Nihilismo, Absurdo y Fatalidad en el pensamiento de Edgar Morin

Nihilism, Absurd and Fatality in Edgar Morin’s thinking

 

Gerardo Barbera *

 

No hay que temer al descubrimiento de la muerte generalizada en el horizonte de la humanidad, de la Tierra y del Sol y en el propio cosmos. La Vía Láctea morirá. El universo morirá. 

Edgar Morin

 

RESUMEN

El artículo es una reflexión sobre el pensamiento de Edgar Morin. El análisis se realiza desde una opción cristiana, como marco desde el cual se consideran las ideas planteadas por Morin, principalmente, en cuanto a la ontología de la Nada y la antropología de la muerte. Al respecto, se cuestiona la utilización en el proceso de las tesis nihilistas y fatalistas propuestas por Morin en el sistema educativo. En definitiva, se hace una crítica reflexiva, desmontando el mensaje absurdo que se encuentra escondido en las propuestas para un supuesto mundo mejor, planteadas por Morin. En conclusión, en este artículo se valoran como impropias las ideas nihilistas y fatalistas de Morin, como fundamentos de opciones educativas.

Palabras clave: Nihilismo, Absurdo, Fatalidad, Cristianismo.

ABSTRACT

The article is a reflection on Edgar Morin’s thinking. Analysis is made from a Christian point of view, in a framework since the ideas established by Morin are considered, mainly in regards of ontology of nothing and anthropology of the death. Regarding this, it is questioned the use in the process of nihilistic and fatalistic theories suggested by Morin in the educative system. All in all, a reflexive critique is made, through the removing of the absurd message hidden in the design for a supposed better world, arose by Morin. In conclusion, in this article the nihilistic and fatalistic ideas of Morin are assessed as inappropriate, as fundamentals of educative options. 

Key words: Nihilism, Absurd, Fatality, Christianism

INTRODUCCIÓN

Las siguientes reflexiones  tienen como finalidad iniciar un análisis de las obras de Edgar Morín, en cuanto a sus propuestas ontológicas y   antropológicas, con la intención de señalar elementos teóricos que reflejan sus ideas en torno  a la concepción sobre la naturaleza compleja del ser humano. De hecho, la complejidad es un término que Morin (2000) utiliza para    explicar el sentido del proceso de hominización, mediante el cual aparece el animal humano como resultado de  infinitas  interferencias, que van desde su estructura molecular hasta sus relaciones sociales:

La hominización no podrá ser concebida por más tiempo como resultado de una evolución biológica estricta, ni tampoco como producto de estrictas evoluciones espirituales o socio-culturales, sino como una morfogénesis compleja y multidimensional que es la resultante de interferencias genéticas, ecológicas, cerebrales, sociales y culturales (pág. 65) 

Así, pues, el hombre sería el resultado de un proceso de evolución  tan complejo como la naturaleza  del universo del cual procede. Por supuesto, estas reflexiones   se realizan desde la propia   concepción ontológica de Morin. Evidentemente, desde  sus opciones ontológicas se desprenden sus planteamientos epistémicos, antropológicos y educativos.  Lo complejo es el universo: ontología. El hombre es complejidad en sí mismo: antropología deducida de la ontología.

En efecto, el sistema de pensamiento de Morin se presenta como un todo coherente fundado en su ontología; es decir, de su visión filosófica de la realidad, que poco o nada tiene que ver con ninguna  metodología científica. Por eso,  se hace necesario un estudio de sus obras más significativas, entre las que sobresalen un conjunto de textos que se identifican con el único título: “EL MÉTODO”, que es en definitiva, una colección coherente de seis textos, en donde Morin plantea sus pensamientos centrales en cuanto a la Ontología, Antropología, Epistemología, Sociología, Educación y Ética; precisamente, en ese mismo orden.

Por otra parte, se debe indicar que este ensayo sobre  los textos de Edgar Morin se escribe desde las propias concepciones ontológicas, epistémicas, antropológicas, sociales, educativas y éticas del autor de este trabajo. Este análisis no se hace desde el  mito de la “neutralidad y objetividad”. Es decir, se interpreta una antropología materialista e inmanente planteada por Morin, desde mis opciones trascendentales, en cuanto al sentido de la existencia del hombre  y de toda la humanidad. Evidentemente, mis opciones personales están  centradas en la convicción de que no puede haber contradicciones válidas entre la Fe y la Razón, tal como se señala en el Catecismo Universal de la Iglesia Católica  en su numeral 159:

159) Fe y ciencia. "A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber desacuerdo entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe ha hecho descender en el espíritu humano la luz de la razón, Dios no podría negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo verdadero" (Cf. Vaticano I: DS 3017). "Por eso, la investigación metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente científico y según las normas morales, nuca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios. Más aún, quien con espíritu humilde y ánimo constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, aun sin saberlo, está como guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las cosas, hace que sean lo que son" (GS 36,2) (Pág. 135)

 

 

En realidad, se trata de educar,  formar,  señalar,  avisar.  En fin,  de iniciar un proceso de investigación de algunos sistemas filosóficos con propuestas antropológicas, sociales y éticas que nos llegan desde el mercado y del consumo irracional de libros “para alcanzar el éxito”. De hecho, muchas veces somos objetos y sujetos ciegos de este tipo de bibliografía propia del mercado consumista; y, sin darnos cuenta, transmitimos  pensamientos fatalistas, nihilistas, radicalmente materialistas e inmanentes sin plena conciencia de lo que hacemos como educadores; entonces, más que educar, enajenamos ideológicamente a las nuevas generaciones, con viejas y absurdas enseñanzas que reducen al hombre a su dimensión animal, en donde la esperanza trascendental y religiosa sigue siendo  “el opio del pueblo”. En efecto, en el caso de Morin, ya  en su primera obra publicada,  El Hombre y la muerte, escrita en el año 1951, cuando era un hombre joven de apenas treinta años de edad, Morin (1999) es claro en cuanto a sus opciones antropológicas  materialistas y  reduccionistas:

Si se quiere salir de la machaconería de la muerte, del ardiente suspiro que espera la dulce revelación religiosa, del manual de serena sabiduría, del “patetismo”, de la meditación metafísica en la que se exaltan los bienes trascendentales, si se quiere salir del mito, de la falsa evidencia como del falso misterio, es preciso copernizar la muerte (Pág. 18)

Sin duda, apenas en la página 18, de su primer libro de 373 páginas, ya deja como fundamento de toda su obra, la antropología de la muerte, opción nihilista, que pudo haber sido  remarcada por sus experiencias de vida durante la Segunda Guerra Mundial. Además, se trata de una  opción fatalista enmarcada en intentos de un neo-marxismo materialista, propio de algunos autores franceses de la Postguerra. Ahora bien, no obstante a la experiencia de vida de Morin, no parece  tan apropiado fundamentar un sistema educativo en una antropología de la muerte; por lo menos, no de modo inconsciente, de modo irresponsable y superficial. Todo proceso educativo debe ser fundamentado desde opciones responsables y conscientes en función  de la persona y sociedad que realmente queremos construir.

En definitiva, el absurdo y la muerte no deben fundamentar un sistema educativo. La educación nace desde  la vida y la esperanza,  como fuentes de una antropología trascendental; una educación de lo humano, del encuentro; del esfuerzo  por ser cada día mejor, en un mundo de todos y para todos; una educación que nos enseñe a vivir en una sociedad que sea el inicio del camino hacia la eternidad.  La educación tiene que ser esa ventana hacia el infinito, una puerta celestial, un camino de luz.

1.                  Desde una propuesta ontológica

El tema central de este artículo consiste en el análisis  de los planteamientos antropológicos y educativos de Edgar Morin.   Este estudio se construirá desde una opción fenomenológica existencial y trascendental, desde donde el autor de estas reflexiones interpreta las propuestas ontológicas, antropológicas, sociales, educativas y epistémicas de Edgar Morin, haciendo énfasis en las dimensiones antropológicas y sociales del “sistema de pensamiento moriano”.

 Ahora bien, la antropología sobre la muerte, presentada por Morin, no consiste simplemente  en un sistema de  ejercicios de agilidad lógica para construir  cualquier esencia abstracta  de la naturaleza humana. Así, pues, la complejidad del universo desde la cual se deduce la complejidad del sujeto, no representa una esencia exclusiva del ser humano. De hecho,  Morin no propone una esencia que haga al ser humano un ser especial. Morin es reacio  a cualquier distinción en la estructura del ser humano que lo haga cualitativamente diferente al resto de los animales del planeta, y al resto del conjunto de las cosas materiales del universo. Para Morin, el hombre es una cosa que se descompone en el tiempo y camina hacia la aniquilación total y definitiva.

Antes de empezar con la antropología de Morin, se hará mención a la antropología dominante a lo largo de la historia de la Cultura Occidental.  Ahora bien,   los filósofos de la antigua Grecia plantearon, desde una opción antropológica,  su tesis sobre la racionalidad como la “esencia” del hombre; de hecho, a mayor grado de sabiduría racional alcanzada, mayor nivel de humanidad y de civilización; por supuesto, a menor grado de racionalidad, menor nivel de humanidad y  mayor nivel de  animalidad.

 Por tanto, la finalidad del proceso histórico consistió en la acción civilizatoria  de los pueblos “bárbaros”. Entonces, surgió  una tarea histórica, un sentido racional de la historia de la humanidad.  ¡Claro! Los protagonistas, los sujetos del proceso histórico eran los ciudadanos cultos y libres del Imperio Griego, los otros pueblos eran objetos que necesitaban ser guiados hacia la civilización de la luz  y de la sabiduría racional; todos los bárbaros deberían ser educados desde   la racionalidad griega, como la única y verdadera esencia de toda cultura humana conocida. Por eso,  lo no griego, lo diferente a la cultura griega tendría que desaparecer por el bienestar de toda la humanidad. Al respecto, Barbera (2011) presenta la siguiente reflexión:

 La Filosofía y la llamada Historia Occidental tienen su origen y sus raíces fundamentales  en la historia y en la filosofía racional de la  antigua Grecia, considerada por muchos  como la cuna y la fuente epistémica de nuestra cultura en general. Uno de los elementos básicos de la filosofía griega fue su concepción antropológica centrada en la racionalidad como  lo esencial de la naturaleza humana, no se trató de un concepto ingenuo, sino de la imposición de una visión de la elite dominante que se creía con el divino poder de la verdad absoluta, y con el sagrado deber de llevarla a toda la humanidad, y como se trataba de un deber eterno se impuso a sangre y fuego, a través de las guerras y del exterminio de pueblos y culturas. (Pág. 175)

En todo caso, en la Filosofía Griega el elemento racional era lo humano, lo que permitía  definir  al hombre como un ser  esencialmente distinto al resto de los seres de este planeta. Así, lo racional era lo distinto, lo especial, la verdadera esencia antropológica. Desde luego, lo racional era lo espiritual, lo divino, lo trascendente, lo que perduraba después de la muerte. Por otra parte, lo corporal era el aspecto animal,  lo común, lo bajo, lo mortal, lo no humano. En consecuencia,  la polis griega conformada por hombres libres y racionales, con un alto nivel de sabiduría se convirtió  en el único paradigma válido  de civilización de todos los demás pueblos existentes.

En el fondo, la raza griega  no sólo era considerada  distinta; sino, de naturaleza superior a todos los demás pueblos del planeta. Y este aspecto racional, que hacía del ser humano único y especial fundamentaba todo un sistema educativo racional, en función de la racionalidad, para lograr el ideal  de hombre: el ser racional. Y el ideal de sociedad: La polis como centro de hombres sabios, racionales, cultos, libres…, superiores a todos los bárbaros y  esclavos, quienes eran considerados animales comunes. En este sentido, Aristóteles  (1977) expresa las siguientes ideas:

 Hay que examinar también de que manera la naturaleza del Universo contiene en sí mismo el bien mismo y lo mejor en sí (…) Ahora bien: todas las cosas están de alguna manera ordenadas recíprocamente: los peces, las aves, las plantas, y no existen de tal manera que parezcan que nada tienen que ver los unos con los otros; todos están ordenados en relación a algo; en efecto, todos están ordenados simultáneamente a una sola cosa; ocurre aquí como en la familia en que a los hombres libres de ninguna manera les está permitido hacer cualquier cosa que se presente, sino que para ellos todas las cosas, o al menos la mayoría de ellas, les son ordenadas y preparadas; los esclavos, por el contrario, y los animales, poco pueden hacer que repercuta en el bien común, sino que de ordinario les ocurre que hacen lo que las circunstancias imponen, porque el principio de cada uno de ellos que encierra estas características es su propia naturaleza. Digo con esto que todos los seres deben necesariamente discriminarse entre sí mutuamente, y todos, en sus funciones distintas, colaboran a una en la conservación del universo. (Pág. 1059)

En fin, en lo racional se encontraban las  dimensiones trascendentales y los fundamentos antropológicos que hacían posible la vivencia de lo religioso, en cuanto a la naturaleza espiritual e inmortal del ser humano. Sin embargo, la racionalidad de los griegos realmente se utilizó con la  finalidad de justificar ideológicamente, el  dominio de una elite de ciudadanos griegos racionales, quienes se consideraron como los únicos con derecho divino de ser  sujetos  y protagonistas de la Historia de toda la humanidad. Además, la aristocracia  griega se consideró la clase social llamada por vocación divina a ser los  educadores de todos  los pueblos bárbaros. Por supuesto, de ser necesario, se dominaba a la fuerza, se destruían culturas enteras,  se esclavizaban a hombres, niños y mujeres; ¡Claro!,  de modo racional se les obligaba a vivir como animales   de carga,  condenados al martirio y al absurdo existencial de la esclavitud.                                                                                                           

Por otra parte, la visión judeocristiana del hombre llegó a la Cultura Occidental complementando el aspecto racional ya existente. Por supuesto, purificó la antropología racional,  dándole sentido cristiano y proclamando  al hombre  como   “Imagen de Dios”. Así, la vocación de vida  espiritual del hombre se convierte en la razón de su creación, de su ser y de su destino en un Dios amoroso. En este sentido, en el Génesis se puede leer lo siguiente:

Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.  Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. (Gén: 1-26-30)

 

En definitiva, la racionalidad se hizo unidad con la fe en Dios, para acentuar lo particular del ser humano, como  un ser espiritual y trascendente, llamado por vocación a compartir la eternidad de los hijos de Dios. Efectivamente,  más allá de los juicios  valorativos en cuanto al proceso  histórico de la Cultura Occidental,   el hombre ha sido considerado como superior y distinto a los demás animales del planeta, tanto para bien, como para mal.

Sin embargo, en el pensamiento griego el único hombre racional y superior era el ciudadano griego, siempre que perteneciera a la elite aristocrática; no así en el pensamiento bíblico, en donde todos los hombres son “imagen de Dios”.  En este sentido,  en la introducción de la  primera Constitución Dogmática: Lumen Gentium[1], del Concilio Vaticano II (1965),  la Iglesia Católica muestra lo universal de la relación del hombre con Dios:

 

Luz de los Pueblos es Cristo. Por eso, este Sagrado Concilio, congregado bajo la acción del Espíritu Santo, desea ardientemente que su claridad, que brilla sobre el rostro de la Iglesia, ilumine a todos los hombres por medio del anuncio del Evangelio a toda criatura (Cfr. Mc: 16;15) Y ya que la Iglesia es en Cristo como un sacramento a signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, insistiendo en el ejemplo de los concilios anteriores, se propone a declarar con mayor precisión a sus fieles y a todo el mundo su naturaleza y su misión universal. Las condiciones de estos tiempos añaden a este deber de la Iglesia una mayor urgencia, para que todos los hombres, unidos hoy más íntimamente por toda clase de relaciones sociales, técnicas y culturales, consigan también la plena Unidad en Cristo (Pág. 17)

 

Ahora bien, de modo muy distinto a lo expresado por el Magisterio de la Iglesias Católica, Morin, cuando trata el tema de la naturaleza antropológica, no admite ninguna diferencia esencial entre el hombre y el resto de los animales. Entonces, la historia de la humanidad en el sistema de pensamiento moriano, se reduce al crecimiento, desarrollo y muerte de un ecosistema de los tantos que han existido en el planeta tierra. Desde luego, todo lo que podría interpretarse como dimensión espiritual, se reduciría a la imaginación subjetiva de un ser cobarde que le teme a la muerte y se proyecta como un súper hombre inmortal en un “doble espiritual”, imaginado, pero irreal, así lo expresa Morin (1972) claramente en un texto de su libro, El cine o el hombre imaginario:

El primitivo es literalmente doblado a lo largo de toda su vida, para ser dejado finalmente en el mismo lugar, cadáver, harapo, en el momento de la muerte. Una vez destruida la carne y acabada la descomposición, el doble se libera definitivamente para convertirse en espectro, ghost, espíritu.      (Pág. 35)

 

Evidentemente, no hay nada novedoso en una antropología que reduzca al hombre a su dimensión  meramente animal, al estilo marxista, o de cualquier otro materialismo; asimismo, no hay ninguna novedad en reducir la dimensión religiosa al miedo a la muerte y a la propia finitud existencial. En fin, Morin no suma elementos novedosos a las antropologías inmanentes. En realidad, Morin resulta ser un “paso atrás” en cuanto a las teorías materialistas del hombre, de la sociedad y del universo. Como ejemplo de lo antes señalado, en cuanto a lo poco novedoso de las tesis de Morin, podemos revisar una visión marxista ortodoxa,  como la de V.G. Afanasiev  (1975) que  en el segundo tomo de su obra, Fundamentos de los conocimientos filosóficos, presenta una antropología reducida a las dimensiones  naturales y biológicas propia de las etapas anteriores al surgimiento del marxismo:

El intento de desentrañar la esencia del hombre fue objeto de estudio desde hace mucho antes de Marx. Sin embargo, estos intentos no pudieron ser fructíferos debido a las concepciones idealistas que sobre el desarrollo de la sociedad sustentaban los pensadores. Es cierto que los pensadores ilustrados y los materialistas del siglo XVIII plantearon ya la tesis acerca del hombre como producto del medio y de las circunstancias; sin embargo, concebían el medio social como la realización de las ideas humanas (…) De ahí surgió el culto al hombre abstracto, al  ¨hombre general¨, fuera del espacio y del tiempo, el hombre como ser biológico, vinculado a otros hombres por nexos naturales y relaciones biológicas  (Pág. 57)

Es decir, la concepción antropológica que reduce al hombre a lo biológico y natural es anterior  al mismo marxismo.  Igualmente, V.G. Afanasiev  (1975) describe el avance en las teorías antropológicas de Marx respecto a los “viejos e idealistas materialistas”, anexando la dimensión de lo social como elemento que conforma  al ser humano concreto y no como un ente abstracto, ideal, imaginado, inexistente. Así,  este hombre real y social se hace protagonista de la Historia de la humanidad; entonces,  el proceso histórico se hace comprensible y adquiere sentido, una finalidad, una razón de ser:

En contraposición a estas ideas, Marx partió de que la esencia del hombre lleva en sí un carácter social. Sin embargo, para el surgimiento del hombre la naturaleza aportaba un determinado material biológico, pero la y transformación de este material en hombre, en organismo humano, era un resultado de orden social, y, ante todo, de la actividad productiva o del trabajo. Por esta razón, el trabajo, como ya hemos visto, creó al hombre; el trabajo se manifiesta o expresa en la propia organización del cuerpo humano. El ser humano es tal no porque esté constituido de órganos, tejidos, células, porque posea respiración pulmonar y amamante con leche a sus hijos, sino lo es, por ser capaz de trabajar, de pensar y de hablar, de producir instrumentos de trabajo con ayuda de los cuales transforma el medio circundante, la naturaleza; porque es capaz de establecer relaciones sociales con otros hombres. (Pág. 58)

En lo esencial, el marxismo es materialista al negar la posibilidad de lo espiritual y reducir al hombre a su materia; sin embargo, hace un esfuerzo por colocar al hombre como un ser  superior al resto de los animales, gracias a la evolución del “homofaber”, quien a través del trabajo logró iniciar el proceso de evolución de la conciencia humana con  el surgimiento progresivo del pensamiento, el lenguaje y las relaciones sociales de producción, hasta  algún día se haga realidad el sueño marxista: la sociedad comunitaria, la llegada del Comunismo, en donde las diferencias sociales serían manejables y todos los seres humanos serían partes integrales e igualitarias de una misma  comunidad global.

 Por lo menos, el marxismo habla de esperanza en una sociedad cada día más igualitaria, socialista y con un final de hermandad de toda la raza humana. Efectivamente, según el marxismo, la capacidad de trabajar ha sido el motor de la evolución del hombre como individuo y como sociedad. En lo esencial, la Historia de la humanidad sería la historia del trabajo humano. Por tanto, sin el hombre, no habría proceso histórico. Entonces, para el marxismo,  la Historia de la humanidad tendría sentido humano.

Por otra parte, a diferencia del marxismo ortodoxo, Morin representa un materialismo nihilista, un marxismo fatalista; un paso atrás en el desarrollo de las teorías antropológicas dentro del materialismo monista e inmanente; un nihilismo que estuvo de moda a lo largo del siglo XIX, cuando los llamados libres pensadores de Europa comenzaron a ser protagonistas con sus pensamientos modernos, de cuyo materialismo nihilista y fatalistas advierte claramente el Papá León XIII (1962), en su Encíclica  Quod Apostolici Muneris[2] :

Es fácil comprender, Venerables Hermanos, que Nos hablamos de aquella secta de hombres que, bajo diversos y casi bárbaros nombres de socialistas, comunistas o nihilistas, esparcidos por todo el orbe, y estrechamente coligados entre sí por inicua federación, ya no buscan su defensa en las tinieblas de sus ocultas reuniones, sino que, saliendo a pública luz, confiados y a cara descubierta, se empeñan en llevar a cabo el plan, que tiempo ha concibieron, de trastornar los fundamentos de toda sociedad civil. (Pág. 12)

 

 Ahora bien, el nihilismo fatalista es una opción en cuanto al sentido de la vida personal y de la historia de la humanidad, que no necesariamente surge de experiencias trágicas de la vida personal de sus autores. El absurdo existencial sigue siendo una opción ontológica anterior al proceso de investigación en sí mismo. Claro, existen vivencias que acentúan y favorecen una opción fatalista; pero, la opción sigue siendo conscientemente libre y no fruto exclusivo de ciertas condiciones sociales; de ser así, todos los que vivieron los horrores de la Primera Guerra Mundial y de la Segunda Guerra  Mundial hubiesen vivido  bajo el fatalismo teórico y la desesperanza existencial;  en coherencia, hubiesen optado por suicidios masivos como único grito desgarrador de una libertad absurda, sin sentido trascendental. De hecho,  simplemente no fue así, la humanidad se levantó de sus cenizas y ha seguido buscando horizontes nuevos de esperanza, sigue develando  luces en la oscuridad, sigue luchando por mantener encendida la fe en la eternidad más allá de la muerte y de sus estragos. El hombre busca apagar su sed de infinito en el manantial eterno de Dios.

La Iglesia Católica, en el Documento del Vaticano II (1965), en la Constitución Pastoral: Gadium et Spes[3] envía un mensaje a todos los hombres a no decaer frente al terror de la muerte, sino a fortalecer los signos de fe en la vida eterna:

El enigma de la condición humana alcanza su vértice en presencia de la muerte, pero lo que tortura al hombre no es solamente el dolor y la progresiva disolución de su cuerpo, sino también, y mucho más, el temor de un definitivo aniquilamiento. Piensa, por consiguiente, muy bien cuando, guiado por un instinto de su razón detesta y rechaza la hipótesis de una total ruina y de una definitiva desaparición de su personalidad. La semilla de la eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia, se subleva contra la muerte, y todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no logran acallar la ansiedad del hombre: pues la prolongación de una longevidad biológica no puede satisfacer esa hambre de vida ulterior que, ineluctablemente lleva enraizada en el corazón.  (Pág. 147)

En efecto, el marco de opciones ontológicas, antropológicas, sociales, ética  suelen ser  previas y  pueden condicionar el proceso de cualquier investigación académica; este marco de opciones fundamentales del saber conforma  la estructura de la  “episteme”. De hecho,  la  episteme funciona como fuente generadora en las investigaciones y no solamente como consecuencia de las mismas; es decir, no es el resultado final de alguna investigación en particular; sino que es anterior a la misma y señala las posibilidades y las condiciones de los procesos de investigación de cualquier autor. En este sentido, Moreno, en el primer capítulo de su obra,  El Aro y la trama, plantea la función y la naturaleza de la episteme:

 En modo positivo, episteme es un modo general de conocer. Por modo no se entiende aquí una forma o una figura, una configuración o representación, sino una condición, una clase o una especie-de-ser-el-conocer, un habitus de su ser concreto (…) La episteme tiene una función específica, emanante de su especie de ser, que es la de regir todo un conocer. Es el riel por donde circula el vehículo de todo proceso y acto cognitivo (…) Los distintos componentes de la episteme se integran en una totalidad que es la episteme misma de modo tal que no tienen su ser en sí mismos sino en las relaciones-en-red que hacen la episteme (…) La episteme define las condiciones de posibilidad de lo que se puede pensar, conocer y decir en un momento histórico determinado. (Pág. 41)

  En fin, las opciones ontológicas, antropológicas, sociológicas,  epistémicas constituyen una fuente existencial, vivida;  una “huella epistémica, existencial” desde la cual se vive; y, en el caso de las investigaciones, se investiga. En el fondo, las opciones materialistas, como también las opciones trascendentales son anteriores a cualquier proceso de análisis, estudio, investigación que generan tesis en el ámbito de la ciencia y del saber en general.

En este sentido, las opciones materialistas, nihilistas y fatalista de Edgar Morin son anteriores a su producción literaria, o a sus reflexiones presentadas en textos y  artículos. Así, pues, a lo largo de todas sus obras, desde   El Hombre y la Muerte, El Método, hasta su libro más reciente, La Vía…, sus opciones epistémicas y existenciales conforman una unidad lógica, que da sentido a un mismo discurso extendido por más de sesenta años de producción bibliográfica. Por consiguiente, toda su obra se puede interpretar como un esfuerzo de dar sentido a la fatalidad, un claro ejemplo del Mito de Sífico, un canto al absurdo de la existencia, hombres y mujeres condenados para siempre a la Nada. En cierto modo,  sería  más coherente La Náusea, de Sartre, que Educar en la era planetaria, de Morin.

2.                  Ser para la muerte

 En el análisis fenomenológico que Morin (1995) presenta en su biografía, Mis Demonios, el hombre es considerado como un animal más del planeta;  mejor, del ecosistema planetario. El planeta Tierra sería como una pecera, un gran acuario natural; el hombre sería  una medusa que se hunde en el fondo del espacio cruel y arenoso. En realidad,   el hombre estaría destinado a ser un animal ecológico sufriente y condenado, al igual que  todo el universo, a la desintegración y a la muerte  total. Por supuesto, la humanidad como un todo  tendría el mismo destino absurdo y fatalista, desaparecer en la nada eterna:

Nuestro universo es catastrófico desde el principio. Desde la formidable deflagración que lo hizo nacer, está dominado por las fuerzas de dislocaciones, desintegraciones, colisiones, explosiones, destrucción. Se constituyó en y por el genocidio de la anti-materia por la materia, y su terrorífica aventura prosigue entre devastaciones, carnicerías e inauditas dilapidaciones. El final es implacable: Todo morirá (Pág. 287)

 

La carga existencial y nihilista siempre está presente  en  las reflexiones de Morin, como ese elemento antropológico desesperado, como el canto de la sirena que se lamenta en la oscuridad infinita del mar. En todo caso,  no sería nuevo postular la muerte como esencia ontológica del hombre y del universo; la dificultad se encontraría  en concebir propuestas educativas desde una antropología y una ontología de la fatalidad, con verdadero sentido humano; a menos que se piense que la muerte es lo humano y la vida una ilusión lastimera de un mono parlante.

Ahora bien, cualquier propuesta educativa de prosperidad y de un futuro mejor; todos los sistemas de alternativas hacia la “educación del futuro”, de “saberes necesarios”,  que se fundamenten en una ontología fatalista, en una antropología de la muerte, y de un sentido absurdo de la existencia, podrían ser interpretados como sistemas de incoherencias absolutas. Ahora bien, ¿Cuál sería el proyecto? ¿Hacer el mundo cada vez más bello? ¿Un jardín hermoso? Sería como adornar un salón de fiesta con cadáveres y harapos nauseabundos. Sin duda, eso es lo que realmente  sería el hombre para Morin: un cadáver presumido que se pudre lentamente desde el mismo instante de su nacimiento, creyéndose superior al resto de los animales, cuando en realidad estaría condenado al mismo destino de desintegración oscura y total.

Precisamente, Morin, en el último capítulo, de su último gran libro, La Vía (2011), nos ofrece un canto a la muerte, como si se tratase del descubrimiento de la esencia maravillosa del hombre, de la sociedad,  del Universo. En efecto, dedica su himno a la muerte a las mentes superiores y libres de ataduras enajenantes, religiosas.  Desde luego, es un himno dedicado a todas aquellas mentes brillantes  que saben que todo terminaría con la muerte, mentes secularizadas  que acepten conscientes y libremente  su ser para la muerte, así se salvarían de cualquier religión enajenante. En este sentido, el mensaje de Morin  es claro, sin ambigüedades:

 

Lo que sigue es válido para aquellos espíritus secularizados que no pueden creer en una vida más allá de la muerte (…) La muerte sigue siendo invencible, aunque el Cantar de los cantares afirme que el amor es tan fuerte como ella. La verdad  es que el amor es muy fuerte, pero no puede vencer a la muerte (…) Además, la muerte, reprimida durante tanto tiempo, ha vuelto para pedirle al vivo que tome conciencia de su inevitabilidad y su misterio. La biología nos muestra que la vida lucha contra la muerte utilizando la propia muerte. Así el ciclo ecológico de vida, llamado ciclo trófico, es, al mismo tiempo, ciclo de muerte: desde el insecto vegetariano hasta el león predador, y desde el león predador hasta los insectos y los gusanos necrófagos que se alimentarán de su cadáver, así los seres vivos matan seres vivos para alimentarse, es decir, para vivir (…) No hay que temer al descubrimiento de la muerte generalizada en el horizonte de la humanidad, de la Tierra y del Sol y en el propio cosmos. La Vía Láctea morirá. El universo morirá (Pág. 281)

 

 

Así, pues, el mensaje de Morin siempre va dirigido de modo especial para sus seguidores: “para aquellos espíritus secularizados que no pueden creer en una vida más allá de la muerte”. Efectivamente, son estos “espíritus secularizados” los que estarían seguros de su mundanidad o inmanencia absoluta, solamente estas mentes superiores pueden  alcanzar la sabiduría de las enseñanzas del maestro y sabio Morin.

Por otra parte, es claro que para Morin simplemente  Dios no existe, de ahí un universo interpretado como el reinado de la muerte: “La muerte sigue siendo invencible, aunque el Cantar de los cantares afirme que el amor es tan fuerte como ella. La verdad  es que el amor  es muy fuerte, pero no puede vencer a la muerte” Morin no trata de valorar la presencia del “amor”, sino de acabar con la presunción de la existencia de Dios. De hecho, si Dios no existe, el amor quedaría reducido a un simple afecto animal en función de la supervivencia de la especie, sería un ritual  propio de los mamíferos superiores, el amor no tendría nada de especial,  la familia sería una pequeña manada; en fin, el amor sería lo más absurdo, el peor engaño, lo que habría animalizar, ya que nada  vencería el poder absoluto de la muerte.

En el fondo, la muerte sería la esencia de lo que llamamos vida: “así los seres vivos matan seres vivos para alimentarse, es decir, para vivir”. Esta sería la verdadera ley del planeta: matar para vivir. Matar sería lo más natural. La Historia de la humanidad sería inevitablemente la historia de la muerte, de las guerras, de la aniquilación, de la destrucción.

Ni siquiera el universo escaparía, la muerte sería el arjé que buscaron los antiguos filósofos griegos: “No hay que temer al descubrimiento de la muerte generalizada en el horizonte de la humanidad, de la Tierra y del Sol y en el propio cosmos. La Vía Láctea morirá. El universo morirá”. En realidad, la obra de  Morin es un mensaje catastrófico, apocalíptico, negativo, de muerte, de absurdo…, sin embargo, sus libros se venden,  se proclaman como novedosos, educativos y esperanzadores; tal vez, hasta medio religiosos…, cualquier profesor se atreve  a utilizarlos como catecismos del nuevo milenio. El problema no son las opciones de Morin, en cuanto a persona individual y concreta; el problema es el uso en los salones de las escuelas y liceos que algunos docentes  le podrían dar a esa bibliografía fatalista.

Ahora bien, si la muerte define al hombre; entonces, el absurdo existencial, la nada como sentido de la vida se convertiría en lo propio de la educación del hombre, la vida consistiría en aprender a morir y a desaparecer como cualquier animal del planeta, como seres que sobran, como hierba marchita que se va con la última luz de la tarde; así, pues, la pregunta existencial perturbaría cualquier intento de lucha, de solidaridad, de trabajo, de construcción de comunidad, de logros; todo, absolutamente todo, carecería de sentido si el hombre, la comunidad  y el universo están condenados a la Nada Absoluta.

Evidentemente, desde la opción ontológica, la Muerte sería el Ser, lo único existente. Así, lo único existente sería la Nada. Todos estarían condenados para siempre  a una vida sin sentido real; Sartre (1990) describe en su novela La Náusea, varios pasajes en donde el personaje principal, Roquentin sufre en carne propia el sin sentido existencial:

No he tenido aventuras. Me sucedieron historias, acontecimientos, incidentes, todo lo que se quiera. Pero no aventuras. No es cuestión de palabras; comienzo a comprender. Hay algo que, sin darme cuenta, me interesaba más que nada. No era el amor, Dios mío, no; ni la gloria, ni la riqueza…Era…En fin, me imaginé que en ciertos momentos mi vida podía adquirir una cualidad rara y preciosa. No se necesitaba circunstancias extraordinarias; yo pedía  sólo un poco de rigor. Mi vida actual nada tiene de brillante; pero de vez en cuando, por ejemplo al escuchar música en los cafés, miraba hacia atrás y me decía: en otros tiempos, en Londres, en Meknes, en Tokio conocí momentos admirables, tuve aventuras. Esto es lo que me quitan. Acabo de saber de pronto, sin razón aparente, que me he mentido durante diez años. Las aventuras están en los libros. (Pág. 53)

La muerte como símbolo del sin sentido existencial ha sido la postura de los escritores nihilistas, donde la vida misma desde lo concreto y cotidiano se muestra como  absurda. Paradójicamente, la proclamación de la muerte consiste en la proclamación de la Nada como la única realidad. En consecuencia, se niega todo lo humano, todo símbolo vital, toda belleza, todo amor, todo sentimiento, toda relación y se alza la bandera de la oscuridad infinita. De pronto, desaparece el sentido, el mar, el azul, la primavera, las miradas de los hijos, los besos de las madres, los recuerdos del primer beso, la alegría del primer salario…, todo desaparece en la absoluta y eterna penumbra…, el hombre sería un gusano triste, enfermo, en guerra, hambriento; un miserable cuya sabiduría se reduciría a ser consciente de su único y fatal destino: desaparecer lentamente, sentir el proceso de la muerte en carne propia. El hombre sería para Morin, la Conciencia de la Nada.

*Profesor del Departamento de Filosofía, de la Facultad de Ciencias de la Educación, de la Universidad de Carabobo.

 

 

 

 

Referencias Bibliográficas

 Aristóteles. OBRAS COMPLETAS TOMO III “Metafísica”. (1977)   Aguilar  Ediciones: Madrid

Barbera, G (2011)  La Conciencia Histórica. En Revista Mañongo Nº 37. Valencia- Venezuela:     Universidad de Carabobo.

Biblia. Versión Reina Valera. 1960. Génesis, Capítulo 1, Versículos 26-30

Catecismo Universal de la Iglesia Católica (1999) Madrid- España. Ed. Paulinas

Concilio Vaticano Segundo (1987) Madrid- España. Ed. Paulinas

León XIII (1962)  Colección de Encíclicas y Documentos Pontificios.  Madrid-España: Ed. Acción Católica Española.

Moreno, A (2005) El Aro y la trama. Valencia-Venezuela: Ediciones Delfrorn C.A.

Morin, E. (1972) El cine o el hombre imaginario Ed. Seix Barral. Barcelona-España

Morin Edgar (1977) El Método I (La Naturaleza de la naturaleza)   Madrid-España.   Ed.  Cátedra.

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Morin, E. (1995) Mis Demonios. Barcelona- España: Cairos.

Morin Edgar (1999) El Hombre y la muerte.  Ed. Cairos. Barcelona-España.

Morin, E. (2000) El Paradigma perdido.  Ed. Kairós. Barcelona- España.

Morin Edgar (2003) Introducción al pensamiento complejo. Ed. Gedisa. Barcelona-España.

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Morin, E (2011)  La Vía. Barcelona-España: PAIDÓS:

Sartre. Jean Paul (1990) La Náusea. Ed. Losada. Buenos Aires- Argentina.

V.G. Afanasiev (1975) Fundamentos de los conocimientos filosóficos. Parte II. Moscú. Ed. Pensamientos.

 V.G. Afanasiev (1975) Fundamentos de los conocimientos filosóficos. Parte II. Moscú. Ed. Pensamientos.

 

 



[1]  “Luz de los Pueblos”

[2]  “NUESTRO APOSTÓLICO CARGO”

[3]  “ El Gozo y la Esperanza”