La relevancia económica del tiempo cualitativo

José Antonio Romero Herrera*

Carl Menger ya había llamado la atención en el sentido que la fabricación de los bienes de consumo, por intermedio de los bienes de capital, aunque más productiva, no es instantánea, sino que requiere tiempo. El que supone las transformaciones de los bienes de producción o de consumo inacabado a los que satisfacen directamente las necesidades humanas. Tales bienes intermedios consisten en materias primas como máquinas y otros instrumentos de producción. El paso del tiempo implicado en las transformaciones propicia la formación de estadios sucesivos dentro de los cuales algunos factores productivos que, de cara al momento final de los bienes de consumo maduros, tienen que emplearse al principio, son objeto de valoración muy baja, Es el caso de una máquina-herramienta que, por carecer de utilidad directa para satisfacer necesidades humanas, sólo vale si a través de ella se pueden obtener bienes de consumo. De este modo, la demanda de automóviles determina la del hierro, del carbón y la de los trabajadores necesarios para fabricarlos. Con todo, las decisiones tomadas conllevan valoraciones sometidas a la incertidumbre de hacer algo en el presente que mejor se haría en el futuro, a juzgar por el surgimiento de invenciones y descubrimientos que con posterioridad condenarán a la inutilidad procedimientos actuales, al hacer las mismas mercancías con menos esfuerzo o simplemente por los cambios en los gustos. Por tanto, el valor de un factor de producción cualquiera, dado el tiempo transcurrido entre el momento de su input y el del output del producto, equivale al valor actual de su productividad marginal. Con otras palabras, el factor que participa en la producción y que tendría derecho a un consumo futuro, pero quiere consumir de inmediato, en vista que no puede esperar, tiene derecho al disfrute de un consumo presente, a condición que acepte el descuento que fija la tasa de interés, entendida como los sacrificios que se deben sobrellevar al efecto de que la producción se complete y el goce de los bienes de consumo aumente el valor de todo lo relacionado con el proceso de maduración de los productos. Es evidente que a todo factor que se paga antes del término y venta de un producto no corresponde el valor total de la productividad marginal de este último, sino sólo el valor actual de la productividad del primero; consideración que, por lo demás, no debe hacer caso omiso del hecho que cuantos más descuentos experimente la productividad, esto es, en la medida que sea más alta la tasa de interés, menor es el valor del factor anticipado. Así, pues, cada proceso productivo para llegar a feliz término demanda, mediante la ganancia, la disponibilidad de una producción anticipada para obtener la que sigue. En esta línea, quien sale de la cadena productiva, luego de mantenerse en ella durante un tramo, tiene la posibilidad de recibir la remuneración del que lo sustituye y asume el nuevo eslabón de una producción todavía incompleta. Piénsese en la continuidad necesaria entre el industrial químico y el panadero que pasa por el puente del agricultor. Aquél, al producir fertilizante, dejará al agricultor el cultivo del campo, quien obtenido a su tiempo el trigo dará su lugar al que elabore el pan. La producción de todo tipo de bien comporta retroceder en el tiempo en el que se extiende el conjunto de factores invertidos, cuya duración puede ser de meses, años, incluso siglos, según apunta la célebre frase de G. Stigler: “el cortaplumas de un escolar puede contener acero de una mina abierta en tiempos de César”. Tanto en el caso del cortaplumas, del pan o de la pintura de un cuadro llevada a cabo en unas cuantas horas, previamente se ha necesitado la extracción del mineral, su transformación en metal con el que el mecánico proveerá las máquinas al químico con las que fabricará la tinta, los colores y los fertilizantes que emplearán el escritor, el pintor y el agricultor. De cualquier manera, los continuos input de factores y los output  de productos contribuyen a la formación de los intercambios intertemporales que consisten en la sustitución de un consumo futuro por un consumo presente y a la inversa, en el seno de los cuales surge la tasa de interés que a su vez regula el equilibrio del mercado de los primeros. Aunque a nivel fundamental las obras de Eugen von Böhm-Bawerk (1851-1914) siguen fielmente las doctrinas de la Escuela Austriaca de Economía, sin embargo, carece de fundamento cualquier duda que quisiera ensombrecer el aporte del discípulo en avanzar la teoría de la utilidad al elevarla a cimas más altas de aquellas a las que las había llevado el revolucionario maestro. Tal es así que ya desde su asistencia en Alemania al seminario dirigido por Karl Knies, bosquejó, a la luz de los Principios de Economía Política, el borrador con el que marcaba nuevos derroteros a una investigación que culminaría en la brillante exposición de su teoría del interés. Böhm-Bawerk relacionaba el interés con el tiempo, en vista de que el uso de métodos indirectos representa invertir más tiempo en la producción. Pesca con mayor eficiencia quien realiza esa actividad caña en mano que quien la lleva a cabo con la mano desnuda. Eficiencia todavía mayor si se utiliza la red. Ahora bien, las ventajas de la superior productividad de los métodos indirectos corren parejas con el inconveniente de que son los más tardados porque consumen más tiempo y están sometidos a rendimientos decrecientes. La calidad y la elegancia de una primorosa batería de cubiertos de plata pueden remitir la extracción del metal noble a una mina que data de la época del imperio romano. En suma, la mayor contribución de Böhm-Bawerk radica en el papel central que atribuye al tiempo en su modelo del análisis económico. Categoría temporal, cuya importancia deriva de constituir el factor principal que contienen los continuos rodeos de la producción, el cual se forma al posponer el consumo actual en función de una acumulación adicional futura. Y es que, desde los días de los grupos primitivos, garantizar la continuidad de la producción impuso sacrificar más de una actividad alternativa y/o reorientar algunos bienes, originalmente destinados para el consumo, a propósitos  productivos como la fabricación de rudimentarias herramientas, léase redes, canoas, cuchillos, hachas, etc. Los factores productivos originales o primarios, es decir, el trabajo y la tierra, sujetos en el progreso económico a la adopción de métodos de producción más indirectos (Produktionsunwege, roundabout), que reclaman la inserción de más etapas intermedias, apremian la intervención del factor producido capital, en orden a que quienes lo detentan los dirijan con sus decisiones hacia la madurez de los bienes de consumo. Si bien Böhm-Bawerk al definir el capital  fijó la atención más en el stock de bienes materiales que transforman artículos aun sin terminar, que en derechos y valores inmateriales, no pasó por alto, como no podía ser menos, incluir medios de subsistencia monetarios para mantener a los dueños de los factores, a través de lo cual el bien de consumo ve cubierto el lapso temporal que transcurre entre el inicio de la producción y el término del producto final. Tan normal es la gran productividad de todo sistema con semejantes características que nuestro economista, además de llamarlo capitalista, juzgó que ni siquiera el socialismo es capaz de sustraerse a su régimen. Sobre la base de lo expresado anteriormente, Böhm-Bawerk formuló la ley de preferencia de tiempo o teoría de la preferencia temporal que establece la propensión de los seres humanos a valorar más los bienes presentes que los bienes futuros. Böhm-Bawerk proporcionó tres razones (drei Gründe) que explican la diferente valoración humana entre bienes presentes y futuros al tiempo que justifican la raison d’etre del cobro del agio, expresión utilizada por el economista austriaco para denominar el interés. La primera reside en el carácter perentorio de las necesidades presentes. Quienes cuentan con menos provisiones en la actualidad estiman más valiosos los bienes presentes que los que disponen de más y pueden almacenar para el futuro. La segunda guarda relación con la subestimación de las necesidades futuras y la sobreestimación de los recursos para satisfacerlas. En el primer caso, domina la falta de imaginación (ante la carencia de certeza en el conocimiento sobre el futuro, los agentes económicos se forman un cuadro fragmentario e incompleto acerca de las necesidades futuras) y de voluntad (solamente pocos están dispuestos a postergar la satisfacción de una necesidad presente). En el segundo, frente a la incertidumbre y brevedad de la vida, la espera induce a las personas no dejar para mañana lo que pueda disfrutar hoy. La tercera razón descansa en la superioridad técnica de los bienes presentes sobre los bienes futuros para satisfacer las necesidades humanas. En razón de que los procedimientos más largos son los más productivos, la cantidad de productos finales será mayor toda vez que cuanto antes se introduzcan los bienes presentes (dinero incluido) que los futuros, los bienes intermedios funcionan a su vez rápida y eficientemente si operan ahora que después. De suerte que tener acceso a una oferta de bienes presentes comporta para quien la recibe el pago de un agio o prima con que recompensa al que la concede a cambio de bienes futuros, premio, por tanto, a la disposición del que aplaza el disfrute inmediato de algo. En este orden de ideas resulta sumamente importante que no se pierda de vista el extraordinario significado de la ley de preferencia temporal en su doble frente de la lucha por las ideas al interior del pensamiento económico. Dentro del marginalismo no inspirado por la escuela austriaca, corrigió la postura neoclásica, con arreglo a la cual, en materia de distribución, los factores deben ser retribuidos de acuerdo con su aporte a la productividad marginal. Este enfoque, no importa si de forma tácita o explícita, encierra el supuesto, como en Marx, de que el período de producción está completo y, en él, el salario refleja la productividad marginal del trabajo, la ganancia, la del capital y la renta, la de la tierra. En condiciones tales que la productividad marginal se toma como el criterio que exclusivamente determina la distribución del producto, basta para tal fin aplicar una función de producción, propia del cálculo diferencial, al análisis económico, por medio de la cual el problema de agotar el producto se resuelve matemáticamente con el teorema de Euler. Esto significa que todo el ingreso generado se gasta al pagar, sin que nada sobre ni falte, a cada factor el valor de su producto marginal. La operación se realiza si se obtiene la derivada parcial del producto total con respecto a cada uno de sus factores. A modo de ejemplo, sea B la variable que mide la cantidad producida de un determinado bien, L las horas necesarias para fabricarla y K la cantidad de materia prima invertida. A lo anterior corresponde la fórmula B = L K. Si se asigna a L el valor 16 y a K el valor 1, la productividad marginal del trabajo se obtiene si se opera la derivada parcial respecto a L de la función de producción, la que arroja como resultado 1/8 y expresa la unidad de producción por hora trabajada. La productividad marginal del capital la contiene la derivada parcial con respecto a K de la función de producción. Su valor es 2 y representa dos unidades de producto por unidad de materia prima. Sin embargo, nada garantiza que el período productivo en el que los distintos agentes participan  esté completo y menos que todos quieran o puedan mantenerse hasta el término del mismo. Todo lo importante que se quiera, la productividad marginal apenas es uno de los componentes que concurren en la formación del complejo funcionamiento del proceso económico. Dado que las tasas de ganancia, de salario y de rentas comparten la misma índole de la tasa de interés, operan también con la misma lógica: la tasa de descuento del valor actual de la productividad marginal de salarios, ganancias y rentas respecto de valores futuros que quizás tendrán. La ley de preferencia temporal sirvió especialmente a Böhm-Bawerk para dirigir la crítica más demoledora a la economía marxista contenida en El Capital. De hecho cupo al discípulo de Menger, que había consumido sus energías en el debate con el historicismo, aplicar la nueva teoría para contrarrestar el influjo de movimientos sociales que como el marxismo habían crecido significativamente en el continente europeo. El economista austriaco rechazó la afirmación que todos los bienes económicos son producto del trabajo. De otra manera, ¿cómo se puede explicar la existencia de bienes económicos en la naturaleza, si se tiene en cuenta su escasez y la utilidad para satisfacer necesidades, que están sujetos a intercambios comerciales lo mismo que a derechos de propiedad y, sin embargo, no emplean trabajo alguno? Tómese por ejemplo el caso de una caída de agua o de suelo extraordinariamente fértil. ¿Qué decir, además, de bienes que incorporan menos trabajo que otros, que disponen empero de un precio superior al de los últimos, según ocurre con frescos de afamados pintores, que pueden alcanzar valores mayores que los de una mansión señorial? ¿Qué pensar, por otra parte, de dos mercancías que a pesar de contener la misma cantidad de trabajo pueden llegar a tener un valor completamente diferente, una vez que cambie el período temporal de la prestación de ese trabajo? Una de las dos mercancías puede contar con más trabajo directo, vale decir de prestación inmediata, y menos trabajo indirecto, o sea de prestación anterior, de que se sirve el primero. La otra mercancía, al contrario, puede ser portadora de menos trabajo directo y más trabajo indirecto. La ventaja de la primera mercancía sobre la segunda reside en que no requiere trabajo anticipado de meses y años que obligue a una larga abstención de tal consumo. De ahí que el vicio de raíz que aqueja al objetivismo de la teoría marxista del valor trabajo depende de que pasa por alto que, así incorpore gran cantidad de trabajo, un bien puede tener un valor muy reducido o carecer totalmente de él, en atención a que la determinación decisiva del mismo dimana de la estimación subjetiva de agentes que detectan en él la utilidad indispensable para alcanzar los propios proyectos. Al dar por sentado con excesiva precipitación que el proceso productivo ha terminado por completo, Marx comete el desatino de reivindicar, a favor del que trabaja por cuenta ajena, un pago mayor de lo que produce, pues en vez de retribuirle de acuerdo al valor íntegro del momento en que su aportación ocurre, pretende se le remunere según la incertidumbre futura que no garantiza la continuidad de su participación en ese período de producción, que este último no experimente retrasos o que no llegue al extremo de abortar. Al afirmar que el obrero es explotado porque no recibe el valor entero de la producción, Marx no toma en cuenta que, en general, los empleados no ofrecen interés alguno por asumir los riesgos de la producción y la comercialización, que sí aceptan quienes de buen grado ejercen la función especializada de empresarios capitalistas, siempre que los trabajadores estén dispuestos a compensarlos con la renuncia a recibir el total de la producción que únicamente podrían reclamar si sobre sus espaldas recayera el peso de los riesgos mencionados. Marx elimina del proceso productivo la figura del empresario capitalista, pero con ella arrastra también la desaparición del trabajador puro y convierte a todos en un extraño híbrido de trabajadores-capitalistas forzados.    

*El licenciado José Antonio Romero es profesor de Filosofía Social en el Centro Henry Hazlitt de la Universidad Francisco Marroquín.