AYN RAND Y KARL POPPER SOBRE EL CONOCIMIENTO:
¿ES POSIBLE ENCONTRAR UN PUNTO DE CONEXIÓN?[1]

Ricardo Manuel Rojas*

 

 

I. Dos visiones sobre el acercamiento del hombre a la verdad.

Si de un modo simplificado se pretendiera resumir las posiciones filosóficas respecto a la posibilidad de conocer, a la capacidad humana de acceder a la verdad, se podría hablar de dos visiones fundamentales y antagónicas.

La primera está basada en la idea de que la razón humana es capaz de tener un conocimiento acabado de la realidad. La idea de Aristóteles de que la ciencia, epistémé, es conocimiento demostrable, y por ende, cierto por su propia definición, tuvo una gran influencia en el mundo hasta los finales de la Edad Media. Una parte de la Ilustración europea tuvo una pretensión de este tipo, lo que dejó su marcada influencia sobre la concepción y desarrollo de la ciencia.

La segunda visión estaría fundada en el rechazo de tal capacidad de alcanzar la verdad, a partir del reconocimiento de la falibilidad humana. La dificultad en la adquisición de conocimiento verdadero fue señalada por algunos autores presocráticos como Jenófanes, Heráclito y Demócrito. Probablemente la mayor contribución de estos autores haya sido el desarrollo de un modo crítico de discutir los problemas, basado en la refutación a las proposiciones que otros tenían como ciertas (C&R, 190-193). En el siglo XVIII David Hume argumentó en favor de una visión limitada del conocimiento humano y en especial del adquirido por la percepción sensorial, y el siglo XX observó una explosión de relativismo gnoseológico.

Si se procurara ubicar a Ayn Rand y a Karl Popper dentro de alguna de estas dos posiciones, muy probablemente los partidarios de Popper no dudarían en colocar a Rand en el primer grupo, y los partidarios de Rand incluirían a Popper en el segundo.

Este trabajo propone acercar argumentos en el sentido de que existen puntos de conexión entre ambos autores, que permitirían buscar una posición intermedia, o tal vez distinta, pero que puede sintetizarse a partir de esas dos posturas extremas. Pienso que la necesidad psicológica de certidumbre y el reconocimiento de la falibilidad humana pueden coexistir dentro de un contexto adecuado, que tanto Popper como Rand, cada uno desde su óptica, contribuyeron a delinear.

No pretendo desconocer el hecho de que entre el pensamiento de Ayn Rand y el de Karl Popper existen diferencias que en algunos puntos son irreconciliables. Pero concentrado en aspectos básicos de la teoría del conocimiento, en este trabajo voy a intentar hallar un punto de contacto donde ambos autores no sólo no se oponen, sino que –según mi opinión- se complementan; y que su síntesis puede resultar enriquecedora para el debate sobre el tema.

II. Ayn Rand y la crucial necesidad de conocer.

Posiblemente uno de los mayores aportes de Ayn Rand en este campo haya sido el modo en que remarcó la importancia que para un ser humano tiene obtener conocimiento de la realidad. En sus novelas primero, y en sus ensayos después, resaltó la capacidad racional del hombre, su búsqueda de superación, y el firme sostenimiento de los valores.

Ayn Rand escribía para el hombre común – mi filosofía, decía, es una filosofía para vivir en la tierra-. No era una filósofa profesional, no estaba involucrada directamente en las discusiones académicas sobre el conocimiento científico que se desarrollaban en su tiempo. Sus afirmaciones rotundas, su estilo directo, su falta de citas académicas, hicieron que en los círculos intelectuales se la considerase una “pop philosopher” o filósofa popular, mote vertido muchas veces despectivamente, pero que no parecía pesarle la escritora rusa.

Básicamente, Ayn Rand peleaba una batalla contra el relativismo -tanto el epistemológico como el ético y el político- que nutría al mundo de las ideas en su época. Consideraba al relativismo como una fuerza que desarmaba a la mente del hombre, al hacerlo perder su sentido de la realidad, del valor de su propia razón, de las causas y efectos de los actos, de los principios y los valores. Entendía que el hombre no puede sobrevivir sobre la base de la duda perpetua.

Pero en esa lucha contra el relativismo no había una invocación de omnisciencia u omnipotencia del hombre, sino esencialmente una prédica sobre la necesidad humana de certidumbre y los estragos que la duda permanente introducida como dogma epistemológico, había ocasionado al hombre común.

Al mismo tiempo, jerarquizaba la importancia de la razón como aquella facultad humana que constituye la única herramienta para adquirir, afianzar e incrementar el conocimiento. Porque el hombre es falible, porque el uso de la razón requiere un esfuerzo voluntario, es tan crucial hacer ese esfuerzo y tan importante para el hombre elegir un comportamiento racional.

El pensamiento de Ayn Rand sobre el conocimiento podría ser desarrollado sobre la base de las siguientes premisas:

 

II.1 La supremacía de la existencia sobre la conciencia del hombre

La base del pensamiento filosófico de Ayn Rand era el reconocimiento de la realidad como existente con independencia a la conciencia del hombre. Entendía que la realidad era un concepto axiomático, que no podía ser objeto de petición de prueba, pues se demostraba por sí mismo. La circunstancia de que alguien pida prueba de la existencia de la realidad supone el reconocimiento de que existe alguien, que tiene conciencia, que es externo a un mundo al que quiere conocer, y que pide prueba de ello.

Señalaba Ayn Rand sobre la realidad:

“La existencia existe, y el acto de pronunciar esta afirmación implica dos axiomas corolarios: que algo existe que uno percibe, y que uno existe poseyendo conciencia, siendo la conciencia la facultad de percibir lo que existe”.

“Si nada existe, no podría haber conciencia: una conciencia con nada de lo que ser conciente es una contradicción en términos. Una conciencia consciente de nada más que ella misma, es una contradicción en términos: antes de que pudiera identificarse a sí misma como conciencia, debería ser conciente de algo...”.

“...Sea cual fuere el grado de su conocimiento, estos dos –existencia y conciencia- son axiomas de los que no puede escapar, son los primarios irreductibles implicados en cualquier acción que tome, en cualquier parte de su conocimiento y en la suma de él, desde el primer rayo de luz que percibe en el comienzo de su vida a la más amplia erudición que pueda adquirir en su final...”.

“...Existir es ser algo, distinto de la nada o la no-existencia; es ser una entidad de una naturaleza específica con específicos atributos. Siglos atrás, el hombre que fue –a pesar de sus errores- el más grande filósofo, sostuvo la fórmula que define el concepto de existencia y la regla de todo conocimiento: A es A. Una cosa es sí misma... Estoy aquí para completarla: Existencia es Identidad, Conciencia es Identificación” (GS, FNI, 152).

“Los conceptos axiomáticos primeros y primarios son ‘existencia’, ‘identidad’ (que es un corolario de ‘existencia’) y ‘conciencia’”.

“Un concepto axiomático es la identificación de un hecho primario de la realidad, que no puede ser analizada, esto es, reducida de otros hechos o descompuesta en sus partes componentes. Está implícita en todos los hechos y en todo conocimiento...No requiere prueba ni explicación, pero en ella descansan todas las pruebas y explicaciones”.

“Uno puede estudiar qué existe y cómo funciona la conciencia; pero no puede analizar (o “probar”) la existencia o la conciencia como tal. Son primarios irreductibles (Un intento de “probarlos” es auto-contradictorio: es un intento de “probar” la existencia por medio de la no-existencia, y la conciencia por medio de la inconciencia)” (ITOE, 73).

La noción misma de “prueba” es parte de la realidad. Esto le ha valido el calificativo de “realista”, que ella misma se encargó de rechazar en los primeros párrafos de su Introduction to Objectivist Epistemology (ITOE, p 2). 

Tenía una fuerte influencia aristotélica en los terrenos de lo que ella definía como Metafísica y Epistemología (que otros podrían denominar Ontología y Gnoseología), aunque una lectura detenida de su obra permite encontrar más de una diferencia en matices con el Estagirita que pueden ser de gran importancia a la hora de intentar interpretar su pensamiento.

Una de estas diferencias se refiere a la naturaleza de los conceptos, y no es una diferencia menor, pues pienso que es uno de los elementos esenciales que permitirán luego encontrar un punto de contacto con Popper.

En este sentido, sostenía en el texto recién citado que en la historia de la filosofía había esencialmente cuatro escuelas de pensamiento en este tema. Las dos primeras eran “realistas”: Los “realistas extremos” o Platonistas, quienes sostenían que las abstracciones existen como entidades reales o arquetipos en otra dimensión de realidad y que los concretos que percibimos son meramente sus reflejos imperfectos, pero los concretos evocan las abstracciones en nuestra mente. Por su parte “los ‘realistas moderados’ cuyo ancestro (desafortunadamente) es Aristóteles, quienes sostienen que las abstracciones existen en la realidad, pero que existen sólo en concretos, en la forma de esencias metafísicas, y que nuestros conceptos se refieren a esas esencias” (ITOE, p. 2).

Si las abstracciones son esencias metafísicas existentes, entonces esas esencias son inmutables e incuestionables, por ser parte de una realidad que debe ser aceptada. Si esto es así, los conceptos que se refieren a esas esencias metafísicas también deberían ser inmutables y aceptados como parte de la realidad. 

Esto llevó a muchos seguidores de Aristóteles a elaborar concepciones absolutas sobre el conocimiento, a sostener que una vez que la razón logra aprehender los conceptos de las esencias, ese conocimiento racional es cierto e inmutable. Evidentemente esto choca con la capacidad de conocimiento limitada del hombre; algo que Ayn Rand reconocía como premisa de su Epistemología, y por eso se apartó de Aristóteles en esta cuestión fundamental.

Al respecto, sostenía Rand:

“Aristóteles consideraba a la ‘esencia’ como metafísica; el Objetivismo la considera como epistemológica.

“El Objetivismo sostiene que la esencia de un concepto es la característica o características fundamentales de sus unidades, de las que dependen la mayoría de sus otras características, y que distinguen a esas unidades de todos los demás existentes en el terreno del conocimiento humano. De modo que la esencia de un concepto es determinada contextualmente y puede ser alterada con el crecimiento del conocimiento humano...” (ITOE, p. 52).

Por lo tanto, Ayn Rand sostenía la supremacía de la realidad –y la verdad como reconocimiento de la realidad- como principio metafísico, aunque entendía que los conceptos elaborados respecto de la realidad, por ser emanación del carácter falible e incompleto del conocimiento humano, debían ser aceptados en ese contexto, y por lo tanto, podía mutar en la medida en que la cantidad y calidad del conocimiento aumentaran. 

 

II.2 La no omnisciencia

La no omnisciencia y la falta de respuestas automáticas frente a los problemas de la supervivencia, constituyen el pilar de la epistemología, la ética y la política en Ayn Rand.

Precisamente el dilema de la supervivencia humana, para ella, es que como todos los seres vivos, el hombre requiere actuar para vivir, y debe hacerlo de un modo que está determinado por su naturaleza. Dentro de esas condiciones está la circunstancia de que no posee un modo automático ni instintivo de conocer cómo actuar, pero necesita de esa información para lograr su subsistencia.

Sostenía Rand que:

“El hombre no tiene un código de supervivencia automático. No posee un curso de acción automático ni un conjunto de valores automáticos. Sus sentidos no le indican automáticamente qué es bueno para él y qué es malo, qué será beneficioso para su vida y qué la pondrá en peligro, qué metas debe perseguir y con qué medios podrá alcanzarlas, cuáles son los valores de los que depende su vida y qué curso de acción requieren. Es su propia conciencia la que debe hallar las respuestas a todas estas cuestiones... pero su conciencia no funciona automáticamente. El ser humano, la más elevada especie viviente sobre la Tierra –el ser cuya conciencia posee una capacidad ilimitada para adquirir conocimientos- es el único ente vivo que nace sin ninguna garantía de que siquiera se mantendrá conciente. Lo que distingue particularmente al hombre de todas las demás especies vivas, es el hecho de que su conciencia depende de su voluntad” (VOS, 23).

 

II.3 La importancia del conocimiento para la supervivencia humana.

El reconocimiento delas dificultades del hombre para conocer la realidad, no llevó a Ayn Rand a desechar la búsqueda del conocimiento, ni a menospreciar al hombre, sino por el contrario, a señalar la importancia crucial que tiene hacer el mayor esfuerzo posible para mejorar el rango de conocimiento y eliminar los errores.

La base de la necesidad de conocer, en la que Ayn Rand hizo descansar fundamentalmente los principios de la ética, se explica a partir de los siguientes párrafos:

“La supervivencia del hombre requiere la guía de valores conceptuales obtenidos a partir de un conocimiento conceptual. Pero el conocimiento conceptual no se obtiene automáticamente” (VOS, 24).

“El estado consciente –para aquellos organismos vivos que lo poseen- es el medio básico de supervivencia. Para el hombre, el medio básico de supervivencia es la razón. El hombre no puede sobrevivir, como lo hacen los animales, con la guía de meras percepciones. Una sensación de hambre le indicará que necesita comida (si es que aprendió a identificar esa sensación como “hambre”) pero ni le dirá cómo obtener esa comida ni qué comida es buena para él y cuál es venenosa. No puede satisfacer sus necesidades físicas más simples sin efectuar un proceso de pensamiento.  Necesita un proceso de pensamiento para descubrir cómo cultivar su alimento, o cómo fabricar armas para cazar. Sus percepciones podrán, quizás, dirigirlo a una cueva, de haber una disponible, pero para construir la vivienda más simple necesita un proceso de pensamiento. Ninguna percepción, ningún “instinto” le dirán cómo hacer fuego, cómo tejer un paño, cómo forjar herramientas, cómo hacer una rueda, cómo fabricar un aeroplano, cómo efectuar una apendicectomía, como producir una lamparita eléctrica, una válvula electrónica o un ciclotrón o una caja de fósforos. Empero, su vida depende de estos conocimientos... y solamente un acto voluntario de su conciencia, un proceso de pensamiento, podrá proveerlos”.

“Pero la responsabilidad del hombre va más lejos aún: un proceso de pensamiento no es automático, ni “instintivo”, ni involuntario...ni infalible. El hombre debe iniciarlo, mantenerlo y responsabilizarse de sus resultados. Tienen que descubrir qué es verdadero y qué es falso, y cómo corregir sus propios errores, debe descubrir cómo validar sus conceptos, sus conclusiones, su conocimiento; debe descubrir las reglas del pensamiento, las leyes de la lógica, y cómo dirigir sus pensamientos. La naturaleza no le da garantía automática de la eficacia de su esfuerzo mental”.

“Nada le es dado al hombre sobre la tierra exceptuando su potencial y el material con el cual realizarlo. Ese potencial es una máquina superlativa: su conciencia; pero es una máquina sin bujía, una máquina en la cual su propia voluntad debe ser la bujía, el arrancador y el conductor; él mismo debe descubrir cómo usarla y cómo mantenerla en acción constantemente. El material disponible es la totalidad del Universo, sin límites fijados para los conocimientos que puede adquirir y los goces de la vida que puede alcanzar. Pero todo lo que necesite o desee debe ser aprendido, descubierto y producido por él mismo, por su propia elección, por su propio esfuerzo, por su propia mente”.

“Un ser que no sabe automáticamente qué es verdadero y qué es falso, tampoco puede saber automáticamente qué es correcto y qué es incorrecto, es decir qué es bueno para él, y qué es malo. Sin embargo necesita de este conocimiento para poder vivir. No está exceptuado de las leyes de la realidad, es un organismo específico, con una naturaleza específica, que requiere acciones específicas para mantenerse con vida. No puede lograr su supervivencia por medios arbitrarios, ni con actos efectuados al azar ni por ciegas urgencias ni por casualidad ni por capricho. Es su naturaleza la que determina qué requiere para sobrevivir, y esto no queda sometido a su arbitrio. Lo que sí está sometido a su elección es si lo descubrirá o no, si habrá de elegir las metas y valores correctos o no. Es libre de efectuar una elección errada pero no de tener éxito a través de una mala elección”.

“Es libre de evadir la realidad, de desenfocar su mente y trastabillar a ciegas a lo largo de cualquier pendiente que le plazca, pero no es libre de evitar el abismo que se niega a ver. El conocimiento, para todo organismo conciente, es un medio de supervivencia: para una conciencia viviente todo es implica un debe. El hombre es libre de elegir no ser conciente, pero no es libre de escapar a la pena que merece la falta de conciencia: la destrucción. El hombre es la única especie viviente que tiene el poder de actuar como su propio destructor...y

ésa es la manera en que ha actuado a la largo de la mayor parte de su historia”

(VOS, 25-27).

II.4. La razón es la herramienta básica para adquirir conocimiento.

Ayn Rand definía a la razón como la facultad que identifica e integra el material provisto por los sentidos del ser humano (VOS, 24).

Hablaba de la razón como facultad individual, y al hacerlo se alejaba, por un lado, de la idea de la razón como mera característica propia de la condición humana, y por otro, de la idea colectivista de la razón como una sabiduría y conocimiento perfecto a los que el hombre aspira alcanzar.

Por el contrario, para ella la razón es una facultad que debe ser ejercida por el hombre voluntariamente, es el fruto del esfuerzo por examinar la evidencia a la luz de las reglas de la lógica. Por eso no todos los seres humanos se comportan racionalmente, sino sólo aquellos que hacen el esfuerzo. Al respecto decía Rand:

“La razón es la facultad que identifica e integra el material provisto por los sentidos del ser humano. Es una facultad que el hombre debe ejercer por elección. Pensar no es una función automática. En cada situación y momento de su vida, el hombre tiene libertad de pensar o evitar este esfuerzo. Pensar requiere un estado de atención total, de completa concentración. El acto de concentrar la atención personal es voluntario. El hombre puede enfocar su mente para lograr una total, activa conciencia de la realidad, dirigida hacia un propósito definido... o puede desenfocar su mente y entregarse a la deriva en estado de aturdimiento semiconsciente, simplemente reaccionando a cualquier estímulo que el momento inmediato provea al azar, quedando a merced de su mecanismo sensorial-perceptual no dirigido y a cualquier conexión causal que, por asociación, pudiera efectuar” (VOS, 24-25).

“La característica esencial del hombre es su facultad racional. La mente humana es su medio básico de supervivencia, su único medio de adquirir conocimiento...”.

“Para sustentar su vida, todas las especies vivientes tienen que seguir un determinado curso de acción requerido por su naturaleza. La acción requerida para sostener la vida humana es primeramente intelectual: todas las cosas que el hombre necesita deben ser descubiertas por su mente y producidas por su esfuerzo. La producción es la aplicación de la razón al problema de la supervivencia” (CUI, p. 16).

Es importante tener en cuenta que cuando Ayn Rand se refería a la “razón” o a la “racionalidad”, se estaba refiriendo al ejercicio por parte de un hombre de su capacidad de análisis racional de los hechos que debe enfrentar. El tema fundamental respecto de la actitud humana de buscar conocimiento, para Ayn Rand, es la voluntad. 

 

 

 

II.5 El carácter contextual del conocimiento humano.

Una característica del pensamiento de Ayn Rand es su concepción del conocimiento como contextual y jerárquico. Para ella, los conceptos más complejos se basan en conceptos más simples, y tratar el tema del conocimiento humano supone previamente definir cuál es el mundo en el que el hombre vive, cómo “funciona” el hombre y cuál es su método para adquirir conocimiento:

“’Verdadero’ y ‘Falso’ son imposiciones dentro del campo del conocimiento humano: designan una relación de correspondencia o contradicción entre una idea y la realidad... Lo falso es establecido como falso por referencia a un cuerpo de evidencia y dentro de un contexto, y es pronunciado como falso porque contradice la evidencia” (TARL, p. 158).

“Por ‘contexto’ entendemos la suma de los elementos cognoscitivos que condicionan la adquisición, validez o aplicación de algún item de conocimiento humano. El conocimiento es una organización o integración de elementos interconectados, cada uno relevante a los otros... El conocimiento no es un mosaico de piezas independientes, algunas de ellas apartadas del resto...”.

“Al recordar un concepto, idea, propuesta, teoría o item de conocimiento, nunca olvide o ignore el contexto del cual depende y cuyas condiciones valida y usa” (TARL, p. 104).

“Ningún concepto del hombre es válido hasta que lo integra sin contradicción con la suma total de su conocimiento” (GS, FNI, 154).

“El conocimiento humano es limitado. En cada nivel del desarrollo conceptual, un hombre tiene un contexto cognoscitivo específico; sabe algo, pero no sabe todo. Sólo sobre la base de esta información delimitada puede lograr nuevo conocimiento”.

“Cada idea que el hombre tiene debe ser validada, considerando toda la evidencia disponible y empleando la lógica para evaluarla. El procesamiento lógico de una idea dentro de un contexto específico de conocimiento es necesario y suficiente para establecer la verdad de la idea”.

“El punto es que uno no puede demandar omnisciencia... El hombre es un ser con conocimiento limitado, y debe por ello identificar el contexto cognoscitivo de sus conclusiones. Si en una determinada situación hubiera una razón para sospechar que una variedad de factores es relevante para la verdad, y sólo algunos son actualmente conocidos, él está obligado a reconocer este hecho. El preámbulo implícito o explícito de su conclusión debe ser: ‘Sobre la base de la evidencia disponible, esto es, en el contexto de loa factores que han sido descubiertos, esta es la conclusión propia a seguir’. Luego, el individuo debe continuar observando e identificando, frente a la nueva información, debe cualificar sus conclusiones acordemente” (OPAR, p. 171).

La idea de “contexto”, a partir de la falibilidad humana, es una derivación lógica de su alejamiento de Aristóteles en este campo, y una manera bastante razonable de establecer un terreno sólido sobre el cual se pueda elaborar incluso la idea misma de “conocimiento”.

Por este camino es posible hablar de “certeza”, “verdad”, “conocimiento” o “razón”, de un modo que tenga algún sentido dentro de las mencionadas falencias humanas. Ello permite establecer criterios objetivos y premisas confiables para adoptar las decisiones de la vida diaria, al tiempo que deja abierto el camino para la adquisición de nuevo conocimiento, o la rectificación o perfeccionamiento del existente.

 

II.6 La necesidad humana de “certeza”.

Como se vio, Ayn Rand aceptaba que el hombre no puede ser omnisciente y que no tiene respuestas automáticas para conducirse en la vida. Por otro lado, sostenía que el hombre, como todo otro ser vivo, tiene ciertos requerimientos dados por su naturaleza para sobrevivir, y no hay nada en su interior que le indique cuáles son y cómo obtenerlos.

Estas afirmaciones podrían haberla llevado hacia el relativismo y el desprecio por cualquier pretensión de adquirir conocimiento, como ocurrió con muchos filósofos en todos los tiempos. Sin embargo, esta falencia humana motivó en ella una valoración superlativa del esfuerzo humano por conocer y por buscar un concepto de “certeza” que le permita sobrevivir.

El hombre no puede vivir sin actuar, y no puede actuar sin tomar decisiones. Si no poseyera un concepto de certeza de la evidencia respecto de la cual habrá de decidir, no podría tomar ninguna decisión, o en todo caso, le sería indiferente cuál decisión tomar.

Para Ayn Rand la certeza era el resultado del mayor esfuerzo de un hombre por alcanzar el más alto grado de conocimiento sobre una cuestión determinada. Precisamente por ser “contextual”, el concepto de certeza no significa que no pueda ser mejorado o incluso corregido con el incremento del conocimiento futuro. Pero tal circunstancia no invalida el hecho de que, habiéndose realizado el mayor esfuerzo posible para adquirir conocimiento de un hecho, tras lo cual toda la evidencia indica algo y ninguna evidencia indica lo contrario, el hombre que necesita tomar una decisión vinculada con ello deberá tenerlo por cierto.

Esto debe ser interpretado también desde el presupuesto de que Ayn Rand le escribía al hombre común, a aquél que ha de tomar decisiones vitales a cada momento, y para quien la duda constante aún de las premisas básicas – que puede ser esperable del científico-, no sólo no ayuda, sino que entorpece en buena medida sus posibilidades de elegir o actuar:

“‘Cierto’ representa una evaluación de la evidencia a favor de una conclusión; es usualmente contrastado con dos tipos más amplios de evaluación: ‘Posible’ y ‘probable’...”.

“La idea ‘X’ es ‘cierta’ si, en un contexto de conocimiento determinado, la evidencia por ‘X’ es concluyente. En ese contexto, toda la evidencia sostiene a ‘X’ y no hay evidencia que sostenga ninguna alternativa...”.

“No se puede desafiar un reclamo de certeza por medio de una declaración arbitraria de una posibilidad contraria...No se pueden elaborar posibilidades sin evidencia...”.

“Los principales ataques contra la certeza dependen de evadir su carácter contextual...”.

“La alternativa no es aparentar omnisciencia, erigiendo a cada descubrimiento en un absoluto fuera de contexto, o abrazar al escepticismo y clamar que todo conocimiento es imposible. Esas dos políticas aceptan la omnisciencia como un estándar: los dogmáticos pretenden tenerla, los escépticos lamentan su falta de ella. La política racional es descartar la noción de omnisciencia. El conocimiento es contextual, es conocimiento, válido, contextualmente”. (TARL, p. 67).

“La infalibilidad no es una precondición de conocer lo que conocemos, de la firmeza de nuestras convicciones, y de la lealtad hacia nuestros valores” (ARL, I, 14, 3).

“’No esté seguro, nadie puede estar seguro de nada’, en la jerga de Bertrand Russell, que encierra una contradicción en sí misma: entonces, uno no puede estar seguro de que uno no puede estar seguro. El pronunciamiento significa que ningún conocimiento de ninguna clase es posible para el hombre, esto es, que el hombre no es conciente. Más aún, si uno trata de aceptar esta frase, vería que la segunda parte contradice a la primera: si nadie puede estar seguro de nada, entonces todos pueden estar seguros de todo, desde que nadie podría refutarlos, y él puede clamar que no está seguro de estar seguro (que es el propósito de esta noción)” (PWNI, p. 17).

 

II.7 El valor moral de la racionalidad.

Para Ayn Rand la racionalidad era la principal virtud que debía sostener una persona para alcanzar sus valores. El resto de las virtudes dependen de ella:

“La Racionalidad es la virtud básica del hombre, la fuente de todas sus otras virtudes. El vicio básico del hombre, el origen de todos sus males, es el acto de desenfocar la mente, la suspensión de su conciencia, lo cual no es ceguera sino negarse a ver, y no es ignorancia sino negarse a saber. La irracionalidad es el rechazo del medio básico de supervivencia del hombre y, en consecuencia, es condenarse a un curso de ciega destrucción; aquello que está en contra de la mente está en contra de la vida”

“La virtud de la Racionalidad significa el reconocimiento y la aceptación de la razón como la única fuente de conocimientos que un hombre puede poseer, su único juicio de valores, y la única guía de sus acciones. Significa comprometerse totalmente a mantenerse en un estado de atención consciente y plena, con una total concentración mental en toda circunstancia, en todas las elecciones, en todas las horas de vigilia. Significa comprometerse a lograr la más completa percepción de la realidad al alcance de cada persona, y una constante y activa expansión de la percepción personal, es decir, del conocimiento personal. Significa comprometerse a aceptar la realidad de la propia existencia, es decir el principio de que todas las metas, valores y acciones de una persona tienen lugar en la realidad, y que, en consecuencia, no deberá situarse jamás valor o consideración alguna por encima de la propia percepción de la realidad. Significa comprometerse a aceptar el principio de que todas las convicciones personales, valores, metas, deseos y acciones deben estar basados, haber sido derivados, elegidos y valorados, a través de un proceso de pensamiento, procesos mentales precisos y escrupulosos, dirigidos por una aplicación de la lógica tan estricta como la propia capacidad permita. Significa aceptar la responsabilidad personal de formar los propios juicios, y de vivir por la labor de la propia mente (lo cual es la virtud de la Independencia). Significa que nunca se sacrificarán las convicciones personales a las opiniones o deseos de los demás (lo cual es la virtud de la Integridad) – que nunca se intentará falsificar la realidad de manera alguna (lo cual es la virtud de la Honestidad), y que nunca se buscará o concederá lo no ganado o lo inmerecido, ni en materia ni en espíritu (lo cual es la virtud de la Justicia). Significa que nunca deben desearse efectos sin causas, y que nunca se debe originar una causa sin asumir plena responsabilidad por sus efectos..., que nunca deberá tomarse una decisión, formar una convicción o buscar un valor fuera de contexto, es decir, apartado o contrario al conjunto integrado de nuestros conocimientos y, por sobre todo, que uno nunca intentará evadirse por medio de contradicciones...(VOS, p. 30­31).

La consideración de la racionalidad como virtud cardinal parte del sentido que ella le daba al término “racional”, que se refería a una facultad individual que debe ser ejercida mediante un esfuerzo voluntario. Precisamente ese esfuerzo, que permite al hombre enfrentar de mejor manera el desafío de la búsqueda del conocimiento, es lo que adquiere relevancia ética

Por ello Ayn Rand distingue dos tipos de errores en los que puede incurrir un ser humano: errores de conocimiento, basados en el carácter falible del conocimiento humano, y errores morales, que son aquellos que se producen como consecuencia de no realizar el esfuerzo de comportarse racionalmente en la búsqueda del conocimiento sobre la realidad (FNI, p. 224).

De todo esto se puede sintetizar el pensamiento de Ayn Rand sobre el conocimiento del siguiente modo:

La existencia es independiente de la conciencia del hombre. La realidad existe, y el hombre existe, con capacidad para percibir la existencia. Como ser vivo, el hombre debe actuar de una manera determinada por su propia naturaleza para poder sobrevivir. Pero el modo de actuar para conseguir sus metas no está dado; no es omnisciente, no tiene conocimiento automático. Por ello necesita utilizar su razón, en forma voluntaria, para buscar ese conocimiento.

Tal actividad no le garantiza llegar a la verdad, pero es la única herramienta con la que cuenta. Por otra parte, necesita tomar sus decisiones voluntarias sobre la base de conocimiento previo, y un criterio de certeza como parámetro.

Esta certeza y aquel conocimiento deben ser entendidos en el contexto de la capacidad limitada de conocer. Pero por más que el hombre pueda equivocarse, sin un concepto contextual de certeza no es capaz de tomar ninguna decisión. De allí la importancia de la racionalidad como virtud humana.

 

III. Karl Popper y la constante búsqueda de la verdad

Karl Popper, a diferencia de Ayn Rand, era un filósofo profesional que dedicó la mayor parte de su vida intelectual al estudio de cuestiones vinculadas con la epistemología.

En lo que tiene que ver con estos temas, su prédica estaba enderezada fundamentalmente a resistir las pretensiones absolutistas del neo-positivismo y a señalar las dificultades que entraña la búsqueda de la verdad.

Mientras que Ayn Rand le escribió al hombre común que necesita una filosofía para conducir su vida diaria, Popper le escribió al científico, de quien se exige un constante desafío a los estándares del conocimiento.

Los puntos salientes del pensamiento de Popper sobre este tema pueden sintetizarse del siguiente modo:

 

III.1. El reconocimiento de la realidad

Popper parte de la siguiente premisa: el reconocimiento de que la verdad está por encima de toda autoridad humana es lo que permite la existencia de pautas objetivas de investigación y búsqueda del conocimiento (C&R, p. 54), y que la idea misma de error y falibilidad humana suponen la idea de la verdad objetiva (C&R, p. 38).

“Si admitimos que no hay autoridad alguna...que se encuentre más allá de la crítica, entonces podemos conservar sin peligro la idea de que la verdad está por encima de toda autoridad humana. Y debemos conservarla, pues sin esa idea no puede haber patrones objetivos de la investigación, ni crítica de nuestras conjeturas, ni tanteos en lo desconocido, ni búsqueda del conocimiento” (C&R,

p. 54).

Agregaba Popper sobre el punto:

“...Una ventaja de la teoría de la verdad objetiva o absoluta es que nos permite afirmar, con Jenófanes, que buscamos la verdad, pero puede suceder que no sepamos si la hemos hallado o no; que no tenemos ningún criterio para establecer la verdad como principio regulador; y que, aunque no hay ningún criterio general mediante el cual reconocer la verdad, excepto quizás la verdad tautológica, hay algo similar a criterios de progreso hacia la verdad”.

“La situación de la verdad en el sentido objetivo, como correspondencia con los hechos, y su papel como principio regulador pueden ser comparados con un pico montañoso que está permanentemente, o casi permanentemente, envuelto en nubes. El alpinista no solamente puede tener dificultades para llegar a él, sino que puede no saber cuándo llega a él, porque puede ser incapaz de distinguir, en medio de las nubes, la cumbre principal de algún pico subsidiario. Pero esto no altera el hecho de la existencia objetiva de la cumbre, y si el alpinista nos dice: ‘Tengo algunas dudas acerca de si llegué realmente a la cumbre’, entonces reconoce, por implicación, la existencia objetiva de la cumbre. La idea misma de error o la de duda (en su normal sentido directo) implican la idea de una verdad objetiva que podemos no alcanzar”.

“Aunque pueda ser imposible que el alpinista llegue alguna vez a tener la seguridad de que ha alcanzado la cumbre, a menudo será fácil para él darse cuenta de que no la ha alcanzado (o no la ha alcanzado todavía); por ejemplo, cuando encuentra una pared sobresaliente. De manera análoga, habrá casos en los que estaremos totalmente seguros de que no hemos alcanzado la verdad. Así, aunque la coherencia, o consistencia, no es un criterio de verdad, simplemente porque hasta los sistemas cuya consistencia es demostrable pueden ser falsos de hecho, la incoherencia o inconsistencia permiten establecer la falsedad; de este modo si tenemos suerte, podemos descubrir la falsedad de algunas de nuestras teorías” (C&R, p. 276-277).

La preferencia de una teoría sobre otra, la circunstancia de que algunas pueden ser falseadas y otras no tanto, el descubrimiento de que ciertas hipótesis no resisten el análisis crítico, sólo puede ser realizado sobre la base de reconocer que, por encima del conocimiento o la ignorancia del hombre, hay una verdad objetiva que intenta alcanzar.

III.2 La falibilidad del conocimiento humano.

El reconocimiento de la realidad y la aceptación de las limitaciones humanas para adquirir conocimiento son los dos pilares sobre los cuáles se construye el pensamiento de Popper sobre este asunto:

“Debemos comprender que podemos errar, y que con frecuencia erramos... pero que la idea misma del error y la falibilidad humana supone otra idea, la de la verdad objetiva, el patrón al que podemos no lograr ajustarnos. Esta doctrina implica que podemos buscar la verdad, la verdad objetiva, aunque por lo común podamos equivocarnos por amplio margen. También implica que, si respetamos la verdad, debemos aspirar a ella examinando personalmente nuestros errores: mediante la infatigable crítica racional y mediante la autocrítica” (C&R, p. 38).

“Sólo el reconocimiento de la verdad nos permite hablar con sensatez de errores y de crítica racional, y hace posible la discusión racional, vale decir, la discusión crítica en busca de errores con el serio propósito de eliminar la mayor cantidad de éstos que podamos, para acercarnos más a la verdad. Así, la idea misma de error –y de falibilidad- supone la idea de una verdad objetiva como patrón al que podemos no lograr ajustarnos (Es éste el sentido en el cual la idea de verdad es una idea reguladora)”. (C&R, p. 280).

Adoptando una actitud socrática, Popper señala que cuanto más aprendemos del mundo y más profundo es nuestro aprendizaje, tanto más consciente, específico y articulado será nuestro conocimiento de lo que no conocemos, nuestro conocimiento de nuestra ignorancia (C&R, p. 53).

El hincapié de Popper en la falibilidad del conocimiento es fruto del hecho ya mencionado de que su prédica apuntaba fundamentalmente al científico, para quien la actitud cuestionadora del conocimiento previo es la premisa básica de su trabajo.

 

III.3. La razón crítica como mecanismo de incrementar el conocimiento a través de la detección y eliminación del error.

Popper afirmaba que no existen las fuentes puras, inmaculadas y seguras del conocimiento, y que las cuestiones de origen o pureza no deben ser confundidas con las cuestiones de validez y verdad (C&R, p. 49). Por ello, más que hablar de fuentes de conocimiento, es preferible hablar de los modos de detectar y eliminar el error, como vía para acercarse más a la verdad (ibid).

Por ello entendía que la actitud crítica, la tradición de la libre discusión de las teorías con el propósito de descubrir sus puntos débiles para poder mejorarlos, es la actitud razonable y racional (C&R, p. 77). La argumentación lógica, el razonamiento deductivo, mantiene una importancia fundamental para el enfoque crítico, porque permite descubrir las implicaciones de las teorías y, de ese modo, criticarlas de manera efectiva (ibid).

Sostenía Popper:

“El método de ensayo y error, por supuesto, no es simplemente idéntico al enfoque científico o crítico, al método de la conjetura y la refutación. El método del ensayo y error no sólo es aplicado por Einstein, sino también, de manera dogmática, por la ameba. La diferencia reside, no tanto en los ensayos como en la actitud crítica y constructiva hacia los errores; errores que el científico trata, consciente y cautelosamente, de descubrir para refutar sus teorías con argumentos minuciosos, basados en los más severos tests experimentales que sus teorías y su ingenio le permitan planear” (C&R, p. 78­79).

“El criterio para establecer el status científico de una teoría es su refutabilidad o su testabilidad” (C&R, p. 61).

“Una teoría que no es refutable por ningún suceso concebible no es científica. La irrefutabilidad no es una virtud de una teoría (como se cree a menudo), sino un vicio” (C&R, p. 61).

“El método de ensayo y error es un método para eliminar teorías falsas mediante enunciados observacionales, y su justificación es la relación puramente lógica de deductibilidad, la cual nos permite afirmar la falsedad de enunciados universales si aceptamos la verdad de ciertos enunciados singulares. ¿Por qué es razonable preferir enunciados no refutados a otros refutados? Porque buscamos la verdad, y porque sabemos, o creemos, que las teorías refutadas son falsas, mientras que las no refutadas pueden ser verdaderas. Además, no preferimos cualquier teoría no refutada, sino solamente aquella que, a la luz de la crítica, parece ser mejor que sus rivales, o aquella que resuelve nuestros problemas, que se halla bien testeada, y de la cual creemos, o más bien, conjeturamos, o esperamos que resistirá los test ulteriores” (C&R, p. 83-84).

“...sólo es digna de ser testeada una teoría altamente testeable o improbable, y es realmente (y no sólo potencialmente) satisfactoria si resiste los tests severos, en particular esos tests que podemos señalar como cruciales para

la teoría aun antes de que se los lleve a cabo” (C&R, p. 269).

“A diferencia de los irracionalistas, los refutacionistas creemos... que la racionalidad de la ciencia no reside en su hábito de apelar a datos empíricos en apoyo de sus dogmas –pues eso lo hacen también los astrólogos- sino exclusivamente en el enfoque crítico, en una actitud que supone, por supuesto, el uso crítico, entre otros argumentos, de datos empíricos (especialmente en las refutaciones)”. (C&R, p. 280).

A esa actitud de crítica de las teorías con el propósito de detectar errores, Popper proponía denominarla “racionalismo crítico” (C&R, p. 50), cuyo origen se remonta a los presocráticos, y fundamentalmente a la crítica de Anaximandro a Tales (C& R, p. 190):

“La respuesta adecuada a mi pregunta: ‘¿cómo podemos detectar y eliminar el error?’ Es, según creo, la siguiente: ‘criticando las teorías y presunciones de otros y –si podemos adiestrarnos para hacerlo- criticando nuestras propias teorías y presunciones’... Esta respuesta resume una posición a la que propongo llamar ‘racionalismo crítico’. Se trata de una concepción, una actividad y una tradición que debemos a los griegos” (C&R, p. 50).

“La coherencia no basta para establecer la verdad, pero la incoherencia y la inconsistencia permite establecer la falsedad. Y cuando se los reconoce, nuestros propios errores nos suministran las tenues lucecillas que nos ayudan a salir a tientas de las oscuridades de nuestra caverna” (C&R, p. 52).

“La función más importante de la observación y el razonamiento, y aún de la intuición y de la imaginación, consiste en contribuir al examen crítico de esas audaces conjeturas que son los medios con los cuales sondeamos lo desconocido” (C&R, p. 52).

Es posible advertir en Popper, al igual que en Rand, que el uso del término “razón”

o “racionalidad” se aparta de dos usos bastante frecuentes. No es ni la “Razón” con mayúsculas de los racionalistas o “constructivistas”, a los cuáles enfrentaba, ni la mera característica humana de poseer un cerebro con ciertas condiciones. Se refería al esfuerzo individual, voluntario, de utilizar la mente de un determinado modo, para examinar los hechos y testear las teorías.

III.4 Los distintos grados de verosimilitud o concordancia con los hechos, como modo de avanzar en la búsqueda de la verdad.

Como se vio, Popper partía del presupuesto de que existe una verdad objetiva, única forma de que tenga sentido hablar de adquisición de conocimiento, error, etc. Por otro lado, era consciente de que no sólo la aptitud humana de conocer es limitada, sino que además muchas veces el hombre puede alcanzar la verdad sin saberlo, o sin poder estar seguro de ello (C&R, p. 276).

Por eso, siguiendo la teoría de la mayor correspondencia con los hechos elaborada por Alfred Tarski[2], Popper sostenía que se podía hablar de la “verdad” con minúsculas, sin pretensiones absolutistas u omniscientes, cuando luego de someter una teoría a los mayores testeos posibles, resultaba ser la que mejor se corresponde con los hechos (C&R, p. 283).

Ello permite combinar las ideas de verdad y de contenido y fundirlas en una sola: la idea del grado de mejor (o peor) correspondencia con la verdad, o de mayor (o menor) semejanza o similitud con la verdad; o la idea de (grados de) verosimilitud (C&R, p. 284).

Decía al respecto:

“La verosimilitud se define de tal manera que la verosimilitud máxima sólo sería alcanzada por una teoría que no sólo fuera verdadera, sino también verdadera con una amplitud total: que correspondiera a todos los hechos, por decir así, y por supuesto, sólo a los hechos reales....”.

“...Pero la anterior sólo es válido para el grado máximo de verosimilitud, y no para la comparación de teorías con respecto a su grado de verosimilitud. Este uso comparativo de la idea es su propósito principal; y la idea de un grado mayor o menor de verosimilitud parece menos remota, más aplicable y, por lo tanto, quizá más importante para el análisis de los métodos científicos que la idea misma de verdad absoluta, aunque ésta sea en sí misma de mucho mayor importancia” (C&R, p 286-287).

Sostenía que el uso de la idea de verosimilitud es su propósito principal; y la idea de un grado mayor o menor de verosimilitud aparece como más importante para el análisis de los métodos científicos que la idea misma de verdad absoluta, aunque ésta sea en sí misma de mucho mayor importancia (C&R, p. 287).

De este modo, la verosimilitud máxima, aquella que define a una teoría que corresponde a todos los hechos, permite definir a una teoría como “verdadera” en los términos en que Tarski definía el concepto.

Posiblemente, la mayor utilidad para Popper de este razonamiento haya sido la de lograr un concepto aceptable de “verdad”, y un contexto para evaluar la mayor o menor aptitud de una teoría en su relación con la búsqueda de la verdad. Pero como la prédica de Popper estaba dirigida a los científicos, quienes deben poner en duda constantemente aún el conocimiento que en este contexto pudiera ser definido como “verdadero”, la utilidad de estos parámetros no tenía la importancia crucial que la “certeza” contextual tiene para el hombre común al que le escribía Rand.

III.5 El carácter evolutivo del conocimiento.

La tarea fundamental del científico es la constante detección y eliminación del error, a través de la crítica de las teorías y presunciones, tanto las ajenas como las propias (C&R,

p. 50). Este proceso permite una evolución constante del conocimiento hacia formas más acabadas:

“Dentro de la ciencia tenemos un criterio de progreso: inclusive antes de someter una teoría a un test empírico podemos decir si, en caso de que resista ciertos tests específicos, será o no un avance con respecto a otras teorías con las que estamos familiarizados. Esta es mi primera tesis” (C&R, p. 266).

“El carácter racional y empírico de la ciencia desaparecería si ésta dejara de progresar” (C&R, p. 293).

“Las teorías no se transmiten como dogmas, sino más bien con el estímulo de discutirlas y mejorarlas” (C&R, p. 77).

“Quiero destacar la importancia intelectual de un aspecto particular de la ciencia: su necesidad de desarrollarse. El desarrollo continuo es esencial para el carácter racional y empírico del conocimiento científico; si la ciencia cesa de desarrollarse pierde ese carácter. Es la forma de su desarrollo lo que hace a la ciencia racional y empírica; esto es, la forma en que el científico discrimina entre las teorías disponibles y elige la mejor o (en ausencia de teoría satisfactoria) la manera en que sugiere algunas de las condiciones que debe cumplir una teoría satisfactoria”.

“Se habrá observado a través de mi formulación que, cuando hablo del desarrollo del conocimiento científico, lo que tengo in mente no es la acumulación de observaciones, sino el repetido derrocamiento de teorías científicas y su reemplazo por otras mejores o más satisfactorias” (C&R, p. 264).

El inicio de esta actitud crítica que dio paso a la evolución del conocimiento, es ubicado por Popper en los pensadores de la Escuela jonia, especialmente, y en ese orden: Tales, Anaximandro, Anaxímenes y Jenófanes, que iniciaron la tradición de las refutaciones de los discípulos a sus maestros. Popper explica esta tradición, con las siguientes palabras:

“En marcado contraste con todas las demás escuelas conocidas, que normalmente tienen como una de sus principales preocupaciones mantener intactas las enseñanzas del fundador, formaba parte de la tradición jonia ser crítico y tratar de mejorar no sólo las enseñanzas del fundador, sino también las de los miembros posteriores. Tal vez debido a ello cada generación sucesiva produjo al menos un cambio importante y se ha transmitido abiertamente el nombre del innovador. Tiene que haberse debido al hecho de que no sólo se transmitían tradicionalmente las doctrinas, las teorías y las innovaciones, sino que además había una especie de consejo metodológico de segundo orden: ‘¡Trata de mejorar las teorías! ¡Trata de hacerlas mejores, pues no son perfectas!’” (WP, p. 58-59). 

 

Concebía a esta constante lucha entre teorías y sus recíprocas refutaciones, como un modo de someterlas a la lucha por la supervivencia del más apto. Así, se obtienen las teorías que resultan más aptas, mediante la eliminación de las menos aptas (entendiendo a la aptitud no sólo como “utilidad”, sino incluso como “verdad”) (C&R, p. 79).

“Tal es, según creo, la verdadera teoría del conocimiento (que deseo someter a vuestra crítica): la verdadera descripción de una costumbre que surgió en Jonia y que ha sido incorporada a la ciencia moderna (aunque hay todavía muchos científicos que creen en el mito baconiano de la inducción), la teoría de que el conocimiento avanza mediante conjeturas y refutaciones” (C&R, p. 192).

 

III.6. El principio ético de la búsqueda de la verdad a través del razonamiento crítico.

La aceptación de los postulados anteriores supone que la actitud crítica que debe adoptar el científico para someter el conocimiento al testeo permanente, es una actitud que ha de ser adoptada por elección personal. Por eso, sostenía Popper:

“La actitud dogmática se halla claramente relacionada con la tendencia a verificar nuestras leyes y esquemas tratando de explicarlos y confirmarlos, hasta el punto de pasar por alto las refutaciones, mientras que la actitud crítica es una disposición a cambiarlos, a someterlos a prueba, a refutarlos, si es posible. Esto sugiere que podemos identificar la actitud crítica con la actitud científica, y la actitud dogmática con lo que hemos llamado pseudo­científica...”.

“...La actitud crítica, la tradición de la libre discusión de las teorías con el propósito de descubrir sus puntos débiles para poder mejorarlos, es la actitud razonable, racional” (C&R, p. 77).

Todo ello lo lleva a admitir que esa decisión involucra una toma de posición ética. Por ello Popper sostiene que los principios éticos forman la base de la ciencia:

“Toda discusión racional, esto es, toda discusión entregada a la búsqueda de la verdad, se basa en principios que, como cuestión de hecho, son principios éticos. Me gustaría formular tres de ellos:”

“1. El principio de falibilidad. Tal vez esté yo equivocado y quizás esté usted en lo cierto; pero, naturalmente, ambos podemos estar equivocados”.

“2. El principio de discusión racional. Tenemos que contrastar críticamente y, naturalmente, los más impersonalmente posible las diversas teorías (criticables) que están en discusión”.

“3. El principio de aproximación a la verdad. Casi siempre podemos acercarnos a la verdad con ayuda de tales discusiones críticas, y casi siempre podemos mejorar nuestra comprensión, incluso en aquellos casos en los que no llegamos a un acuerdo...”.

“...El más importante de tales principios éticos es el de que la verdad objetiva es la idea regulativa fundamental de toda discusión racional”. Y agrega: “Otros principios éticos incluyen nuestro compromiso con la búsqueda de la verdad y con la idea de aproximación a la verdad, así como la importancia de la integridad intelectual y de la falibilidad que nos lleva a una actitud autocrítica y a la tolerancia. También es muy importante que podamos aprender en el terreno ético (WP, p. 79-80).

Sobre esta base elaboró una lista de doce principios éticos del científico, que incluían postulados tales como: que aún cuando es imposible evitar todos los errores, sigue siendo nuestro deber hacer cuanto podamos para evitarlos, y es fundamentalmente la tarea del científico hacerlo. Por consiguiente, debemos aprender de los errores cometidos y estar permanentemente tras la caza de errores. También debe aceptarse la actitud autocrítica, la franqueza y la sinceridad con uno mismo, y de ella que es posible que aprendamos de otras personas cuáles son nuestros errores. Sostiene finalmente que la crítica racional (u objetiva) ha de ser siempre específica, y regirse por la idea de aproximarse a la verdad objetiva (WP,

p. 92-94).

IV. Una síntesis posible entre Rand y Popper

 

Las referencias enumeradas en los puntos anteriores permiten advertir que ni Ayn Rand desconocía las limitaciones de la capacidad cognoscitiva del hombre, ni Karl Popper negaba la existencia de una realidad objetiva, de algún modo cognoscible.

Consecuentemente se pueden invocar dos proposiciones iniciales en las que ambos, con matices, coinciden: 1) La realidad existe independientemente de la conciencia y posibilidad de conocimiento del hombre; 2) El uso de la mente –razón  o razón crítica, según cada uno- al máximo de sus posibilidades, es la única herramienta que el hombre tiene para tratar de mejorar su conocimiento de la realidad.

Incluso en la capacidad humana de conocer la verdad, es posible encontrar puntos de contacto muy interesantes. La “certeza contextual” de Ayn Rand se acerca bastante al “mayor grado de verosimilitud” que puede alcanzar una teoría para Popper, siguiendo el estándar de la “correspondencia con los hechos” elaborada por Tarski. Ambos dejan a salvo que dicha “certeza” o “verosimilitud” no implica ni omnisciencia ni inmutabilidad de las conclusiones, pues ni el hombre es omnisciente ni su conocimiento es inmutable. Por el contrario, suponen que el estándar de conocimiento disponible, sometido a la crítica racional y al mayor esfuerzo por ampliarlo, permite extraer una conclusión que no ha podido ser refutada hasta ese momento (Popper) o que no está teñida por evidencia alguna que indique lo contrario (Rand).

Es bueno recordar nuevamente aquí que Ayn Rand se apartó de Aristóteles respecto de las condiciones en que debe entenderse la relación entre los conceptos y la realidad, algo que llevó a Aristóteles a identificar los conceptos con las esencias, una de las bases de las críticas de Popper hacia el filósofo griego.

Precisamente, esta posibilidad de que el conocimiento sea complementado o perfeccionado con nuevo conocimiento futuro, es lo que en ambos produce una visión evolutiva del conocimiento.

Es bueno recordar que tanto la “certeza contextual” de Rand como la máxima verosimilitud de Popper no se refieren a meras afirmaciones carentes de refutación inmediata, sino a algo mucho más complejo. Se requiere haber hecho el máximo esfuerzo posible para recabar conocimiento en contrario (Rand) o someter la teoría a los mayores tests de refutabilidad posibles (Popper).

Por ello, en la medida en que las afirmaciones sobre lo que es “cierto” cumplen con estos estándares, las nuevas evidencias tienden a complementar, especificar o mejorar el conocimiento anterior, más que a eliminarlo. Y ello es así incluso respecto de aquellas teorías que son plenamente refutadas, pues la base de la refutación estará dada por el conocimiento anterior.

Esto está expresado por Popper al explicar las bases de la tradición presocrática de la tolerancia a las críticas, de los discípulos criticando a sus maestros, una generación tras otra, lo que dio origen a la tradición de las conjeturas audaces y la crítica libre, tradición que creó la actitud racional o científica, y con ella nuestra civilización occidental, única civilización que se basa en la ciencia. Parte de esa tradición consistía en que los cambios de doctrina, lejos de introducirse subrepticiamente, se transmitían junto con las doctrinas más antiguas y los nombres de los innovadores (PW, p. 43).

Agregó Popper que el enfoque crítico ejerce una suerte de presión selectiva evolucionista hacia una mayor verosimilitud (PW, p. 173), de modo tal que dentro de la ciencia existe una idea de progreso (C&R, p. 266).

En un sentido similar, Ayn Rand sostuvo que al ser el conocimiento contextual, el conocimiento más avanzado no anula al primitivo, sino que expande el anterior (ITOE, p. 55).

Este carácter evolutivo del conocimiento –aún cuando ciertas teorías refuten total o parcialmente a las anteriores-, justifica también esa visión de ambos autores respecto del valor moral de la racionalidad o la razón crítica.

Por ello para Rand el cultivo de la virtud de la racionalidad es esencial para la supervivencia humana, y para Popper el desarrollo de la razón crítica es el punto fundamental de la ética científica.

Es conveniente aclarar aquí que al hablar de “razón”, tanto Rand como Popper hacen referencia a una capacidad humana individual, y no a una fuente de conocimiento general, al modo del “racionalismo” al que ambos se enfrentaban.

Para usar la conocida distinción entre “Razón” (con mayúsculas) y “razón” (con minúsculas)[3], parece claro que ambos utilizaban la segunda acepción del término. La razón,

o el razonamiento crítico, es una facultad individual que debe ser utilizada, en su vinculación con la obtención de conocimiento, de modo voluntario. De allí que ambos también coincidan en otorgar un alto valor ético a la decisión de comportarse de ese modo[4].

Por otro lado, el uso del término “razón” parece apartarse también de la acepción preferida por algunos exponentes de la Escuela Austríaca, como Ludwig von Mises, para quienes cualquier conducta humana voluntaria y consciente es una conducta “racional”[5]. Para  Rand y Popper hace falta algo más que tomar decisiones para comportarse de modo racional o para cultivar el “racionalismo crítico”, e incluso sería posible para ellos hablar de comportamientos “irracionales” dentro de ese contexto, algo que muchos austriacos rechazarían.

Llegaron a estas conclusiones avanzando desde rutas diferentes. Ayn Rand intentó establecer criterios de certeza, de objetividad, en un mundo dominado por el relativismo y el escepticismo. Sus críticas a Kant y a Hume en cuestiones vinculadas con la posibilidad de llegar a la verdad, tenían como base su pretensión, común a todos los hombres -basada en los requerimientos de la vida cotidiana-, de tener un parámetro de certidumbre sobre la realidad desde donde poder tomar decisiones.

Popper aceptó la existencia de una realidad objetiva, pero alertaba sobre la necesidad de rechazar cualquier postulación que llevara al reconocimiento de enunciaciones incuestionables. Por el contrario, advertía que precisamente la razón crítica es lo que permite acercarse del mejor modo a la verdad. Entendió que este testeo permanente de las premisas constituía la labor fundamental del científico.

Cuando la humanidad abandonó el oscurantismo de la Edad Media y se introdujo en un Renacimiento que tiempo después dio paso a una revolución científica y técnica como no había ocurrido en los mil años anteriores, muchos pensadores descubrieron que el mundo aristotélico inmutable -donde todo transcurría sin sobresaltos ni cambios y quien dudaba de ese orden era quemado en la hoguera- en realidad ni era tan inmutable, ni tan fácil de comprender. La necesidad de chequear las premisas una y otra vez con cada nuevo descubrimiento movió a muchos hacia el relativismo epistemológico, y la duda, la desconfianza en el saber y la relativización de los conceptos comenzaron a ser los nuevos parámetros de la filosofía y la ciencia.

Pero es precisamente en este punto donde pienso que los distintos objetivos de ambos pensadores concluyeron en enfoques diferentes sobre cuestiones no necesariamente controvertidas. No es ocioso reiterar que Rand le escribía al hombre común y Popper al científico. El hombre común debe resolver problemas inmediatos, para lo cual necesita establecer criterios de certidumbre respecto del conocimiento acumulado; el científico elabora teorías hacia el futuro, y es pre-condición de ello que cuestione al menos una parte del conocimiento acumulado hasta el momento. Para entender mejor esta diferencia resultan ilustrativas las expresiones de David Hume sobre el conocimiento humano.

Al abordar el tema del escepticismo en su Tratado sobre la Naturaleza Humana, Hume sostuvo lo siguiente:

“Habiendo encontrado de este modo que en toda probabilidad hay que añadir a la incertidumbre original, inherente al asunto, una nueva incertidumbre derivada de la debilidad de la facultad judicativa, y habiendo ajustado entre sí estas dos incertidumbres, nuestra razón nos obliga ahora a añadir una nueva duda derivada de la posibilidad de error que hay en nuestra estimación de la veracidad y fidelidad de nuestras facultades (...). Cuando reflexiono sobre la falibilidad natural de mi juicio, confío todavía menos en mis opiniones que cuando me limito a considerar los objetos sobre los que razono; y cuando voy aún más allá, y vuelvo mi mirada hacia cada estimación sucesiva que hago de mis facultades, todas las reglas de la lógica sufren una disminución continua, con lo que al final se extingue por completo toda creencia y evidencia”[6].

Pero inmediatamente a continuación manifiesta lo siguiente:

“Si en este momento se me preguntara si creo sinceramente en este argumento, que con tanto trabajo parezco inculcar en los demás, y si soy realmente uno de esos escépticos que mantienen que todo es inseguro y que nuestro juicio no posee en ninguna cosa medida ninguna ni de verdad ni de falsedad, replicaría que esa pregunta es completamente superflua, y que ni yo ni ninguna otra persona ha sido nunca sincera y constantemente de esa opinión. La naturaleza, por medio de una absoluta e incontrolable necesidad, nos ha determinado a realizar juicios exactamente igual que a respirar y a sentir; tampoco está en nuestra mano evitar que veamos ciertos objetos bajo una luz más intensa y plena, en razón de su conexión acostumbrada con una impresión presente, más de lo que podamos prohibirnos a nosotros mismos el pensar mientras estamos despiertos, o el ver los cuerpos que nos rodean cuando dirigimos hacia ellos nuestra vista a plena luz del sol. El que se tome la molestia de refutar las sutilezas de este escepticismo total en realidad ha disputado en el vacío, sin antagonista, y se ha esforzado por establecer con argumentos una facultad que ya de antemano ha implantado la naturaleza en la mente y convertido en algo insoslayable[7].

Una primera lectura de estos dos párrafos sucesivos, pareciera mostrar, o bien una incongruencia, o tal vez el reconocimiento de una hipocresía.

Vemos cómo David Hume, quien reiteradamente señaló que los únicos campos legítimos del conocimiento son las matemáticas y las ciencias de la naturaleza, y que fuera de esos límites no puede hacer el entendimiento humano otra cosa más que perderse en engaños o falacias, reconocía que no es así como se comporta el hombre en su vida cotidiana, de acuerdo con su naturaleza.

Sin embargo, estas expresiones de Hume tienen otra lectura si se reconocen los distintos requerimientos del hombre cuando enfrenta un dilema científico, y cuando debe resolver los problemas de la subsistencia diaria.

El científico puede elaborar una teoría revolucionaria sobre el origen del universo y someterla a diversos testeos. Cuanto más intrépida sea su teoría, mayor valor científico tendrá. Su vida no depende inmediatamente de ello, y por el contrario, el desafío del conocimiento contextual del presente puede contribuir a mejorar su conocimiento futuro, y por lo tanto su nivel de vida. Por ello Popper sostenía que:

“Queremos más que la mera verdad: lo que buscamos es una verdad interesante, verdad a la cual es difícil llegar...Por ello, los refutacionistas como yo preferimos un intento por resolver un problema interesante mediante una conjetura audaz aunque ( y especialmente) pronto se descubra que es falsa, a cualquier recitado de una sucesión de verdades trilladas ajenas a la cuestión. Preferimos esto porque creemos que es ésta la manera de aprender de nuestros errores; y que al descubrir que nuestra conjetura es falsa, habremos aprendido mucho acerca de la verdad y nos habremos acercado más a ésta” (C&R, p. 281­282).

Pero un hombre que pende de una cornisa de un décimo piso, no puede darse el lujo de intentar refutar la ley de gravedad para decidir de qué modo descenderá a la calle. Su vida depende de cada una de las decisiones que adopte, y para ello necesita respetar el estándar de conocimiento cierto acumulado hasta el momento.

Se podría extraer como una conclusión de ello que la conveniencia o inconveniencia de refutar el conocimiento adquirido –siempre sometido a su análisis racional o a la crítica racional-, depende en gran medida del tipo de problemas que uno enfrente y la inminencia de las consecuencias de la decisión a adoptar. La especulación científica pone en juego la vida de las teorías, no de las personas, a diferencia de lo que ocurre con muchas decisiones de la vida cotidiana. Por ello decía Popper: (C&R, p. 79).

“Puede describirse la actitud crítica como el intento consciente de hacer que nuestras teorías, nuestras conjeturas, se sometan en lugar nuestro a la lucha por la supervivencia del más apto. Nos da la posibilidad de sobrevivir a la eliminación de una hipótesis inadecuada en circunstancias en las que una actitud dogmática eliminaría la hipótesis mediante nuestra propia eliminación... Así, obtenemos la teoría más apta que está a nuestro alcance mediante la eliminación de las que son menos aptas (Por ‘aptitud’ no sólo entiendo ‘utilidad’ sino también verdad)” (C&R, p. 79).

Sin embargo, fundamentalmente durante el siglo XX,  esta actitud crítica y el desafío a la certidumbre del conocimiento, fueron extendidos del campo científico al de la vida cotidiana, y se pretendió que así como el científico debe someter todo su conocimiento a la refutación permanente, el hombre común debe comportarse del mismo modo.

La consecuencia fue el relativismo, el escepticismo extremo, y sus nefastas consecuencias para los individuos y la sociedad en general. Contra esto fundamentalmente se levantaba Ayn Rand al intentar reestablecer criterios de certidumbre entre los hombres. Y pienso que, al igual que David Hume, tampoco pretendía Karl Popper que los individuos se comportasen como científicos en su vida cotidiana.

Esto explica también la presunta contradicción en el pensamiento de ambos autores respecto del valor del conocimiento obtenido por la percepción sensorial y el que surge de la inducción.

Cuando Ayn Rand coloca en primer lugar en el proceso de adquisición del conocimiento y elaboración de conceptos al material provisto por los sentidos, no hace otra cosa que reconocer que los conceptos y conocimiento adquiridos de esa forma constituyen la fuente primaria de conocimiento del hombre común. Seguramente que para llegar por ese camino a los conceptos de “universo”, “agujeros negros”, “teoría cuántica”, etc., deberá transitar un largo camino de integración de conceptos, plagado de obstáculos, en el cual pueden producirse fallas en varios eslabones de esa larga cadena. Por ello Popper, que habla al científico, descarta esta forma de acumular conocimiento, y prefiere el método de elaborar teorías abstractas y someterlas a testeo. Pero para quien quiere saber si una hornalla está prendida, no hay como acercar la mano.

Lo propio puede decirse del método inductivo. Resultan claras las objeciones de Popper respecto del grado de verosimilitud que puede adquirir una teoría pretendidamente científica, que sea elaborada a partir de inducciones. Pero ello no obsta a que la mayor parte del conocimiento adquirido por el hombre común en su vida cotidiana se obtiene por ese método. El propio Popper admitió la existencia de todo tipo de fuentes del conocimiento, pues lo importante no es la fuente de la teoría, sino su testeo, es decir, la tarea de detectar y eliminar el error (C&R, p. 48-49).

En la medida en que esa conclusión inductiva no sea contradicha por otra evidencia, y el hombre deba tomar decisiones inmediatas, sin posibilidad de testearla, no le quedará otro remedio que basarse en tal conocimiento como cierto.

Por el contrario, el científico que busca ampliar el horizonte del conocimiento y no está sometido a las premuras de la decisión inminente, podrá desconfiar de las conclusiones inductivas, y utilizar el método popperiano de conjeturas y refutaciones para testear la verosimilitud de sus teorías.

 

 

V. El caso de los frutos venenosos

Pienso que un breve ejemplo, en forma de cuento, puede ayudarme a explicar mejor el punto de conexión que encuentro entre el pensamiento de estos dos autores:

Los miembros de la Sociedad Científica y de la Asociación de Vendedores de Zapatos de New York, planearon cada uno de ellos celebrar su reunión anual. Decidieron que el mejor modo de hacerlo era en un crucero por las Bermudas, y finalmente acordaron que, para ahorrar dinero, podían entre ambas asociaciones rentar un barco y compartirlo.

El viaje se desarrolló en forma normal y placentera. Cada grupo hizo sus reuniones y fiestas en partes distintas de la nave, casi sin tener contacto entre sí. Sin embargo, cuando el buque atravesaba el Triángulo de las Bermudas se desató una violenta tormenta, se produjo un naufragio, algunos pasajeros murieron ahogados, y el resto logró alcanzar una pequeña isla desierta.

Hombres y mujeres exhaustos, hambrientos y sedientos, observaron el nuevo y extraño paisaje. En la isla sólo había algunos vegetales extraños y escasos, sin animales, sin rastros de vida humana. Vencidos por el hambre, algunos decidieron comer de aquellos vegetales que les parecieron más familiares.

Esa primera noche, varias personas sintieron fuertes dolores de estómago y finalmente murieron. El presidente de la Asociación de Vendedores de Zapatos comenzó a indagar sobre lo que los demás habían percibido aquel día, y obtuvo bastante evidencia en el sentido de que, aparentemente, todos los muertos habían comido frutos de un mismo tipo de planta. Inmediatamente sentenció a los demás:

“Estos frutos han sido la causa de la muerte de esas personas. Son venenosos y no debemos comerlos”.

El presidente de la Sociedad Científica, muy molesto por esa afirmación, señaló que era ridículo extraer una conclusión basada en una inducción, pues el método inductivo no es apto para obtener conocimiento cierto:

“La circunstancia de que varias personas hayan comido el mismo tipo de vegetal y luego murieron, no permite concluir con certeza que ese vegetal es venenoso”, dijo con aire circunspecto, “tal vez el próximo no sufra ningún perjuicio y demuestre que su inducción es totalmente falsa”.

El dueño de una tienda de zapatos de Queens simplemente lo miró con desprecio y le dijo:

“Si quiere, cómaselo usted”.

A partir de entonces, la mayoría de la gente tuvo mucho cuidado en observar los vegetales, para detectar y evitar aquel fruto al que consideraban el causante de las muertes.

Indignado, el presidente de la Sociedad Científica señaló:

“El conocimiento jamás se puede alcanzar a través de la información obtenida por la percepción sensorial, que es esencialmente imperfecta y ambigua. Sólo la elaboración de teorías abstractas y audaces, y su sometimiento a refutación, nos permitirá avanzar en la búsqueda de respuestas a nuestros problemas en esta isla”.

Pocos le hicieron caso. A través de la observación, las personas fueron aprendiendo a discriminar los elementos de la isla, y ello les permitió resolver los problemas vinculados con alimentación, agua, abrigo y vivienda. Algunos murieron en el intento. Curiosamente, el mayor porcentaje de muertes se produjo entre los científicos. Los vendedores de zapatos señalaban a su paso a aquella maléfica planta que había producido tantas muertes, alertando a todos sobre los peligros de su ingesta.

Mientras tanto, el presidente de la Sociedad Científica continuaba su prédica contra el conocimiento inductivo y la percepción sensorial. Cada tanto, alguno de los científicos que lo acompañaban decidía comer el fruto prohibido, con la secreta esperanza de vencer el prejuicio inductivista. Sin embargo, todos los que lo hicieron murieron horas después. Cuando alguien en privado le preguntó al presidente de la Sociedad Científica si él estaba dispuesto a hacer lo mismo, respondió:

“Por supuesto que no. Mi deber como científico es señalar las dificultades que entraña la búsqueda de la verdad. Como persona, quiero sobrevivir”.

Pero no pasó mucho tiempo antes de que los nuevos habitantes de la isla se toparan con un otro problema: si bien tenían agua potable y habían construido algunos refugios adecuados, en la isla no había animales, y fuera de la planta del fruto prohibido, no abundaba la vegetación. Si no encontraban una forma de solucionar el problema de la alimentación, indefectiblemente todos perecerían.

El dilema filosófico producido como consecuencia del fruto supuestamente venenoso preocupaba mucho a un joven científico. Conocía perfectamente los problemas de la inducción y los límites de la percepción sensorial, pero por otro lado, al igual que el mismo presidente de la Sociedad Científica, no estaba dispuesto a llevar esas teorías hasta las últimas consecuencias frente a un tema tan vital como la supervivencia.

Mientras la mayoría de las personas en la isla comenzaban a desesperarse por la futura falta de alimento, y buscaban la manera de encontrar nuevos tubérculos, raíces o incluso insectos de los cuales pudieran alimentarse, el joven científico pronunció una teoría provocadora:

“Pienso que estos frutos no son venenosos”.

El presidente de la Asociación de Vendedores de Zapatos explotó fastidiado:

“Otra vez con lo mismo. Ya hemos discutido el tema. Los frutos son venenosos, todos los que los comieron murieron, esa es la verdad. No pueden conducirse en la vida cuestionando a cada paso la verdad. Si le hubiésemos hecho caso al presidente de vuestra asociación estaríamos todos muertos. No cuestionen más lo que ya se ha demostrado”.

El joven científico realizó algunas experimentaciones sobre los frutos, y luego enunció el complemento de su teoría:

“El fruto no es venenoso, lo que ocurre es que habitualmente está cubierto por unas bacterias que sí lo son. De modo que si lo lavan cuidadosamente no sólo no produce la muerte, sino que tiene grandes propiedades nutritivas que permitirán que sobrevivamos en la isla”.

El modo que encontró para corroborar su teoría fue empírico: delante de todos tomó un fruto, lo lavó, lo comió, y no sufrió ningún trastorno.

El presidente de la Sociedad  Científica pareció rejuvenecer de pronto. Frente a todo aquél que lo quisiera escuchar, repitió que esa era una demostración de las falencias del método inductivo, y que nunca se puede ser tan pretencioso como para afirmar que algo es cierto, como erróneamente habían sostenido quienes entendieron que el vegetal era venenoso. En todo caso, el método de ensayo y error sólo sirve para demostrar el error de una teoría, pero no su verdad.

El presidente de la Asociación de Vendedores de Zapatos pareció muy confundido al principio. Al igual que otros vendedores evitó comer de ese fruto durante algún tiempo, pero al ver que nadie más moría y que no quedaba otra comida para saciar el hambre, finalmente lo consumió.

Gracias a ello, la comunidad en la isla logró subsistir los siguientes dos meses, que transcurrieron hasta que un barco mercante los rescató, devolviéndolos a su ciudad. Ninguna de esas personas volvió a ser la misma que antes de esa experiencia, y sobre todo, ninguna de ellas volvió a tener la misma concepción de la realidad y el conocimiento que tenía antes de su aventura.

Pienso que este breve cuento puede ser ilustrativo para explicar el punto al que quiero llegar.

Los vendedores de zapatos del cuento probablemente hayan sido lectores de Ayn Rand, mientras que los científicos adoraban a Popper; pero es probable que ninguno de los dos haya comprendido cabalmente su pensamiento.

Los hombres necesitan un parámetro de certidumbre dentro del cuál tomar sus decisiones cotidianas. Esto incluye a los científicos, como reconoce la cita de David Hume hecha más arriba. 

Los miles de decisiones diarias son tomadas sobre la base de esa certidumbre, que por supuesto está elaborada en el contexto de la falibilidad y no omnisciencia propia del hombre; es el concepto “contextual” de certeza al que aludió Ayn Rand, o el máximo grado de verosimilitud o correspondencia con los hechos descripto por Popper, adoptando la “verdad” con minúsculas de Tarski.

Por otra parte, es posible advertir que en el trato diario, probablemente la información proveniente de la percepción sensorial y el conocimiento obtenido a través de inducción sean los medios más comunes de obtener conocimiento y basar en él nuestras decisiones inmediatas.

Ni el más furioso enemigo del método inductivo decidirá bajar de un décimo piso saltando por la azotea, despreciando el ascensor, como modo de desafiar la ley de gravedad, nacida de la observación empírica y la inducción. Probablemente tampoco desdeñe la información obtenida por la percepción sensorial, en el sentido de que el para-golpes de un automóvil es más duro que el cuerpo humano, y tendrá cuidado al cruzar la calle.

De ese modo se comportaron las personas que llegaron a la isla desierta, observaron, hicieron comprobaciones empíricas, establecieron rangos de verosimilitud respecto de sus observaciones, y adecuaron su conducta a aquello que tuvieron por “cierto”. Ello les permitió sobrevivir, no sólo a los vendedores de zapatos, sino también a los científicos, aún cuando renegaran del método inductivo y del conocimiento perceptual.

En el estándar de conocimiento de los habitantes de la isla, la afirmación de que los frutos eran venenosos era “verdad”, en el sentido de que toda la evidencia disponible indicaba que ello era así, y no se disponía de ninguna evidencia que indicara lo contrario. En la medida en que se hicieran todos los esfuerzos en la búsqueda de evidencia, y se llegara al mismo resultado, la afirmación seguía siendo verdadera.

Pero el contexto de lo que es verdadero debe adecuarse en la medida en que el conocimiento disponible cambia. Se avanza en el conocimiento de un modo evolutivo. La afirmación verdadera de que “los frutos son venenosos”, fue sustituida entonces por la afirmación verdadera de que “los frutos están cubiertos por una bacteria venenosa”, nueva verdad que evoluciona desde la anterior.

Es precisamente la tarea del científico hacer que el acercamiento la verdad sea más preciso, operando sobre el contexto, desafiando el conocimiento actual al someterlo al testeo de nuevas teorías. Ello permite un conocimiento más acabado, más verosímil, siguiendo un criterio de razonamiento crítico sobre aquello que al día de hoy se tiene como cierto, sobre la base de establecer conjeturas y refutaciones.

VI. Conclusión

Con lo dicho hasta aquí no quiero sugerir que haya una forma de razonamiento para el hombre común y otra para el científico: quiero decir que todos, hombres comunes o científicos profesionales, debemos seguir un método de “razón” o “razón crítica” como guía de nuestras vidas, que nos lleva a comportarnos de un modo determinado de acuerdo con el problema que estemos enfrentando: básicamente si enfrentamos un problema actual

o un dilema futuro. Pienso que esto es lo que Ayn Rand y Karl Popper hicieron, enfocados cada uno de ellos en aspectos distintos de la supervivencia humana.

Es que la propia actitud racional o crítica debe abarcar el examen del tipo de problema con el que estamos lidiando, y probablemente eso es lo que Hume quiso transmitirnos en los párrafos antes citados.     

Entiendo que las pautas fundamentales de este método de “razón” o “razón crítica”, pueden resumirse del modo siguiente:

a) El reconocimiento de la realidad, que es la base de cualquier pretensión o discusión sobre el conocimiento.

b) El reconocimiento de la falibilidad humana, que es el punto de partida para la búsqueda de la verdad.

c) El reconocimiento del uso de la razón crítica como método para adquirir conocimiento.

d) La importancia de la adquisición de conocimiento, el reconocimiento de su carácter contextual y, por ende, su constante evolución.

e) La necesidad de un criterio de “certeza” o “máxima verosimilitud” que contemple el contexto establecido a partir de los puntos anteriores, sobre la base del cual se puedan tomar decisiones inmediatas.

f) La necesidad del constante testeo del conocimiento actual, con el propósito de mejorar el contexto de verdad en el futuro.

g) El valor moral de la “racionalidad” o el principio ético de la búsqueda de la verdad a través del “razonamiento crítico”, que impulse al hombre a mejorar constantemente la cantidad y calidad de su conocimiento en una evolución hacia la búsqueda de la verdad.

Sobre estos puntos pienso que existen bastantes coincidencias entre Ayn Rand y Popper, y que a partir de ellos se podría sintetizar la base de una teoría del conocimiento que los abarque a ambos.

 

 

 

Referencias 

I. Ayn Rand

FNI For the New Intellectual, New American Library, 1961.
CUI Capitalism: the unknown ideal, New American Library, 1962.
ITOE Introduction to objectivist epistemology, New American Library, 1966.
VOS The Virtue of Selfishness, versión en español: La Virtud del Egoísmo, Ed. Plastygraf, 1985.
TARL The Ayn Rand Lexicon,
PWNI Philosophy: who needs it, Bobbs-Merrill, 1982.
ARL Ayn Rand Letter.
OPAR Objectivism: The philosophy of Ayn Rand, by Leonard Peikoff.

II. Karl Popper

C&R  Conjeturas y Refutaciones, Ed. Paidos, 1991.
PW Parmenides World, Trad.
Español: El mundo de Parménides.
SAUA Sociedad Abierta, Universo Abierto, Tecnos, 1983.

* Ricardo Manuel Rojas es abogado. Juez del Tribunal Oral en lo Criminal nº 24 de Capital Federal. Miembro del Consejo Directivo de ESEADE y de la Fundación Hayek. Profesor de Análisis Institucional en ESEADE y de Análisis Económico del Derecho Penal en la Maestría en Derecho y Economía de la UBA.

 

Ayn Rand y Karl Popper sobre el conocimiento: ¿Es posible encontrar un punto de conexión? es publicado en Eleuthería con permiso de su autor Ricardo Manuel Rojas.  El artículo fue publicado originalmente en la revista Libertas. Año XXI, No. 40, mayo de 2004.



[1] Quiero agradecer especialmente las valiosas enseñanzas y comentarios de Gabriel Zanotti sobre algunos aspectos de este trabajo. Por supuesto que él no tiene responsabilidad alguna sobre su contenido.

[2] Alfred Tarski, Logic, Semantics and Metamathematics, 1956, p. 153; citado en C&R, p. 52).

[3] Friederich Hayek, Individualismo: verdadero o falso, CDEL, 1968, p. 23-24.

[4] La noción de “razón” que ambos usan es compatible con el individualismo metodológico del cual el propio Popper es considerado un precursor moderno.

[5] Señalaba Mises al respecto: “La acción humana es siempre racional. El hablar de ‘acción racional’ supone incurrir en evidente pleonasmo y, por tanto, debe rechazarse tal expresión. Aplicados a los fines últimos de la acción, los términos racional e irracional no son apropiados y carecen de sentido” (La Acción Humana, Unión Editorial, Madrid, 1980, p. 45-46).

[6] David Hume, Tratado de la Naturaleza Humana, Ed. Tecnos, Madrid, 1998, p. 270-271.

[7] Op. cit., p. 271-272. Las negritas son mías.