LA FRAGILIDAD DE LA LIBERTAD Y LA BUSQUEDA DE LA COMUNIDAD
Viene del número de verano

 

Julio César De León Barbero*

 

IV. Orden creado versus orden espontáneo

La cuestión del orden en la sociedad ha sido tema que ha suscitado una diversidad de puntos de vista. Desde los antiguos griegos que creían que el orden de la sociedad no se diferenciaba para nada del orden de la naturaleza, idea cultivada equivocadamente por Cicerón, hasta las ideas tomistas y eclesiásticas de que el orden social es parte del ordenamiento que el Creador ha impuesto sobre el universo, pasando por el concepto racionalista referente a que el orden social es un subproducto de la razón humana.

Sin importar cuál sea la justificación que se le dé o el fundamento que se le provea, el orden social, para quienes navegan en la tradición comunitarista tiene que ser provocado, impuesto, producido, por una mente ordenadora que tenga en cuenta ya sea el "bien común",[1] el interés de "las mayorías", el bienestar de "los pobres", la repartición "equitativa de la riqueza" o el "elevado fin de la vida humana".

Si entendemos por orden la coordinación de los innumerables quehaceres, la pacífica cooperación entre infinidad de individuos y la reducción al mínimo de los roces y desavenencias que pudieran ocurrir, la tradición comunitarista afirma que todo ello no puede darse a menos que haya quien dirija, controle, mande y organice toda la vida societaria.

Esta tradición, hay que señalarlo, a pesar de su énfasis en una naturaleza sentimental y su rechazo contra la razón, se muestra en su concepción del orden social como esclava del racionalismo cartesiano. Sólo acepta como orden la disposición y funcionamiento de los elementos de un todo en tanto y en cuanto responden al criterio, voluntad y fines de un ordenador. Estamos, pues, ante una variante del racionalismo constructivista para el que el orden societario es una construcción racional.

La civilización, y su producto más importante, la libertad individual, no engrapan con esta concepción del orden. Es más, los logros mismos de la civilización y la preservación de la libertad se han posibilitado gracias a una manera totalmente diferente de entender el orden social. La tradición civilizatoria enfatiza que la coordinación de los innumerables actos humanos, la cooperación pacífica y la reducción al mínimo de conflictos se logra gracias a patrones de conducta, hábitos, costumbres y normas que constituyen la tradición. Gracias a ese conocimiento ancestral, transmitido generacionalmente, los seres humanos han podido convivir recurriendo al poder coactivo únicamente cuando se trata de dirimir conflictos de otro modo insolucionables.

La superioridad de un orden social fundado en normas y no en la voluntad de un organizador estriba sobre todo en el conocimiento a utilizar. En un orden impuesto, centralizado, todo depende del conocimiento de quien comanda; en un orden descentralizado, autorregulable, espontáneo, el conocimiento se encuentra disperso de modo que el hombre libre puede utilizar un mayor cúmulo de conocimientos que los que pudiera concentrar la mente de un sólo individuo.

Esta diferencia epistemológica fue puesta en evidencia por Hayek desde la década de los cuarenta en el siglo anterior y constituye un escollo verdaderamente insuperable. El hombre que sólo cree en un orden social creado deliberadamente por la voluntad humana jamás podrá falsear el principio de que no existe hombre en el mundo que pueda tener todo el conocimiento necesario para hacer funcionar la tan compleja cooperación que entre millones se efectúa actualmente en sociedad.

El hombre que ha comprendido el proceso civilizatorio, por su parte, se ha convencido de las limitaciones del conocimiento humano; reconoce la ignorancia que nos es inherente y aprecia que el ejercicio de la libertad ha permitido, permite y permitirá a los mortales encontrar soluciones a los problemas, urgencias y necesidades que la vida plantea.

Comentario aparte merece el carácter abstracto del orden surgido gracias a hábitos y costumbres tradicionalmente heredados. Dicho atributo no es compatible con la persecución de finalidades concretas ya sea de individuos o colectividades. Y por lo mismo que no se halla a merced de interés alguno es que facilita y permite la prosecución de infinidad de metas a cuales más diversas.

V. Dos conceptos de lo "humano"

La teoría política y social hilvanada a partir de las condiciones y características de la tribu, sostiene una antropología entusiasta y optimista dada la supuesta bondad esencial de los seres humanos. Como toda antropología contiene un ideal respecto a lo humano: en la medida en que se es bondadoso, caritativo, orientado hacia los demás, altruista, desprendido y genuinamente centrado en el bien y la felicidad ajenos, en esa misma medida se es "humano". Así reza la Quadragesimo anno:

...la verdadera unión de todos en orden al bien común único podrá lograrse sólo cuando las partes de la sociedad se sientan miembros de una misma familia e hijos todos de un mismo Padre celestial, y todavía más, un mismo cuerpo en Cristo, siendo todos miembros los unos de los otros, de modo que, si un miembro padece, todos padecen con él. Entonces los ricos y los demás próceres cambiarán su anterior indiferencia para con sus hermanos pobres en un solícito y eficiente amor, escucharán con el corazón abierto sus justas reclamaciones...[2]

Esa es la propuesta: hacernos bondadosos, amorosos, en una perfecta imitación de Cristo, o en una escucha tranquila de nuestro interior, en una perfecta imitación de Rousseau. Humano es aquél que da, que regala, que dona, que "comparte", que merced a sus buenos sentimientos no se ha quedado atrapado en el centrífugo atractivo del egoísmo.

No cabe duda que la tradición tribal, comunitaria, pretende edificar un discurso económico con categorías totalmente acientíficas. Parte de que todo es de todos; de que el mundo destila abundancia de medios y de bienes; de que la justicia está bien, pero es mejor la caridad; de que el derecho a la propiedad está bien, pero sujeto al interés "social"; de que el orden social sólo puede ser producto de la voluntad y la razón humanas; de que los sentimientos son superiores y mejores orientadores que las normas de recto actuar; etc., etc., etc.

Es lógico entonces que deriven la conclusión de que lo que nos hace falta son buenos sentimientos: Sólo de este modo los salarios subirán; los precios bajarán; la riqueza se producirá; y el nivel de vida de los más necesitados se elevará. Todo, si se vence el egoísmo con el amor, el deseo de lucro con la caridad, el afán de ahorro con el "compartir".

Hay que dejar claro que estas categorías comunitarias, pertenecientes a estadios primitivos de la humanidad, no constituyen auténticas soluciones por tratarse de juicios morales y no de explicaciones científicas que es lo que se requiere en una ciencia como la economía.

El traslado sufrido por la humanidad del nido cálido de la tribu al Orden Extenso de cooperación, gracias al proceso evolutivo de la cultura, mostró con el tiempo que había sido lo mejor que nos pudo ocurrir en cuanto a la superación de condiciones de escasez, pobreza y atraso largamente sufridas. No obstante, el costo de oportunidad que hubo que pagar fue el abandono de los sentimientos -por nobles que se consideren- y la adopción de formas de conducta orientadas por normas impersonales.

Exigían esta nuevas modalidades de comportamiento que las gentes se negasen a destinar ciertos recursos materiales a la subvención de necesidades evidentes y conocidas correspondientes a personas que en su propio entorno habitaban, para así poder atender las desconocidas apetencias de millares de también ignotos seres. El módulo de valoración social fue con ello poco a poco identificándose con el beneficio mercantil, en lugar de con la plasmación de conocidos objetivos comunes, estableciéndose con ello al propio tiempo las bases fundamentales de la prosperidad material de la especie humana.[3]

No había otra alternativa. O satisfacer necesidades conocidas de personas con las que se estaba comprometido (tribu) o destinar tales recursos a producir para un mayor e ignorado número de personas (Gran Sociedad). El proceso evolutivo cultural demostró la superioridad, a todo nivel, de este segundo modo de comportamiento por lo que fue adoptándose e imponiéndose.

Como ya quedó establecido más arriba, en el orden propio de la civilización, lo que pesa es la conducta normada, la obediencia a un mínimo de principios conductuales que garantizan la esfera de vida privada de cada quien, la cooperación pacífica y la libertad. Es en función de este comportamiento que se juzga al hombre civilizado. En consecuencia estamos aquí ante una antropología totalmente distinta. Ser una buena persona ya no consiste en tener y manifestar "buenos" sentimientos sino mantener un comportamiento enmarcado dentro de las normas de recto comportamiento.

La alienación civilizada está en ir en contra del comportamiento normativo violando la esfera de derechos de terceros, acarreando perjuicios para su persona, sus bienes o su libertad.

En la tribu, por el contrario, la alienación consiste en no tener en cuenta la otredad y ser egoísta, vivir y actuar ignorando al "prójimo" sin procurar consciente y decididamente su bien.

Otra consecuencia  de estas concepciones dispares de "lo humano" es que aquellas sociedades en las que no termina de cuajar el ideal y el espíritu de la civilización son sociedades que esperan y confían que todos los problemas que padecen, incluyendo la pobreza, la delincuencia, la inoperancia de la justicia, la corrupción, el saqueo descarado de las arcas nacionales, la delincuencia juvenil, la paternidad irresponsable, el tipo de cambio, la falta de empleo, la carencia de vivienda, etc., se van a resolver el día que aparezca "el hombre" probo, honrado, equitativo, bueno, generoso y centrado sólo en los intereses de la nación. Viven de sueños que regularmente se vuelven pesadillas.

Por el contrario, en las naciones en las que la civilización verdaderamente ha asentado sus reales, la confianza está puesta más bien en las instituciones; sólidas instituciones que han arraigado en la conciencia jurídico-moral de los ciudadanos y que son las que les permiten fiscalizar los actos y procederes de aquellos a quienes se les ha dado poder y jurisdicción sin importar quienes sean éstos. Es decir que el funcionamiento del aparto gubernamental, desde la perspectiva civilizada, no depende del carácter o la personalidad de los individuos que tienen la responsabilidad de dirigir el aparato gubernamental sino que descansa en procesos impersonales capaces de exigir a cualquier funcionario que pague, como cualquier ciudadano, por aquellas conductas reñidas con las elementales normas de recto comportamiento.

VI. La violencia tribal

Finalmente una palabra sobre la violencia inherente al espíritu tribal. Parece una contradicción, dado el énfasis que la tradición comunitaria hace en el amor, la mutua identificación, la solidaridad y el interés por el otro. No. No hay contradicción sino una total congruencia. Veamos.

El amor y la solidaridad no pueden sino posibilitarse únicamente en relaciones cara a cara, íntimas, personales. Vale decir, hacia el interior del intragrupo y las relaciones con los pares. Pero estos mismos sentimientos hacen que el hombre tribal sea desconfiado de todo lo que es ajeno a  su grupo. Lo que es peor, que considere una auténtica amenaza la simple existencia de otros individuos o tribus, por lo que hacia el exterior se manifiesta, de hecho, desconfianza, recelos, enemistad y, en último término, violencia.

Esta característica que sin lugar a dudas fue motivo de inquinas, persecución y matanzas cuando los hombres primitivos dependían absolutamente de la caza, la pesca y la recolección de frutos, no nos ha abandonado. Acompaña indefectiblemente al espíritu de la comunidad y consiste en reducir las relaciones interpersonales a las categorías amigo-enemigo. El marxismo, que ha sido la mayor expresión del espíritu de la tribu insistía en que la sociedad estaba dividida en dos grandes tribus, la obrera o proletaria y la capitalista o burguesa. Francamente y sin tapujos promovió la eliminación de una de ellas, la burguesa, por considerarla enemiga de la tribu obrera.

Es más, luego de los aportes leninistas hechos al marxismo éste se convirtió en la práctica  institucionalizada de la violencia, la destrucción, el secuestro, la extorsión, el asesinato -incluso en masa-, como única vía para provocar los cambios anhelados. Por supuesto orientada esa práctica en contra de la tribu burguesa, de sus simpatizantes y de sus intereses. Era, nada más y nada menos, que el resultado lógico de la lucha de clases.

Todo espíritu tribal es así. La única diferencia es que algunos discursos tribales en vez de promover el terrorismo utilizado por las guerrillas marxistas-leninistas se apoyan en otro tipo de terrorismo utilizando como instrumento el poder coactivo del gobierno, la expoliación fiscal, la reforma agraria, las leyes elaboradas con dedicatoria, etc. La justificación es la misma, hay dos tribus, una tiene más y otra tiene menos, una es egoísta y la otra es solidaria, una es explotadora y la otra es instrumentalizada, una es minoritaria y la otra mayoritaria. El sentimiento es el mismo: rechazo, discriminación, odio, envidia y destrucción hacia la tribu de los ricos, y solidaridad, fraternidad y mutua preocupación hacia los pares. El efecto es también el mismo: la disminución de la tribu enemiga y el crecimiento de la propia tribu, sobre todo cuando se encuentran políticos dispuestos a explotar esos sentimientos tribales.

Por el contrario, el carácter civilizado no ve en nadie un enemigo, a no ser en aquellos antisociales que resquebrajan con sus conductas el orden social. Sucede que el espíritu societario ha abandonado las nociones de amigo-enemigo por haberse trasladado de una vez por todas al terreno de la franca, abierta y confiada cooperación. Cooperación entre extraños que lo único que necesitan es el respeto a unas mismas normas de conducta. Por ello es que en las sociedades civilizadas hay paz y no confrontación; hay igualdad de trato y no discriminación; hay estado de derecho y no leyes antojadizas; hay patriotismo y no polarización poblacional. Todo lo anterior equivale a decir que hay auténtico progreso en vez de atraso; mejora de la calidad de vida en vez de su deterioro.

Alcanzado este punto, y a modo de conclusión, es necesario decir que la tradición comunitaria ha pesado enormemente en la tradición occidental. Su trayectoria ha podido ser plenamente identificada, a pesar de que en este estudio no hemos efectuado un análisis exhaustivo de toda la teoría política que occidente ha visto desarrollarse a su amparo.

Agreguemos a ello el hecho de que el tribalismo es una parte de la dotación biológica de los seres humanos. Que la civilización es un fenómeno relativamente reciente en la historia general de la raza humana comparado con los millones de años de existencia tribal. Tenemos entonces que no es raro que la búsqueda de la comunidad sea hoy por hoy uno de los enemigos más solapados y poderosos en contra de la tradición que va en busca de la libertad como valor supremo de la civilización.

Constituye un hecho incontrovertible el que el discurso tribal campea descaradamente en los medios masivos de comunicación, en las teorías sobre el gobierno, en las teorías jurídicas, en los discursos sobre la justicia, en los puntos de vista sobre los impuestos, en las opiniones acerca de la economía y al trabajo, en las relaciones internacionales, en fin, en la manera de entender las relaciones interpersonales en la sociedad. Hay que reconocer con el mismo Hayek que la lucha frente al tribalismo, en pro de la libertad es una tarea descomunal y ciclópea:

...las masas siguen, por el contrario, dominadas por ciertas emociones parroquiales y actitudes xenófobas y agresivas propias de las agrupaciones tribales. La aparición de la Gran Sociedad es acontecimiento demasiado reciente para que el hombre haya podido desprenderse de condicionamientos que corresponden a un desarrollo de cientos de miles de años, por lo que sigue considerando artificiales e inhumanas unas normas de conducta que a menudo chocan con instintos profundamente arraigados..[4].

Desde la perspectiva tribal es chocante la moral civilizada porque sus normas han dejado de promover el compromiso personal, como corresponde a un entorno en el que todos son tratados de la misma manera. Resulta repulsiva esta nueva moral, la civilizada, porque no promueve normativamente deberes ni obligaciones hacia individuos concretos (a menos que se trate de relaciones familiares o contractuales específicas) ya que el contenido de las normas ha ido desapareciendo para tornarse más bien generales y abstractas. Incluso esta es la resistencia que demuestran padecer aquellos que defienden el mercado inadulterado, en tanto eficiente para asignar y utilizar óptimamente los recursos, pero lo condenan por su "ineficiencia" para repartir beneficios. Éstos, a mi juicio, son más nocivos que los opositores declarados de la libertad: su bajo perfil convierte su trabajo en una tarea difícil de detectar y, por ende, resulta una tarea efectivamente destructiva, sobre todo si trabajan mentes jóvenes e inexpertas.

Pero debe quedar en claro una cuestión: La moral propuesta por el tribalismo sea  socialista, roussoniano, democratacristiano, socialcristiano, cristiano, marxista o de cualquier pinta, no es una moral alternativa, distinta, a la moral civilizada, es simplemente una llamada a instintos propios de una experiencia sociológica primitiva. Es, dicho claramente, un atavismo, que de ser impuesto conduciría a la destrucción de la Gran Sociedad y a la muerte por hambre de millones de seres humanos.

Hemos de elegir, sin embargo, porque no existe alternativa. O nos quedamos atrapados en un orden social reducido, cerrado, de relaciones personales, de enorme gratificación emocional, de hermandad amorosa y perdemos los ganado en los últimos siglos, o nos movemos hacia un orden amplio de cooperación, con reglas impersonales, generales, abstractas e iguales para todos, que nos permita, gracias al ejercicio de la libertad de acción, la generación de riqueza. Otra senda no existe.

Este conflicto entre lo que los hombres todavía emotivamente sienten y la disciplina de unas normas imprescindibles a la Sociedad Abierta es ciertamente una de las causas fundamentales de lo que se ha dado en llamar la "fragilidad de la libertad": todo intento de modelar la Gran Sociedad a imagen y semejanza del pequeño grupo familiar, o de convertirla en una comunidad en la que los individuos se vean obligados a perseguir idénticos fines claramente perceptibles, conduce irremediablemente a la sociedad totalitaria.[5]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[1]Dondequiera haya un bien común qué perseguir, ha dicho la doctrina social de la iglesia, allí debe haber quién mande.

[2]Op. cit., 137.

[3]Hayek, F. A., Derecho, legislación y libertad, vol. III, p. 286. Y en otra parte dice claramente que: "Un postulado fundamental de la ética de la Sociedad Abierta prescribe que es mejor invertir en instrumentos que permitan producir más y a menor coste que distribuir el correspondiente caudal entre los menesterosos; que es preferible satisfacer las necesidades de miles de personas desconocidas que atender a las de unos pocos allegados. Tal concepción, por supuesto, no se afianzó porque quienes primero la adoptaron comprendieran que así beneficiaban en mayor medida a sus congéneres, sino porque los grupos y sociedades que actuaron siguiendo tal inspiración prosperaron más que los otros, de lo que se derivó que actuar así constituía un deber moral." - Volumen II, p. 250.

[4]Derecho, legislación y libertad, vol. II, p. 251-

[5]Ibid., p. 254.