Las venas abiertas de América Latina

 

Andrés Rodríguez*

 

América Latina es una región exuberante.

 

Su riqueza es tan grande, que a pesar de su historia de saqueo y explotación desde que los europeos la descubrieron en 1492, sigue siendo una región llena de recursos naturales y belleza inigualable.

 

Ayer fue víctima de los mercaderes y empresarios europeos y después norteamericanos. Hoy es víctima de la voracidad de las empresas multinacionales que buscan extraer sus tesoros, escondidos en bosques y selvas ricos en biodiversidad.

 

 “Desde el descubrimiento hasta nuestros días, todo se ha transmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder.”  Estas palabras de Galeano,  en la introducción de su libro Las venas abiertas de América Latina, dan la pauta para pensar serenamente en el por qué del subdesarrollo de nuestros países.

 

Afirmaciones que desnudan el carácter indiferente y conformista de nuestro pueblo.

 

¿Por qué dejamos que nuestros representantes políticos,  por intereses personales o de grupo,  sigan saqueando y contaminando nuestro suelo?

Durante generaciones nuestra indiferencia a esta clase de abusos ha sido condicionada por una fuerte desinformación. La ignorancia y la codicia se aliaron para dejar pasar y dejar hacer.

 

Y por falta de un amor al suelo que nos ha visto nacer.

 

España en tiempos de la Conquista y la Colonia sentó las bases y condicionó el desarrollo de nuestra economía.

 

Han pasado los siglos y de parte de España nunca hubo una disculpa por los genocidios para poder saquear nuestros recursos. El oro y la plata de América sigue en Europa y nunca hubo un resarcimiento.

 

El desconocimiento de nuestra propia historia, de cómo y por qué fuimos conquistados por los españoles, qué sucedió bajo el amparo de la Iglesia en el tiempo de la Colonia, son datos que se nos enseñaron muy superficialmente y desde el punto de vista del vencedor.

 

No conocemos nuestra historia.

 

No tenemos conciencia de que esa riqueza nos pertenece. El desarraigo a nuestro suelo es el que ha permitido que otros se enriquezcan con nuestros recursos.

 

El desconocimiento ha hecho que generación tras generación se tornara indiferente y no nos preguntáramos por qué seguimos siendo tan pobres, con tantas carencias que no han sido resueltas por siglos.  Por qué el desarrollo y la tecnología no llegan a los pueblos que cada día son más pobres?

Si somos una región de riquezas, ¿qué ha pasado?

¿Por qué la brecha entre países ricos y pobres es cada día más ancha cuando contamos con tantos recursos naturales?

 

Galeano, en su libro Las venas abiertas de América Latina, da un grito para que despertemos de ese sueño que nos mantiene en el subdesarrollo. Tenemos que despertar.

 

Desde su descubrimiento por los europeos América ha sido explotada y saqueada.

 

La historia que se nos enseñó en las aulas escolares ha sido escrita por los vencedores y no por los vencidos.: los hechos se presentan   parciales y cercenados;  y al pasar el tiempo se le han hecho tantos retoques  a esa historia  según la influencia política del momento, ocultando la realidad de los hechos.

 

Desconocemos la verdadera causa del descubrimiento de América y qué motivó a Cristóbal Colón el lanzarse a romper los mitos y leyendas del hombre de la Edad Media para cruzar los mares desconocidos.

 

Desconocemos qué sucedió en las guerras de la Conquista y sabemos poco de la verdadera explotación de la época colonial. Hemos repetido la historia oficial haciendo héroes apasionadamente, sin permitirnos una revisión objetiva de los hechos. La conquista y la época colonial se han mitificado en una época idílica.

 Pero al revisar la historia se presenta una realidad diferente. Mario Antonio Sandoval dice en la página de opinión, en su columna Catalejo, del periódico Prensa Libre,”la historia del país simplemente no se conoce, y la poca conocida está afectada por la interpretación ideológica excluyente, o por la emotividad, cuya primera víctima es el análisis sereno. Conocer la historia permite comprender mejor las causas de los hechos de este momento”.

 

Eduardo Galeano, en su libro Las venas abiertas de América Latina, en los primeros capítulos presenta un panorama de la historia del Viejo Mundo en la época del descubrimiento de América.

 

 La España medieval  estaba desgarrada y en aprietos económicos por los ochocientos años de guerras que significaron la Reconquista. La recuperación de Granada, el último reducto de la religión musulmana en suelo español, se logró en gran medida,  por la rivalidad de los dos últimos gobernadores musulmanes. Los reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, que habían logrado unir sus reinos para evitar el desgarramiento de sus dominios,  en 1492 logran vencer a Hassán y recuperar Andalucía.

 

 Pero para guerrear, los monarcas necesitaban dinero. El tesoro real estaba agotado.  La corona estaba en ruinas y endeudada con los acreedores de esta guerra  que había sido librada en nombre del Cristianismo en contra del infiel Islam.  Había sido patrocinada y bendecida por la Iglesia. Esta fue una guerra santa. La espada y la cruz estaban unidas. La reina Isabel se hizo madrina de la Santa Inquisición y en ese mismo año, 1492, son expulsados del reino ciento cincuenta mil judíos. Muchos de ellos, banqueros y prestamistas de la corona, hábiles comerciantes de sedas y especias, además de muchas manos expertas en diferentes oficios.

 

Pero no solamente los hábiles artesanos judíos fueron expulsados, con la Reconquista las prósperas plantaciones del sur de España se quedaron sin los laboriosos brazos que las hacían producir al ser expulsados los moros. Los campos perdieron sus cosechas y los tributos no ingresaban a las arcas reales.

 

En esta ruina económica,  los Reyes de Castilla y Aragón vieron en Cristóbal Colón, el iluminado aventurero que podía llegar a Cipango y conquistar las montañas de oro y perlas, además de las codiciadas especias que describía Marco Polo, la posibilidad de una recuperación económica si llegaban a las fuentes de tantas riquezas. “Los Reyes Católicos de España decidieron financiar la aventura del acceso directo a las fuentes, para librarse de la onerosa cadena de intermediarios y revendedores que acaparaban el comercio de las especias y las plantas tropicales, las muselinas y las armas blancas que provenían de las misteriosas regiones del oriente. El afán de metales preciosos, medio de pago para el tráfico comercial, impulsó también la travesía de los mares malditos.” (Galeano, pag.6)

 

Los viajes de Colón fueron una empresa estatal, financiada con dineros de la corona. Y como a la Iglesia le interesaba la expansión del reino de Castilla porque ampliaba el reino de Dios,  dio “carácter sagrado a la conquista de las tierras incógnitas del otro lado del mar” (Galeano, pag.6)

 

Los conquistadores buscaban metales y piedras preciosas. Buscaban las costosas especias y todo aquello que les representara hacerse de riqueza. Y para ello gente aventurera, sin educación, pero si con mucha ambición, fue financiada por los propios conquistadores o por banqueros y mercaderes que exigían buena parte del botín, para lanzarse sobre América.

 

 La conquista de América fue una empresa comercial que pedía grandes retribuciones económicas.

 

La exuberancia de las nuevas tierras, la inmensa variedad en flora y fauna, la nobleza y la mansedumbre de  los nativos con rasgos tan extraños, los deslumbró.  Pero no los conmovió ni los detuvo en su voraz búsqueda del oro. La verdadera esencia de los españoles como de los portugueses estaba en apoderarse,  por medio de las armas,  del oro y de cuanta riqueza nativa encontraran en estas tierras. Empresas que estaban siendo bendecidas por la Iglesia para la propagación de la fe cristina  porque representaban un gran negocio. “En 1530, una nueva bula concedió a la corona española, a perpetuidad, todos los diezmos recaudados en América: el codiciado patronato universal sobre la iglesia del Nuevo Mundo incluía el derecho de presentación real de todos los beneficios eclesiásticos.” (Galeano, pag.8)

 

América fue conquistada por las armas y por la cruz. Los indios, como se les llamó desde entonces, fueron fácilmente vencidos porque no conocían los adelantos de la civilización del Renacimiento. No conocían la pólvora ni el hierro. Ni todas las armaduras de guerra que les tapaban todo el cuerpo y que reviraban los dardos y las flechas, y donde las piedras rebotaban.  No empleaban la rueda ni conocían el vidrio.

 

El gran desnivel de desarrollo es el causante de la facilidad con que sucumbieron las civilizaciones americanas.

 

También facilitaron la conquista el asombro y el miedo.

 

Los caballos fueron una fuerza mágica atribuida a los hombres blancos. Los caballos y los perros de ataque ayudaron a la rendición del gran Moctezuma en México y a la toma de la imperiosa Tenochtitlán. El caballo y el jinete rubio, blanco como la cal y con barba de oro,  fueron vistos como el retorno a la tierra del gran dios Quetzalcóatl.  

 

El inca Atahualpa cayó de espaldas cuando vio a los primeros soldados montados a caballos.  Francisco Pizarro entró en Cajamarca con relativa facilidad, porque los ruidos de los cañones y las balas enloquecieron a los guerreros incas. También blanco y barbudo era Huiracocha, el dios bisexual de los incas.

 

Si bien es cierto que la lucha fue desigual con respecto al armamento, los conquistadores tuvieron otros aliados que les facilitaron la victoria: las enfermedades.

 

Las bacterias y los virus fueron los aliados más eficaces. El primer contacto con el hombre blanco significó la contaminación. Los europeos traían la tuberculosis, la sífilis, enfermedades intestinales, el tracoma, el tifus, la lepra, la fiebre amarilla y la viruela, que fue la epidemia que exterminó pueblos enteros. Durante siglos siguió siendo y es,  la causante de gran mortandad entre la población indígena.

 

Los conquistadores entraron relativamente fácil a las grandes ciudades de los imperios americanos. Sobre Guatemala, Pedro de Alvarado mató tantos indios que se hizo un río de sangre y “el día se volvió colorado por la mucha sangre que hubo aquel día.”(Galeano, pag. 10)

 

Usaron la intriga y la rivalidad entre los pueblos para separar y vencer.

Ya tomadas las ciudades y destruidas sus castas gobernantes,  los conquistadores se dedicaron a saquearlas de sus riquezas materiales: oro y plata y cuanta piedra preciosa encontraran.

 

Los conocimientos filosóficos, astronómicos, matemáticos o los grandes avances en cirugía de esas cultas civilizaciones se perdieron por esas matanzas indiscriminadas: nada importaban de estas grandes civilizaciones que los españoles no comprendían y que no tenían interés en conocer.

 

 Al matar a las clases privilegiadas, nobles y sacerdotes, el resto de las poblaciones fueron reagrupadas y entregadas a los encomenderos para la explotación de las minas y los yacimientos de oro y plata. Y para trabajar en los trabajos forzados en los latifundios o como cargadores.

 

Habían sido siempre obedientes y sumisos a sus soberanos, y lo siguieron siendo bajo los nuevos amos, que se quedaron para hacerse ricos. Y para siempre.

 

Todas las guerras son sangrientas y los perdedores llevan la peor parte. Pero con el tiempo, hay resarcimientos y ayudas para recuperar lo perdido y avanzar en el desarrollo.

 

¿Y el desarrollo de América Latina?

 

América era muy rica en oro y plata. Los españoles buscaban volverse ricos en pocos años, y así empieza una estructura de dominio y exterminio de pueblos americanos. Los recursos naturales de toda clase se fueron de nuestros suelos para desarrollar Europa. Pero lo nefasto de la estructura económica ha quedado hasta nuestros días.

 

Durante el tiempo de la Colonia las fértiles minas de plata de Potosí, en la actual Bolivia y las de Zacatecas y Guanajuato en México,  proporcionaron un flujo gigantesco de plata para España.

 

Esta inmensa riqueza servía para pagarle a los acreedores del reino, en su mayoría extranjeros, ya que la Corona estaba hipotecada con los banqueros alemanes, genoveses, flamencos y españoles. Las arcas de La Casa de Contratación de Sevilla estaban siempre vacía, pues servía  para pagar los constantes frentes de guerra por las guerras religiosas en su afán de expulsar al demonio del protestantismo de toda Europa. Felipe II puso en funcionamiento la terrible máquina de la Inquisición y abatió sus ejércitos sobre la herejía. Las deudas papales con los banqueros alemanes por la construcción de la catedral de San Pedro tenían que ser pagadas, y fueron canceladas con la plata americana.

 

El clero se multiplicaba y exigía su diezmo.

 

La plata también tenía otro camino: se sacaba clandestinamente y se quedaba en manos de los contrabandistas y comerciantes.

 

La aristocracia española recibía grandes ganancias de los préstamos que recibía de la Corona y con el dinero fácil, pues no había sido producto del esfuerzo del trabajo, se consagraba al despilfarro. Los nuevos ricos se dedicaron a comprar títulos de nobleza y latifundios que no les interesaba hacer rentables. La población crecía y “la enferma economía española no podía resistir el brusco impacto del alza de la demanda de alimentos y mercancías que era la inevitable consecuencia de la expansión colonial.” (Galeano, pag. 13)

 

Se despertó una lucha entre los países vecinos de España por hacerse de la conquista del mercado español, pues esto significaba la plata y el mercado de América. España era un reino con la plata, que podía comprar lujo y bienes suntuosos. Pero no podía abastecerse ella misma. No tenía industria ni manufacturas. Todo lo compraba: su lujo y opulencia la compraba con la explotación de sus colonias americanas.

 

Los vecinos europeos florecieron con esa rica vecina que tenía un gran impulso de compra y una sed de lujo y ostentación. El poder de compra de España era poderoso.  Para abastecer esta creciente demanda española de mejores y más mercancías, los países vecinos y laboriosos empresarios,  empezaron a  invertir sus grandes ganancias en la investigación y en la nueva tecnología.  Se industrializaron. De América venía todo el dinero, por medio del monopolio de la Corona en el comercio,  para desarrollar  los nuevos adelantos.  Y con la  riqueza de América las sociedades europeas se desarrollaron rápidamente. El capital formó sociedades prósperas que avanzaban rápidamente. El oro y la plata de América nutrieron esa expansión.

 

Lejos estaba España de este auge tecnológico, ya que no se invertían los capitales en el desarrollo industrial.  

 

Galeano escribe en su libro “Mandel hace notar que esta gigantesca masa de capitales creó un ambiente favorable a las inversiones en Europa, estimuló el “espíritu de empresa” y financió directamente el establecimiento de manufacturas que dieron un gran impulso a la revolución industrial” (Galeano, pag. 15)

 

Esta concentración de riqueza y de capitales que provenían de América en beneficio de Europa impidió en las regiones de América que se formara el capital industrial.

 

Ni industria, ni comercio, ni cultivos. España limitó y condicionó el desarrollo de América a sus propios intereses. Y esos intereses estaban regulados estrictamente por monopolios comerciales.

 

Sembramos y producimos lo que la Corona y Europa demandaban.

 

El monopolio del comercio en manos de la Corona no permitía el desarrollo de nuevas industrias en sus colonias y el comercio se centró en la importación de esclavos, sal, vino, aceite, armas, paños y artículos de lujo.

 

La Corona condicionó nuestro desenvolvimiento económico a su servicio y a las  necesidades del mercado europeo.

 

Así se centralizó el mercado en torno al sector exportador, creando una clase privilegiada. La economía colonial estaba regida por los mercaderes, los dueños de las minas y los grandes terratenientes. El poder económico estaba concentrado en pocas manos. La renta y el poder estaban en esas pocas manos.

 

La vida colonial en las ciudades ricas de América prosperó rápidamente. Las ganancias eran tan inmensas que se derrochaban en fiestas suntuosas, en la construcción de palacios e iglesias con altares de plata y oro, en el lujo y la opulencia de palacios y residencias.

 

Todo se compraba a la Madre Patria para satisfacer ese creciente deseo de ostentación.

 

Nacen ciudades alrededor de los centros mineros del cerro Potosí, que tenían vetas magníficas de plata. Durante la época de la explotación minera, Potosí floreció y fue una ciudad tan rica, que dejaba sin aliento a los recién venidos, por su inmenso lujo.

 

La sociedad del rico Potosí solo dejó a Bolivia la vaga memoria de su esplendor.

 

Junto con Potosí, Sucre y Huanchaca, que disfrutaron en su época de las riquezas del cerro, Sucre, que fue la capital cultural de dos virreinatos, la ciudad más ostentosa y culta de América, donde floreció una rica artesanía con un sello único del mestizaje, es hoy una ciudad pobre y triste. Como toda Bolivia

 

Las minas mexicanas de Guanajuato y Zacatecas corrieron igual suerte.

La riqueza se despilfarró en construcciones ostentosas, en lujos y en fiestas de toda clase. No había una estructura económica que permitiera que la riqueza llegara a toda la población. Los privilegios ahogaron todo desarrollo.

 

 

Para poder explotar las riquezas del suelo se necesitaban brazos trabajadores. Y estos los tuvieron en abundancia. Los indios eran arrancados de sus comunidades agrícolas y reagrupados en pueblos mandados por las distintas órdenes religiosas que vinieron a América y eran sometidos a la servidumbre.  Los encomenderos, posteriormente, proporcionaban grandes cantidades de mano de obra gratuita o semigratuita, ya que las tierras se vendían con los indios.  Los indios se mantenían en un régimen de esclavitud.

 

El indio se mantiene como mano de obra barata y abundante. Porque era obligada a entregar sus tierras y reubicarse en los centros de explotación. Eran esclavos, cuyo trabajo extenuante sustentaba al reino. Eran el combustible del sistema productivo. Cuando los indios empiezan a menguar,  por los trabajos forzados, por las enfermedades y por la reubicación en otros climas, se vieron los españoles en la necesidad de hacerse de mano de obra barata.

 

Pronto floreció el comercio de esclavos negros. Las minas y las plantaciones necesitaban mano de obra en abundancia. Y el comercio de negros africanos traídos de contrabando fue tan rentable y próspero, que mucha de la plata de América se quedó en Manis inglesas y holandesas por el tráfico de esclavos.

 

La Conquista y la Colonia rompen el sofisticado sistema  y la organización lograda a través de  la división del trabajo que hicieron florecer a las grandes civilizaciones prehispánicas. La riqueza de las construcciones, la organización en las siembras de las tierras comunales, los artesanos y las castas privilegiadas y los nobles, estaban perfectamente organizados. Eran civilizaciones avanzadas y de gran cultura. La fuerza religiosa que regía la relación del hombre con la tierra,  que era sagrada,  fue aniquilada. La habilidad de arquitectos, escultores, orfebres, ingenieros, astrónomos y de toda una casta social de una inmensa cultura,  fue llevada como combustible para poder satisfacer la demanda de mano de obra en la explotación. La habilidad de estos individuos no interesaba. Se rompe todo una estructura social y se desperdicia el conocimiento ancestral.

 

Se degrada a estas civilizaciones rotas por la conquista y se les desprecia racialmente.

 

El indio es visto como un animal de carga, como un ser inferior o como un ser sin alma. De nada sirvieron todas las ordenanzas y decretos para impedir la esclavitud y el trabajo forzado en los indios. Quedaron, hasta hoy, en letra muerta.

 

La discriminación y la injusticia social echaron sus raíces hace siglos.

Esa herencia de desprecio a esa cultura incomprendida es la causante del racismo en América Latina,  y especialmente en Guatemala.

 

Los indios fueron desterrados de sus valles fértiles y de las ricas riberas y empujados a vivir en las zonas más pobres, las montañas más áridas.  Hasta el siglo pasado eran asesinados y exterminados, tanto en la Patagonia como en el estado de Sonora, para poder vender sin impedimentos las ricas tierras en minerales a los nuevos conquistadores del siglo XX.

 

Fueron despojados de sus tierras de cultivo, de su ancestral forma de cuidar la tierra, para llevarlos a regiones  de climas diferentes y para ser reagrupados en pueblos cerca de la extracción de metales o , para trabajar en los ingenios manejados por las órdenes religiosas y en las nuevas siembras de los latifundios.

 

Este sistema de esclavitud no permitía que en las ciudades coloniales se desarrollara una sociedad próspera. No valía la pena fabricar mercancías, la industria no prosperaba porque no había suficiente poder de compra en la clase pobre, que era la más abundante. ¿Para qué fomentar una industria si no hay a quien vender?

 

Además, toda actividad comercial  estaba regulada por la Corona. La Corona protegía los monopolios comerciales y prohibía instalar  manufacturas que podían ser importas de Europa. Así el interés por fomentar la industria fue hasta el siglo pasado muy escaso. Había dinero para comprar, sin necesidad de producir.

 

Pero el saqueo del oro y la plata de los territorios ocupados por los españoles no fue exclusividad de la Corona. Con nuestros recursos no prosperaron únicamente Francia, Italia y Alemania, sino que Inglaterra se vio ampliamente favorecida por los contratos comerciales con los portugueses, que con el oro brasileño ayudaron a formar una de las potencias económicas más grande del mundo.

 

El ejemplo de Brasil es muy ilustrativo. Portugal  prohibió el funcionamiento de refinerías de azúcar en 1715; en 1729, declaró crimen la apertura de nuevas vías de comunicación en la región minera; en 1785 ordenó incendiar los telares y las hilanderías brasileñas para proteger a la industria textil británica a cambio de las concesiones para los vinos portugueses en Inglaterra. Así se mató cualquier tipo de desarrollo manufacturero en Brasil y se condenó a la ruina a las pocas manufacturas locales.

 

Las ricas minas de oro en Brasil, Minas Gerais, trasladó al sur el eje económico y político del país. En el centro dinámico de la flamante economía minera, brotaron las ciudades con sus criminales, vagabundos y malhechores. Se vivía una vida desenfrenada y pecaminosa.

 

La Villa Rica Ouro Preto se convirtió en una floreciente ciudad, nacida de la avalancha de los mineros.  

 

Había tanto oro que Ouro Preto necesitaba de gran cantidad de esclavos negros, que fueron sacados de las plantaciones de tabaco y azúcar. Esto ocasionó un desabastecimiento de alimentos, ya que a los mineros no les interesaban los cultivos.

 

El pueblo de Minas Gerais era tan rico como la ciudad de Potosí. Su vida era para el lujo. Los dueños de las minas eran potentados dedicados a las extravagancias y al despilfarro. Las órdenes religiosas se dedicaron a construir iglesias de fachadas simples, pero con altares de oro puro y piedras preciosas. Con gran fuerza creadora floreció una imaginería de gran refinamiento influenciada por el mestizaje  Las iglesias estaban llenas de imaginería repujada en oro y hecha de oro macizo. Sus vasos y candelabros eran de oro macizo y piedras preciosas. Y los curas no desaprovecharon la oportunidad para sacar cuanta imagen había en estos ricos templos y llevarse los santos llenos de oro y todo objeto que pudieran cargar.

 

Potosí desarrolló igualmente una rica imaginería. Los hábiles artesanos criollos y españoles y los imagineros indígenas imprimieron su sello al arte colonial americano. Los templos se llenaron de imágenes de plata pura y piedras preciosas. Los orfebres, los cinceladores de platería, los maestros del repujado y los ebanistas, artífices del metal, la madera fina, el yeso y los marfiles nobles. Los frentes barrocos de palacios e iglesias, trabajados en piedra son los testigos mudos del esplendor pasado de una ciudad que vivió para ser saqueada.

  

Luego,  a mediados del siglo XVIII, empezó en Brasil la fiebre de los diamantes. Muchos mineros  se fueron al campamento Tijuco, que pronto se convirtió en el centro de lujo y elegancia de la región. Todo era traído de acuerdo a la última moda europea.

 

Portugal y sus colonias abrían sus mercados a las manufacturas inglesas.

 

 

La historia se repite. Los actores son diferentes, pero la comedia es la misma: con la riqueza extraída de los ricos suelos brasileños, florece una industria inglesa necesitada de abastecer las grandes demandas de las colonias portuguesas. El oro y los diamantes brasileños sirvieron para industrializar y hacer de Inglaterra una gran potencia económica mundial.

La gloria, la pompa y la alegría se habían desvanecido y no quedaba sitio para ninguna esperanza de aquella fugaz civilización del oro que había nacido para morir y dejar a sus descendientes en la miseria.

 

“Condenados inflexiblemente a la pobreza en función del progreso ajeno, los pueblos mineros ”incapaces” quedaron aislados y tuvieron que resignarse a arrancar sus alimentos de las pobres tierras ya despojadas de metales y piedras preciosas.” (Galeano, pag. 32)

 

Y son hoy, pueblos pobres. El fantasma de los pueblos bolivianos con su miseria al desnudo se reproduce en los pueblos que una vez fueron los impulsores de la riqueza de otras civilizaciones.

Alguien podría opinar que la vida desenfrenada y de lujo de esas sociedades mineras, fue la cuansante de no prevenir un futuro mejor y que no quisieron sentar las bases para el desarrollo de una economía próspera en su propio suelo, que no tuvieron la visión de forjar un mejor futuro  con tanta riqueza y que por eso tienen hoy el castigo de ser pobres

Pero las buenas decisiones que se toman por los ciudadanos y sus representantes en el gobierno no pudieron ser tomadas por los americanos, sino que eran ordenadas e impuestas desde España con el único afán de obtener ganancias.

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Fueron Inglaterra y Holanda las que amasaron grandes fortunas por el contrabando de esclavos negros y porque atrapaban por medios ilícitos más de la mitad del metal que correspondía al impuesto del “quinto real “ que debía recibir la corona portuguesa.

También las prohibiciones a cualquier intento de industria o manufactura impuestas por Portugal para proteger el comercio con los ingleses.

 

Así como la Corona portuguesa, la Corona española sentó las bases de la economía que han prevalecido hasta nuestros días.

La explotación de los recursos en pocas manos, los monopolios comerciales que han mantenido una escasa industria ineficiente y mala, los latifundios dedicados a monocultivos  y los grandes privilegios para una élite, han sido los grandes impedimentos para una vida más próspera de la gran mayoría.

 

En Guatemala los indios constituyen el eje de la vida económica nacional. Dejan sus tierras y bajan para cosechar el café , el algodón y el azúcar. Los indígenas están hoy incorporados al sistema de producción y al mercado de consumo, aunque sea en forma indirecta. Participan de un orden económico y social donde desempeñan el duro papel de los más explotados dentro de los explotados.

 

Este sistema  económico impuesto desde la Conquista y la Colonia ha perdurado hasta hoy. Los requerimientos  de mano de obra barata e ignorante de los diferentes ciclos de explotación se han mantenido sin mayores variantes. Producimos lo que se nos ha impuesto por las empresas extranjeras  dominantes y se nos ha vaciado de nuestros recursos valiosos.

“El modo de producción y la estructura de clases han sido sucesivamente determinados, desde fuera, por su incorporación al engranaje universal del capitalismo.” Afirma Galeano.

 

Hoy cedemos valiosos terrenos vírgenes, selvas tropicales invaluables,  para la explotación petrolera a compañías internacionales ávidas de jugosas ganancias por los precios exorbitantes que ha alcanzado el crudo.

Damos concesiones mineras a compañías internacionales sin preocuparnos por la contaminación ambiental y el deterioro de las comunidades y su entorno. Se llevan las ganancias a cambio de nada. Nos dejan la miseria y la devastación por las leyes que están hechas para proteger y ayudar al explotador.

 

Seguimos desangrándonos.

 

Conocemos la historia que se nos enseña en las aulas, porque el sistema se ha acomodado a los intereses políticos de cada momento  y las revisiones serias que se han hecho de la Historia no llegan a los libros de texto. Alvaro Pop sostiene que ”la historia que se imparte en las escuelas es muy elitista, lo que impide que los estudiantes tengan interés en ella”

 Como Galeano, muchos pensadores e historiadores han levantado la voz para que analicemos detenidamente nuestro pasado y podamos desarrollar un cambio de las estructuras coloniales que mantienen presa a la economía nacional y a nuestra estructura social.

 

Tenemos que aprender desde las aulas escolares y universitarias a amar a nuestra patria.

 

A ser mejores guatemaltecos.

 

A borrar los patrones  proteccionistas, los privilegios a cualquier actividad económica y que el estado cumpla con su función de proteger la propiedad privada de cada individuo.  A borrar la idea de que papa gobierno nos resuelva todas nuestras carencias. Garanzar la libertad individual, para que cada persona encuentre su desarrollo.

 

Si damos nuestros mejores esfuerzos por lograr cambios en nuestras estructuras económicas y sociales podríamos sacar a la mayoría de guatemaltecos que viven en la miseria y la ignorancia,  a que sean parte del engranaje productivo de la nación para poder todos tener una mejor calidad de vida.

Hemos fracaso hasta hoy, por mantenernos en el atraso y la ignorancia y por seguir repitiendo los errores de un sistema que no permite que la mayoría se incorpore al desarrollo.

 

La ignorancia se combate con educación.

 

Educación en la libertad individual para impulsar a toda la sociedad.

   

En plana época de la libre comercialización no podemos decir que seguimos existiendo al servicio de las necesidades ajenas, como fuente y reserva de los productos que los países ricos demandan. Debemos trabajar en libertad para poder satisfacer la demanda de consumo de esos países ricos o de cualquiera que necesite de nuestros productos.

 

No permitamos que las patéticas realidades de Potosí y de Villa Rica de Ouro Preto se repitan en el siglo XXI. No veamos en las multinacionales a los nuevos conquistadores, sino a los compradores que están dispuestos a pagar por nuestras mercancías y por nuestros ricos recursos naturales.

Preparados con todos los recursos de la tecnología moderna, de la mayor información posible,  teniendo gobiernos honrados y capaces que promulguen buenas leyes y políticas agresivas que defiendan nuestros intereses,  podemos hacerle frente a este comercio multinacional y lograr contener la hemorragia, la sangre que se nos escapa de esas venas abiertas que nos mantiene moribundos.

 

* Estudiante de la Universidad Francisco Marroquín.