Recensión: En casa de los Weil. André y Simone

Sylvie Weil, En casa de los Weil. André y Simone, Traducción de Alberto Sucasas, Trotta, (Colección La Dicha de Enmudecer) Madrid 2011. pp.156 ISBN: 978-84-9879-190-7

Tomeu Estelrich Barceló

Aprovechando el tirón mediático que supuso la conmemoración del  centenario del nacimiento de Simone Weil (1909-2009), Sylvie Weil –sobrina de Simone e hija de André Weil– se decidió a publicar su libro de recuerdos familiares Chez les Weil: André et Simone. Ahora, casi dos años después, la editorial Trotta, haciendo honor a su ya larga tradición de traducir y ofrecer al público de habla castellana la amplia bibliografía Weiliana, y algunas obras aledañas esenciales para su comprensión, presenta esta recopilación de memorias bajo el título En casa de los Weil. André y Simone. Este libro –a diferencia, por ejemplo, del famoso Vida de Simone Weil de Simone Pétrement, publicado por la misma editorial– no es una biografía ni tiene pretensiones de serlo. Y es importante remarcar de entrada este aspecto, porque gran parte de las críticas que este libro ha recibido son debidas, en gran medida, a una mala interpretación de su contenido, o, siendo más precisos, al deseo oculto de algunos de sus lectores por encontrar entre sus páginas una biografía autorizada escrita por un miembro de la familia Weil. En casa de los Weil no es una biografía ni del famoso matemático, miembro co-fundador del grupo Bourbaki, auto-exiliado a los Estados Unidos y nunca más bien recibido en la Francia que lo acusó de cobarde, ni de la fascinante, polémica y controversial filósofa que murió intentando integrar en su vida su anhelo de perfección platónica y su deseo de coherencia crística, sino un libro de memorias, vivencias y recuerdos de una mujer, Sylvie, que le tocó vivir a la sombra de estas dos grandes figuras y del precio identitario que tuvo que pagar debido a ello. 

El libro, en mi opinión, aporta tres aspectos que pueden interesar tanto a los seguidores de Simone como a los de André. En primer lugar, ofrece una plataforma privilegiada desde la cual contemplar, desde la objetiva-subjetividad que ofrece la distancia y el recuerdo de la autora, por una parte, el contexto familiar en el que se criaron el genio y la santa (así es como Sylvie cataloga a su padre y a su tía respectivamente), y por otra, el estado en que se quedó el clan Weil tras la muerte de la emblemática Simone. Y es que, como amargamente recuerda Sylvie, su familia, tras volcarse en un primer momento a recuperar y ensalzar el recuerdo de su desaparecida Simone, y convertir (sobre todo sus abuelos) en tarea prioritaria la transcripción de sus cuadernos inéditos, se transformó en un criadero de rencores y antipatías, que desequilibraron la armonía familiar hasta el punto de romper la cohesión y el diálogo entre sus miembros.  En segundo lugar, este libro ofrece una puerta de entrada privilegiada a la fascinante personalidad de Simone y André, imposible de acceder a ella si no fuera por la tierna mirada de una niña fascinada por su padre, y por los comentarios que éste compartió con ella sobre su amada hermana. De entre los rasgos más interesantes que el libro ofrece sobre sus personalidades, remarcaría, por ejemplo, la conciencia (cuasi mesiánica) de Simone y André de haber nacido para cumplir una misión que les trascendía; el amor incondicional que ambos hermanos se profesaban hasta el punto de llegar a establecer una relación de “mellizaje” espiritual de tonos escalofriantes; o los celos que los dos hermanos se tenían (Simone durante su infancia, y André una vez Simone hubo muerto) por los respectivos dones con los cuales habían nacido: la inteligencia, en el caso de Simone, y el deseo de perfección, en el caso de André. Finalmente este libro ofrece la posibilidad de acceder a la experiencia agridulce que conlleva el ser hija y sobrina de famosos, sobretodo cuando tal fama esta marcada por el signo de la genialidad y la santidad. Sylvie –lo repite constantemente en el libro– no es ni un genio, ni una santa, pero mucho menos el eslabón perdido que conecta a su padre y su tía con el conjunto de sus seguidores actuales; o la reliquia a la que acudir, y venerar, si se quiere entrar en contacto con su dos difuntos ancestros. Sylvie es “sólo” Sylvie… con sus más y sus menos, con sus mediocridades y genialidades, pero sin los atributos angélicos o infernales que tanto los admiradores como los detractores de sus distinguidos familiares les gustaría encontrar en ella.

Debido a esta yuxtaposición de temáticas y perspectivas, otro de los aspectos a remarcar del libro es la cambiante tonalidad con que Sylvie narra sus vivencias pasadas. Así, los primeros capítulos están marcado por un tono que podríamos tildar de realismo mágico, un poco a lo García-Márquez, que sirven a la autora para describir, y conectar, la monotonía de su mundo cotidiano con la presencia constante, a ratos amenazante, de sus “fantasmas” familiares. En otros capítulos, el libro cobra un tono desmitologizador, un poco a lo Bultmann, con la clara intención de remarcar no sólo la imperfecta humanidad de su padre y tía, sino también de sus abuelos (por ejemplo, cuando cuenta la incapacidad de su padre de buscar el tarro del azúcar, o su constante rechazo a la mediocridad y a todo lo que no rezumara excelencia; la mentalidad de varón –inculcada por su madre– que tenía su tía; el recelo de su abuelo contra su padre por no haber participado en la guerra; o las obsesiones de su abuela tras la muerte de Simone). En otros momentos, el libro adquiere un tono fenomenologizante –deseoso, a lo Husserl, de ir “zu den Sachen selbst!” (“¡a las cosas mismas!”)– cuando va detallando las experiencias (traumáticas o agradables) que la autora vivió durante su infancia, durante sus estudios en Chicago y en Francia, durante su estadía en Sao Paulo, durante su viaje a Jerusalén con su padre, o durante su último matrimonio. En todas ellas se nota el deseo de Sylvie por desnudarse ante el público y presentarse tal cual es, sin caretas o maquillaje de ningún tipo. Finalmente, el libro adquiere un tono que, a falta de mejores palabras, podríamos llamar “ecce-homático”, es decir, un tono que –al igual que el usado por Nietzsche en el prologo de su Ecce Homo– tiene como objetivo fundamental reivindicar, ante un mundo que se ha hecho una idea equivocada de su persona, quién realmente es: “¡Escuchadme, pues yo soy tal y tal! ¡Sobre todo, no me confundáis con otros!” Sylvie, como Nietzsche, se siente con el deber de decir al mundo quien es ella, pero sobre todo, con la necesidad de aclara quien no es. Ella no es (pese a sus semejanzas físicas) ni su tía ni su padre. Ella es quien es, pese a quien pese, y duela a quien duela… aunque en algunos casos parezca que sea a ella misma a quien más le pese y le duela.

Y este último aspecto es el que más criticable me parece de todo el libro y el único que, puestos a buscar pegas, me parece digno de reproche. El libro, pese a estar escrito con la intención loable de distanciarse de la omnipresencia de André y Simone, en el fondo, no puede, ni quiere, separarse de ellos. Sylvie Weil no puede no ser Sylvie Weil. Ella es, ha sido, y será una Weil hasta que se muera. Y esto es lo que la hace única, y a su libro interesante. Es más, nosotros, sus potenciales o actuales lectores, lo somos no por querer saber más sobre su vida, sino sobre la vida de sus dos ilustres familiares, y sobre la relación que tuvo ella con ambos dos. En este sentido, nosotros somos –en la medida que leemos su libro con esta intención– los que ella constantemente critica en su libro...   somos los que no vemos en ella más que un testimonio reliquial de un pasado al que no tenemos acceso. Precisamente por eso leemos su libro… y precisamente por eso ella lo escribe. Ella, le guste o no, es un medio, una reliquia, un metaxu (como le gustaba decir a su tía)  puesto entre su padre y su tía, y nosotros. Y esto es lo valioso de su libro y lo que sus lectores valoramos de todo corazón. ¡Gracias Sylvie por ser quien eres, por aclararnos quien no eres, pero sobretodo por compartir con nosotros tus vivencias pasadas y presentes “en casa de los Weil”!