Albert Camus

Harold Soberanis*

 

 

Los hombres mueren sin ser felices.

Albert Camus

Entre los muchos libros que he leído a lo largo de mi casi medio siglo de existencia, hay algunos que han dejado una profunda huella en mi interior, y a los que vuelvo cada vez que la vida se me torna cuesta arriba. Vuelvo a ellos porque siempre encuentro la respuesta adecuada a un problema que me agobia. Entre estos libros tan queridos están, sin ser éste un orden de preferencia, La Náusea de Sartre, El Lobo Estepario de Hesse, Sobre Héroes y Tumbas de Sábato y El Extranjero de Camus.

Precisamente ahora, que se cumplen cincuenta años de la muerte de Albert Camus, no encuentro momento más propicio para dedicarle algunas líneas que expresen lo que este genial escritor y sus obras han significado en mi vida.

No recuerdo en qué momento leí por primera vez a Camus, pero desde que lo hice surgió en mí una profunda admiración hacia su figura y su obra. De un estilo muy particular, conciso, directo y profundo, Camus es, a mi parecer, uno de los más grandes escritores del siglo XX, lúcido, genial y muy humano. Aunque posee un estilo muy sencillo no por eso es fácil de leer. En sus frases cortas y directas, se esconde una profundidad de pensamiento que no nos deja indiferentes, pues sacude las fibras de nuestro ser.

De cuna muy pobre, a base de esfuerzo, mucha capacidad y un gran talento llegó a obtener el Premio Nobel de Literatura en 1957 y tres años después, murió en un desafortunado accidente de carretera, cuando aún era joven y estaba en plena madurez intelectual, la que ya por entonces le había convertido en un referente moral de la humanidad que, en esa época como ahora, atravesaba un momento crítico de su historia. Siempre fue generoso y agradecido y nunca olvidó, ni negó sus orígenes. De su agradecimiento queda constancia: el momento en que recibe el Premio Nobel y se lo dedica a su maestro, Louis Germain, quien lo estimuló a no abandonar sus estudios y desarrollarse como un gran escritor.

De Camus lo que he aprendido es a aceptar el carácter absurdo de nuestra existencia, puesto que no hay un dios que sirva de referencia para darle sentido. Este carácter absurdo de la vida humana queda explicitado en su famoso ensayo El Mito de Sísifo donde, apoyándose en este mito griego, demuestra cómo la vida humana carece de sentido y vivirla es un absurdo. Sin embargo, aunque parezca extraño, y en oposición a muchos que han interpretado su pensamiento como un claro pesimismo, esa misma naturaleza absurda de la existencia no implica su negación o abandono. Por el contrario, lo que el pensamiento filosófico de Camus quiere demostrar es que, a pesar del sinsentido de la vida, ésta merece la pena vivirla y no sólo vivirla sin más, sino vivirla con pasión, cada momento, cada instante, cada minuto, pues la vida a pesar de todo es bella y digna de asumirla. Lo que sucede, dice Camus, es que debemos ser conscientes de su sentido absurdo, no para negarla o entregarnos a la desesperación, sino para aceptarla tal como es, con la misma dignidad y heroísmo que lo hace Sísifo al emprender la tarea absurda a la que los dioses lo han condenado. En ese asumir la existencia tal como es y no como las religiones o filosofías baratas nos han hecho creer que es, radica el valor de la vida misma.

Como intelectual de una época difícil vio con lucidez el problema de las sociedades, a través de lo complejo de la naturaleza humana. Nada le era indiferente, por eso asumió un compromiso con todas las luchas que se oponían a cualquier forma de totalitarismo, que de alguna manera condicionaban o limitaban la libertad humana, haciendo de la existencia de los hombres y mujeres de este planeta algo precario.

De ahí pues, que políticamente rechazó los nacionalismos y la pretensión del Estado a controlar la vida de los individuos y colectividades, poniendo por encima de estas formas de opresión la dignidad y la libertad. Aprendió a valorar las cosas sencillas de la vida como las más importantes, más allá de la posesión material de cosas que lo único que hacen es condenar a los hombres a formas inhumanas de esclavitud, aunque no por eso negó lo importante de llevar una vida con los mínimos satisfactores, que harían de ella algo agradable.

Su profunda fe en la libertad, sobre todo de pensamiento, le impidió adherirse a formas políticas que la negaran, lo que le condujo a mantener posiciones controversiales con muchos intelectuales de su época. Famosa es la polémica que sostuvo con Sartre, después de haber cultivado una amistad de muchos años entre ambos y que les llevó a colaboraciones de distinto tipo. Sartre aceptaba el poder del Estado en determinados casos y esto significaba oponerse a la libertad, lo que trajo como consecuencia que surgieran ciertas discrepancias ideológicas entre ellos, que al final se vieron reflejadas en un alejamiento. Sin embargo, cuando acontece la trágica y absurda muerte de Camus, Sartre fue de los primeros en lamentarla reconociendo su grandeza intelectual y humana, lo que viene a demostrar, en última instancia, la nobleza de espíritu del autor de La Náusea.

Una consecuencia que se deriva de la idea de que no hay un dios que sea un punto de referencia moral es, según Camus, el hecho de que debemos inventarnos nuestra propia moral más allá de cualquier fórmula o código moral dado. Y no sólo lo podemos hacer, sino que tenemos la obligación de hacerlo, porque somos seres libres. Esta tesis, y algunas otras, lo ubicaron conceptualmente entre los existencialistas, aunque él lo negara muchas veces.

Otra de las facetas importantes de Camus fue la de periodista. En ésta, como en las otras que desarrolló, siempre mantuvo una coherencia y honestidad intelectual que le valieron tanto el reconocimiento de algunos como el rechazo de otros. Sin embargo, se mantuvo fiel a sus convicciones. Respecto a este oficio es importante señalar que asumió la libertad de expresión como un valor fundamental de esta profesión, pero sin considerarla como un escudo que hiciera del periodista un ser intocable. La libertad exige responsabilidad y compromiso consigo mismo y con los demás, pero nunca puede ser excusa para atrincherarse en posiciones que nieguen la verdad y se pongan al servicio de los poderosos. Esta manera de entender el periodismo debería ya de por sí ser una lección que no deberían olvidar todos aquellos que se dedican a él, sobre todo en países como el nuestro donde muchos periodistas, apoyándose en el derecho a expresarse libremente, se consideran incuestionables como si estuviesen más allá del bien y del mal, y utilizan este noble oficio para desprestigiar, calumniar o conspirar.

A pesar del tiempo transcurrido desde su muerte, en el que injustamente su obra y pensamiento han ido cayendo en el olvido para dar paso a personajes oscuros y mediocres que con su actuar han trastocado los verdaderos valores que dignifican al hombre, sustituyéndolos por la vulgaridad y el escándalo, deberíamos volver a él. En estas épocas de crisis de toda índole que han hecho de la mayoría de nosotros seres sin esperanza, ni sueños, bien nos vendría releer sus textos con el fin de encontrar en ellos las claves necesarias que nos permitieran comprender nuestra situación existencial. Porque Camus es de esos intelectuales que como Marx y Sartre, y en palabras de Brecht, son imprescindibles.

 

*Profesor titular de Filosofía, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.
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