La mentalidad anticapitalista

Julio César De León Barbero[1]

 

            Cuando se entra en contacto con las ideas de intelectuales como Mises, Hayek, Rothbard, y Hazlitt –solo para mencionar a algunos- se empieza a entender plenamente en qué consiste la teoría propia del liberalismo clásico. Una propuesta que  desde los días de John Locke quiere establecer las condiciones del ambiente en que los hombres deben vivir para alcanzar el bienestar y la prosperidad.

            Particularmente claros han sido Mises y Hayek al abordar en sus obras cuáles son esas condiciones en las cuales la vida debería de transcurrir. Ambos dejan en claro que “sociedad” es el nombre que le damos a la cooperación humana basada en la división del trabajo. Dicha cooperación constituye el fundamento de la asociación entre los hombres resumida en la ley de asociación de David Ricardo.

Lo anterior convierte la vida en sociedad en un medio; en el mejor de los medios descubiertos para que cada quien alcance la realización de su propio proyecto de vida. Por supuesto, como todo medio, como todo instrumento para lograr objetivos, la vida en sociedad debe darse y desarrollarse dentro de un marco de condiciones que permitan su correcto funcionamiento.

Primordial es en este análisis lo señalado por Locke y por Bastiat: que cada ser humano es sujeto de derechos esenciales a partir de los cuales se constituyen las relaciones de cooperación. Vida y propiedad son para Locke y Bastiat los derechos a partir de los cuales los hombres preservan su existencia e intentan mejorarla.

Vida y propiedad son también el marco desde al cual se analiza el origen del gobierno, el origen de las leyes y, por supuesto, la función y la razón de ser tanto del poder público como del aparato jurídico.

Por supuesto en esta visión del hombre y de la sociedad, que es el liberalismo clásico, se mantiene una separación entre la esfera propia de la cooperación y la que corresponde al aparato estatal. Esta última –que pertenece al gobierno y que es la estrictamente política- ha de estar al servicio de la cooperación entre los hombres velando porque en sus actos y en sus relaciones los seres humanos respeten los derechos que les son inherentes y respondan a las obligaciones que éstos implican.

Esta separación y clara diferenciación tiene que ver con la naturaleza de la vida en sociedad y la naturaleza del aparato gubernamental. La vida en sociedad surge de la voluntariedad y la decisión libre de cada ciudadano. El aparato de gobierno surge de la renuncia que cada uno hace de su derecho a defenderse y por tanto se basa en el uso de la fuerza y la coerción.

En este orden de ideas no es recomendable que el gobierno usurpe las funciones de la vida en sociedad como tampoco es recomendable que la sociedad haga suyas las funciones del gobierno.

Para la teoría social del liberalismo clásico es importante tener un gobierno limitado. La idea de un gobierno limitado se refiere a que el aparato de fuerza y coerción debe limitarse a proteger la cooperación humana y el marco de los contratos pactados voluntariamente entre los hombres.

Ahora bien, como lo han demostrado con claridad los intelectuales comprometidos con la filosofía de la libertad esta propuesta posee una historia fascinante tanto teórica como práctica. Han sido muchos los pensadores que han dedicado horas y talento a defender y aclarar este ideal de vida en sociedad. También han sido muchos los momentos y lugares en los que se han experimentado las bondades de vivir en una sociedad libre y con un gobierno limitado.

Desde la perspectiva teórica y desde el testimonio de la historia se puede demostrar fehacientemente la superioridad de la propuesta liberal clásica frente a aquellas otras que promueven la intervención, la dirección o incluso la sustitución de la cooperación voluntaria por la fuerza y la coerción estatales.

Pero entonces surge el problema que nos ocupa el día de hoy: Si la propuesta liberal clásica es superior a cualquier otra y si es capaz –como se ha demostrado- de generar la riqueza necesaria para mantener y mejorar la vida: ¿Por qué hay tanto rechazo hacia ella? ¿Por qué tantos ataques contra esta manera de ver la vida, la sociedad y el gobierno? Dicho de otro modo: ¿Cuál es la razón de ser de la mentalidad anticapitalista? ¿Qué explicación se puede dar a la mentalidad contraria al capitalismo?

Ludwig von Mises hizo suyo el reto de responder a esta interrogante. En el año de 1956 publicó su libro La mentalidad anticapitalista, en un serio intento de proporcionar explicaciones a la actitud de rechazo hacia el sistema económico capitalista. La obra se refiere, en primer lugar, a las características de una economía libre y a su capacidad, ampliamente demostrada, de mejorar la existencia humana en este mundo. Luego aborda algunas de las razones psicológicas o emocionales que desatan el rechazo que algunos sienten hacia el capitalismo.

La obra también hace referencia a la manera como el llamado hombre común percibe la economía de libre empresa. Concepción que, por ser producto de una estrechez de miras no es más que una caricatura, una deformación del sistema. A continuación el texto de Mises hace referencia a algunos argumentos no económicos que se suelen presentar en contra de la economía capitalista como la acusación de que es injusto porque promueve la desigualdad o que es materialista por enfatizar únicamente la vida en este mundo y sus comodidades. La obra del 56 merece ser leída el día de hoy para ayudarnos a comprender la atmósfera de rechazo hacia el capitalismo que se respira en muchos ambientes.

De nuevo tenemos que plantearnos la cuestión: ¿Qué explicación se puede dar a la mentalidad anticapitalista? Responder a esta pregunta resulta importante porque casi sesenta años después de que se lo preguntara Mises esa mentalidad continúa manifestándose en la academia, en los textos escolares, en el cine, en la música, en los púlpitos, en los medios de prensa hablados y escritos, en los ambientes intelectuales y artísticos, en los movimientos sindicales y en la política partidista.

El derrumbe del régimen soviético y la desaparición del muro de la vergüenza en Alemania parecen haber sido sólo una pequeña sacudida para los anticapitalistas. No fue aquello un remezón suficientemente fuerte como para hacer caer al suelo las ideas y los prejuicios opuestos a la sociedad libre y a la economía de mercado.

Por el contrario hoy en América latina asistimos al surgimiento y consolidación de regímenes inspirados en el castro-comunismo como el de Chávez, el de Correa y el de Morales en el sur del subcontinente y, por supuesto, un poco más cerca geográficamente, el caso de Ortega en Nicaragua.

Hace casi sesenta años Mises señaló que la mentalidad anticapitalista se caracteriza por la envidia que se experimenta ante los triunfos económicos que otros tienen. Insistió en que de alguna manera los fracasos personales conducen a rechazar el sistema económico de libre empresa. De acuerdo a la tesis misesiana tres son los elementos inherentes a la actitud anticapitalista: La ignorancia, la envidia y el odio.

Según Mises son los intelectuales los más dados a dejarse arrastrar por esos sentimientos porque a pesar de dedicarse al estudio, a la experimentación y a promover la cultura en general, muchas veces no les va tan bien materialmente como al hombre de negocios o empresario. Además los intelectuales son dados a pensar que son capaces de generar un sistema social y económico más “equitativo” en el que las diferencias entre quienes tienen más y quienes tienen menos se acorten y disminuyan.

En el origen, pues, de la mentalidad anticapitalista se encuentra una especie de frustración sufrida por los intelectuales y la creencia de poder dirigir o planificar la vida de millones en pro de una sociedad más igualitaria que según ellos es la que debería existir. 

Hay que aceptar, no obstante, que el rechazo hacia el sistema económico capitalista no sólo se da entre individuos fracasados o frustrados. Ejemplos de individuos económicamente bien que criticaron, se opusieron y hasta combatieron el sistema, se pueden encontrar con mucha facilidad no sólo en el pasado sino en nuestro propio tiempo.

Entonces no sólo es cuestión de envidia y odio destructivo. Claro que en toda ideología anticapitalista de ayer y de hoy, de los tres factores mencionados por Mises, el más importante parece ser la ignorancia. Los otros dos factores: la envidia y el odio, podrían caer incluso en la categoría de falacias ad hominem.

Creo que es la ignorancia la que proveyó de sustento al marxismo, al socialismo, al intervencionismo y ahora, sirve de base  a la antiglobalización. Pero con el correr del tiempo se han ido sumando otros factores, otros elementos a la ideología anticapitalista.

Sin ánimo de pretender superar la obra de Mises deseo señalar aquí algunos de los componentes que cuando Mises publicó su libro La mentalidad anticapitalista, no estaban presentes en esa actitud de rechazo al sistema económico de libre empresa.

1. LOS NUEVOS COMPONENTES

En primer lugar, quiero referirme a los intentos de regresar a la misma edad de piedra que constituyen una pieza importante en el programa de ideas de algunos filósofos y activistas sociales. La nostalgia por el pasado primitivo del hombre no es nada nuevo. Quizás uno de los primeros en convertir esa añoranza en piedra de toque de su teoría social haya sido Juan Jacobo Rousseau.

Para Rousseau la vida del salvaje era una vida sencilla, sin complicaciones, sin afanes por lo artificial y superficial. Según Rousseau ha sido la educación y especialmente la civilización la que ha arruinado el carácter de los hombres y sus relaciones provocando la desigualdad entre ellos. Esta creencia en el buen salvaje que depende de la naturaleza y vive en perfecta armonía con ella, se ha convertido en el resorte que impulsa muchas de las acciones anticapitalistas en nuestro tiempo.

En ese sentido son muchos los intelectuales que promueven la idea de que la vida antes de la Revolución industrial era paradisíaca y magníficamente feliz. Culpan al sistema económico capitalista, hijo de la Revolución industrial, prácticamente de todos los males que la humanidad padece. En ese sentido estos intelectuales promueven un retorno al tipo de existencia que la humanidad tenía en la edad de piedra. Ni siquiera se trata de un retorno a la vida agraria y pecuaria. Sino de regresar en el tiempo más allá del descubrimiento del pastoreo y la agricultura. En pocas palabras se trata de un discurso que denuncia y renuncia a la civilización a favor de una existencia más bien primitiva.

Uno de los promotores de esta visión primitivista es el filósofo norteamericano John Zerzan. Zerzan se caracteriza por sostener una actitud de abierto rechazo hacia la vida civilizada por considerarla opresiva. De este modo critica la vida en las sociedades modernas industrializadas en las que, según él, se nos ha impuesto la falsa idea de la escasez, la falsa idea de la pobreza,  ideas que han tenido repercusiones alienantes en la psicología humana según él.

Zerzan es enemigo del gobierno también y opta por un anarquismo radical; a la vez, rechaza frontalmente la tecnología por habernos alejado de la naturaleza y haber instalado a los hombres en un hábitat artificial y mecánico. Esto es lo que justifica y explica su completo rechazo a la tecnología.

Los términos con los que se ha bautizado el pensar de Zerzan son, en consecuencia, términos como primitivismo, anarquismo, naturalismo, y neoluddismo, en recuerdo del movimiento luddista de principios de la Revolución industrial. Movimiento que se caracterizó por un odio extremo contra las máquinas utilizadas en los primeros talleres y fábricas.

El pensamiento y las obras de John Zerzan  han tenido mucha influencia entre los grupos antiglobalización de toda tendencia y color. El eco que han tenido sus ideas se concretó en la llamada “revuelta de Seattle” en 1999 cuando esa pequeña y pacífica ciudad se vio invadida por millares de manifestantes violentos que protestaban contra el libre comercio aprovechando la cumbre instalada allí de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

¿Qué propone a cambio esta ideología? Pues sencillamente volver a la vida anterior a la gran revolución neolítica; a la existencia de los grupos nómadas de cazadores y recolectores, sin tecnología y sin los afanes de producir para superar la supuesta pobreza. Sólo tornándose los hombres en nómadas depredadores volvería a existir una armonía entre hombre y naturaleza.

Zerzan culpa a la domesticación y a la agricultura de todas las miserias humanas como la división del trabajo, la propiedad, el afán de producir y acumular. También las culpa del aparecimiento del pensar abstracto, como las matemáticas, que tan mala influencia ha tenido en la concepción del tiempo y responsabiliza también a la agricultura y a la ganadería del aparecimiento de la escritura que ha jugado un papel nefasto en la dominación del hombre por el hombre.

El hombre primitivo, por el contrario, vivía en forma feliz y diferente. Afirma Zerzan: …antes de la domesticación –antes de la invención de la agricultura, la existencia humana pasaba esencialmente en el ocio, que descansaba en la intimidad con la naturaleza, sobre una sabiduría sensual, fuente de igualdad entre sexos y de buena salud corporal.[2]

Según la visión de Zerzan el capitalismo es el causante directo de las guerras, de la desigualdad, de los vicios morales, de los afanes que nos sumergen en estados estresantes y, por supuesto, es el causante directo del alejamiento de una vida apacible, saludable y armoniosa.

El segundo argumento nuevo, actual, de la mentalidad anticapitalista lo constituye el que atribuye al capitalismo el deterioro del medio ambiente y la desaparición de los recursos naturales no renovables. Incluso se habla de una nueva interpretación de las ideas de la explotación de Karl Marx en el sentido de que ya no sería el obrero el explotado sino la tierra y sus recursos.

Una parte esencial del argumento ecologista es señalar que en el capitalismo lo que interesa es la ganancia a corto plazo por lo que no importa qué es lo que ocurra en el entorno y con el entorno ambiental. Se señala a los agentes privados, a los seres humanos individuales como los responsables por no obedecer a un plan general o programa racionalmente concebido. Así sus acciones aisladas sólo pueden derivar en un deterioro del medio ambiente.

Se señala, incluso, que el deterioro del medio ambiente es una señal de que el sistema económico capitalista se encuentra en su etapa senil. Jorge Beinstein, doctor en economía e intelectual marxista, es uno de los que incansablemente insiste en este argumento ecologista no sólo para hablar contra el capitalismo sino para señalar su pronto desaparecimiento. A la pregunta de si estamos ante la crisis del sistema económico capitalista ha respondido así:

Sí, nos encontramos ante una crisis sistémica. Yo prefiero hablar de crisis de civilización, es decir de la civilización burguesa que presenta múltiples aspectos: económico-financiero, ambiental, energético, alimentario, militar, y cuyo motor se encuentra en el centro del mundo: los Estados Unidos. Es una crisis global que viene siendo preparada desde hace unas cuatro décadas, el despegue de la decadencia del sistema puede ser establecido en el lustro que va desde 1968 a 1973 cuando concluyó la prosperidad de la postguerra. Estamos ahora en el comienzo de lo que muy probablemente será un largo período de turbulencias, marcado por la declinación general del sistema.[3]

El capitalismo, según esta visión ecologista, ha colocado a la humanidad al borde de su propia destrucción al destruir el mundo en que vivimos y consumir desmedidamente los recursos naturales como el agua, el petróleo, etc.

¿Qué propone a cambio esta visión apocalíptica? Se propone que sólo el socialismo puede tomar en cuenta los factores no económicos del desarrollo; que sólo el socialismo o el comunismo puede lograr una armonía entre industria y medio ambiente, entre la ciudad y el campo, entre la generación de riqueza y la naturaleza. Esto se logrará gracias a la planificación centralizada de los planes individuales y la dirección estatal.

Por último quisiera proponer algunas breves respuestas a los argumentos mencionados hasta aquí: el primitivismo de Zerzan, la crítica ecologista y el señalamiento de que los recursos naturales han sido depredados irracionalmente.

El primitivismo de Zerzan es una visión que ignora la clase de organismo que es el hombre y el tipo de organización social que es la cooperación voluntaria. Como organismos no estamos preparados para la supervivencia por lo que a lo largo de siglos desarrollamos el instrumento más dinámico y creativo que se puede tener para sobrevivir como lo es el cerebro y la mente. Si nos hubiésemos quedado a un nivel estrictamente animal seríamos organismos en lucha constante por la supervivencia y entonces las leyes de Robert Malthus tendrían un total cumplimiento sobre nosotros. Aquellos organismos humanos que no lograsen obtener de la naturaleza el alimento necesario tendrían que desaparecer por inanición y muerte.

La capacidad creadora del hombre lo llevó a descubrir y, a veces, a inventar formas de producir lo que la naturaleza por sí sola no puede proporcionarnos. En este orden de ideas la división del trabajo se convirtió en un mecanismo eficiente para transformar las materias primas en bienes de consumo.

La calidad de vida para los organismos humanos no está ligada a la naturaleza sino a la capacidad productiva; y en ese sentido el sistema capitalista ha demostrado hasta la saciedad tener la capacidad de generar los medios que cada organismo humano requiere para vivir. El incremento de la población mundial, desde los días de la revolución industrial, es un testimonio de esa capacidad. Mucha más gente pudo sobrevivir y la vida vino a ser mucho más satisfactoria y prolongada como nunca antes la humanidad había experimentado.

Por otro lado ¿que haría Zerzan y quienes lo que siguen sin la tecnología que les permite desplazarse en horas de un sitio a otro o comunicarse y dar a conocer sus ideas sin la magia de internet y de los ordenadores? Por otro lado, ¿hubieran tenido tiempo de crecer y vivir suficiente para decir lo que dicen sin las vacunas, los antibióticos y los medicamentos efectivos de la civilización?

A mí me parece que los argumentos maltusianos del primitivismo de Zerzan no constituyen más que un intento de suicido cultural, de haraquiri civilizatorio, aparte de ser un discurso totalmente inhumano.

Respecto a los argumentos del ecologismo en torno al deterioro ambiental y a los recursos no renovables, hay que recordar, primero, que han sido los países más atrasados y las naciones que vivieron bajo el yugo comunista los menos respetuosos por el ambiente natural.

Los pueblos más pobres y atrasados porque su productividad es de mera subsistencia y se encuentra casi totalmente atada a la tierra y, además, descansa en procesos productivos atrasados y primitivos. Y los pueblos bajo el yugo comunista porque, por un lado, lo que es de todos es de nadie, y, por otro, porque la maquinaria gubernamental es incapaz de velar efectivamente por todo y es responsable por nada.

También es necesario mencionar la obra de algunos intelectuales que se dedicaron a responder a las críticas del ecologismo apocalíptico con serios argumentos y demostraciones. El primero de esta lista es Julian Simon un liberal cuya obra vale la pena conocer en general.

Únicamente recordemos aquí el libro de Julian Simon, El último recurso, en el cual el autor demuestra cómo los recursos naturales son hoy más abundantes gracias a la tecnología y a su empleo eficiente gracias a las señales del mercado.

Otro texto importante en esta línea de pensamiento es el libro The Toxicity of Enviromentalism, de George Reisman, que tiene la virtud de demostrar abiertamente que la naturaleza en sí misma carece de valor hasta que el ser humano descubre su utilidad. Reisman desenmascara a los movimientos ambientalistas como una cruzada en contra de la misma humanidad.

Otro libro de gran valía es el de Patrick Michaels titulado Satanic Gases, en el cual el autor demuestra que las medidas y parámetros utilizados para constatar el llamado calentamiento global no han sido todo lo científicos que deben ser. Sus descubrimientos fueron la base para que algunos países no firmaran los llamados Protocolos de Kioto. Michaels demuestra que el calentamiento del globo es mucho menor y que la causa no es una sola sino muchas, de modo que el C02 no es el único responsable.

Pero quizás el más valiente de todos estos intelectuales sea Bjorn Lomborg. Lomborg fue durante un tiempo un activista al servicio de Greenpeace. Involucrado en andar vociferando en contra del sistema económico capitalista por diversas partes del mundo en una visita efectuada a los Estados Unidos entró en contacto con la obra de Julian Simon.

Lomborg no estaba necesariamente de acuerdo con Julian Simon pero en su intento por examinar los argumentos de Simon terminó convenciéndose de que Simon tenía toda la razón al afirmar que las cosas en el mundo y con el mundo están mejor hoy que hace un siglo.

Lomborg publicó una serie de trabajos en la prensa que después reunió en una obra que lleva como título The Skeptical  Enviromentalist en cuyas páginas se demuestra hasta la saciedad lo falaces que son los argumentos ambientalistas del ecologismo aterrorizante. Aparte de dejar en claro que los seres humanos no somos enemigos acérrimos de la naturaleza.

 Trabajos como el de Lomborg han ayudado a revelar que científicos de prestigio -como el finado Stephen Schneider- suelen recurrir a la exageración y a la mentira para impactar a la gente y conducirla a aceptar las denuncias ecologistas.

Para terminar pienso que la mentalidad anticapitalista podrá seguir inventando señalamientos infundados en su afán de desprestigiar el sistema económico de libre empresa pero serán siempre eso: palabras carentes de fundamento.

Por el momento podemos concluir en que todo lo que disfrutamos el día de hoy y que hace la vida más saludable, confortable, agradable y prolongada, se lo debemos a la economía libre. Personalmente no recuerdo nada que el socialismo o el comunismo haya creado o inventado y que podamos reconocer que es una contribución a que la humanidad tenga una vida mejor. Por ello solo puedo terminar diciendo: ¡Que viva el capitalismo!



[1] Conferencia dictada el 3 de mayo de 2001 en el Auditorio F. A. Hayek, Universidad Francisco Marroquín, Guatemala, en el marco de la celebración de los 130 años del nacimiento de Ludwig von Mises.

[2] http://www.sindominio.net/ecotopia/textos/futuprim.html

[3] http://www.centrocultural.coop/revista/articulo/88/cronica_de_una_crisis_anunciada_entrevista_a_jorge_beinstein_economista.html