicos, conocida en nuestros días con el nombre de postmodernismo. Ahora bien, a despecho de sus variopintas manifestaciones, la mencionada corriente intenta hacerse cargo del diagnóstico sobre la situación que atraviesan las sociedades contemporáneas avanzadas, hegemónicas a escala del planeta, como Europa y los Estados Unidos, según reza el título, con marcados acentos de manifiesto programático, de la obra de Jean-Francois Lyotard, La condición postmoderna. Informe sobre el saber, publicada en 1979. A decir verdad, como delata el subtítulo, el trabajo contiene o constituye una memoria, redactada a instancias del Consejo de Universidades del gobierno de Québec, en la que su autor expone las profundas transformaciones experimentadas por lo que concierne a la naturaleza del conocimiento y de su transmisión desde el término de la segunda guerra mundial. Se trata, opina Lyotard, del agotamiento del criterio gnoseológico racionalista de la modernidad que erige el discurso científico como principio exclusivo de legitimación mediante el cual se puede detentar la verdad, despropósito arrogante que corre parejo con la negación del valor de cualquier otra forma de saber. Para el escritor galo tal pretensión imperialista es completamente insostenible, debido a que el conocimiento científico sólo representa un tipo de saber social más con el que se puede captar el mundo.

 

Dicho de otro modo, condivide con el resto de narraciones el destino de no contar con puntos de referencia comunes y estables, habida cuenta que, a semejanza de los procesos sociales en los que inevitablemente se inserta, es sumamente cambiante, irreductible, fragmentario, heterogéneo, local, complejo, etc. Motivo por el que en la hora presente no pueden menos de relativizarse las reivindicaciones científicas de sustentar verdades universales y someter al escarnio del descrédito los cerriles empeños de fundamentación de la legitimidad incluso de su propio discurso. Lyotard no deja de apuntar la parte de responsabilidad que, con arreglo a su personal postura, cabe atribuir en el fenómeno indicado a la victoria de tinte pragmático (funcionalidad, eficiencia, performatividad, optimización, producción) con que la tecnología termina imponiéndose a la ciencia. Por ello desde el pasado reciente en adelante la índole del saber y su comunicación consistirá en la capacidad que presente para expresarse en el lenguaje-máquina propio de la esfera informática, cibernética y telemática.

 

     Asistimos, pues, para el malogrado ex profesor de la Universidad de Paris VIII–Vincennes, a la quiebra de los metarelatos (Les grands récits, métarécits). Declara en ese orden de ideas la disolución de las narraciones maestras de la eurocéntrica filosofía de la historia que decretan la unitariedad de la dinámica del devenir en la que los pueblos gravitan alrededor del eje de las experiencias de Occidente, de cuyo conjunto ni siquiera escapa la misma cronología. Es más, cristianismo, Ilustración, capitalismo liberal y marxismo integran los casos principales para ejemplificar como representantes de lo que nuestro autor también denomina con el sinónimo de pensamiento fuerte. Cada uno, a su manera, sostiene Lyotard, ha tenido la osadía de suscitar esperanzas ambiciosas, si no totalmente utópicas: salvación, felicidad a través de la instrucción del pueblo, opulencia basada en la generación de riqueza gracias a la iniciativa individual, sociedad reconciliada por la eliminación de la lucha de clases merced a la socialización de los medios de producción. Sin embargo, la pobreza de las realizaciones prácticas o los efectos diametralmente opuestos a las expectativas despertadas restaron credibilidad a las grandilocuentes promesas del proyecto de la metanarrativa moderna, propiciando uno de los síntomas más acusados de nuestra época, a saber, la generalizada sensación de desencanto. Para muestra el botón del exterminio en los Gulags, responsabilidad de la siniestra antigua KGB o la despótica intolerancia de la Inquisición al interior del catolicismo postridentino; pero particularmente la dominación política que descansa sobre la salvaje explotación económica capitalista y se traduce en crisis permanentes que a las claras muestran el fracaso de la teorías que proclamaban el crecimiento ilimitado, desmentidas por la realidad que más bien desnuda el conflicto entre el rendimiento por vía de la maximización de resultados y el bienestar de la sociedad. Inconveniente que, a los ojos de Lyotard, no es suficiente para impedir que el capitalismo continúe comprometiendo la validez del saber al mantener hasta el presente la función de mecenas de los centros en los que el conocimiento tiene su más granado cultivo: las universidades.

 

     Sirvan, por lo pronto, estas consideraciones, que ya se extendieron más allá del espacio convenido, para enmarcar la temática dedicada en este número extraordinario de Eleuthería al debate de postmodernidad y economía, especialmente para proyectar luces sobre un movimiento que de manera más que flagrante, con lujo de ostentación, luce sus prejuicios contra el rico legado de Occidente, evaluándolo con el simplismo de la excesiva unilateralidad, ofrece, si sólo lo anterior fuese poco, un cuadro con crasos errores e inaceptables confusiones el ideario liberal y, lo que no es menos cuestionable, con demasiada facilidad incurre en contradicciones.  

 

 

*El licenciado José Antonio Romero es profesor de Filosofía Social en la Universidad Francisco Marroquín, Guatemala; y editor de la revista Eleutheria.