Dimensión exosomatica de la abstracción

 

José Antonio Romero

 

Desde los días de Aristóteles, en el siglo IV a. C., ha primado la idea de abstracción que la entiende como el modo de conocer por el cual el intelecto, primero en su condición activa o de agente opera en forma consciente la “iluminación” de la imagen (fantasma) para, en un segundo momento, en su calidad pasiva de entendimiento posible, recibir la información de la índole inteligible del concepto universal, recabada en el paso de la consideración de entes individuales a conjuntos que en un solo término reúnen notas comunes a varios individuos que los distinguen de otras clases[1]. Por tal motivo podemos afirmar, inspirados en el legado intelectual del pensador austriaco Friedrich August Hayek (1899-1992), que más radical que “olvido del ser” o la “escisión entre sentidos e inteligencia”, el destino fatal de Occidente o la mentira inveterada de la tradición filosófica es haber confinado el proceso de abstracción al ámbito de la conciencia[2]. La formulación teórica en la que se objetiva el sentido, la capacidad descriptiva, analítica, explicativa, predictiva, en otras palabras, el saber qué (Knowing that), y en cuya búsqueda centra la tarea científica el núcleo de sus preocupaciones, no se apoya sobre sí misma, sino que en último extremo radica en los procesos más elevados de la mente de los que el hombre no tiene conciencia[3]. En efecto, las más de las actividades psíquicas suceden como parte de una experiencia inconsciente. De hecho, la conciencia surge como etapa final, por lo tanto, en calidad de producto derivado y secundario, por intermitente, fugaz y discontinuo, de procesos inconscientes que, merced a su continuidad, le subyacen e incluyen. Razón demás para deplorar que la psicología moderna, de inequívoco corte cartesiano, haya erigido la conciencia como objeto exclusivo de su estudio hasta los primeros decenios del siglo XX[4]. Stricto sensu, no cabe calificar de conocimiento el ejercicio de un hábito ejecutado inconscientemente, cuyos efectos, además, alcanzan a gran número de congéneres que el actor desconoce, cuyas motivaciones son diversas y hasta inadecuadas con las del resto de agentes sociales, pero que aumentan la posibilidad de supervivencia de todos[5]. Estas prácticas, que no han sido resultado de elección consciente y deliberada, que tantos trabajos representa para la inteligencia entender y a cuya disciplina tan penosamente el hombre se somete, implican límites a la expresión desenfrenada de nuestras afecciones instintivas, pero han propiciado, asimismo, la formación de un orden que ensancha el alcance de nuestras acciones por encima de lo que permiten nuestras limitadas capacidades de percepción sensorial[6]. El carácter de estos hábitos es extrasomático o exosomático, puesto que no son elementos constitutivos del organismo, lo cual no impide la adecuación del actuar humano a eventos que trascienden la comparativamente reducida capacidad de captación ocular[7]. Por tanto, es propia de nuestra acción la persecución de fines que individualmente conocemos, pero no menos la subordinación a pautas de comportamiento de las cuales no sólo desconocemos su origen y función, sino que ni siquiera su misma existencia alcanzamos a advertir[8]. A tal motivo debe atribuirse la ingenuidad del conocimiento de nuestros ancestros que consideraba imposible la existencia de un proceso de interacción cuyo alcance superara la capacidad humana de aprehensión sensorial inmediata o racional consciente[9]. Por lo que por abstracción debe entenderse los modos (inconscientes, aunque muchos también pueden llegar a ser conscientes) semejantes de responder a situaciones que sólo tienen algunas características en común[10]. Precisamente hay abstracción porque determinadas clases de estímulos suscitan en un individuo la inclinación a responder de acuerdo a cierta modalidad[11]. En este sentido, las reglas de recto comportamiento consisten en escalas de ordenación de la multiplicidad de impulsos que al estimular las actuales funciones de nuestra mente desencadenan ciertas formas de actuación[12]. Las normas, pues, son nada más que una orientación a actuar o dejar de actuar de cierto modo[13]. Sucede que, si bien en términos generales los estímulos no generan unívocas respuestas en el sistema nervioso central humano, no se puede pasar por alto, al menos no sin alterar el cuadro integral de la actividad mental del hombre, la verdad igualmente importante de la existencia de determinadas articulaciones de estímulos que causan propensiones a líneas fijas de actos, sólo de cuya intrincada superposición depende el acto final que resulta[14]. Indudablemente, la predisposición a actuar de cierto modo, a pesar de ser factor determinante del comportamiento humano, opera de forma predominante y no como ciego mecanismo. La actividad o el actuar humano consiste a una en la combinación y competencia de impulsos y tendencias, dependiendo el obrar del predominio que la propensión tenga sobre los impulsos que intervengan al lado de ella[15]. De ahí que en orden a la supervivencia y a la respuesta adecuada que con ella corre pareja resulta de la mayor importancia la intelligentia normata[16]. Por lo que es inadmisible la compresión a la que las más de las veces se intenta reducir el proceso de adaptación, sujeto aparentemente sólo al mecanismo causal, lo cual conduce equivocadamente a concluir que es un desde donde físico y no un desde donde normativo metaconsciente del cual dimana la captación de sentido. Como quiera que sea, el intelecto en su función más primordial es la actividad con que el ser humano reacciona ante el medio para garantizar la sobrevivencia[17]. El aserto objeto de crítica es víctima del prejuicio de pensar que la mente actúa sólo a raíz de la percepción de la realidad y no a partir de categorías con que ella misma opera[18], yerro que complementa con el más peligroso de extrapolar los parámetros del comportamiento deliberado al de los hechos sociales que son producto no intencionado de las acciones de los individuos[19]. Subyace a la propuesta en cuestión el supuesto infundado según el cual los fenómenos sociales al ser resultado de la acción humana son también producto del designio del hombre, de suerte que si el hombre es creador de las instituciones que configuran la civilización, entonces es capaz de trastocarlas como desee[20]. Esta posición se muestra incapaz de aceptar la imposibilidad de implementar un marco social que derive de la conjunción de elementos considerados idóneos para formar un modelo de convivencia con arreglo al dictado de las más nobles intenciones[21]: De mayor sabiduría dio muestras la escolástica medieval al señalar la existencia de fenómenos intermedios entre los que suceden independientemente de la acción humana y los que son resultado de ella, esto es, los que son producto de la actividad humana pero no de modo intencional y deliberado[22]. También el jesuita español Luis de Molina, eximio representante de la segunda escolástica, explicó cómo un complejo fenómeno social como el precio natural no deriva de decreto alguno, sino “[…] dependetur tamen ab multiis circumstantiis, quibus variatur, atque ab hominum affectu, ac aestimatione, comparationem diversum usum, interdum pro solo hominum beneplácito et arbitrio”[23]. Como si la sarta de errores no fuera suficiente se suma al elenco la siguiente inferencia: dado que las instituciones sociales son fruto de la proyección deliberada de la mente, en adición al hecho, hasta cierto punto innegable, de que muchas opiniones, criterios y regulaciones proceden de determinadas conveniencias y concretas aspiraciones de facciones y sectores sociales como estamentos y clases, todos esos aspectos obedecen a simples intereses que desembocan en conflictos por la inclinación del fiel de la balanza que en propio favor ejercen los grupos dominantes, equilibrio que únicamente se recompone empleando el poder como instrumento al servicio de la voluntad de las mayorías excluidas[24]. Olvido monumental de esta apreciación es que la convivencia pacífica entre los seres humanos descansa precisamente en el respeto de normas que no son directamente proporcionales a la satisfacción de específicos fines perseguidos por grupos de presión de ciertos sectores de población[25]. Esto es así porque al no ser las normas mínimas de recto comportamiento creación deliberada de nadie, tampoco persiguen un fin concreto  ni garantizan la consecución de una particular expectativa u objetivo[26]. De hecho, modalidades conductuales que prevalecieron, se mantuvieron y difundieron no en razón de que un grupo humano conociera los efectos que ellas llegarían a producir, sino merced a la superioridad que éstas les proporcionaron en la formación de órdenes más eficientes sobre otros colectivos que no las adoptaron, tras un laborioso proceso evolutivo en que predomina la práctica del ensayo y error[27]. En tal virtud, la adaptación humana al medio más que cuestión de sumisión a dinamismos físico-biológicos es asunto de observancia de módulos normativos apropiados, que son condición necesaria de nuestra supervivencia o del éxito de nuestro quehacer como conformación a un mundo caracterizado por la existencia de muchos hechos que desconocemos, de prácticas que en gran parte inconscientemente realizamos, de hábitos y costumbres que no hemos inventado y de las cuales escasamente llegamos a comprender su origen y función[28].

 

1. Normativismo cognitivo: nivel metaconsciente de su funcionamiento y  fundamentación

 

Nunca se insistirá demasiado en que es abstracta la índole de los principios que guían el funcionamiento de la mente porque no son objeto de percepción o no son susceptibles de captación por medio de los órganos sensoriales, en virtud de que la producción de toda actividad sensorial implica la previa puesta en marcha de un metaconsciente sistema de clasificación que opera a modo de mecanismo de ajuste que encadena y relaciona los procesos sensoriales conscientes[29]. Fundamentalmente la experiencia no es sensorial, ella es pre-sensorial, pues la sensación no es un dato último, irreductible[30]. En efecto, las sensaciones devienen tales debido a que las fibras nerviosas transmiten impulsos que se originan en estímulos procedentes del entorno y que son diferenciados por la capacidad ordenadora del sistema nervioso central que, gracias a la memoria fisiológica, los clasifica con arreglo a sus significados funcionales[31]. La capacidad de clasificación que desarrolla el sistema nervioso central halla su raíz en el hecho de que un estímulo ocurrido en el pasado adquiere significado para el organismo dado el caso que se repita en el futuro. De modo que si asignamos atributos a los elementos del entorno es porque estos se encuentran relacionados con otros semejantes a los que nos ha enfrentado ora como individuos ya como grupos una experiencia pretérita[32]. Ahora bien, el cerebro no conserva un archivo de imágenes, símbolos o conceptos que contengan representaciones del medio. Simplemente almacena actividad neural en la corteza senso-motora que, por medio de conexiones sinápticas, transporta impulsos nerviosos, libera neurohumores o produce efectos mecánicos como contracción muscular. La sensación ocurre en el instante que la interacción entre el cerebro de un individuo y un determinado objeto del medio recrea simultáneamente en varias regiones del primero actividad previa asociada con el segundo[33]. Reviste especial importancia el hecho que a través de las conexiones un estímulo primario remita a un haz de trazas sensoriales o una hueste de impulsos secundarios, los cuales reciben el nombre de “séquito”, “constelación”, “asamblea”, que en su oportunidad lo acompañaron, a riesgo que, de otra manera, el mensaje no reciba respuesta por perderse la señal en la tupida red neuronal[34]. La sensación no puede por menos que ser una operación selectiva, y en este sentido abstracta, habida cuenta de que el acto de clasificación que comporta, establece un filtro que, por relaciones de simultaneidad y contigüidad, determina el criterio de información con mayor contenido relevante y rige la pequeña cantidad de datos que, a través del limitado canal de capacidad mental, atribuye a ciertos impulsos, entre la abrumadora cantidad de estímulos que provenientes del ambiente llegan a los órganos sensoriales, especial importancia para acreditar su acceso a los procesos de las funciones psíquicas[35]. La percepción estriba, además de la experiencia mental unitaria del conjunto de relaciones entre los componentes sensoriales de un objeto, que con su estímulo activa el mapa o red original al que pertenece, en la localización de propiedades comunes de varias clases de objetos, cualidades que más que atributos que los acontecimientos posean, son conexiones del sistema nervioso con las cuales el organismo responde a las excitaciones recibidas[36]. La cuestión del sentido y del significado, del valor y de la validez del contenido de las facultades mentales depende, a la postre, de la posición topológica que los impulsos ocupen al interior del sistema de vínculos que en orden jerárquico mantienen con los demás. Asunto que también es congruente con la superación de la tradicional idea representacionista de las cosas   como sustancias y promotor de la captación de éstas en cuanto cosas “función-relación”[37]. De cualquier modo, la reproducción de la relación de los eventos del mundo externo, con los cuales guardan correspondencia los contenidos mentales que tuvieron lugar en experiencias del pasado, constituye categoría a priori mediante la cual el orden fenomenal en calidad de aparato clasificador precede configurando como sensaciones los impulsos a que dan origen los estímulos del presente[38]. De esta  suerte un proceso milenario de carácter espontáneo que no ha obedecido al designio de inteligencia o voluntad alguna, más bien éstas han permanecido inconscientes en el desarrollo del mismo, ha permitido al hombre, sobre la base del ensayo de formas de convivencia distintas a las acostumbradas, la corrección de los errores del pasado que sus necesidades perentorias reclamaban[39]. Pues bien, como lo propio del orden físico del mundo externo y del complejo orden social, que configura humanamente el organismo a través de la interacción, es el cambio, el orden fenomenal o de la mente y su cimiento fisiológico u orden neuronal, cual es el sistema nervioso central que forma parte de él, también son dinámicos, razón por la cual la mente reclasifica conforme los hechos de la naturaleza y las formas de coordinación de las actividades humanas experimentan transformaciones por la evolución a la cual se encuentran sometidos y que exigen del organismo nuevas respuestas[40]. El grado de complejidad inherente al orden de los principios que guían el funcionamiento de la mente impide que ésta pueda ejercer sobre sí misma la capacidad necesaria de análisis para explicar a priori por qué y cómo funciona, merced a que los principios en mención son los que posibilitan toda explicación[41]. Para el efecto esta última instancia requeriría de un orden más complejo de principios que permitiese la explicación del fundamental que en la actualidad es aquél sobre el cual reposa la capacidad explicativa[42]. Sucede que si se trata de buscar explicaciones, la operación no puede ser llevada a cabo hasta el infinito, de suerte que encontramos presupuestos irreductibles, hechos o fenómenos que fungen a guisa de datos últimos (anapodícticos) que no se reducen a ningún otro y que para el caso que nos ocupa son las normas metaconscientes que rigen los procesos mentales[43]. Es obvio que si los mecanismos metaconscientes sustentan a los procesos conscientes, que si un orden de principios de naturaleza pre-racional es el responsable del funcionamiento de las capacidades racionales de enunciación, explicación y predicción[44], que sin son reglas abstractas las que guían las percepciones sensoriales que transmiten los concretos acontecimientos del mundo externo, que si la evolución cultural ha permitido el surgimiento de la mente, cada primer elemento de los cuatro pares mencionados es superior por más complejo que e irreductible a cada segundo elemento correspondiente, ya que lo fundado no puede producir lo fundante, ni el efecto su propia causa[45]. En cualquier caso, los principios de marras son procesos que captamos como compuestos y totalidades, los cuales somos capaces de identificar, reproducir y adjetivar, no así de describir los elementos que los conforman y menos aún, por vía del análisis, explicar cómo estos últimos se relacionan[46].

 

     La incapacidad aludida se extiende a aquella de no poder articular verbalmente el referido sistema de normas o principios[47]. De suyo, el lenguaje está asentado en la existencia de normas que lo anteceden y hacen posible su ejercicio. Prueba de ello es el caso que en nuestra niñez hablamos de acuerdo con las reglas gramaticales del idioma vernáculo sin que tengamos conocimiento de su existencia[48]. Es más, a menudo experimentamos la dificultad de expresar con palabras aspectos que somos capaces de captar, de aprehender, o de actividades que llevamos a cabo[49]. De ahí no sólo la anterioridad sino la superioridad del conocimiento práctico-metaconsciente sobre el teórico-consciente. Justamente en esto consiste el saber cómo (Knowing how): habilidades y destrezas del conocimiento práctico que hacen posible nuestra acción mediante la observancia de normas que no es imprescindible que seamos capaces de enunciar[50]. Así el conocimiento introspectivo que poseemos acerca de nuestra inteligencia se caracteriza porque el tipo de dato que lo constituye no es de índole proposicional, cuanto información tácita o implícita en la que la mente ya se encuentra inmersa, hecho que impide la aprehensión racional de un orden de fenómenos integrado por hábitos que orientan nuestra acción[51]. Por lo pronto, estas prácticas y costumbres no han dejado de regir el actuar del hombre pese a que cronológicamente su observancia haya antecedido a su articulación lingüística o a su formulación verbal, y que quienes con el tiempo fueron capaces de enunciarlas advirtieron que no las inventaban sino que daban expresión a esquemas normativos que, por haberles sido transmitidos e impuestos, eran conocidos y familiares a todos[52]. Asimismo, las normas que hasta el presente el hombre ha sido capaz de articular y comunicar a través del lenguaje apenas forman una porción del enmarañado conjunto que gobierna nuestra conducta como miembros del orden social. Es probable que existan preceptos que dirijan nuestros procesos mentales y que la estructura de nuestra mente no es capaz de formular debido al grado de generalidad que ostentan[53]. Si bien las restricciones morales no son objeto de formulación expresa en todas sus manifestaciones (en varios casos, de igual manera que los impulsos, aparecen como propensiones difusas que rehúsan ciertas conductas), no por ello dejan de brindarnos el valioso servicio de escoger en presencia de diversas reacciones innatas y, especialmente, de imponernos sobre ellas[54].

 

2. La regularidad deóntica: objeto de estudio y criterio de objetividad de las Ciencias Sociales

 

El ser humano ha evolucionado en el interior del entorno social mediante la adopción de reglas y tradiciones que incrementaron las posibilidades de subsistencia del círculo del cual formaba parte[55]. El entorno de la cultura que el ser humano recibe desde que nace por parte de la tradición está formado por un tejido de reglas de recto actuar que ha permanecido en virtud de que potenció en determinadas agrupaciones humanas la consecución de fines individuales perseguidos por sus propios miembros[56]. De esto se sigue que la mente no es creadora de normas, más bien ella se inserta en un complejo de normas de naturaleza pre-racional, que ha prevalecido en la dirección de la conducta de los individuos, ya que la experiencia de muchas generaciones ha mostrado una y otra vez que las acciones de quienes a ellas se someten suministran la posibilidad de alcanzar el mayor éxito relativo[57]. Por lo demás, es gracias a las normas que rigen su actuación que el ser humano compensa el desconocimiento infranqueable de la ingente cantidad de situaciones que componen el orden social, proveyéndole orientación frente al piélago de casos y acontecimientos que su insuperable limitación cognoscitiva no es capaz de apresar. El mismo ejercicio del hacer judicial tiene lugar dentro de los términos de las capacidades de nuestro intelecto[58]. Como nuestra mente es incapaz de reunir cuantos datos integran el orden social, las instituciones nacen de la regulación de los principios de recta conducta que intentan adaptar nuestros actos a la innumerable cantidad de factores que constituyen el sistema mencionado[59]. El autogenerante orden de extenso ámbito que se mantiene en razón del concurso de incontables mentes de individuos es fruto de la evolución cultural que cabe discriminar de la simple evolución biológica del orden neuronal, el cual debe el más efectivo funcionamiento de su admirable como complicada estructura al feliz instante en que cobró forma un módulo preceptivo que fue capaz de aprehender[60]. La aparición de semejante módulo preceptivo significó, sin lugar a dudas, un grado de “inteligencia” más eminente de la que exige la captación racional del entorno[61].  Por consiguiente, no fue el grado de inteligencia poseído por el hombre el factor que determinó la adquisición de inéditas reglas de conducta, sino la conformación del comportamiento al respectivo entramado de reglas fue la circunstancia que propició la obtención de mayores cotas de inteligencia[62]. La razón de la que tanto alarde hace el constructivismo no flota sobre sí misma, pues no es la capacidad más radical del orden mental, ella se formó y descansa sobre la base del seguimiento de unos principios que no son más que el catálogo de los distintos tipos de cualidades que muestra la experiencia, lo mismo que la puesta en marcha de un esquema de reglas de juego que proporciona al hombre la posibilidad de saber a qué atenerse[63]. La razón produce el despliegue de sus posibilidades a condición de que se halle inmersa en un nivel distinto de sí misma, estructura esta última que únicamente sobrevive porque incontables mentes individuales de modo permanente se avienen a asimilarlo y a transformarlo parcialmente[64]: En suma, las modificaciones de la estructura suponen que sus miembros respeten ciertas reglas o que acomoden su actuación a los requerimientos del respectivo sistema de pautas[65]. Raíz del yerro constructivista al mantener la supremacía del acto volitivo reside en juzgar que la razón es superior a la abstracción y que, por lo mismo, establece la conducta adecuada[66]. En contraste, los procesos mentales en todo momento aparecen sumidos en un marco de reglas abstractas y generales, que han sido adquiridas por la vía del aprendizaje y cuya actividad clasificatoria los primeros derivan de estas últimas[67]. Las prácticas heredadas se propagan por medio de la imitación que caracteriza, además del género humano, a especies como aves y primates; rasgos de la evolución, biológica pero también cultural que, como en el caso del lenguaje, influyen en el desarrollo psicosomático del individuo y que significó, por la mejora de la elocución, el perfeccionamiento del aparato fonador[68]. Dado que ni siquiera los dinamismos biológico-sensoriales de las especies sub-humanas pueden ser reducidos exclusivamente a fuerzas instintivas primarias, pues agrupaciones animales, a resultas de la selección natural, se rigen por formas de comportamiento que, al inhibir métodos de adaptación que se distinguen por el uso de la violencia y similares, tienden a observar modos más armoniosos de trato y relación[69], con mayor motivo para el hombre es nota más importante, ya que adquiere mayores beneficios, la conformación al tipo de realidad en la que se halla inmerso, caracterizada por la existencia de normas, de las cuales no es consciente y que, por lo mismo, no ha creado, a las que, sin embargo, somete su acción porque el seguimiento de aquellos posibilita el éxito de ésta, que el conocimiento del mecanismo causa-efecto con el cual obtiene la inmediata aprehensión de cuantos sucesos ocurren a su alrededor o el dominio de concretos detalles que forman el ámbito que le circunda[70].

 

3. ¿Pesimismo epistémico o modestia metódica?

 

Así, pues, las ciencias sociales tienen especialmente como cometido ofrecer paradigmas teóricos que permitan esclarecer cómo se han formado órdenes (preceptos morales, instituciones sociales) cuyo grado de complejidad resulta de la índole de procesos sobre los que reposan  y que escapan a la capacidad de observación de cuantas expresiones particulares y circunstancias específicas los constituyen[71]. En efecto, una de las tareas más apremiantes de la indagación científico-filosófica radica en dilucidar el sentido de principios que jamás fueron intencionalmente creados, cuya observancia, sin embargo, permite al ser humano el surgimiento de estructuras con mayores niveles de complejidad de los que es capaz de crear la misma inteligencia[72]. Es inaplazable el imperativo de mostrar a nuestros contemporáneos que carece de fundamento el supuesto que considera que algunos de los más importantes principios que estructuran el sistema social son producto del designio humano. Es más, hasta nuestros días continuamos ignorando los motivos por los cuales es preciso que sigan en vigor, a pesar de que parecen inadecuados si se los contempla ya sea con mirada impulsiva o también racional[73]. El éxito que representa conseguir la meta apetecida no lo debemos al conocimiento exhaustivo de las circunstancias que nos impulsan a respetar los módulos de recta actuación, puesto que tampoco somos capaces de enunciar tales condiciones, sino a la sabiduría compendiada por la experiencia de innumerables generaciones, legado del que forman parte las normas que dirigen el funcionamiento de la mente y de la convivencia social[74]. Las bases de la civilización (incluida la actividad científica) se han visto resquebrajadas por la tendencia del cientificismo a juzgar como expresión emocional el sistema de principios morales, a causa de la incapacidad de la razón  para explicar su inquietante presencia que resiste cualquier intento de demostración[75]. Es paradójico, por tanto, que en seguida insista en que las instituciones que sostienen la civilización, tanto el derecho como la moral, el lenguaje lo mismo que la escritura, respondan al propósito de alguien que para el efecto los hubiese deliberadamente creado[76]. Pues bien, debido a los pocos datos de los que se dispone en lo que atañe a los pormenores que intervinieron en la formación y evolución de los principios de recta conducta que vertebran el orden social, no hay más alternativa que la adoptada por los moralistas de la ilustración escocesa: proponer hipótesis cuyas explicaciones alcancen la mayor aproximación a las condiciones que posiblemente rodearon a las primitivas agrupaciones de nuestros ancestros en el seno de las cuales comenzó a proyectar sus luces el faro de la civilización[77]. Con todo, es cuestión juzgada que la circunstancia decisiva que determinó el carácter inigualable del ser humano fue la aptitud para adquirir prácticas que la imitación condujo a su consiguiente transmisión[78]. En definitiva, las dificultades que deben afrontar quienes estudian los órdenes complejos ninguna relación guardan con las operaciones exponenciales[79]. La falta de ideas claras en relación con la naturaleza de las cuestiones tratadas en la comprensión de los fenómenos complejos no puede menos de comprometer con pesada hipoteca los esfuerzos que muchos estudiosos derrochan  en la así llamada investigación de campo[80]. Si, como ya se ha tenido la oportunidad de asentar, la sociedad es un orden, su entidad no estriba en la simple existencia de multitudinarios conjuntos o clases. Por tanto, los rasgos que le dan consistencia semejan los de una estructura que se halla en ininterrumpida transformación[81]. El adecuado examen del quehacer productivo, que tiene lugar en el seno de los densos núcleos de población, impone tomar en cuenta la presencia de una marea continua de sucesos que es menester ajustar al curso cambiante de situaciones de las que los sujetos participantes apenas están enterados en insignificante proporción[82]. Estudio de semejante magnitud jamás se puede acometer invocando sin fundamento estados de equilibrio obtenidos a través del registro de algunas de las múltiples variables concurrentes que el investigador ha logrado identificar[83]. En ese sentido, carece totalmente de base la pretensión de extrapolar el ejercicio de correlaciones numéricas que expresan leyes de pertinente aplicabilidad en la determinación de fenómenos comparativamente simples, en los que intervienen dos o a lo sumo tres variables, a la explicación de los órdenes autogenerantes que deben su complejidad a la existencia de una gran cantidad de factores[84]. Ejemplo sobresaliente de estructura autogenerante es el difundido proceso de la difusión del trabajo que hace posible la coordinación de los fragmentarios afanes de millones de individuos anónimos que mutuamente ignoran sus respectivas existencias[85]. Los que consagran sus investigaciones al estudio de la estadística, en particular aquellos que aplican sus funciones al campo de los grandes agregados de población, sufren un espejismo si con los indicados procedimientos estiman que examinan lo que en realidad es la sociedad[86]. En el dominio de los fenómenos sociales, pero también en muchos hechos de la naturaleza, es posible predecir principios generales del tipo los precios tope generan escasez, surgimiento de un mercado subterráneo paralelo, formación de largas filas de personas en los expendios que terminan proveyendo cada vez más productos de inferior calidad[87]. Por contra no existe la predicción particular de la secuencia detallada de las variaciones en los precios relativos. O sea se logra conocer el proceso en los factores que lo producen, mas no en la riqueza de los rasgos individuales con que se desarrolla[88]. Así, la preceptiva gramatical posibilita la articulación de oraciones sin contar con la posibilidad de predecir el sentido de alguna en concreto[89]. Análogamente en la física cuántica se puede predecir que dentro de cincuenta años se desintegre la mitad de un conjunto de átomos radiactivos que tiene una vida media de cien años, aunque se desconozca cuándo (alguno es probable que se desintegre en el lapso de un segundo) y cuáles quedarán inactivos[90]. De nuevo, se puede predecir la directriz general del cambio, no la sucesión puntual de los eventos. En otras palabras, se tiene acceso no a los pormenores característicos de un plan, sino a las grandes líneas del operar de estructuras y procesos. Se está en la capacidad de predecir el funcionamiento del marco en el que sobrevienen las interacciones sociales a despecho de la incapacidad para determinar los individuos que intervienen en él[91]. No obstante la poco prometedora predictibilidad de una explicación de principio (pattern prediction), cumple con el importantísimo cometido de indicar los valores relevantes para comprender la formación y el dinamismo de la vida social, a saber: el mundo de fines que inspiran las acciones y sustentan las ideas que constituyen la tupida red de relaciones humanas (“ideas constitutivas”)[92]. Por paradójico que parezca, la carga subjetiva de la que son portadoras las ideas constitutivas suministra la información verdaderamente significativa  o realmente interesante para evitar que se tomen dos o más cosas similares como si fuesen porque tal es la forma como se muestran a la superficialidad física de los sentidos. Piénsese, por vía de ejemplo, en el agua que en estado sólido, gaseoso y líquido manifiestas aspectos tan diferentes tratándose de la misma materia. A mayor abundamiento, repárese en el fonema y su correspondiente grafema en el caso de una palabra que contiene el mismo significado, si bien en el primero se manifiesta como sonido y en el último como signo escrito. Sin dejar de tomar en cuenta, por supuesto, los hechos que ilustran lo contrario: cosas completamente distintas que pasan por idénticas a la servidumbre de la captación sensorial. Considérese que yeso triturado y cocaína en su condición semejante de polvo blanco sólo se distinguen en presencia de un medio químico de contraste[93]. Adicionalmente, los seres humanos a menudo se forman ideas equivocadas al intentar explicar (“ideas explicativas”) lo que incide en sus decisiones, por qué cooperan y el tipo de resultado que provocan las acciones humanas en la intersección de unas con otras[94]. Las ciencias sociales asumen, cual responsabilidad de primer nivel, corregir las inexactitudes y yerros que la mentalidad del vulgo eleva a la calidad de hechos objetivos en relación con la naturaleza del sistema económico del que es parte integrante y al que con  suma facilidad cosifica (reifica, substancializa o trata con criterio organicista) y/o personifica (hipostasía), así sea en sentido metafórico; serie de fallos que conducen a su vez al no menor desacierto de ignorar que los fenómenos sociales lejos de imputarse a la proyección deliberada de las acciones humanas deben atribuirse a los resultados no previstos de estas últimas[95]. Por lo demás, si la sociedad consiste en un orden de relaciones individuales inde-interdependientes, la información paramétrica de funciones estadísticas objetivas que al estudiarla la aborda cual se tratara de relaciones técnicas factores-productos, característica de los sistemas con conocimientos completos bien establecidos de compendios que más bien agrupan atributos de conjuntos, resulta totalmente improcedente al no proporcionar el saber congruente con la índole de la realidad investigada[96]. En lo que atañe al sistema de reglas que norman una gramática y permiten comprender su uso, poca utilidad representa el análisis cuantitativo del empleo de sus palabras en función de lo que es importante para el conocimiento de su estructura[97]. Misma que, a partir de principios gramaticales de transformación que no versan sobre aspectos que comprenden cualidades concretas, sino sobre relaciones abstractas, combina elementos finitos o fonemas para regir la producción en número infinito de componentes que toman la forma de frases o morfemas, oraciones y textos[98]. Lo anterior tampoco supone negar valor a la fluctuación de comportamientos observados que se someten a las aproximaciones promediales de fórmulas que se expresan siguiendo el modelo de regularidades medibles con los instrumentos de magnitudes numéricas. Antes bien el punctum dolens radica en que las regularidades objeto de las leyes de los grandes números deben su éxito a la existencia de otras más profundas cuando se trata de explicar lo pertinente a los fenómenos sociales[99]. Se reconoce, pues, el riesgo de que la identificación de vínculos entre factores económicos cuantificables se realice a expensas de la eliminación de elementos esenciales no susceptibles de cuantificación o se cuestiona que cantidades de “factores” de producción contenidas en las “funciones de producción” se puedan realmente cuantificar[100]. La aplicación del formalismo matemático a la actividad social con el propósito de proveer la sustentación científica de su indagación pone de relieve, por el contrario, el empobrecimiento del objeto de  ciencias como la economía y la lingüística, entre otras, en vista de las limitaciones del instrumento inadecuadamente utilizado[101]. En la medida en que interactúa una multiplicidad de variables por el incremento del número de correlaciones al interior de los fenómenos sociales, aumenta en proporción directa la complejidad de su explicación y la incertidumbre de sus resultados. Como se ve, el afán excesivo de objetividad de la mentalidad cuantofrénica ha trastocado un requisito indispensable de ejercicio de ciencia genuina en la práctica de operaciones que procesas una información verdaderamente irrelevante[102]. Es de lamentar, por tanto, que la simpleza de elemental comprensión que pone en juego el empleo comparativamente sencillo de técnicas estadísticas induzca a quienes las aplican en el estudio de los fenómenos complejos a homologar la experiencia de un mórbido mecanismo de inefable autocomplacencia psicológica con la práctica de genuina actividad científica o, peor, sea la ruta expedita que les conduzca a la ocupación de posiciones de enseñanza e investigación sobre materias de las que poco suelen entender[103]. En el mejor de los casos la expresión cuantitativa de determinados índices del proceso económico es mera referencia propia del inventario de piezas arqueológicas que el museo, por el uso que de ellas se espera que sepa hacer, puede recibir con el mayor sentido de gratitud[104]. La falsa creencia según la cual es posible encontrar la exactitud de un comportamiento constante, producto de la interdependencia de parámetros matemáticos, es en nuestros días el principal tropiezo que se debe sortear para llevar a cabo el manejo más eficiente de hechos que por su complejidad únicamente en circunstancias muy específicas son susceptibles de ser estudiados en la variedad de pormenores que contienen. No existe justificación alguna que respalde la tentativa de introducir parámetros de estimación que, mediante técnicas de peso y de medida, surtan índices acerca del cumplimiento de justos y beneficios comparativos adquiridos por la vía del sondeo de múltiples preferencias individuales. Puesto que el análisis del orden autosustentante de extenso ámbito sólo puede abordarse por medio de consideración abstracta y general de estructuras que se generan a sí mismas, similares relaciones numéricas carecen de pertinente relevancia de manera parecida a como en el ámbito de las ciencias de los seres vivos deviene intrascendente una indagación que se orientara al establecimiento de la morfología y volumen de aparatos y sistemas del organismo, cuyas muestras fueran objeto de comparación entre varios sujetos a los cuales se les practicara disecciones en un laboratorio[105]. Así, pues, la complejidad de las estructuras que se forman a partir de las interacciones de los individuos que participan en el proceso de mercado limitan el alcance teórico de las ciencias sociales al conocimiento de la explicación del principio y a la modesta predicción de tipos o modelos genéricos[106]. Ojos vistas la invencible ignorancia de todos los hechos concretos, lo mismo que de circunstancias y resultados particulares que intervienen en la composición del complejo funcionamiento de la vida en sociedad, sólo en presencia de un marco referencial abstracto en el que a través de la transparencia del juego limpio (fairplay) constituido por modalidades de actuación como las normas de recto comportamiento, por cuya vigencia los agentes sociales mantienen convivencia pacífica; de igual modo que mediante la libre elección de los individuos, gracias a la cual se forman los precios, pero también se coordinan en el proceso de mercado las habilidades de unos con las necesidades de otros, aumentando a nivel exponencial el número de interacciones traducidas en el intercambio de bienes y servicios por la intermediación dineraria del comercio, es posible superar el limitado alcance visible del trueque con el que observamos la satisfacción de necesidades de amigos y vecinos, trascendiendo su proyección a incontables congéneres extraños y desconocidos[107].                                             

 

          

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                         

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Cf. R. ALLERS , “Abstracción”, en D. RUNES  (ed.), Diccionario de Filosofía, Grijalbo, Barcelona 21978, 13, 14; H. CORMARY (ed.), La Pedagogía, Mensajero, Bilbao 1975, 10; P. CHAUCHARD, “El cerebro y el sistema nervioso”, en VV. AA., La Psicología Moderna de la A a la Z, Mensajero, Bilbao 21976, 88; L. DE SEBASTIAN, “La Ciencia Económica, ¿es política o es técnica?”, en Estudios Centroamericanos 381-382 (1980) 697, 699; F. DORSCH  – R. BERGIUS  – H. RIES (eds.), Diccionario de Psicología, Herder, Barcelona 82002, 2; J. FERRATER MORA, Diccionario de Filosofía 1/A-D, Alianza, Madrid 51984, 24; U. GALIMBERTI, Diccionario de Psicología, Siglo Veintiuno, México 32002, 3; A. MOLES  – C. ZELTMANN (eds.), La Comunicación y los Mass Media, Mensajero, Bilbao 1975, 10; A. NOIRAY (ed.), La Filosofía, Mensajero, Bilbao 1974, 12; J. PINILLOS, Principios de psicología, Alianza, Madrid 161990, 414; R. POTTIER (ed.), El Lenguaje (Diccionario de Lingüística), Mensajero, Bilbao s. a., 11; S. PRIEST, “Abstracción”, en T. HONDERICH (ed.), Enciclopedia Oxford de Filosofía, Tecnos, Madrid 2001, 27; M. M. ROSENTAL – P. F. IUDIN, Diccionario de Filosofía, Akal, s. d., 1, 2.

 

[2] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad. Una nueva formulación de los principios liberales de la justicia y de la economía política I. Normas y Orden, Unión, Madrid 31994, 61. Como escribe el mismo autor: “The conception that we often perceive patterns without being aware of (or even without perceiveing at all) the elements of which they are made up conflicts with the deeply ingrained belief that all recognition of ‘abstract’ form is ‘derived’ from our perception of the ‘concrete’: the assumption that we must first perceive particulars en all their richness and detail before we learn to abstract from them those features which they have in common  with other experiences” (citado por J. C. DE LEON BARBERO, El animal-que-sigue-normas. Estudio genético-sistemático de la antropología subyacente a la obra de Friedrich August von Hayek. Disertación doctoral defendida en el Departamento de Letras y Filosofía de la Facultad de Humanidades de la Universidad Rafael Landívar, Guatemala 1996, 188).

 

[3] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 33, 44, 60. El laureado economista asienta en The Sensory Order. An Inquirí into the Foundations of Theoretical Psychology, The University of Chicago Press, Chicago 21976, 167, lo siguiente: “[…] What we experience consciously as qualitative attributes of the external events is determined by relations of which we are not consciously aware but which are implicit in these qualitative distinctions, in the sense that they affect all that we do in response to these experiences.” En otro lugar de su extensa obra declara: “It would lead too far if we were to attempt an examination of the processes by which the manipulation of rules of which we are conscious may lead to the building up of further meta-conscious rules, in terms of which we may then be able explicity to formulate rules of which we were formerly unconscious. It seems probable that much of the mysterious powers of scientific creativity are due to processes of this sort which involve a restructuring of the supra-conscious matrix in which our conscious thought moves” (citado por J. C. DE LEON BARBERO, op. cit., 157, nota al calce 50).

 

[4] I. BARBOUR, El encuentro entre ciencia y religión ¿Rivales, desconocidas o compañeras de viaje? = Presencia Teológica 133, Sal Terrae, Santander 2004, 212, 214; E. GARCIA, “Epistemología y Neuropsicología cognitiva”, en IDEM – J. MUÑOZ (eds.), La teoría evolucionista del conocimiento = Philosophia Complutensia 13, Complutense, Madrid 1999, 192; C. GUTIERREZ, “La Nueva Filosofía de la Mente”, en O. ESPAÑA CALDERON (ed.), Pensamiento Filosófico Contemporáneo de la América Central. Ensayos, Oscar De León Palacios, Guatemala 1999, 358-359; F. A. HAYEK, The Sensory Order, 133; O. KOENIG, “Conciencia” (Neurociencia), en O. HOUDE et al. (eds.), Diccionario de Ciencias Cognitivas. Neurociencia, psicología, inteligencia artificial, lingüística y filosofía, Amorrortu, Buenos Aires 2003, 90; J. MOSTERIN, La naturaleza humana, Espasa Calpe, Madrid 22006, 187-188.

 

[5] Cf. F. A. HAYEK, The Fatal Conceit. The Errors of Socialism = The Collected Works I, The University of Chicago Press, Chicago 21991, 139. A este respecto Hayek insiste en Knowledge, Evolution and Society, Adam Smith Institute, London 1983, 47: “In an essay some two years ago, I remarked that man was civilized much against his wishes. I think that this is fundamentally true for the fact that these rules were not founded on an understanding of how they operated, but merely prevailed because those groups which adopted them were in fact more successful than others, caused us to be torn constantly between two attitudes. On the one hand are the of emotions which were appropriate to our behaviour in the small groups where we lived together for over a hundred thousand years, where we learned to serve our known fellows, and where the whole group pursued the same aims. On the other is the more recent development in which we no longer chiefly serve known fellows, where we no longer pursued common ends, but where we have found the mechanism to keep alive in this world, roughly speaking, about two hundred times as many human beings than there existed before civilization began.

 

     I think that it is roughly true that ninety-nine and a half per cent of the people now living in this world enabled to live by the development of new forms of human interaction which men in the small group did not know, whose function we do not understand to the present day, and which they only very reluctantly obey and follow.”

 

[6] Cf. F. A. HAYEK, The Fatal Conceit, 14. Nuestro autor agrega en Knowledge, Evolution and Society, 45: “Because they are acquired, we very much dislike and even hate these restrainsts. There is a great conflict between, on the one hand, the innate instincts which we acquired living in the small huntergatherer group where everybody the same things, shared the same ends, and knew the same limited group of people, and on the other hand, the new kinds of attitudes which we never deliberately chose and never understood, but which enabled us to form an order far extending the range or our sensory perceptions.”

[7] Recientemente el vocablo extrasomático se maneja en el lenguaje de la ingeniería genética para referirse a la posibilidad de construir instrumentos de gestación extracorporal semejantes a los úteros artificiales (cf. R. BERZOSA MARTINEZ, Una lectura creyente de Atapuerca. La Fe cristiana ante las teorías de la evolución, Desclée de Brouwer, Bilbao 2005, 63, 65, 74, 103, 108). En palabras del mismo Hayek con las que a mayor abundamiento explica este punto: “I sometimes like to say –and I think this is more significant than a mere simile usually is- that our learning a traditional morality, which largely involved restraining our inherited  instincts, is a step in evolution as important as the addition of the sense of vision to the sense of touch. There was one time when animal organism were possessed only of a sense of touch, and were, of consequence, aware only of what happened in their immediate neighbourhood. And then, perhaps a hundred million years ago, they acquired the sense of vision and became aware of what happened at a distance.

 

     Now, we have too acquired a further sense, what psychologist would now call an extrasomatic sense, not built onto our physiology, but allowing us adapt ourselves which happen far beyond our vision” (F. A. HAYEK, op. cit., 45-46).

 

[8] Cf. F: A: HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 32. Como dice textualmente nuestro autor: “The moral rules which have become part of a man’s nature will mean that certain conceivable choices will not appear at all among the possibilities between which he chooses. Thus even decisions which have been carefully considered will in part be determined by rules of which the acting person is nor aware” (citado por J. C. DE LEON BARBERO., op. cit., 189).

 

[9] Cf. F: A: HAYEK, The Fatal Conceit, 11.

 

[10] Cf. F. A. HAYEK, Los Fundamentos de la Libertad, Unión, Madrid 51991, 179.

 

[11] Cf. l. cit.

 

[12] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad III. El orden político de una sociedad libre, Unión, Madrid 1982, 268, nota al calce 25.

 

[13] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 135.

 

[14] Cf. ibid., 61, 135; R.-J. DARCHEN, “El comportamiento animal”, en R. CHAUVIN (ed.), La Biología II, Mensajero, Bilbao 1982, 96.

 

[15] Hoy día la teoría hegemónica de la organización modular de la mente explica la estructuración de esta última según el modelo de un sistema heterogéneo integrado por subsistemas que no sólo procesan paralela e independientemente información distinta, sino que realizan funciones diametralmente opuestas, siguiendo estrategias incompatibles en el marco de un conflicto abiertamente declarado. La interferencia de programas de diversos centros de decisión que conduce, de acuerdo con las más dispares situaciones, a que unos se impongan sobre otros, a la consensuada alternabilidad, a la inacción e incluso en ocasiones a la inesperada actuación al unísono, obedece a que la arquitectura superpuesta del sistema que controla la acción, esto es, el encéfalo, por carecer de unidad de diseño únicamente puede operar en condiciones de una central parcialmente integrada (cf. J. DECETY – O. HOUDE , “Información” (Neurociencia y psicología), en O. HOUDE et al. [eds.], op. cit., 227; O. KOENIG, “Memoria” (Neurociencia), en O. HOUDE et al. [eds.], op. cit., 286; IDEM, “Modularidad” (Neurociencia), en O. HOUDE et al. [eds.], op. cit., 305; IDEM., “Percepción” (Neurociencia), en O. HOUDE et al. [eds.], op. cit., 335; IDEM, “Razonamiento y racionalidad” (Neurociencia), en O. HOUDE et al. [eds.], op. cit., 365; GARCIA E., op. cit., 155, 173, 177, 182, 189, 190, 192, 198, 199, 200; U. GALIMBERTI, op. cit., 655; L GARAGALZA, Introducción a la Hermenéutica Contemporánea. Cultura, simbolismo y sociedad = Hermeneusis 18, Anthropos, Barcelona 2002, 93; H. GARDNER, La Nueva Ciencia de la Mente. Historia de la revolución cognitiva = Transiciones 14, Paidós, Barcelona 2002, 151; J. MOSTERIN, op. cit., 188-189).

   

[16] En atención al criterio del mayor grado de radicalidad, cabe corregir la plana al dictum aristotélico para caracterizar la realidad humana en términos de zoon logon ekhon, independientemente de que logos se entienda como razón o lenguaje, por el aserto más preciso de zoon nomon ekhon.

 

[17] Cf. ibid., 61.

 

[18] Cf. ibid., 33, 62; H. KLUVER, “Introduction”, in F. A. HAYEK, The Sensory Order, xxi.

 

[19] Cf. F. A. HAYEK, The Counter-Revolution of Science. Studies on the Abuse of Reason, Liberty Press, Indianapolis 21979, 45, 62. Como reza el título de uno de los escritos de Hayek: “The result of Human Action but not of Human Design” [citado por R. M. EBELING, “Friedrich A. Hayek: A Centenary Appreciation”, in The Freeman. Ideas on Liberty 5 (1999) 32]. La frase completa que originalmente pronunció Adam Ferguson  es ésta: “nations stumble upon establishments, which are indeed the result of human action but not the result of human design” (citado por L. BELTRAN, Ensayos de Economía Polítics = Nueva Biblioteca de la Libertad 14, Unión, Madrid 1996, 145). 

[20] Cf. E. BUTLER, Hayek. Su contribución al pensamiento político y económico de nuestro tiempo, Unión, Madrid 1989, 33, 34, 35, 38, 40, 62, 175; J. COLE, La Metodología del Análisis Económico y otros ensayos = Biblioteca de la Libertad Formato Menor 7, Universidad Francisco Marroquín-Unión, Guatemala-Madrid 2004, 98; F. A. HAYEK, La Tendencia del Pensamiento Económico. Ensayos sobre Economistas e Historia Económica = Obras Completas III, Unión, Madrid 1991, 15; IDEM, Las Vicisitudes del Liberalismo. Ensayos sobre Economía Austriaca y el ideal de libertad = Obras Completas IV, Unión, Madrid 1996, 43; IDEM, Los Fundamentos, 41; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad I, 28, 59, 65; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad III, 264, 289, 291; IDEM. The Fatal Conceit, 20, 48-49, 75.

 

[21] Cf. F. A. HAYEK, Los Fundamentos, 92, 93; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad I, 38, 86, 103, 108-109; IDEM, The Fatal Conceit, 53-54, 74.

 

[22] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 47, 149; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad II. El Espejismo de la justicia social, Unión, Madrid 21988, 137.

 

[23] Citado por F: A: HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 257.

 

[24] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 17-18, 19, 20 25, 156-157, 160, 167; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad II, 27-28; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad III, 294, 304.

 

[25] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 101, 167, 172; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad II, 29, 45, 85.

 

 

[26] Cf. F. A. HAYEK, Los Fundamentos de la Libertad, 42; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad I, 25, 44, 45, 65, 73, 75, 128, 151, 154, 170, 173, 186; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad II, 70, 130, 131, 133, 134-135; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad III, 280, 282, 284; IDEM, La Tendencia del Pensamiento Económico, 120; IDEM, The Fatal Conceit, 20, 27, 62, 69, 71-72, M. H. LESSNOFF, La Filosofía Política del Siglo XX  = Nuestro Tiempo 4, Akal, Madrid 2001, 235, 236.

 

[27] Cf. F. A. HAYEK, Los Fundamentos de la libertad, 73; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad I, 29, 42, 44-45, 76, 93, 173, 174; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad II, 43-44, 51, 52; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad III, 263, 264, 277, 279, 285, 289, 296; IDEM, The Fatal Conceit, 16, 20, 23, 53, 70, 74.

 

[28] Cf.  F. A. HAYEK, Los fundamentos, 46, 86, 87, 89, 92, 93, 120, 124, 157, 180, 189; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad I, 32, 33, 34, 35. 36, 37, 38, 39, 44, 45, 46, 47, 48, 49, 50, 56, 58, 59, 60, 61, 62, 65, 66-67, 70-71, 73, 75, 81-82, 86, 92, 103, 108, 109, 126, 132, 135, 137, 139, 147, 150, 151, 154, 166, 168, 170, 172, 173, 184; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad II, 52, 134-135; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad III, 263, 269, 280, 281-282, 285, 286, 288, 289-290, 293, 300, 301, 309; IDEM, The Fatal Conceit, 14, 17, 19, 20, 23, 40, 42, 43-44, 46, 47, 59, 62, 66, 68, 71, 71, 73-74.

 

[29] De acuerdo con F. A. HAYEK, The Sensory Order, 147: “The main aim of the Theory presented is to show that the range of mental phenomena such as discrimination, equivalence of response to different stimuli, generalization, transfer, abstraction, and conceptual thought, may all be interpreted as different forms of the same process which we have called classification, and that such classifications can be affected by a network of connections transmitting nervous impulses […]” Por su parte, G. T. DEMPSEY, “Hayek’s Terra Incognita of the Mind”, in Southern Journal of Philosophy 34 (1996) 14: expresa a este respecto: “Reaching into a tradition that dates back to David Hume, Hayek contend that knowledge does not begin with the sensory event at hand. Knowledge, rather, is forged by the connection, or ‘linkages’, of new sensory information –optical, acoustical, and otherwise- to previous sensory experiences. The process of comprehension thus does not begin with particular sensations, but precedes them. It operates on previous sensory events that organize them into a pattern that becomes the basis for their mental significance. We may express this also, explains Hayek, by stating that comprehension is a product of previous experience. The mind operates by assembling new sensory data into associations with our accumulated inventory of knowledge, with our mnemonic archive. The result of this activity is an interconnected network of ‘linked’ sensory experiences Hayek calls ‘sensory order’, an order that enables each individual to wade through life’s sea of sensory information.” Esta vez es al dictum de John Locke, “Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu”, al que corresponde ser objeto de corrección porque más bien Nihil est in sensu quod prius non fuerit in intellectu.

  

[30] Hayek establece que “por lo menos una parte de lo que conocemos en cualquier momento acerca del mundo externo no lo aprendemos mediante la experiencia sensorial, sino que más se halla implícito en los medios a través de los cuales podemos obtener tal experiencia; está determinado por el orden del aparato de clasificación construido por los eslabonamientos pre-sensoriales” (citado por R. CUBBEDU, La Filosofía de la Escuela Austriaca = Nueva Biblioteca de la Libertad 20, Unión, Madrid 1997, 127). Hayek recusa toda propuesta gnoseológica que presuma la existencia de un “hipotético ‘puro’ o ‘primario’ de sensaciones, que se supone no es debido a la primitiva experiencia, sino que envuelve bien cierta comunicación directa de propiedades de los objetos externos, o bien constituye unos átomos o elementos mentales irreductibles” (citado por R. CUBBEDU, op. cit., 126-127). Para le pensador austriaco “there are no pure sense data or facts, but all facts are embedded in a complex of relations other facts, which we may call, in the terminology of S[ensory] O[rder], a ‘map’, or in more common language, a theory [J. BIRNER , “Hayek’s grand research programme”, in IDEM – R. VAN ZIJP (eds.), Hayek, Coordination and Evolution. His Legacy in Philosophy, Politics, Economics and the History of Ideas, Routledge, London-New York 1994, 9]. En este sentido un reconocido estudioso de la obra Hayekiana declara: “La temprana exposición de Hayek a las ciencias naturales le predispuso a aceptar la pretensión de Mach de que no conocemos sino sensaciones. La imagen de los haces de fibras neuronales que examinara en el invierno de 1920, sin embargo, no se apartaba de su mente. Escribió un artículo, que quedaría sin terminar, en el que trataba de trazar el progreso de las sensaciones (impulsos nerviosos) hasta el cerebro, donde adoptaban la forma y consistencia de una percepción. Conforme avanzaba hacia el final del artículo, Hayek advirtió que Mach estaba equivocado. Las sensaciones puras no se perciben; para ello se requieren interconexiones neuronales y alguna forma de clasificación que relaciones las experiencias pasadas con la presente. Comenzó entonces a abrirse camino la solución de un problema hasta entonces no reconocido: ¿cómo puede crearse el orden a sí mismo?” (S. KRESGE, “Introducción” en F. A. HAYEK, Hayek sobre Hayek. Un diálogo autobiográfico. La Fatal Arrogancia. Los errores del Socialismo = Obras Completas I, Unión, Madrid 21997, 10-11). En términos parecidos se expresa otro estudioso de nuestro autor: “Hayek’s The Sensory Order takes its starting-point in Mach’s universe of sensations, which Hayek calls the sensory order. But unlike Mach he makes a distinction between a phenomenal and a physical order. He uses the same criterion Mach uses to distinguish the objects of physical science from those of psychology: physics studies (sensory) elements in relation to each other; psychology studies those elements in relation to us. Like Mach, Hayek has abandoned a substance view of  physical and psychological entities, but in contrast to Mach, who had a sense-data ontology he (supposedly under the influence of developments in the sciences of his day) sees the world as consisting of functionally related events. So his is an event ontology. This is the first difference with Mach’s position” [R. DE VRIES, “The Place of Hayek’s Theory of Mind and Perception in the History of Philosophy and Psychology”, in J. BIRNER – R. VAN ZIJP (eds.), op. cit., 318]. EL propio Hayek atestigua: “Desde un punto de vista personal, el trabajo de Mach fue para mí un estímulo para estudiar psicología y la fisiología de los sentidos: incluso escribí por entonces un estudio sobre esas cuestiones que, treinta años después, se convirtió en un libro. Lo que me decidió en realidad a escribir dicho estudio fue mi escepticismo respecto al concepto de fenomenalismo de Mach, en el que los elementos de nuestras percepciones sensoriales consistían en puras y simples sensaciones. Tuve una revelación similar a una que describe Mach de su propia experiencia, cuando reconoció que el concepto de ‘cosa en sí’ de la filosofía de Kant no sirve para nada y podía por tanto omitirse. Mi revelación consistió en que el concepto de Mach de ‘puras y simples sensaciones’ en su filosofía sensorial no tenía significado alguno. Dado que Mach había calificado como ‘relaciones’ tantas de las conexiones entre sensaciones, tuve que deducir finalmente que la estructura total del mundo de los sentidos deriva de ‘relaciones’, y que por lo tanto es posible abandonar el concepto de ‘puras y simples sensaciones’ que tan importante papel desempeña en el pensamiento de Mach.” (F. A. HAYEK, Las Vicisitudes del Liberalismo, 189).

      

[31] Recalca el prestigioso escritor que “[…] the whole sensory order can be concieved as having been built up by the experience of the race or the individual. i. e., wheter it is based on the retention of connections between effects exercised upon them by external World. With regard to this second question our answer is definitely empiricist” (F. A. HAYEK, The Sensory Order, 106) Gracias a la condición modular de los sistemas cognitivos, algunos (tales la percepción, la memoria y el pensamiento) acusan vínculos y conexiones tan íntimos que no existe el más mínimo temor a contradicción cuando se afirma el origen mnémico (o mnésico) de la percepción y se sostiene que la formación de la memoria responde a las experiencias que las sensaciones imprimen sobre las neuronas o que en el sistema nervioso pensamiento y percepción son operacionalmente equivalentes (cf. O. KOENIG, “Memoria” (Neurociencia), en O. HOUDE et al. (eds.), op. cit., 286; IDEM, “Representación” (Neurociencia), en O. HOUDE et al. (eds.), op. cit., 390-391; J. FUSTER, “Prólogo”, en F. A. HAYEK, El orden sensorial. Los Fundamentos de la Psicología Teórica, Unión-Universidad Francisco Marroquín, Madrid-Guatemala 2004, 12-13; R. BEHNCHKER, “Al pie del árbol (prefacio)”, en H. MATURANA – F. VARELA, El Arbol del conocimiento. Las bases biológicas del entendimiento humano, Lumen-Universitaria, Santiago-Buenos Aires 2003, XXIII; P. CHAUCHARD, op. cit., 83). Así la distinción entre la imagen que se forma por la inmediata impresión de los sentidos y la que se produce por una situación pretérita (no debe hacerse caso omiso de que en la memoria del hombre el influjo externo no es imprescindible) se torna difusa toda vez que ya la propia percepción contiene una fuerte carga interpretativa por la que la memoria realiza labores de reconocimiento que evocan experiencias pasadas que han estimulado la actividad del sistema nervioso (cf. H. KLUVER, op. cit., xviii-xix; B. B. SELIGMAN, Principales Corrientes de la Ciencia Económica Moderna (El Pensamiento Económico después de 1870) = Mega 2, Oikos.tau, Barcelona 1966, 417). 

 

[32] Insiste el ilustre filósofo que “[…] this classification is based on the connections created in the nervous system by past linkages. Every sensation, even the ‘purest’, must therefore be regarded as an interpretation of an event in the light of the past experience of the individual or the species” (F: A: HAYEK, The Sensory Order, 166). A este propósito, J. BIRNER, op. cit., 9, comenta: “The sensory (or other mental) qualities are not in some manner originally attached to, or an original attribute of, the individual physiological impulses, but that the whole of these qualities is determined by the system of connections by which the impulses can be transmitted from neuron to neuron; that it is thus the position of the individual impulses or group of impulses in the whole system of such connections which gives it its distinct quality; that this system of connections is acquired in the course of the development of the species and the individual by a kind of ‘experience’ or ‘learning’; and that it reproduces therefore at every stage of its development certain relationship existing in the physical environment between the stimuli evoking the impulses.” Existen indicios fundados para sospechar que la base neurofisiológica de la manifestación del proceso mnemónico resida en la función decisiva que se atribuye al ácido ribonucleico (ARN) en la formación de una huella mnésica llamada engrama, conservada por el tejido nervioso y que, a semejanza del ácido desoxiribonucleico (ADN) en cuanto depositario de información genética, es portador de un mecanismo de registro y transmisión de información cerebral que, a modo de neurograma frente al mismo estímulo, tiende a responder de la misma forma (cf. R. BERGIUS, “Memoria”, en F. DORSCH – R. BERGIUS  - H. RIES (eds.), op. cit., 474; P. CHAUCHARD, op. cit., 55; U. GALIMBERTI, op. cit., 395, 691; J. MOSTERIN, op. cit., 229). En este orden de ideas conviene aclarar que cuando se habla de la memoria filogenética, que en nuestras células almacena la epopeya antiquísima de la condición bacterial que nuestra especie conoció hace dos mil millones de años, y que presumiblemente sea la causa de que el olor del mar, el sonido del oleaje y el calor solar en la playa relajen nuestra mente, se alude a memoria del genoma, no del cerebro, que conserva gran cantidad de genes de aquella era (cf. D. R. ALTSCHULER, Hijos de las estrellas. Nuestro origen, evolución y futuro, Cambridge University Press, Madrid 2001, 141, 145; J. MOSTERIN, op. cit., 59)

 

[33] Cf. E. GARCIA, op. cit., 200; H. MATURANA, La realidad: ¿objetiva o construida? I. Fundamentos biológicos de la realidad = Nueva Ciencia 72, Anthropos-Universidad Iberoamericana-Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente, Barcelona-México-Guadalajara 21997, 49.

 

[34] Cf. J. FUSTER, op. cit., 14; P. CHAUCHARD, op. cit., 74.

 

[35] Cf. H. KLUVER, op. cit., xviii, xix; J. FUSTER, op. cit., 13, 17, 20; Atlas Universal de Filosofía. Manual didáctico de autores, textos, escuelas y conceptos filosóficos, Océano, Barcelona 2004, 539, 540, 542, 544.

 

[36] Cf. H. KLUVER, op. cit., xviii-xix.

 

[37] Cf. ibid., xx.

 

[38] Como señala F. A. HAYEK, The Sensory Ordeer, 166: “The process of experience does not begin with sensations or perceptions, but necessarily precedes them; it operates on physiological events and arranges them into a structure or order which becomes the basis of their ‘mental’ significance: […] We may express this also by stating that experience is not a function of mind or consciousness, but that mind and consciousness are rather products of experience.”

 

[39] Efectivamente, F. A. HAYEK, The Sensory Order, 108 subraya que: “[…] the operations of both the senses and the intellect are equally based on acts of classification (or reclassification) performed by the central nervous system, and that they are both part of the same continuous process by which the microcosm in the brain progressively approximates to a reproduction of the macrocosm of the external world.” En otro paso, F. A. HAYEK, op. cit., 143 escribe: “All we can perceive of external events are therefore only such properties of these events as they possess as members of classes which have been formed by past ‘linkages’. The qualities which we attribute to the experienced objects are strictly speaking not properties of that object at all, but a set of relations by which our nervous system classifies them or, to put it differently, all we know about the world is of the nature of theories and all ‘experience’ can do is to change these theories:” A juicio de F. A. HAYEK, op. cit., 104, “by a linkages, we shall thus understand the most general lasting effect which groups of stimuli can impress upon the organization of the central nervous system.” Para G. T. DEMPSEY, op. cit., 37, nota al calce 8, “this ‘linkage’ model seems to have some basis in modern neuroscience. Neuroscientists maintain that neural connections are worn by experiences, especially recurrent or traumatic experiences. What results is a process called long-term potentiation, or LTP. The LTP process involves a change in the efficiency of synaptic transmission along pathways that link neurons –in other words, electrochemical signals travel more easily along LTP pathways.”

     

[40] Como refiere J. BIRNER, op. cit., 8-9: “The human mind works through a continuous process of classification and reclassification of sense impressions and of the classifications formed from them. This process takes place in the ‘neural order’ of the central nervous system, which is part of the physical order. The mind is continuously involved in a process of self-organization which consists of an evolutionary process that leads to an ever more complex set of classifications. The mind functions through this process of evolution.”

 

[41] F. A. HAYEK, The Sensory Order, 192 advierte que: “[…] The whole idea of the mind explaining itself is a logical contradiction –nonsense in the meaning of the word- and a result of the prejudice that we must be able to deal with mental events in the same manner as we deal with physical events.”

 

[42] A los ojos del filósofo austriaco:  “[…] there is no reason why the conscious level should be the highest level, and there are many grounds which make it probable that, in order to be conscious, processes must be guided by supra-conscious order which cannot be the object of its own representations” (citado por J. C. DE LEON BARBERO, op. cit., 190, nota al calce 38).

 

[43] En efecto, F. A. HAYEK cierra The Sensory Order, 194, con la siguiente declaración: “Our conclusion, therefore, must be that to us mind must remain forever a realm of its own which we can know only through directly experiencing it, but which we shall never be able fully to explain or to ‘reduce’ to something else […]” En torno a la cuestión, Aristóteles se pronunció señalando que “por su in-cultura (di’apaideusían) hay algunos que pretenden de-mostrar (apodeiknynai) todo esto. Porque es realmente in-cultura no saber qué cosas necesitan ser demostradas y cuáles no. Es en absoluto imposible (adynaton) de-mostrarlo todo, ya que así iríamos hasta el infinito (ápeiron), no demostrando de esta manera nada” (citado por E. DUSSEL, Para una Etica de la liberación latinoamericana II, Siglo Veintiuno-Latinoamérica Libros, Buenos Aires 1973, 233). L. MISES, La Acción Humana. Tratado de Economía, Unión, Madrid 41986, 43-44, por su parte afirma:”El progreso de la investigación científica permite ir paulatinamente reduciendo a sus componentes cada vez mayor número de hechos que previamente resultaban inexplicables. Pero siempre habrá realidades irreductibles o inanalizables, es decir, presupuestos últimos o finales.”

 

[44] No debe perderse de vista que según la postura antirracionalista sustentada por nuestro autor no aprendemos porque seamos racionales, antes bien llegamos a ser racionales porque somos capaces de aprender (cf. F. A. HAYEK, The Fatal Conceit, 21, 54).

 

[45] Hayek agrega: “Our rules for establishing true coherences –as against illusory ones- are and must remain indeterminate. Any rules we have must be applied, of course; and to do this, we must have additional rules for their application, but we cannot go on having specific rules for the application of specific rules ad infinitum. At some point we must have ‘rules’ of application (if we call them that) which we cannot specify, because we must simply dwell in them in a subsidiary. They are a part of our deepest commitments. But for this reason they are not specifiable” (citado por J. C DE LEON BARBERO, op. cit, 162-163, nota al calce 64.

 

[46] Cf. J. C. DE LEON BARBERO, op. cit., 161, 187.

 

[47] En palabras de Hayek: “It is characteristic of these skill that we are usually not able to state explicitly (discursively) the manner of acting is involved” (citado por J. C. DE LEON BARBERO, op. cit., 185). 

 

[48] Cf. J. C. DE LEON BARBERO, op. cit., 184.

 

[49] Disponemos de un testimonio con que Hayek ilustra su experiencia personal: “Las ideas originales que haya podido efectivamente tener no proceden de un proceso de razonamiento ordenado. Siempre me he considerado una refutación viviente de la posición que sostiene que todo pensamiento acontece en palabras o, más en general, en el lenguaje. Estoy tan convencido como cabe estarlo de haber sido a menudo consciente de tener la solución aun problema –de estar ‘viéndola’ ante mí- mucho antes de poder expresarla con palabras. De hecho, más que éstas, en mis procesos mentales probablemente desempeñe un papel mucho mayor alguna forma de imaginación visual de estructuras simbólicas abstractas (que no tanto de representaciones concretas). Me parece que un tipo de memoria fuertemente visual y la falta de memoria verbal suelen ir conectados.

 

     Siempre me ha atraído la idea de las fotografías compuestas (que resultan de superponer, unas sobre otras, fotografías de varias caras diferentes), de moda en una época anterior a la mía y de las que quizá nunca llegara a ver ninguna. Pero me parece que ejemplifican bien una propiedad característica de mi mente: aunque no recuerde un argumento, de algún modo absorbo parte del mismo en lo que ya sé. Me supondría un esfuerzo enorme apropiarme de un argumento de modo tal que pudiera reproducirlo, si bien quizá sería más fácil con un tema del que antes no supiera absolutamente nada; desde luego, casi imposible con una cuestión sobre la que haya pensado con anterioridad por mi cuenta. Incluso al estudiar algún tema nuevo el resultado de leer un primer manual es siempre borroso e indistinto. Suelo preferir no trabajar el mismo texto de nuevo, sino leer algún otro sobre el mismo tema. Las cosas se van poniendo en su sitio gradualmente, y aunque haya adquirido la ganancia de haber trabajado en mi mente la respuesta a las cuestiones más relevantes, sigo sin tener una visión sinóptica del conjunto en mi mente, o bien soy incapaz de exponer el asunto de la misma forma dos veces seguidas” (F. A. HAYEK, Hayek sobre Hayek, 130).

     

[50] En opinión de Hayek, “[…] ‘the know how’ consists in the capacity to act according to rules which we may able to discover but which we need not be able to state in order to obey them” (citado por J. C. DE LEON BARBERO, op. cit., 153, nota al calce 38). Cf. J. HUERTA DE SOTO, Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial = Nueva Biblioteca de la Libertad 1, Unión, Madrid 22001, 57-58.

 

[51] De hecho, según Hayek, “Godel´s theorem is but a special case of a more general principle applying to all conscious and particularly all rational processes, namely the principle that among their determinants there must always be some rules which cannot be stated or even be conscious” (citado por J. HUERTA DE SOTO, op. cit., 58). Cf. F. A. HAYEK, Los Fundamentos de la Libertad, 179, 180, 224, 253, 264, 265, 293, 407, 408. Sobre las consideraciones de Michael Polanyi en torno al conocimiento tácito y que inspiraron la posición hayekiana en materia de teoría del conocimiento, véase E. DATRI – G. CORDOBA, Introducción a la problemática epistemológica. Una perspectiva didáctica de las tensiones en la Filosofía de la Ciencia, Homo Sapiens, Rosario 2004, 235; G. DEL RE, “Polanyi, Michael”, in G. TANZELLA-NITTI – A. STRUMIA (a cura di), Dizionario Interdisciplinare di Scienza e Fede. Cultura Scientifica, Filosofia e Teologia 2, Città Nuova-Urbaniana University Press, Roma-Città del Vaticano 2002, 2050; J. HUERTA DE SOTO, op. cit., 58-59.

 

[52] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 135.

 

[53] Cf. F. A. HAYEK, Los Fundamentos de la Libertad, 179-180, nota al calce 4.

 

[54] Cf. F. A. HAYEK, The Fatal Conceit, 13.

 

[55] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 42.

 

[56] Cf. F. A. HAYEK, op. cit., 42.

 

[57] Cf. ibid., 43.

 

[58] Cf. ibid., 36. En torno a esta cuestión Hayek indica el papel que juega el sistema de precios como mecanismo que al aplicar el principio de economía del conocimiento facilita la comunicación de la información: “We must look at the price system as much a mechanism for communicating information if we want to understand  its real function […] The most significant fact about this system is the economy of knowledge with which it operates, or how little the individual participants need to know  in order to be able to take the right action” (citado por R. M. EBELING, op. cit., 30). Con el asombro del genio filosófico, Hayek plantea en Individualismo y Orden Económico: “¿Cómo es posible que una combinación de fragmentos de conocimiento, dispersos en mentes diferentes, pueda producir unos resultados que, de pretenderse intencionadamente, requerirían la existencia de un conocimiento en la mente dirigente que de hecho ningún individuo posee? Mostrar cómo es posible que las acciones espontáneas de los individuos produzcan, bajo ciertas condiciones definibles, una distribución de recursos susceptible de ser interpretada como si hubiera sido efectuada siguiendo un cierto plan, aunque de hecho nadie lo hubiera planeado, me parece una respuesta al problema que algunas veces ha sido metafóricamente descrito como el problema de la ’mente social’” (citado por S. KRESGE, op. cit., 19). En el diálogo autobiográfico manifiesta: “Por supuesto, el punto psicológicamente decisivo, la base sobre la que se sustenta mi visión de la economía y también gran parte de mi visión política, tal y como ahora lo veo, quizás fuera consecuencia de todo el modelo del análisis de la utilidad marginal. Esto es, la concepción del mercado como un sistema de utilización de un conocimiento que nadie puede poseer en su totalidad, un conocimiento que sólo por mediación del mercado hace que unos se dirijan a satisfacer las necesidades de otros que ni siquiera conocen, y hagan uso de unos servicios sobre los que carecen de información directa; y todo, condensado en señales abstractas, en el único mecanismo gracias al cual podría haber surgido toda nuestra riqueza y producción actuales. La tarea potencial de una autoridad queda notablemente reducida: basta con advertir la superioridad que en esto tiene el mercado, ya que la cantidad de información utilizable por las autoridades es siempre muy limitada, y el mercado hace uso de una cantidad de información infinitamente mayor del que cualquier autoridad podría hacer jamás” (F. A. HAYEK, Hayek sobre Hayek, 79-80). Al cuestionar el excesivo racionalismo utilitarista de su ilustre mentor asienta: “El capitalismo supone que además de nuestra capacidad racional poseemos una dotación tradicional de costumbres morales, evolutivamente probadas y no diseñadas por nuestra inteligencia. Nunca inventamos la propiedad privada porque hubiéramos comprendido sus consecuencias, ni tampoco la familia. Ocurre que estas tradiciones son esencialmente una tradición religiosa; siendo tan agnóstico como Mises, debo admitir que estas dos tradiciones decisivas que nos permiten construir un orden que extiende nuestra visión no puede ser resultado de nuestra capacidad intelectual, sino que ha de serlo de una tradición moral, que ahora digo resulta de una selección de grupo y no de individuos, algo que podemos interpretar ex post. Pero el postulado de Mises –que si somos estrictamente racionales y decidimos todas las bases, cabe advertir la equivocación del socialismo- es un error. Si seguimos siendo racionalistas estrictos, utilitaristas, eso implica que podemos manejar u organizar cualquier cosa a voluntad. Por eso no pudo nunca Mises liberarse de esa filosofía fundamental, en la que todos hemos crecido, según la cual la razón puede hacerlo todo mejor que el hábito. Jamás consiguió librarse de ella. En este sentido, aunque acepto casi toda su crítica al socialismo, comprendo por qué ésta no ha sido del todo efectiva, y es que en su caso se basaba todavía en el error fundamental del racionalismo y el socialismo, a saber, que tenemos poder intelectual suficiente para organizarlo todo racionalmente, lo que entra en conflicto con su declaración en cierto lugar donde dice que no podemos, y con otra en que –siendo gente racional- debemos intentarlo” (F. A. HAYEK, Hayek sobre Hayek, 74). 

     

[59] Cf. F. A. HAYEK, Los Fundamentos, 18, 192; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad I, 32-33, 34, 35, 36, 37, 38, 39, 43-44, 48, 52, 61, 62, 65, 66, 67, 74-75, 81-82, 83-84, 103, 130, 151, 186; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad II, 20, 23, 25, 26, 30, 32, 34 ,35, 38, 44, 49, 50, 52, 55, 56, 62, 63, 75, 81-82, 133-134; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad III, 268, 271, 273, 275-276, 280, 281, 283, 284, 288; IDEM, The Fatal Conceit, 14, 19, 22, 23, 47.  

 

[60] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad III, 270. La aceptación de la teoría de la evolución no implica reconocimiento de supuestas leyes que la constituyeran. Todo lo contrario: lo que la teoría evolutiva sostiene es la existencia de un procedimiento del que resultan efectos vinculados con la concurrencia de incógnitos acontecimientos. Mientras las leyes allanan la capacidad predictiva del hombre, el mecanismo evolutivo, entretanto, está sometido al arbitrio de variables desconocidas (cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad III, 264-265, nota al calce 18).

 

[61] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad III, 269.

[62] Cf. ibid., 281.

 

[63] Cf. ibid., 268-269.

 

[64] Cf. ibid., 270.

 

[65] Cf. ibid., 271.

 

[66] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 64. Sin ánimo concordista, posiciones irénicas o cómodos eclecticismos, cito a continuación una línea de pensamiento que, a pesar de la verdad que encierra en esta idea, en principio es incompatible con el liberalismo y con la cual sólo ocasionalmente puede encontrar algún acuerdo: “El libro del Génesis describe de modo plástico esta condición del hombre cuando narra que Dios lo puso en el jardín del Edén, en cuyo centro estaba situado el ‘árbol de la ciencia del bien y del mal’ (2,17). El símbolo es claro: el hombre no era capaz de discernir y decidir por sí mismo lo que era bueno y lo que era malo, sino que debía apelarse a un principio superior. La ceguera del orgullo hizo creer a nuestros primeros padres que eran soberanos y autónomos y que podían prescindir del conocimiento que deriva de Dios. En su desobediencia originaria ellos involucraron a cada hombre y a cada mujer, produciendo en la razón heridas que a partir de entonces obstacularizarían el camino hacia la plena verdad. El Apóstol sigue mostrando cómo los pensamientos de los hombres, a causa del pecado, fueron ‘vanos’ y los razonamientos distorsionados y orientados hacia lo falso (cf. Rom 1,21-22). Los ojos de la mente no eran ya capaces de ver con claridad: progresivamente la razón se ha quedado prisionera de sí misma […]” [JUAN PABLO II, Enc. Fides et Ratio (14 de septiembre de 1998), 22].

 

[67] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad III, 270.

 

[68] Cf. ibid., 265. S. R. FISCHER, Breve historia del lenguaje, Alianza, Madrid 2003, 57, 65.

[69] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 134. Con lenguaje cargado de acentos marcadamente antropomórficos Hayek sostiene que existen reglas que en el mundo animal delimitan las esferas individuales. Aunque como tales las desconozcan a ellas se ajustan los animales para evitar peleas innecesarias al buscar alimento o en la época del apareamiento (cf. l. cit.; IDEM, Los Fundamentos, 179). Establecen rudimentarios sistemas de propiedad privada circunscribiendo espacios territoriales de tal suerte que presentan menos disposición a reñir en la medida en que alejados de su madriguera se encuentran en zonas intermedias (cf. F. A. HAYEK, Los Fundamentos, 179). Y si bien es cierto que intrincados órdenes jerárquicos confieren al más fuerte el monopolio de la procreación, no es menos verdad que a veces vence no el más fuerte, sino el propietario, léase el macho “previsor” que ha logrado demarcar su territorio (cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 134).

 

[70] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 33; IDEM, Derecho, Legislación y Libertad III, 268.

 

[71] Cf. F. A. HAYEK, The Fatal Conceit, 9.

 

[72] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad III, 282.

 

[73] Cf. ibid., 281-282.

 

[74] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I., 32-33. Al respecto, el ya referido documento pontificio declara: “El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse más tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no sólo el lenguaje y la formación cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos modos el crecimiento y l maduración personal implican que estas mismas verdades puedan ser puestas en duda y discutidas por medio de la peculiar actividad crítica del pensamiento. Esto no quita que, tras este paso, las mismas verdades sean ‘recuperadas’ sobre la base de la experiencia llevada que se ha tenido o en virtud de un razonamiento sucesivo. A pesar de ello, en la vida de un hombre las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal. En efecto, ¿quién sería capaz de discutir críticamente los innumerables resultados de las ciencias sobre las que se basa la vida moderna? ¿quién podría controlar por su cuenta el flujo de informaciones que día a día se reciben de todas las partes del mundo y que se aceptan en línea máxima como verdaderas? Finalmente, ¿quién podría reconstruir los procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales se han acumulado los tesoros de la sabiduría y de religiosidad de la humanidad? El hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquél que vive de creencias.

 

    Cada uno, al creer, confía en los conocimientos adquiridos por otras personas. En ello se puede percibir una tensión significativa: por una parte el conocimiento a través de una creencia parece una forma imperfecta de conocimiento, que debe perfeccionarse progresivamente mediante la evidencia lograda personalmente; por otra, la creencia con frecuencia resulta más rica desde el punto de vista humano que la simple evidencia, porque incluye una relación interpersonal y pone en juego no sólo las posibilidades cognoscitivas, sino también la capacidad más radical de confiar en otras personas, entrando así en una relación más estable e íntima con ellas” (JUAN PABLO II, op. cit., 31 y 32). Más adelante el Papa manifiesta: “En este sentido, es muy significativo que, en el contexto actual, algunos filósofos sean promotores del descubrimiento del papel determinante de la tradición para una forma correcta de conocimiento. En efecto, la referencia a la tradición no es un mero recuerdo del pasado, sino que más bien constituye el reconocimiento de un patrimonio cultural de toda la humanidad. Es más, se podría decir que nosotros pertenecemos a la tradición y que no podemos disponer de ella como queramos. Precisamente el tener las raíces en la tradición es lo que nos permite hoy poder expresar un pensamiento original, nuevo y proyectado hacia el futuro” (ibid., 85)

 

[75] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 26.

 

[76] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad I, 31. En otro lugar suscribe el pensador austriaco: “I am convinced that if it [the price system] were the result of deliberate human design, and if the people guided by the price changes understood that their decisions have significance far beyond their immediate aim, this mechanism would have been acclaimed as one of the greatest triumphs of the human mind” (citado por R. M. EBELING, op. cit., 31).

 

[77] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad III, 266.

 

[78] Cf. ibid., 267.

[79] Cf. ibid., 274, nota al calce 35.

 

[80] Cf. l. cit. Al llevar a cabo un balance del momento estelar que para la historia del pensamiento económico significó la serie de debates a lo largo de años treinta del siglo XX y de la que sería protagonista, Hayek recuerda: “Desde el principio, Keynes era efectivamente muy dado a pensar en términos agregados y siempre sintió debilidad por las estimaciones globales (a veces, poco sólidas). Su argumentación, en la discusión de los años veinte sobre el retorno de Gran Bretaña al patrón-oro, estaba ya enteramente expresada en términos de niveles de precios y salarios, despreciando prácticamente la estructura de precios y salarios relativos; más tarde llegó a creer que tales medias y sus varias agregaciones, al ser estadísticamente medibles, tenían también una importancia central desde el punto de vista causal, creencia ésta que aparentemente se fortaleció con el tiempo. Sus ideas finales descansan por  completo sobre la creencia de que existen unas relaciones funcionales relativamente simples y constantes entre tales agregados ‘medibles’ como la demanda total, la inversión total o la producción total, y que los valores empíricamente determinados de esas supuestas ‘constantes’ nos permiten realizar predicciones válidas” (F. A. HAYEK, Contra Keynes y Cambridge. Ensayos, correspondencia = Obras Completas IX, Unión, Madrid 1996, 273).

 

[81] Cf. l. cit. De suyo, “Hayek atacó el ideal constructivista de controlar la sociedad atacando los fundamentos epistemológicos de la posibilidad de tal control, demostrando la imposibilidad de predecir las respuestas a los cambios en los sistemas económicos y sociales. La evolución de los órdenes espontáneos como el mercado libre es el medio por el que se hace posible la diversidad de adaptación a circunstancias cambiantes. Sin embargo, debemos conceder que su argumento apenas ha sido atendido. Las facultades de ciencias sociales de todo el mundo se han mostrado más dispuestas a enseñar a Marx que a Hayek. En los Estados Unidos la economía se ha convertido en el pariente pobre de las matemáticas” (S. KRESGE, op. cit., 36).

 

[82] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad III, 273. En suma: “La posibilidad de diseñar instituciones sociales más ‘racionales’ se empleo como palanca, como cuña para debilitar la legitimidad de las instituciones existentes. El argumento de Hayek contra la posibilidad de diseñar racionalmente la organización social y económica se basaba en su demostración de que el conocimiento de los sucesos singulares que tal diseño exigiría no sería obtenible a causa de su misma complejidad; e incluso si lo fuera, las consecuencias imprevistas que las acciones sociales engendran acabarían con el diseño mismo que los produjo” (S. KRESGE, op. cit., 21-22).

 

[83] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad III, 273. Sin lugar a dudas, “Hayek comenzó esforzándose por demostrar, en ensayos más tarde compilados en The Counter-Revolution of Science (La Contra-revolución de la Ciencia) e Individualism and Economic Order, hasta qué punto el objeto básico de las ciencias sociales, el carácter de sus hechos, había sufrido malentendidos y abusos al intentar someterlo a métodos tomados de las ciencias físicas. La falacia principal consistía en pretender que era posible aislar elementos suficientes de cualquier fenómeno como para atribuir la causa del mismo a cierta ley general. Hayek no atacó directamente la falacia inductiva que subyacía a esta pretensión, haciendo descansar su crítica más bien sobre el carácter subjetivo (y así indeterminado) de los supuestos ‘hechos’ de las ciencias sociales. La naturaleza subjetiva del objeto de investigación significa, podría argumentarse, que los sujetos cuyo comportamiento se ajusta a leyes generales tienen ideas sobre las consecuencias del mismo que resultan impredecibles, y que no cabe reducir a ‘hechos’ en el sentido físico del término. La búsqueda de leyes generales para el comportamiento humano, cuando se realiza mediante una interpretación errónea de las relaciones lógicas entre una ley física y cualquier consecuencia de la misma en su aplicación al estudio de la historia, está motivada por la ambición de controlar las instituciones sociales. Hayek denominó cientismo a esta equivocada aplicación de los métodos de las ciencias físicas a las ciencias sociales y constructivismo a su uso como justificación para controlar la sociedad, retrotrayendo el origen de ambos al abuso de la razón que hicieran Descartes y sobre todo Auguste Comte.

 

     La ilusión de que el hombre puede controlar su medio ambiente se nutría de dos grandes invenciones: la máquina de vapor y los tintes artificiales. Los principios implicados en el primer caso –el comportamiento de los gases en un volumen dado- expandieron un concepto mecanicista del equilibrio que llegaría a dominar la teoría económica. Por su parte, el descubrimiento de los procesos para fabricar tinturas condujo a la creencia de que se puede alterar la estructura misma de la naturaleza física y conformarla a los designios humanos” (S. KRESGE, op. cit., 20-21).

 

[84] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad III, 272. Nuestro autor agrega en otro trabajo: “Cuanto he enfatizado –la complejidad de los fenómenos en general, lo desconocido de los datos, etc.- apunta más a los límites de nuestro posible conocimiento que a nuestras contribuciones que permiten formular predicciones específicas.

 

     Esta es, dicho sea de paso, otra de las razones por la que mis ideas se han vuelto impopulares: en este tiempo se ha tornado dominante una concepción del método científico que valora las disciplinas científicas en función de la concreción de sus predicciones. Ahora bien, las predicciones que la economía puede hacer son limitadas; caben, como mucho, las del tipo que en ocasiones he denominado ‘predicciones tipo’ o predicciones de principio. Algo decepcionante, casi no científico a los habituados a la simplicidad de la física o la química. Para esta nueva concepción, el objetivo de la ciencia consiste en la predicción concreta –matemáticamente demostrable, a ser posible-, algo imposible de obtener si se aplica a fenómenos complejos. Algo que a muchos parecía equivaler a negar la posibilidad de la ciencia. Mi objetivo real, por supuesto, era destacar que los objetivos posibles de la ciencia debían ser mucho más limitados al pasarse de la ciencia de los fenómenos simples a la de los complejos. Muchos se resintieron de que pudiera llamar a la física ciencia de fenómenos simples, lo que en parte es un malentendido. Porque si bien la teoría física se formula finalmente en términos de ecuaciones muy simples, cosa bien distinta es que éstas tengan que aplicarse a fenómenos extremadamente complejos. Los modelos de la teoría física son de hecho muy simples” (F. A. HAYEK, Hayek sobre Hayek, 137).

 

[85] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad III, 272. A los ojos del pensador austrobritánico, “We are living in a society which exists only because we are capable of serving people whom we do not know, and even of whose existence we are ignorant; and we in turn constantly live on the services of other people of whom we know nothing.

 

     Adam Smith was the first to perceive this state of affairs, that we found a method of creating of human cooperation which far exceeds the limits of our knowledge. We are led to do things by circumstances of which we are largely unaware. We do not know the needs which we satisfy, nor do we know the sources of the things which we get. We stand in an enormous framework into which we fit ourselves by obeying certain rules of conduct that we have never made and never understood, but which have their reason” (F. A. HAYEK, Knowledge, Evolution and Society, 46).

  

[86] Cf. F. A. HAYEK, Derecho, Legislación y Libertad III, 273. A juicio de Hayek, “Creen que cabe explicar los fenómenos económicos como macrofenómenos, esto es, que cabe determinar causas y efectos a partir de magnitudes agregadas y valores estadísticos. Aunque en cierto sentido esto pueda parecer verdadero, el caso es que no existe conexión necesaria. Por lo que a mí respecta, preferiría demostrar históricamente que todo período de inflación termina en una crisis, pero la demostración histórica no prueba que esto tenga que ser así. La razón por la que ocurre no puede proporcionarse acudiendo al análisis macroeconómico” (F. A. HAYEK, Hayek sobre Hayek, 139). Líneas atrás manifiesta nuestro autor: “Nunca sentí simpatía por la macroeconomía o la econometría, que en esa época estuvieron muy de moda gracias a la influencia de Keynes. El caso de la macroeconomía es claro. Pero es que ni el propio Keynes sentía especial estima –más bien lo contrario- por la econometría. Su insistencia en los agregados, en el ingreso agregado y la demanda agregada, sin embargo, sin embargo, en parte impulsó el trabajo tanto en macroeconomía como en econometría. Así muy en contra de sus propios deseos, se convirtió en el padre espiritual de ese desarrollo hacia una economía matemática y econométrica. Que siempre haya expresado mis dudas sobre ésta me hizo impopular entre la generación de economistas reinante, que me tomaba simplemente por un anticuado que no simpatizaba con las ideas modernas, o algo así“ (F. A. HAYEK, op. cit., 138-139).

   

[87] Cf. E. BUTLER, op. cit., 176, 177, 178, 179, 180; B. CALDWELL, “Introducción”, en F. A. HAYEK, Contra Keynes y Cambridge, 48-49; F. A. HAYEK, Las Vicisitudes del Liberalismo, 111, 112, 115; S. KRESGE, op. cit., 32, 33.

 

[88] Cf. B. CALDWELL, op. cit., 49; J TORRES NAFARRETE, “Introducción. Invitación a la lectura de la obra de Maturana”, en H. MATURANA, La Realidad: ¿objetiva o construida? I. Fundamentos biológicos de la realidad = Nueva Ciencia 12, Anthropos-Universidad Iberoamericana-Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, Barcelona-México-Guadalajara 21997, XI.

  

[89] Cf. S. KRESGE, op. cit., 33.

 

[90] I. BARBOUR, op. cit., 75, 104; E. BUTLER, op. cit., 179.

 

[91] Cf. I. BARBOUR, op. cit., 112-113, 165; J. MOSTERIN, op. cit., 104, 363.

[92] Cf. E. BUTLER, op. cit., 168, 169, 170, 171, 178; F. A. HAYEK, The Counter-Revolution of Science, 61-62, 63-64, 73, 75; D. ANTISERI, La Viena de Popper, Unión, Madrid 2001, 360, 361.

 

[93] Cf. F. BRESSON – G. VIGNAUX, “La Psicolingüística”, en B. POTTIER (ed.), El Lenguaje. (Diccionario de Lingüística), Mensajero, Bilbao s. a., 472, 484; E. BUTLER, op. cit., 166, 167, 172; F. A. HAYEK, op. cit., 31, 32, 329.

 

[94] Cf. D. ANTISERI, op. cit., 360; E. BUTLER, op. cit., 169, 170; F. A. HAYEK, op. cit., 61-62, 63.

 

[95] Cf. D. ANTISERI, op. cit., 360, 363; E. BUTLER, op. cit., 170, 175; F. A. HAYEK, 62, 68-69, 72.

 

[96] Cf. F. BRESSON – G. VIGNAUX, op. cit., 466; E. BUTLER, op. cit., 172, 173, 174, 177; R. B. EKELUND – R. F. HEBERT, Historia de la teoría económica y de su método, Mc Graw-Hill/Interamericana, Madrid 1992, 612.

 

[97] Cf. E. BUTLER, op. cit., 173.

[98] Cf. F. BRESSON – G. VIGNAUX, op. cit., 468, 469; G. FAUCONNIER, “La gramática generativa”, en B. POTTIER (ed.), op. cit., 205, 205, 206; L. PICABIA, “El estructuralismo”, en B. POTTIER (ed.), op. cit., 137, 146, 147,148; M. MACEIRAS FAFIAN, Metamorfosis del lenguaje = Filosofía [hermeneia] 12, Síntesis, Madrid 2002, 140, 141, 142, 144, 146; J. MOSTERIN, op. cit., 206, 208, 209, 210-211; U. GALIMBERTI, op. cit., 659, 667-668, 670; P. TEIGELER, “Recursividad”, en F. DORSCH et al. (eds.), op. cit., 688.

 

[99] Cf. F. BRESSON – G. VIGNAUX, op. cit., 466.

 

[100] Cf. L. DE SEBASTIAN, op. cit., 698.

 

[101] Cf. P. BLANQUART, “Ateísmo y Estructuralismo”, en G. GIRARDI (ed.), El Ateísmo Contemporáneo II. El ateísmo en la filosofía contemporánea: corrientes y pensadores, Cristiandad, Madrid 1971, 479, 480-481.

 

[102] Cf. N. BOBBIO, “ciencia política”, en IDEM – N. MATTEUCCI (eds.), Diccionario de Política. A-J, Siglo Veintiuno, México 1981, 262.

 

[103] Cf. Derecho, Legislación y Libertad III, 274, nota al calce 35.

 

[104] Cf. ibid., 273.

[105] Cf. ibid., 274, nota al calce 35.

 

[106] Cf. F. A. HAYEK, Contra Keynes y Cambridge, 48; IDEM, Las Vicisitudes del Liberalismo, 112; IDEM, Hayek sobre Hayek, 95, 133-134, 137.

 

[107] Cf. F. A. HAYEK, La Tendencia del Pensamiento Económico, J. HERNANDEZ-PACHECO, Corrientes actuales de Filosofía (II). Filosofía Social, Tecnos, Madrid 1997, 214, 219, 254; J. HUERTA DE SOTO, op. cit., 71-72, 126.