EL PERIODISMO Y LOS CIENTÍFICOS DE LA COMUNICACIÓN

COMO SUBPRODUCTOS LIBERALES

 

Karen Cancinos*

 

 

La libertad de expresión… el respeto a la opinión diferente… fueron conquistas morales que surgieron trenzadas al desarrollo tecnológico y sólo se obtuvieron en Occidente tras un largo periodo de conflictos y violencia… Es una peligrosa ingenuidad pensar que… un movimiento volcado hacia el rescate del pasado, no tendrá unas nefastas consecuencias para el desempeño del periodismo libre… Se supone que los periodistas nos limitemos a contar, como notarios, lo que sucede ante nuestros ojos. Pues bien: ante nuestros ojos se asoma un inmenso peligro para la supervivencia de la libertad y es nuestro deber contárselo a la sociedad sin miedo… Para muchos pueblos… el asunto acaso sea de vida o muerte… Defender las ideas de la libertad, que son las del buen periodismo, tal vez sea una forma de conjurar ese peligro.

Carlos Alberto Montaner, en charla dictada en el acto de clausura de la convención de la Sociedad Interamericana de Prensa SIP. Quito, marzo de 2006.

 

 

Se entiende que un subproducto es uno secundario que se obtiene en la elaboración del principal: el aceite de orujo es un subproducto del olivo. Si bien el liberalismo nada “ha elaborado” —para no caer en antropomorfismos inaceptables—, permítaseme utilizar aquí esa expresión como sinónimo de “ha propiciado”. En otras palabras, y como se demostrará en las páginas que siguen, el liberalismo propició dos subproductos que en las sociedades actuales se dan por sentados: el periodismo y los científicos de la comunicación.

El periodismo es producto de las ideas de los precursores del liberalismo del siglo XVII, así como de las promovidas por algunos franceses ilustrados. Fue en 1643, luego de que el Parlamento inglés suspendiera la libertad de imprenta, cuando John Milton publicó su Areopagitica, célebre alegato a favor de la libertad de expresión. Y en 1688, durante la revolución que instaló al holandés Guillermo III de Orange en el trono pero no en las simpatías de los ingleses, Daniel Defoe afiló su pluma y se dio a la tarea de escribir su famoso ensayo satírico El verdadero inglés, que el pueblo aplaudió, las autoridades denostaron y el monarca saludó con gracia, al punto de mandar a llamar a tan mordaz autor para conocerle. El rey no sabía entonces que durante los años siguientes varios personajes del poder público intentarían mantener a raya a un periodista valiente para sus lectores y deslenguado e irreverente para sus detractores. A la vuelta del siglo, en 1713, nacería en Francia Denis Diderot, de quien Voltaire llegó a decir que había venido al mundo a aplastar el fanatismo y la hipocresía. Menudo elogio viniendo de quien hoy constituye uno de los punteros de la conquista de la libertad de pensamiento.

Siendo que los valores que suscribimos quienes ejercemos el periodismo en la actualidad no pueden considerarse aisladamente de los límites —tan característicamente liberales— que se les establecieron en el Siglo de las Luces, y aún antes en Inglaterra, a las instituciones monárquicas insulares primero, y republicanas continentales y americanas después, los componentes de la tesis que propongo en estas páginas son que el periodismo, como institución y como ciencia, es un subproducto feliz y nunca intencionado del liberalismo; que tal subproducto, hoy, requiere de un nuevo tipo de científicos: los científicos de la comunicación, y que los científicos de la comunicación, lejos de constituir pregoneros contemporáneos o meros registradores y difusores de hechos, deben necesariamente constituir una correa de transmisión entre las ideas y la sociedad, es decir, tienen que ser intelectuales.

Ahora bien, “las ideas” a las que me refiero no son una frase hecha ni una caja de costura en la que todo cabe. No engloban cualesquiera ideas, sino las correctas. Las verdaderas. No puede ser de otra forma si no se quiere degradar al periodismo a la condición de técnica —que solo busca la utilidad—, o diluirlo en una suerte de manifestación artística —que busca la belleza—. Si se acepta la premisa de que el periodismo es una ciencia se acepta que éste debe buscar, entonces, la verdad. ¿Cuál verdad? La única que puede serlo al cumplir con la ley de identidad, el principio de no contradicción y el principio del tercero en exclusión. La verdad que constituye la realidad que el liberalismo, en tanto concepción del mundo y no ideología, lee en lugar de “interpretar” o idealizar. Tiene sentido entonces la afirmación de Montaner de que las ideas de la libertad son las del periodismo actual. Las del buen periodismo.

 


El periodismo como institución

 

Antes de adentrarme en la idea de que el periodismo constituye una institución si se toma en cuenta la distinción que hizo Friedrich von Hayek entre organizaciones e instituciones[1], deseo compartir con los lectores de estas páginas que, en varias ocasiones, me he encontrado con que estudiantes de periodismo, al ser preguntados acerca de qué es éste y en qué consiste, responden que es un cúmulo de técnicas de investigación de datos, redacción y locución —la mayor parte de las veces— o un arte —las menos veces—. No alcanzan a relacionar el concepto de institución con algo que perciben como un mero oficio o, en el mejor de los casos, una profesión, hasta que se les hace ver que el periodismo es un proceso con sus propias normas que responde a la constantemente evolutiva realidad circundante, y que tuvo su origen en la dinámica social del siglo XVII, con las gacetas y su incardinación en la estructura de poder político de entonces.

En otras palabras y siguiendo al profesor Hayek, el periodismo es todo un cosmos y no un taxis, si bien las empresas periodísticas y los grandes consorcios de medios actuales sí se rigen como tales porque así deben hacerlo.

En cuanto los estudiantes aprehenden —si bien a vuelapluma— esta idea de la división entre órdenes espontáneos y deliberados, cosmos y taxis, muestran paulatinamente otra disposición a entender el periodismo como algo más complejo e interesante de lo que creían originalmente. Comprenden también la importancia de estudiar y entender el vínculo inextricable entre periodismo, poder público y convivencia social.  Asimismo, entienden que la institución periodística —en cuanto se dan cuenta de que tiene sentido llamarle así— tiene un basamento que está asentado, como un banco, en cuatro pilares:

 

Siglo XV. Invención de la imprenta de tipos móviles por parte de Johannes Gutenberg.

Estertores de la Edad Media.

 

Comienzos del siglo XVII. Afianzamiento de la publicación de hojas informativas en distintas ciudades europeas: adquieren periodicidad.

Los monarcas de la época buscan monopolizar esta forma de difusión; surgen así las gacetas, antecedentes de los diarios actuales.

Siglo XVII. Aparecen en Inglaterra los primeros boletines de “chismorreo organizado”. Asimismo surgen otros, pequeños periódicos doctrinarios, no oficiales y altamente politizados.

 

The Spectator, de Steele Addison, The Weekly Review, de Dafoe y The Examiner, de Swift, se sostienen como voceros sectoriales de la burguesía y de la naciente clase obrera (aunque desde el poder se imponen políticas restrictivas sobre esta última).

Siglo XVIII. Durante la Revolución Francesa florecen los periódicos panfletarios: Le Père Duchêne, de Herbert, Le Vieux Cordiller, de Desmoulins, y Tribune de Peuple, de Babeuf

 

Cristalizan las libertades de opinión y de prensa. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano estipula que "la libertad de comunicar sus pensamientos y sus opiniones es uno de los derechos más preciosos del hombre; todo ciudadano puede por lo tanto hablar, escribir, imprimir libremente, y sólo deberá responder de los abusos cometidos en el ejercicio de esta libertad en los casos previstos por la ley".

Siglo XIX. Caída de la prensa fincada en la mera opinión o en el “chismorreo organizado”. Aparición de la llamada "prensa de a centavo".

 

En Estados Unidos, a diferencia de Europa, no existían legislaciones impositivas restrictivas a la prensa. En la década de 1830 aparecen The Sun, de Day, y el Morning Herald, de Gordon Benett. El primero redefinió el concepto de noticia dejando de lado la opinión para concentrarse en relatos. Por primera vez se buscó un tratamiento noticioso atrayente y financiación por medio de anuncios, en lugar de la hasta entonces tradicional venta de ejemplares. Eso implicó que la capacidad de los periódicos para conseguir ingresos procedentes de la publicidad quedaría desde entonces vinculada al número y perfil de sus lectores. Los géneros periodísticos actuales son el fruto de esta transformación (como la separación de las páginas editoriales de las informativas, por ejemplo, y paulatinamente, de la especialización de secciones de los diarios para cubrir temas económicos o de relaciones internacionales).

Finales del siglo XIX, hacia 1880. Surgimiento del "periodismo amarillo".

 

La competencia por más lectores entre los productos de las cadenas Hearst y Pulitzer (Journal y World, respectivamente), dio nacimiento al "periodismo amarillo" por parte del primero. Hacia finales de siglo los periódicos de ambas cadenas sumaban 1.500.000 ejemplares.

Siglo XX. Surgimiento de la objetividad como meta del periodismo.

 

Aunque se ha puesto en duda la objetividad, sigue considerándose como principal cometido de un periódico el publicar noticias y así informar a sus lectores. De hecho, la rotulación de algunos espacios como columnas editoriales o de opinión no hace más que reforzar la idea de que el cuerpo general del diario es la narración de hechos. Narración que las técnicas profesionales tratan de distanciar de la subjetividad del periodista.

Siglo XXI. "Desespacialización" de la experiencia de comunicación.

 

El desarrollo de las telecomunicaciones —ya desde el siglo XIX—[4] inauguró siglo y medio más tarde una situación nueva para los seres humanos: la experiencia de interactuar en tiempo real con otro… a escala planetaria. Un mensaje puede tener como audiencia potencial a toda la humanidad; de hecho, hay quienes alcanzan a cientos de millones de personas. Sin embargo, un mensaje, mientras más masivo, pierde progresivamente su capacidad de incidir en el acto comunicativo.

 

Esta reseña —a casi grotescos pincelazos, de tan grandes— de la historia de los periódicos sirve para ilustrar:


Periodismo como ciencia

 

Si bien el periodismo como institución tiene un origen y un basamento liberal, ora se le aborde por uno de sus pilares, ora se enfoque su análisis por otro de ellos, también como ciencia se asienta en premisas liberales. Veamos.

La palabra ciencia, derivada del latín scientia, que designa un conocimiento que lleva implícita una garantía de su propia validez sin que esto implique que no es perfectible o corregible, es lo opuesto, no a “ignorancia”[6], como suele pensarse, sino a “opinión”. Por eso el conocimiento científico es demostrable, corregible y descriptible, y está dispuesto de tal modo que presupone un sistema unitario en el que las partes tienen relación con el todo, de manera que no se les desecha o modifica arbitrariamente sin que el todo pierda su sentido. Así se explica que el periodismo no sea un mero cúmulo de técnicas de investigación, escritura y/o locución, si bien su aprendizaje no las excluye. El periodismo es ciencia, la redacción es técnica, por ejemplo. Y nunca una de las partes debe definir al todo.

Además, las afirmaciones de la ciencia tienen validez general, mientras que las opiniones tienen, por definición, cariz personal o sectario. De modo que no se debe echar al mismo saco “ciencias de la comunicación” y “opinión pública”, ni hacer una amalgama indigesta y absurda de “periodismo” con “activismo”. Porque, como ya John Stuart Mill advirtió cuando escribió sobre los peligros que entraña la opinión pública fuera de cauce, el rechazo de la individualidad —tan valorada por el liberalismo— surge cuando la masa rinde culto a la mediocridad aunque proclame admirar la excepcionalidad. La masa, claro, no es la misma en todas partes: “en Norteamérica son los blancos; en Inglaterra, la clase media. Pero siempre son masa, es decir, mediocridad colectiva”[7]. Y la masa no toma las opiniones que suscribe de líderes políticos o religiosos o de libros, “sino de hombres representativos de ella misma que escriben en los periódicos”[8].

Esta hostilidad solapada conlleva un segundo peligro: el ser humano promedio —la mayoría— tiene un intelecto promedio y, por lo tanto, inclinaciones promedio. Esto significa que no tiene metas o pasiones tan fuertes que le hagan hacer cosas fuera de lo común. Eso hace que no comprenda a quienes sí las tienen[9] y que, por esa misma razón, les endilgue vicios y características que desprecia, lo que deviene en campañas “pro moral” de las cuales, afirma Mill, “es evidente lo que podemos esperar”. De campañas pro moral a censura hay muy poca distancia y, más tarde o más temprano, ésta acaba por aparecer.

Aquí hay que anotar que solo cabe hablar de censura cuando el poder público se ve involucrado en el quehacer periodístico. Nada más antiliberal que la afirmación fascista de que “los medios deben estar al servicio de los grandes intereses del Estado”, o la mojigatería de pregonar que “debe prohibirse en los medios el lenguaje obsceno, las escenas de violencia y las de sexo”. Tal propuesta, todavía frecuente a estas alturas del siglo XXI y a siglo y medio de las observaciones de Mill, no es viable sin un alto grado de estatismo. Éste resulta absolutamente inaceptable en una sociedad abierta, el único tipo de sociedad en que el liberalismo puede implantar sus reales.

No es correcto hablar de censura cuando los actos diseccionados con la lupa ética periodística son producto de decisiones privadas; por ejemplo, un anunciante decide retirar su espacio publicitario de un medio determinado por no resultarle rentable o deseable, o el propietario de un medio decide prescindir de los servicios de un periodista por no estar de acuerdo en cuestiones torales de trabajo o puntos de vista editoriales[10].

La enfermiza disposición por parte de la masa de prescribir reglas de conducta para los demás, tomándose a sí misma como rasero de virtud, y que tanto despreciaba Mill, no podía devenir sino en la supresión de los mejores rasgos de los seres humanos, que por definición son prominentes: “es como tratar de que cada parte de la naturaleza humana que destaque sea comprimida, como le comprimen los pies a las mujeres chinas”[11]. Hoy, tomando en cuenta el componente económico del basamento que sostiene la institución periodística —los medios como empresas—, y que no existía en la época de Mill, no es posible que tal prescripción de conductas ajenas pueda darse sin pensar en una intervención del poder público.

El siguiente es otro peligro que Mill describió como propio del “avance de la opinión pública”, pero que hoy puede perfectamente homologarse a la intromisión gubernamental en la esfera privada de las personas haciendo eco de los intereses de grupos de presión. Cuando el público interfiere con conductas que pertenecen estrictamente al fuero privado de las personas, lo más probable es que lo haga de la peor de las maneras y en el peor de los momentos. Pues en cuestiones de normas que faciliten la convivencia social —moral social les llama Mill—, el juicio de la mayoría suele ser atinado (aunque no infalible) puesto que las personas nunca actúan contra su interés propio. Además, solo requiere “que todos se abstengan de ciertas conductas que la experiencia universal ha reprobado”[12].

Pero cuando la sanción social se impone a la minoría como ley, lo más probable es que resulte desatinada. Y es que no refleja más que la opinión o la preferencia de unos pocos sobre lo que es o no bueno para el prójimo: es un tomarse a sí mismo por modelo, posición que asumen con gusto un fanático religioso o un buscador de rentas que levanta la bandera de víctima de cualquier cosa, pero que nada tiene que ver con el derecho de los demás de conducir sus vidas como deseen. Mill hace en este punto una analogía que me parece muy ilustrativa y completamente liberal: “No hay paridad entre el apego que tiene una persona por sus opiniones y la molestia de otra a quien le ofende tal apego, de la misma manera que no la hay entre el deseo de un ladrón por la billetera ajena y el deseo legítimo del dueño de conservarla”[13].

Por otra parte, la pretensión de sancionar socialmente conductas individuales que en nada atentan contra la convivencia pacífica conduce a mecanismos de censura, que siempre son arbitrarios y carentes de límites y parámetros qué ofrecer: “Nueve décimos de los moralistas y los escritores especulativos enseñan que las cosas son correctas porque sí, porque así es”[14]. No debe dejarse sin mencionar aquí que esta vehemencia de Mill respecto a las maldades de la opinión pública irrestricta no debe tomarse hoy al pie de la letra, puesto que la institución periodística en su época no era la que es hoy, fincada en empresas cuyo funcionamiento se rige por las leyes del mercado. En realidad, al hacer una lectura cuidadosa y de buena fe del apartado de On Liberty que se refiere a este tema, se infiere que aquella opinión pública gazmoña y entrometida de la época de Mill puede homologarse hoy perfectamente a los grupos “cortesanos del poder”, como les llama Alberto Benegas Lynch (h), en lugar de al conjunto de ciudadanos consumidores de información, más ocupados en ganarse la vida que en husmear en las vidas ajenas para juzgar sus minucias[15].

Préstesele atención en el párrafo entrecomillado anterior a la frase “escritores especulativos”, porque todavía hoy existe mucha confusión al respecto, y el intento de arrojar alguna luz sobre ella reforzará la tesis, ya expuesta, de que el periodismo es ciencia y no solo técnica o arte, si bien no excluye herramientas propias de ambas.

La ciencia permite obrar sobre la naturaleza, dominarla y/o prever su comportamiento. La ciencia periodística, en tanto ciencia social, si bien no permite dominar la naturaleza u obrar sobre ella, sí permite hacer previsiones y análisis pues no se limita a narrar hechos difundiéndolos a través de letras impresas, ondas radiales, pantallas televisivas o de computadora. La técnica periodística, en cambio, necesaria pero no suficiente, es meramente registradora, descriptiva, “relatora” o “fotógrafa” de hechos: por eso se habla de “periodismo gráfico”, por ejemplo[16].

Un científico de la comunicación —que eso debe ser un periodista— juzga hechos, los compara, los interrelaciona y extrae de ellos las dinámicas que les son propias o las leyes que los rigen, o a sus protagonistas. Para ello debe tener solidez conceptual y una escala de valores definida objetiva y previamente al ejercicio de su profesión. Más sobre ello en el próximo apartado.

 


Una nueva especie: los científicos de la comunicación

 

Para ser un científico de la comunicación y no un mero registrador y pregonero de hechos se necesita una formación muy precisa, sobre todo porque los periodistas hoy se desenvuelven en un mundo ahogado por una masa portentosa de información.

En el caso de un estudiante de periodismo que ejercerá su profesión en Guatemala cuando se gradúe en dos, tres o cuatro años, se encontrará con que el grueso de la gente dispondrá, al menos en los núcleos urbanos, de docenas de canales de televisión por cable, media docena de periódicos, docenas de revistas de interés general y especializadas, decenas de estaciones de radio, Internet, una considerable oferta de películas en renta o en las salas de cine y una constante infusión de nuevos títulos que salen a la venta en las librerías todos los meses.

Ante tamaño tsunami informativo, es evidente que quien aspire a ser un científico de la comunicación deberá saber cómo sortearlo, dominarlo y extraer de él un mensaje pertinente. Se le requerirá pericia, agudeza, rapidez y rotundidad, sí, pero todo ello será impensable, me parece, si no posee para entonces una solidez conceptual que debe estar construyendo ahora. Si no la posee en cuanto empiece a ejercer su profesión, en el ambiente saturado de información constante y gigantesca que le espera, caerá en el desconcierto y la desorientación que empañan la lectura de la realidad que debe hacer todo buen comunicador y que entorpecen o impiden el discernimiento del cual debe hacer gala. Y un periodista sin criterio —cosa que debería ser una contradicción en términos— será barrido, más temprano que tarde, del mundo competitivo de un periodismo cada vez más exigente.

¿Un periodista puede o debe ser un “todólogo”? No. Pero sí debe hacer acopio en sus años universitarios de una teoría sólida sobre comunicación, dominio del inglés como mínimo, conocimiento y comprensión del proceso económico y de los fundamentos éticos, políticos y jurídicos de una sociedad abierta. Se dice fácil, pero no es poca cosa: de hecho, resulta toral y más, pero mucho más importante que la adquisición de técnicas específicas de recolección de datos, redacción y locución (si bien éstas son complementarias y necesarias). A menudo en la comprensión de los fundamentos aludidos, va la definición de la escala de valores que mencioné previamente y que me parece imprescindible —tal definición— como punto de partida de cualquier carrera, más aún cuando se trata de una que conlleva difundir ideas.

No me parece ocioso distinguir aquí entre creencias y valores, puesto que algunos estudiantes pueden confundirlos. Las primeras son aceptadas, no definidas. Por eso se habla de “creencias religiosas”, que implican la aceptación, por fe, de verdades reveladas, no descubiertas. Los segundos, en cambio, al consistir en aquello que se anhela y en pos de lo cual se emprende un camino definido —y que una vez obtenido se le quiere conservar—, son definidos como los medios correctos a utilizar en la búsqueda de un fin último. Por eso se dice que la vida, la libertad, la propiedad y el bienestar son los valores de Occidente por excelencia, puesto que resultan los medios idóneos para la consecución del fin último que consiste en alcanzar la felicidad, como sea que cada cual la estime. Claro que algunos de estos medios —valores— son tan deseables que pueden considerarse fines en sí mismos. Vida y libertad, parafraseando a Francisco Pérez de Antón[17], se han disputado el sitial de honor en el podio de la humanidad.

Claro que los mencionados no agotan la lista de valores que los futuros periodistas pueden estudiar y definir como propios. He tenido ocasión de comprobar que los jóvenes tienden a valorar la integridad, la cohesión, la coherencia. Quizá por eso se ven atraídos por una vertiente específica del liberalismo: la opción libertaria.

La vertiente libertaria tiende a ser percibida por jóvenes en formación periodística como un movimiento contestatario. No es una forma de pensar desconocida que con propuestas novedosas está ganando seguidores, sin embargo. Tampoco puede decirse que los aportes libertarios a la humanidad, en tanto originales y hasta chocantes, sean rompedores de la tradición de Occidente. Más que primicia, esta vertiente del liberalismo es una plasmación de las premisas de una concepción ética-política-económica-jurídica que recoge en sí misma el sustrato de lo occidental. Mucho, pero mucho antes de que fuera organizada en un acopio de propuestas coherentes, fue asumida a lo largo de nuestra historia, como lo demuestra cualquier análisis serio de los discursos que han hecho época en Occidente. La Oración fúnebre de Pericles; Dadme la libertad o dadme la muerte, de Patrick Henry; Sangre, sudor y lágrimas, de Winston Churchill, y Yo tengo un sueño, de Martin Luther King, por ejemplo. De modo que la opción libertaria no es moda ni novedad, pero no debe descartársele como vía de acercamiento de futuros científicos de la comunicación al pensamiento liberal.

En tanto existe alguna confusión al respecto, incluso dentro del espectro liberal iberoamericano, es menester aclarar aquí que las premisas libertarias no resultan beligerantes respecto de la visión occidental, sino que, por el contrario, se encuentran enraizadas en la naturaleza del accionar individual y suscriben los valores propios de Occidente. Cabe anotar, a manera de aporte para la formación de la escala de valores de los periodistas del futuro, que la lectura libertaria de la realidad en la historia de Occidente casi siempre se ha hecho por mera necesidad; por ejemplo, ante la amenaza de pérdida de la libertad o de perpetuación de atropellos estatales. Pero el que haya sido asumida por emergencia y no por convencimiento intelectual por parte de las masas carece de importancia, pues el punto es que los axiomas libertarios —el principio de no agresión derivado de que cada ser humano es dueño de sí mismo, y la salvaguarda de la propiedad legítima de toda persona— responden a las premisas de la acción humana que Ludwig von Mises dilucidó: un estado de insatisfacción conduce a visualizar un estado de mayor satisfacción o menor malestar, alcanzable por medio de una conducta deliberada que servirá para reducir el estado presente de insatisfacción. Si se entiende esto o no en un plano intelectual por el grueso de la población —léase consumidores de información— no interesa, pues lo importante es la lección que puede extraerse de hechos o personas que propiciaron virajes históricos en favor de la libertad. Tal lección va por la línea de que si se apela, con un mensaje sencillo pero contundente y persuasivo, a eso que radica en el interior de la gente y que nos define en tanto humanos  —llámesele sentido de propia conveniencia, naturaleza humana, preferencia de un grado de mayor satisfacción sobre uno de menor satisfacción, etcétera—, no resulta descabellado pensar que la opción libertaria puede adquirir un considerable calado en un porcentaje significativo de la ciudadanía. Huelga decir que los periodistas y los que se están formando para serlo, estamos, estarán, situados en una posición en la que se puede ayudar a comprender que libertad no es “poder público”, ni “poder fáctico”, ni “democracia”, ni “reivindicación de esto o lo otro”, sino que es tan solo el derecho humano de hacer lo que se quiera mientras no se cause perjuicio directo y demostrable a los demás. Naturalmente, todos deben encarar de manera individual e intransferible las consecuencias que se deriven del ejercicio de tal derecho.

Si bien promover los principios de la libertad resulta un deber para quienes creemos en ella, si somos periodistas es menester que entendamos contundentemente que nuestro quehacer cotidiano está fincado en una ciencia a cuyos principios hay que hacer honor, comenzando por la obligación de hacer la separación respectiva entre el concepto —legítimo— de agenda setting[18] y el simple activismo. Esa separación conlleva elegir: al final, según Carlos Alberto Montaner, citado al inicio de estas páginas, la profesión del periodista consiste precisamente en elegir, de entre el tropel de acontecimientos y las ideas que constituyen sus marcos conceptuales, cuáles deben ser convertidos en noticias y puestos ante los ojos u oídos de la población. Porque los principios de la libertad son los mismos del buen periodismo —libertad y responsabilidad como dos caras de la misma moneda, independencia frente al poder público, parámetros éticos que establezcan qué líneas no se está dispuesto a traspasar—, y no deben ser confinados al solo debate académico.

En el sentido descrito, puede afirmarse que Guatemala va por buen camino, si se toma en cuenta que la circunscripción libertaria al ámbito universitario ya no es tal. De hecho, la difusión y discusión de los principios libertarios en espacios periodísticos es evidente y sensible de unos años para acá. Si es cuestión de tiempo el que incursionen exitosamente en la arena política partidista nacional, es algo que aún está por verse. No afecta, sin embargo, al vínculo inextricable entre periodismo y política (de hecho, el primero tuvo su origen en la dinámica de la segunda).

Si se acepta, como lo hace quien suscribe este trabajo, que el objetivo de la política —tan ciencia como el periodismo— es llegar al poder y desde allí ejecutar las ideas propias, y que dicho poder debe ser limitado para reducir el daño que unos pocos pueden hacer a muchos a través de ella, conviene entonces analizar la forma en que las ideas liberales, así como las libertarias de la actualidad, sin intención de sus autores, sustentaron —y siguen sustentando— las acciones que devinieron en la institución periodística que constituye hoy un actor insoslayable de situaciones en las que se apela a un rasgo generalmente presente en las personas: la propensión a proteger la vida y la libertad propias y de los seres queridos, así como la propiedad adquirida legítimamente, de las agresiones vigorosas de otros.

Para ese análisis, y para llevar adelante la institución periodística del siglo XXI, se necesitan periodistas científicos de la comunicación, en palabras de Hayek, “líderes intelectuales que estén preparados para resistir las sensibilidades del poder y la influencia, y que estén deseosos de trabajar por un ideal, por muy pequeños que sean los prospectos de su temprana realización. Deben ser hombres que estén deseosos de afirmar principios y de luchar por su completa realización, no importa cuán remotos parezcan. Los compromisos prácticos deben dejárselos a los políticos”[19]. Evidentemente, la incursión en la arena política no forma parte de las recomendaciones hayekianas[20]. Y está bien que así sea, al menos en lo que se refiere a los científicos de la comunicación. El origen político del periodismo no debe interpretarse como licencia para maridaje impune entre política y comunicación profesional.

Así que además de la academia, debe ser en la arena periodística —otro fuero intelectual—, en donde deben concebirse, contrastarse y difundirse ideas, lo cual acarrea labor de orientación de la opinión pública y algún grado de influencia en las decisiones políticas. Todo eso significa que a los periodistas, inobjetablemente, les compete comprender las premisas de una sociedad funcional. Promover tal cosa resulta una obligación indeclinable para sus formadores. Y para los amantes de la libertad, es uno de los caminos para la consecución de la utopía primero delineada por Hayek. Veamos.


De cómo son imprescindibles talante y talento de topo para un liberal, científico de la comunicación, en la consecución de la utopía liberal hayekiana

 

Talante —disposición— y talento —habilidad— se condensarán, en las líneas siguientes, en la frase “vocación de topo”. Ésta designa, pienso, la inclinación de Hayek hacia el hacer “labor subterránea” con las ideas. Sabido es que al pensador austriaco siempre le apasionó un tema que, desde su época y hasta hoy, ocupa un lugar preponderante en los tópicos sociales: la función de los intelectuales (cuya estafeta hoy se la disputan los periodistas a los académicos).

El planteamiento que se desarrollará en este punto va por la línea de que la vocación de topo de Hayek hizo de él un “clarividente” y una guía para quienes comparten, hoy, ese gusto por sumergirse y escarbar en las ideas. Y que tal vocación resulta imprescindible para un científico de la comunicación, especialmente si quiere participar en la consecución de eso que Hayek llamó “utopía liberal”. Utopía perfectamente factible, si se considera como tal un conjunto de convicciones o un ideal aún no alcanzado pero alcanzable, en contraposición a una quimera —ilusión que se cree posible pero que no lo es—.

De ahí el uso de la figura del topo para describir ese tipo de vocación. El poseerla no es cuestión de cociente de inteligencia o de nivel educativo formal, sino más bien es el resultado de una disposición a macerarse en las ideas, a introducirse en simas oscuras y abrirse paso a través de ellas para emerger luego en la claridad, en un punto distinto al de partida. Es probable que resulte ocioso precisar aquí que el vocablo “topo” no se utiliza en sus acepciones de cortedad de vista o de ejercicios de infiltración, pero lo hago por si algún lector cediera a la tentación de achacarle a Hayek, o a los científicos de la comunicación actuales, miopía o labor de espionaje.

Paso a explicar entonces que la palabra “clarividente”, consignada anteriormente, no debe leerse como sinónimo de agorero o nigromante, sino que debe tomársela como un adjetivo para definir, con alguna contundencia, el sentido visionario del Premio Nóbel de Economía de 1974. Un sentido que, en mi criterio y como trataré de demostrar a lo largo de las páginas siguientes, resulta colosal si se analiza haciendo una retrospección desde hoy, más de sesenta años después de la publicación de Camino de servidumbre, quizá la obra paradigmática de Hayek para el tema que me ocupa.

Mi inquietud por explorar la vocación de topo del austriaco comenzó el año pasado con la lectura de una serie de artículos de un intelectual guatemalteco, Mario Roberto Morales. Antes de abordar el análisis de sus aseveraciones referentes a la temática de los intelectuales en general, y a Hayek en particular, consigno que entiendo por intelectual a los “forjadores de palabras”, como les llamó Robert Nozick en un célebre ensayo[21] a quienes se dedican a tratar con las ideas por vocación, y cuya herramienta fundamental son las palabras escritas. A mi manera de ver, también quienes tratan con las ideas por medio de las palabras, aunque no sean escritas, pueden ser considerados intelectuales, como es el caso de comentaristas de radio o de televisión. En este sentido, mi acepción del término “intelectual” resulta un tanto más amplia que la de Nozick, aunque comparto con él la comprensión de que no toda persona inteligente con cierto nivel de educación es intelectual, sino que se le llama así a quien vive de, y para, moldear las palabras que otros reciben.

Dicho esto, vuelvo al detonante de mi inquietud, es decir, los escritos de Morales. Es necesario que haga alusión a varios de ellos para abordar uno en el que desarrolla una curiosa hipótesis en torno a un supuesto intiintelectualismo por parte de Hayek (y por parte de Ludwig Von Mises, pero en esta ocasión me circunscribiré a explorar la parte conducente a nuestro tema, de la obra de quien he dado en llamar “topo”). Luego de esta disección del antiintelectualismo de Hayek según Morales, en la cual explicaré por qué pienso que es infundado, me encaminaré a pulir mi aseveración de que la vocación de topo resulta ineludible para quienes son utópicos pero no quiméricos.

Empiezo entonces. Me parece que Morales se equivoca al endilgar a intelectuales “neoliberales” —este prefijo “neo” es un comodín que suele ser utilizado peyorativamente; de hecho, Morales lo blande con este cariz, pero eso es materia de otro tema y no ahondaré en él en estas páginas— una casi orfandad de ideas, a excepción de cuatro[22]. Una de ellas es que hay que dejar que “el mercado rija no sólo el intercambio de bienes y servicios por dinero sino también la vida ética y moral de la sociedad”. No se trata de hacer una defensa oficiosa de tales intelectuales (por otra parte, resultaría innecesario puesto que ellos pueden defenderse solos), sino de desmenuzar una afirmación tendenciosa. Nunca un intelectual neoliberal (a pesar de mi desacuerdo con este término lo utilizaré para evitar incurrir en reiteraciones que, para efectos de este texto, considero prescindibles) suscribirá que el fuero interno de las personas, terreno de la moral, puede o debe ser regido por un mecanismo externo. Y el mercado es eso, tan solo un mecanismo que sirve como el engranaje de millares de acciones diversas. Es tan solo un proceso de asignación de recursos, imperfecto sí —pero nunca nadie ha proclamado su perfección—; el menos imperfecto, también.

En cuanto a la ética, entendiéndosela como un conjunto de consideraciones sobre la moral, ningún intelectual neoliberal sostiene que ésta deba ser regida por el mercado; en todo caso, promueve lo contrario, que el mercado sea regido por la ética. Por supuesto que hay actores económicos que se comportan de forma poco ética, pero eso no es una falla del mercado; afirmar lo contrario equivaldría a culpar al bate de la muerte de alguien a quien se le abrió la cabeza con uno, en lugar de encausar a quien convirtió un instrumento deportivo en un arma letal.

Es un despropósito conferir a un simple mecanismo de engranaje el poder de regir el fuero privado de la gente, como, según Morales, los intelectuales neoliberales lo hacen. Si las lecciones de la historia me mostraran que los seres humanos se comportan peor que antes del surgimiento del mercado, compartiría su idea. Pero no es así. Es más; cuando no había igualdad de derechos ni movilidad social, cuando los individuos estaban destinados desde la cuna a vivir de una sola manera, cuando se superponían la gestión pública, la convivencia social y la religión, cuando los gobernantes lo eran “por derecho divino”, y cuando la mitad de la humanidad —las mujeres— estaba sojuzgada por la otra mitad, que a su vez llevaba una existencia miserable... cuando todo eso ocurría, las personas se comportaban exactamente igual a como lo hacen ahora, con sus miserias y sus grandezas. La naturaleza de nuestras acciones no ha cambiado. El lado oscuro del hombre no ha repuntado con el advenimiento de eso que llamamos mercado. Pero eso se debe a que no es función del mercado hacer aflorar lo peor o lo mejor de la gente, de la misma manera que no es función de un abrelatas planchar ropa.

El sistema de mercado es, y ha demostrado que sirve para, procurar el mayor bienestar posible al mayor número posible de personas, y no porque el mercado sea una panacea o algo que se le parezca, sino porque hasta ahora no existe otro sistema que lo haga mejor. Para los intelectuales neoliberales, el mercado es en economía lo que la democracia es en política, un método de confluencia de acciones. Por supuesto que ésta —la democracia— tiene fallos, al punto que se dice que el “derecho divino” de los reyes absolutistas de hace poco más de dos siglos ha derivado en un “derecho divino” de las masas incultas actuales, caldo de cultivo para nuevos reyezuelos de todo signo. Pero en cuanto a mecanismo de decisiones colectivas, la democracia resulta cualitativamente más deseable y conveniente que un sistema autoritario o totalitario.

Por eso, el que un intelectual sostenga que otros intelectuales proclaman que el mercado debe regir la vida ética y moral de los miembros de una sociedad, es un desatino.

Llama también la atención la noción de triunfo que el intelectual Morales achaca a los intelectuales neoliberales (él no les confiere esa categoría, sino que les dice “uniformizados repetidores” de un “pensamiento único”, pero para efectos de este texto, reitero, intelectuales son quienes viven de y para moldear las palabras que otros leen o escuchan, independientemente de su signo ideológico o de sus concepciones políticas particulares). Afirma: “Si aceptamos —con los neoliberales— que el criterio maximalista de que el éxito consiste en triunfar según las coordenadas del mercado, es decir... ...el éxito consiste en escribir best-sellers, hacerse rico escribiéndolos y ganarse así el reconocimiento de las masas lectoras, estaríamos aceptando que los best-sellers son —por el mero hecho de venderse bien— estéticamente obras literarias y que, consecuentemente, las masas son capaces de apreciar y establecer críticamente la calidad literaria, pues pueden igualmente constituirse en el fiel de la balanza que determina el éxito o el fracaso de un escritor y de un intelectual más allá de cualquier duda”[23].

En el párrafo citado encuentro cuestiones interesantes para diseccionar. Primero, la noción de triunfo a la que hice alusión antes. Estimo que Morales se equivoca nuevamente cuando atribuye a “los neoliberales” el criterio de que el éxito consiste en “triunfar según las coordenadas del mercado”. Aparte de que continúa confiriéndole al mercado funciones que no le corresponden —como la de rector de los parámetros de triunfo, como quiera que éste se entienda—, hace un ejercicio de generalización indigno de su rigurosidad intelectual. Tengo motivos para pensar que no ha hecho una encuesta exhaustiva entre los intelectuales neoliberales que sustente su desparpajada afirmación de que todos ellos tienen exactamente la misma noción de lo que éxito significa. De seguro no ignora que en el pensamiento neoliberal —es una concesión de términos para seguir en la línea de análisis de los escritos de Morales, pero en realidad me refiero al pensamiento liberal, ese que él insiste en divorciar de quienes lo suscriben actualmente y a quienes llama “neoliberales”— se postula que, junto con la vida, la libertad y la propiedad, la búsqueda de la felicidad es un derecho que asiste a todos los seres humanos. Esta búsqueda de la felicidad bien puede traducirse como “búsqueda del éxito” pero, aunque es una perogrullada, éxito es lo que cada persona considera como tal. Puede que la definición de éxito para alguien sea echar a andar una organización que sea auto sostenible para recoger perros callejeros y encontrarles un hogar, o contar con una red de apoyo conformada por amigos leales, o fundar una familia funcional. ¿De qué manera encajan esas nociones de éxito en lo que Morales llama “las coordenadas del mercado” y que establece como inflexibles raseros neoliberales?

Hay algo más en el párrafo de marras que, creo, debe escrutarse, y es el hecho de que Morales —otra vez— endilga a los neoliberales la idea de que, por ejemplo, los best-sellers son, estéticamente, obras literarias por el hecho de venderse bien, y que por eso hay que considerar a las masas como críticos literarios válidos.

Veamos. Es un hecho que no siempre la actividad intelectual es la más valorada en el mercado. De nuevo, ¿estamos ante una falla del mismo? Enfáticamente, no. Si existe “falla” alguna, corresponde a quien hace cola por horas para comprar la última ocurrencia de Paulo Coelho, en lugar de hacer las pesquisas necesarias para dar con alguna hermosa edición de la obra icónica del castellano, El Quijote. Si hay “falla”, en todo caso, corresponde a quien hace la escogencia de comprar un solo disco compendio de American Idol en lugar de la colección de los Conciertos de Brandenburgo de Bach, y que cuesta lo mismo o quizá menos. Si se da una “falla”, corresponde tal a quien prefiere arrellanarse en una oscura sala de cine engullendo comida chatarra, para ver predecibles piezas hollywoodenses, en lugar de indagar un poco para informarse en dónde exhiben esa semana muestras de cine chileno, por ejemplo.

En suma, si las preferencias de las personas, aunque puedan tacharse legítimamente de ordinarias, constituyen “fallas”, les corresponden a ellas, no al medio por el cual se manifiestan, es decir, el mercado. En este sentido comparto la postura del ensayista argentino Enrique Arenz cuando afirma que “...si muchas de las cosas que hoy se fabrican en el mundo capitalista para consumo masivo son superfluas, o dañinas para la salud, o destructoras del medio ambiente, es porque importantes grupos de consumidores están dispuestos a gastar su dinero en esos bienes de consumo. Unos lo hacen por ignorancia o vulgaridad y otros porque todavía no han aprendido a vivir en libertad, lo cual los convierte en dóciles seguidores de la publicidad televisiva”[24].

Pero defender la posición éticamente neutra del mercado no significa afirmar que las masas son o pueden ser críticos literarios, musicales o cinematográficos. La crítica especializada es un oficio que requiere capacidad y formación adecuada, mucho más que solo buena voluntad, disposición para “hacer el divo” o consumismo. Un intelectual neoliberal nunca abogará por uniformar a las personas en profesiones, en apariencia, en deseos o en cualquier otra cosa. Lo que los neoliberales suscriben es la libertad de elección tanto para los consumidores como para los productores, incluyendo a los productores de bienes de índole cultural. Libertad, para los primeros, de elegir incluso lo simple a lo complejo y lo rústico a lo sublime. Libertad, para los segundos, de adecuarse a las exigencias de las masas consumidoras si es que quieren los resultados que derivan de satisfacer sus apetencias —dinero, fama, eso que tiene quien ahora es la mujer más rica de Inglaterra, J. K. Rowling, la autora de la saga de Harry Potter—, o, por el contrario, libertad de optar por no rebajar sus propios parámetros de calidad, en el entendido de que eso puede implicar una disminución, o quizá la ausencia, de las recompensas que se obtienen a través de ese sistema de manifestación de preferencias y de la ejecución de intercambios, es decir, el mercado. Recompensas visibles, sí. Pero ciertamente no las únicas que pueden motivar a un intelectual a efectuar su labor.

A pesar de que estas ideas son sencillas, algunos intelectuales parecen tener problemas para aprehenderlas. Nozick, en el ensayo citado, mencionó a los guionistas de Hollywood como un ejemplo paradigmático de este tipo de intelectuales. Pero más de una década antes de que lo hiciera, el autor Leon Uris ilustró el punto en una de sus novelas más conocidas[25], escrita a principios de los setenta. Transcribo un pasaje tenso en el que un productor hollywoodense y un famoso escritor sostienen un diálogo hostil:

—Está haciéndose el mojigato, Abe. ¿Para qué diablos escribió aquella porquería? ¿Para la posteridad? Usted se olía los dólares en todas las escenas de dormitorio, desde la primera hasta la última. ¿Quiere escuchar la oferta?

Abe se veía derribado al suelo de una manera súbita, cruel. La escena no engañaría a nadie.

— ¿Qué idea se ha hecho Mandelbaum? —preguntó, casi en un susurro.

—Doscientos mil por La escena, más unas suculentas cláusulas fundadas en las ventas. Doscientos mil por sus servicios como escritor y productor, y un diez por ciento de los beneficios...

Abe se metió las manos en los bolsillos, anduvo hasta el precipicio y fijó la mirada en una mar tranquila, apenas meciéndose para besar las rocas y luego apartarse de ellas repetidamente.

—Se me figura que esta oferta me convierte en una de las prostitutas intelectuales mejor pagadas del mundo —murmuró para sí mismo.

Claro que este diálogo, así como sus personajes, son ficticios. Pero no por eso dejan de apuntalar esa libertad de escogencia —tanto para productores como para consumidores— que los neoliberales defienden, y que Morales parece equiparar con la confusión que maneja quien adscribe a las masas calidades para hacer crítica especializada. Seguramente hay quien hace tal cosa, pero, nuevamente, no se puede extrapolar la mengua de una parte al todo para hacer toscas generalizaciones, si se quiere continuar siendo intelectualmente riguroso.

Morales también argumenta: “En la... mentalidad neoliberal no cabe pensar que el éxito de un escritor y un intelectual resida en el avance que su obra signifique para la literatura y para las ideas de su época y de las épocas subsiguientes, muy independientemente de que esto sea reconocido o no por las masas incultas durante su tiempo de vida o muchos años después”[26]. Evidentemente ignora la vida que llevó Hayek. El austriaco no tuvo “éxito” entre sus contemporáneos; de hecho, fue ridiculizado muchas veces. Su obra no le hizo rico y sus textos no fueron precisamente best-sellers. Es más, las penurias económicas fueron una constante a lo largo de su existencia, así como el ostracismo académico (debido a su rechazo al socialismo, en una época en la que éste constituía el mainstream político y económico). También experimentó la repulsa social por su poco ortodoxa manera de vivir; de divorció —todo un escándalo— para casarse con una prima de la que siempre había estado enamorado. Hasta el Nóbel que obtuvo, ya en su vejez, fue compartido con un sueco que propugnaba todo lo contrario a lo que él defendía: las bondades de un Estado obeso —aunque no fuese sostenible en el tiempo—, las dulzuras del colectivismo, etcétera. Es decir, incluso una de las experiencias más importantes de su vida no se sustrajo a la omnipresente corrección política. Hayek supo, como lo sabe Morales, que hacerla de topo y dedicarse a horadar tenazmente un campo refractario a las ideas propias, acarrea soledad. Y que para sobrellevar esta incomprensión es necesario tener un sentido de futuro que poseen muy pocos, puesto que la visión de largo plazo no es innata sino aprendida, y mantenida con una llama interior que solo se conserva encendida a punta de vocación honesta.

Así que sencillamente no es cierto que los intelectuales neoliberales no conciben el éxito de un escritor o un intelectual como el aporte de éste al avance de las ideas de su época y de los años subsiguientes, y como su contribución a la obra disponible no solo para sus contemporáneos sino para las generaciones venideras. Si así fuera, Hayek, entre otros, no sería estudiado con interés hoy, por unos pocos eso sí. Porque Morales tiene razón cuando se refiere a la indiferencia de lo que llama “masas incultas”. Por ejemplo, el hecho de que lo elemental del pensamiento de Hayek sea enseñado en una universidad de Guatemala no significa que sea comprendido y aprehendido por todos los estudiantes de la misma. Cabe anotar aquí que no encuentro ningún problema con que eso ocurra, puesto que la diversidad, como condición natural humana, implica diferenciación de intereses. Y como no todos los estudiantes de tal o cual universidad aspiran a ser intelectuales, ni todos tienen condiciones o vocación para eso, sino más bien unos pocos, lo importante es que esos escasos individuos que tienen talante y talento de topo, sí comprenden que la función de un intelectual es “correr el eje del debate”, para utilizar la expresión de Alberto Benegas Lynch (h). Y correr ese eje no se logra a veces en el transcurso de una sola vida, puesto que trabajar con ideas es como pasar por un proceso de génesis humana (un embarazo, un parto y la crianza de una criatura no son situaciones glamorosas, lineales, sin escollos). Quien no comprenda que, cuando una idea es aceptada —o al menos no condenada ni perseguida— es porque ha pasado por una gestación y un proceso de maduración lleno de obstáculos, simplemente carece de fibra de topo. Y Morales comete un error cuando endilga, a quienes sí tienen esa madera, pensamientos que jamás suscribirán, como ese que no les cabe “...pensar que el éxito de un escritor y un intelectual resida en el avance que su obra signifique para la literatura y para las ideas de su época y de las épocas subsiguientes...”

Estas aserciones de Morales, y la matización que hasta aquí he tratado de hacer de las mismas, me conducen a su barrunto sobre el supuesto antiintelectualismo de Hayek. Dice: “Tanto Mises, en La mentalidad anticapitalista, como Hayek, en La fatal arrogancia, desarrollaron una “teoría” abiertamente antiintelectual al concluir en que lo que ellos conciben como “mentalidad anticapitalista” es propia de intelectuales que se tienen a sí mismos en alta estima pero que al no poder tener la influencia social a la que se creen acreedores, culpan de ello al sistema capitalista encarnado en los “triunfadores” del mercado: los nunca bien ponderados demiurgos de la creación de empleo y riqueza llamados comúnmente empresarios, quienes, por tanto, deberán cuidarse (Mises y Hayek dixit) sobre todo de los intelectuales... ...La causa del anticapitalismo de los intelectuales no es otra cosa que la envidia. Esta es una verdad irrebatible. La dicen Mises y Hayek”[27].

Es cierto que Mises consideró, tanto en ese texto que cita Morales como en otros ensayos, que la oposición al capitalismo es fruto del resentimiento por parte de algunos, quienes imputan a este sistema su fracaso personal en lugar de asumirlo como resultante de sus propios errores. Lo que no es cierto es que Hayek, al igual que su mentor, haya circunscrito a la mera envidia el motivo por el cual muchos intelectuales denuestan al capitalismo, pues no agotó el tema allí. Estudió el origen de la mentalidad anticapitalista rastreándolo hasta los tiempos de la Grecia clásica, siguió el hilo conductor de esta mentalidad a lo largo de la época medieval —a través de la doctrina católica heredera de la tradición aristotélica— y llegó hasta finales del siglo XIX, cuando algunos exponentes de la burguesía abrazaron la quimera solidaria que daría advenimiento al hombre nuevo, despojado de los vicios capitalistas. Aquí cabe aclarar que Hayek no decretó, ni en La fatal arrogancia ni en ningún otro de sus trabajos, que la mentalidad anticapitalista existiese avant la lettre, es decir, antes del surgimiento del sistema al que se le opone, como sugiere Morales. La indagación que el austriaco hizo de los orígenes de dicha mentalidad, si se sigue sin mala fe, se puede interpretar como ahora se interpretan los escritos del filósofo chino Lao Zi, o Lao Tse, que hoy se esgrimen como libertarios aunque fueron redactados en el siglo VI a.C.[28]

El hecho de que esos trabajos hayan sido escritos hace tanto tiempo no invalida el espíritu libertario que evidencian, y no por eso se puede decir que hicieron una apología avant la lettre de algo que no surgiría, al menos estructuradamente, sino hasta mucho después. Así que las siguientes afirmaciones de Morales son decididamente inexactas: “...Friedrich Hayek, dijo... ...que la mentalidad anticapitalista se origina en la antigüedad griega, la Edad Media y el pensamiento aristotélico de la Iglesia, por la fatal mezcla de racionalismo y humanismo que esta tradición filosófica produce, de modo que el anticapitalismo existe avant la lettre...”[29]

También son erróneas las aseveraciones de Morales que siguen: “...De aquí concluye, en su libro La fatal arrogancia, en que el rechazo de los intelectuales independientes al capitalismo se debe a que éstos ejercen el humanismo, la razón y la experimentación como instrumentos de conocimiento y por eso son proclives a las ingenierías planificadoras del bienestar colectivo, mientras que el mercado es un movimiento autónomo al que hay que seguir sin intentar regularlo. Por eso, al revés de los intelectuales independientes... ...los intelectuales procapitalistas... ...se guían más por la espontaneidad que por la razón y la experimentación, definiendo así al neoliberalismo como un claro intiintelectualismo”[30]. Estas aserciones no resisten un análisis somero. Veamos.

En primer lugar, no existe tal cosa como un “intelectual independiente”. O se es independiente o no se es un intelectual. Al menos uno que merezca tal nombre. Si se “depende” de algún régimen político se es una caja de resonancia, un vocero, un empleado con cierta visibilidad y hasta con un aura de glamour, o un “aplicado repetidor”, para usar el término de Morales, pero no un intelectual. Por definición, la función de un intelectual exige independencia.

En segundo lugar (aunque no tiene sentido seguir la línea de razonamiento sobre un “intelectual independiente”, lo haré en aras de la precisión de este pequeño examen), hay que decir que es un desbarro afirmar que tales intelectuales “ejercen el humanismo, la razón y la experimentación como instrumentos de conocimiento”[31], cosa que, según se colige del texto de Morales, no hacen quienes se contraponen a los intelectuales “independientes”, es decir, los “intelectuales procapitalistas”. Me pregunto qué clase de intelectual no considera al humanismo como herramienta de conocimiento, siendo éste, en su acepción más amplia, el esfuerzo o la tendencia de colocar al ser humano como centro y razón de ser de las lucubraciones filosóficas, políticas, artísticas y económicas. ¿Cómo podría el capitalismo no ser humanista, si legítimamente puede ser denominado como un sistema antropocéntrico, en tanto método de confluencia o mecanismo de engranaje de acciones humanas?, ¿cómo podrían los “intelectuales procapitalistas”, entonces, no “ejercer el humanismo” como instrumento de conocimiento?

En tercer lugar, yerra Morales de nuevo cuando le adscribe a Hayek la idea de que los intelectuales “independientes”, por ejercer el humanismo, la razón y la experimentación como instrumentos de conocimiento, “son proclives a las ingenierías planificadoras del bienestar colectivo”. Este error sólo se explica por dolo, por una lectura à la carte de Hayek o una a vuelapluma. Conociendo la entereza de Morales, conjeturo que se trata de lo tercero, por lo que procederé a describir al austriaco como un pensador liberal que, por esa condición[32], no fue, no había forma de que pudiera ser, anti humanista, anti racional[33] o anti experimental. ¿Cómo pudo ser anti humanista quien dedicó su vida a estudiar al hombre, desde sus rasgos de convivencia hasta sus mecanismos mentales de filtración de información? ¿Cómo pudo ser anti racional quien consideró la razón del hombre como causal de la elaboración de toda una teoría política, que gira en torno al hecho de que es peligroso pensar que alguien puede o debe proyectar un mundo ideal en su cabeza, y de allí extrapolarlo al mundo real, incluso por la fuerza? ¿Cómo pudo ser anti experimental quien tan vehemente escribió sobre “prueba y error” como método de aprendizaje de la humanidad?

Siendo entonces que Hayek no fue ni anti humanista, ni anti racional, ni anti experimental... ¿cómo pudo afirmar que quienes ejercen el humanismo, la razón y la experimentación como instrumentos de conocimiento “son proclives a las ingenierías planificadoras del bienestar colectivo”, cuando él mismo dedicó su vida a combatir la centralización y la estatización de la política y la economía?

No lo hizo. Y por eso el que Morales insinúe que sí, simplemente es un dislate. Como también lo es su afirmación de que “los intelectuales procapitalistas... ...se guían más por la espontaneidad que por la razón y la experimentación, definiendo así al neoliberalismo como un claro antiintelectualismo”. No hay tal cosa. Lo que él llama “guiarse por la espontaneidad” no se refiere a carencia de rigor intelectual, a flojera cerebral o relajamiento moral, sino que se relaciona con el hecho de que quien dice capitalismo dice orden espontáneo. Y orden espontáneo implica que tanto las personas en lo individual, como la humanidad en su conjunto, aprenden, han aprendido, a base de tanteo y corrección.

¿Qué han aprendido, qué hemos aprendido? Que los fines no necesitan justificación, por ejemplo. Que no tenemos que ofrecer disculpas por querer que el fin de nuestra vida sea alcanzar nuestra felicidad, como quiera que cada uno la defina, que nos asiste el derecho de buscarla y que los medios que utilicemos no deben vulnerar ese mismo derecho en los demás. Eso nos lleva a otra lección aprendida: el que los fines no necesiten justificación no implica que los medios tampoco, o que haya que supeditar el primero a los segundos. Es completamente inaceptable inmolar los fines a los medios: no se corta uno la cabeza porque ésta le duele, sino que busca un medio adecuado para aliviar la molestia.

En cuanto a la razón y a la experimentación que, según Morales, resultan ajenas al quehacer de los “intelectuales procapitalistas”, como les llama a quienes en su criterio no son “intelectuales independientes”, creo que en los párrafos anteriores ha quedado zanjada la cuestión en torno a lo vitales que razón y experimentación son y han sido siempre para quienes se ocupan y se han ocupado de cuestiones humanas, Hayek incluido. Así que no volveré sobre eso, pero confío en que el desmenuzamiento de las aserciones de Morales haya evidenciado que la imputación de “antiintelectualismo” que hace a la concepción hayekiana sobre el tema de la labor de los intelectuales, sencillamente carece de fundamento.

Tampoco tiene cimiento la aseveración de que “el mercado es un movimiento autónomo al que hay que seguir sin intentar regularlo” (una afirmación “según Hayek”, de acuerdo con la insustancial lectura que, presumo, Morales ha hecho). Ni para los neoliberales el mercado es un “movimiento autónomo”, ni “hay que seguirlo sin intentar regularlo”. El mercado, como se anotó en una página anterior, es un sistema de confluencia de acciones humanas, o una institución si se prefiere, en el sentido de un proceso, o un conjunto de acciones. Y a un sistema no se le regula — ¿acaso “regulamos” nuestro sistema de comunicación por excelencia, el idioma? Es cierto que establecemos parámetros para determinar si éste es o no utilizado con propiedad, pero eso no es “regularlo”, y en todo caso lo hacemos después de su surgimiento, no antes—. Además, a una institución no “se le sigue” — ¿acaso “seguimos” a la familia, a la justicia o al periodismo?—.

Hasta aquí he lustrado un poco la primera mitad de mi hipótesis, la que refiere como falsa la hipótesis de Morales sobre el antiintelectualismo de Hayek. Corresponde ahora pulir la segunda mitad, la referente a la vocación de topo del austriaco, esa que se puede patentizar en una lectura cuidadosa de su obra y que, en mi criterio, resulta imprescindible de emular para ir en pos de eso que él llamó utopía liberal, definida más o menos como el mayor grado de libertad individual posible combinado con un sistema económico de capitalismo irrestricto, todo dentro de un marco de leyes legítimas —Estado de Derecho—.

Hayek consideraba que “la principal lección que el verdadero liberal debe aprender del éxito de los socialistas es que fue su coraje para ser utópicos lo que les permitió ganar el apoyo de los intelectuales y, a partir de allí, una influencia sobre la opinión pública...”[34]. Como el sistema de mercado resultaba mucho menos atractivo que la retórica justiciera socialista, opinaba que era necesaria una “utopía liberal que llegara al corazón”[35]. Llama la atención cómo pensaba que la utopía atraía a los intelectuales. Más que “pensaba”, leía la realidad, cosa que todo liberal hace. Y es que los intelectuales, como los individuos inquisitivos y críticos que tienden a ser, suelen esgrimir y defender utopías, entendidas éstas como conjuntos de convicciones e ideales alcanzables. Así que no resulta sorprendente que Hayek enfilara sus baterías hacia ellos: “...si podemos volver a ganar en el poder de las ideas que ha sido el distintivo del liberalismo en su mejor momento, la batalla no está perdida. La resurrección intelectual del liberalismo ya está de hecho en camino en muchas partes del mundo...”[36].

Esta aseveración me provoca una reflexión final, específicamente la parte que se refiere a la resurrección del liberalismo. Tal resurrección requiere intelectuales. ¿Intelectuales que vayan a dónde? ¿A las aulas universitarias? Sí. Esos han sido siempre sus terrenos tradicionales. Y está bien. ¿Pero y qué hay de los diarios, los micrófonos radiales, los estudios de televisión y de cine, las oficinas de los consorcios editoriales y los centros de producción de medios digitales? Allí, los intelectuales urgen. Pero no los ajados, sino los nuevos científicos de la comunicación, con talante y talento de topo y con la disposición a horadar, con la tenacidad de esos simpáticos roedores, en las ideas en la que se sustentan las sociedades funcionales. Esas ideas no son otras más que las que dieron forma al liberalismo, cuyos subproductos —periodismo y científicos de la comunicación— tendrán su mayor esplendor, auguro, en este siglo que comienza.

 

* Profesora de la Universidad Francisco Marroquín y columnista del diario Siglo Veintiuno.

 



[1] Derecho, legislación y libertad: una nueva formulación de los principios liberales de la justicia y de la economía política. Volumen 1, Normas y orden. (Madrid, España: Unión Editorial, 1994, c1978). Capítulo 2, Cosmos y Taxis.

[2] El consejo de Horace Greeley a su amigo Fletcher, quien pretendía echar a andar un boletín de noticias, fue: “Recuerda que una persona en lo que más se interesa es en sí misma, y luego se interesa en lo que hacen los demás. Así que si no puedes hablarle de sí misma, háblale de lo que les acontece a los otros para así captar su interés. No intentes hacer disquisiciones sobre temas abstractos o conflictos ajenos y distantes” (como relató Robert E. Park de la Universidad de Chicago, en su ensayo The natural history of the newspaper, publicado en The American Journal of Sociology, Volumen XXIX, Número 3, noviembre de 1923).

[3] Según una encuesta realizada por Vox Latina y publicada en Prensa Libre el 18 de julio de 2005, "la prensa" —así, en genérico— tenía entonces un nivel de aceptación similar al de las iglesias católica y evangélica, solo por debajo de los bomberos (voluntarios y municipales), y muy por encima de otras instituciones consideradas en el cuestionario, incluyendo a la Procuraduría de los Derechos Humanos, municipalidades e instancias del Organismo Judicial, Ejecutivo y Legislativo. Un año después se llevó a cabo una encuesta similar y mostró iguales niveles de credibilidad.

 

[4] Albert Pierre señala en su libro Historia de la radio y la televisión (Fondo de Cultura Económica. México, México, 1993, c1982), que desde 1793 se instaló en Francia el primer sistema de telegrafía aérea, una red de puestos de repetición de señales mecánicas. Al siglo siguiente, en 1837 inició el desarrollo de la telegrafía eléctrica. Menos de cuarenta años después, en 1876, comenzó a comercializarse el teléfono (apenas un lustro después existían en Estados Unidos 123 mil aparatos telefónicos). Marconi daría el gran salto con su invento de la "telegrafía sin hilos", al albor de la centuria siguiente, en 1901.

 

[5] En el artículo de Roberto Cachanosky, Ataque a los medios: corriendo el eje del debate (http://www.atlas.org.ar/articulos/articulos.asp?Id=6417), se retrata con precisión y humor la escasa o nula comprensión que tienen los políticos latinoamericanos sobre la interrelación —no optativa— que hay entre los cuatro pilares de la institución periodística. Cito: “Dijo Kirchner hablándole a los periodistas: Si tiene que haber libertad de prensa, ejerzan la libertad de prensa, independientemente de lo que piense el dueño del medio en el que trabajan… Si el comportamiento de Kirchner no coincide con sus expresiones sobre la libertad de expresión que él reclama, más grave aún es el hecho de que reniegue del hecho de que los dueños de los medios de comunicación son los que arriesgan sus capitales para llevar a cabo un proyecto y tienen derecho a establecer una línea editorial determinada. Nada le impide a un periodista que trabaja en un medio privado irse de ese medio si no coincide con la línea editorial y arriesgar su propio capital para defender las ideas que sustenta. En otras palabras, no se le puede pedir al dueño de un medio de comunicación que arriesgue su capital, administre la empresa y la mantenga viva para que sus periodistas digan lo que quieran, incluso contrariando los ideales que pueden defender los dueños de un medio. Por lo tanto, Kirchner confunde libertad de expresión con financiamiento de esa libertad de expresión. Todo el mundo tiene que tener el derecho a expresar sus ideas sin censura previa, pero nadie tiene derecho a que otro ponga su propia plata para que él diga lo que le venga en gana. Nadie tiene derecho a exigirle a un tercero que le financie gratis la difusión de sus ideas...”

[6] Tanto los iconos liberales —Hayek, Ludwig von Mises— como los constructivistas que tanto auge tuvieron en el siglo XX —auge que aún no remite—, reconocieron la fundamental ignorancia del ser humano. La diferencia está en que la famosa premisa hayekiana de que el conocimiento está disperso y de que ignoramos muchos de los factores en los cuales descansa el logro de nuestros particulares objetivos, llega a una conclusión diametralmente opuesta a la de los colectivistas. La conclusión liberal es que, precisamente por esa insoslayable ignorancia, la libertad resulta fundamental para los hombres, mientras que los constructivistas afirman que la sociedad debe ser conducida y dirigida en vista de que sus miembros no son perfectos y su naturaleza tampoco es perfectible.

[7] Mill, John Stuart. On Liberty. Batocher Books. Kitchener, Ontario, Canadá, 2001 (traducción libre y propia). Esta obra fue publicada en 1859, por lo que hay que salvar distancias y circunstancias con “las masas” a las que se refirió Mill en su escrito, y “las masas” que pueden considerarse como tales hoy, especialmente en los países latinoamericanos.

[8] Es bien sabido, y el periodista Gustavo Berganza lo cuantificó en su trabajo De verdad, influyentes: los efectos de los medios en las elecciones presidenciales de 2003 (DOSES, Guatemala, Guatemala, 2004), que la abrumadora mayoría de los guatemaltecos no toman la información política de la lectura de periódicos sino de la televisión y, en menor medida, de la radio. Ahora bien, la influencia de estos medios en la ciudadanía decrece en proporción inversa: la credibilidad de los medios desciende de impresos a radiales, y de radiales a televisivos. Esta anotación es necesaria en vista de que la obra de Mill fue escrita en un tiempo en que los medios de comunicación eran todos impresos; sin embargo, me parece, puede hacerse una analogía con la abrumadora oferta informativa actual. Talk-shows conducidos por personas con quienes las masas se identifican resultan verdaderos elogios de la mediocridad… y éxitos financieros para las empresas que los producen. Tal hecho no me produce escozor alguno, pero me pareció que debía consignarlo aquí.

[9]  A pesar de que Ayn Rand denostaba la obra de Mill, suscribiría este aserto, al menos de lo que se desprende de la frase que se refiere a uno de los personajes de su obra El manantial, el veterano arquitecto Henry Cameron: “Las personas odian la pasión, cualquier gran pasión”.

[10] Es apropiado aquí traer a colación el caso de varios columnistas del diario guatemalteco Siglo Veintiuno que fueron retirados de las páginas editoriales del mismo a principios de 2006. Se armó un gran revuelo en los círculos periodísticos nacionales y hubo quienes, desgarrándose las vestiduras, gritaron: “Censura”. Pero en primer lugar los columnistas no fueron despedidos —no existía entre ellos y la empresa Corporación de Noticias S.A., a la que pertenece el diario, un contrato laboral—, y en segundo, su reemplazo obedeció a un cambio en la línea editorial del medio, cuya pertinencia y resultados no cabe anotar aquí. Lo que sí debe enfatizarse es que dicho cambio se incluye decididamente en el derecho de los propietarios del medio de modificar las políticas por las cuales dirigen su empresa.

[11] Mill, John Stuart. On Liberty. Batocher Books. Kitchener, Ontario, Canadá, 2001 (traducción libre y propia).

[12] Mill, John Stuart. On Liberty. Batocher Books. Kitchener, Ontario, Canadá, 2001 (traducción libre y propia).

[13] Ídem.

[14] Ídem.

 

 

[15] Me refiero, por supuesto, a una sociedad en el sentido hayekiano, no a una comunidad, regida por rasgos de interacción tribales, teocráticos o caudillistas, según el caso. Una sociedad es característica del Occidente cuna del liberalismo, y rechazada todavía en amplios sectores geográficos del mundo actual, como algunos países musulmanes en los que aún prevalece una visión vertical y jerárquica de las cosas y de las personas. Eso no implica que una sociedad abierta no contenga en sí misma cientos o miles de comunidades, con idiosincrasias que les son propias y costumbres particulares. En algunas de estas comunidades, ciertamente, podría ser aplicable, todavía hoy, la concepción de Mill sobre cómo resulta terriblemente perjudicial la intromisión de la mayoría en las vidas individuales de sus miembros. Pero en general, en las sociedades occidentales actuales, la idea de Mill sobre la opinión pública como nefasta, por sus efectos abusivos en la esfera particular de cada individuo, no es sinónimo de ese proceso al que hoy se le llama “opinión pública” y que consiste en la confluencia de criterios divergentes que resulta en un acondicionamiento, si no homogéneo, tampoco atomizado

. Más bien, la ominosa opinión pública de Mill puede ser razonablemente considerada como el germen de la intromisión estatal contemporánea en las vidas de los ciudadanos vía adoctrinamiento —campañas pro moral— o vía censura —injerencia en medios de comunicación privados—.

[16] Salvo cuando se trata de autores de fotorreportajes, pienso que no es pertinente llamar “periodistas gráficos” a los fotógrafos que ilustran con su trabajo los textos que constituyen los contenidos de los periódicos. Sin desdoro alguno de su labor, importante y necesaria en el quehacer periodístico, hay que decir que un fotógrafo no es un periodista, ni lo es un camarógrafo.

[17] Pérez de Antón, Francisco. Ética de la Libertad. Serie Democracia Hoy. Editorial Libro Libre. San José, Costa Rica, 1991.

[18] A grandes rasgos, la teoría de agenda setting establece que los medios de comunicación actuales no le sugieren a sus consumidores qué pensar acerca de un tema determinado, pero sí deciden cuáles son los temas que se ponen en el candelero de la opinión pública.

[19] Friedrich Von Hayek, Los intelectuales y el socialismo, véase www.ileperu.org.

[20] Hayek fue, sin embargo, un escritor político prolífico. De hecho, en la tercera parte de su Fundamentos de la Libertad, prácticamente esbozó un programa de gobierno.

[21] Robert Nozick, ¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo?, No. 13-14 de la revista La Ilustración Liberal (Madrid, diciembre 2002).

[22] Mario Roberto Morales, Sin converger en el ideario liberal, diario elPeriódico, Guatemala, 20 de julio de 2005.

 

[23] Mario Roberto Morales, Réplica a la peor de las respuestas neoliberales, diario La Insignia, México, 27 de julio de 2005.

 

[24] Enrique Arenz, El error de los intelectuales. Capítulo 6. Editorial Dunken, Argentina, 2004.

 

[25] Leon Uris, QB VII, página 171. Editorial Bruguera, S.A., Barcelona, 1971.

 

[26] Mario Roberto Morales, Réplica a la peor de las respuestas neoliberales, diario La Insignia, México, 27 de julio de 2005.

 

[27] Mario Roberto Morales, El ganado y la refinada ignorancia neoliberal, diario La Insignia, México, 30 de julio de 2005.

[28] Lao Zi, El libro del Tao (Editorial Santillana, S.A. —Alfaguara—, Madrid, 1996), pp. 127, 153, 225.

 

[29] Mario Roberto Morales, Razones para evitar el debate, diario elPeriódico, Guatemala, 3 de agosto de 2005.

[30] Ídem.

 

[31] Mario Roberto Morales, Razones para evitar el debate, diario elPeriódico, Guatemala, 3 de agosto de 2005.

[32] El liberalismo, por definición, es una concepción antropocéntrica y, por lo tanto, humanista.

[33] Lo que Hayek rechazaba era el racionalismo, no la razón. El primero deriva en “la fatal arrogancia”, mientras que la segunda es una condición privativa de los seres humanos, lo que los distingue de las bestias.

 

[34] Friedrich Von Hayek, Los intelectuales y el socialismo, véase www.ileperu.org.

 

 

[35] Paloma de la Nuez, Los intelectuales y el capitalismo, No. 3 de la revista La Ilustración Liberal (Madrid, junio-septiembre 1999).

[36] Friedrich Von Hayek, Los intelectuales y el socialismo, véase www.ileperu.org.