DISCURSO PARA EL ACTO

DE ENTREGA DE DISTINCIONES ACADEMICAS

 

Giancarlo Ibárgüen S.*

 

 

Pudo haber sido cualquiera de ustedes...  Cuando tenía ocho o nueve años asistió a un acto como este, en esta misma Universidad, una noche como esta...  Acompañaba a sus padres.  Si estuvo atento durante todo el acto, no lo sé,  pero él sabía que se trataba de algo extraordinario.  Ansiaba que algún día sus padres lo vieran aquí,  en este podio,  recibiendo la máxima calificación que puede otorgarse en una graduación académica de la Universidad Francisco Marroquín.  ¿Qué pensaría hoy ese niño, comprobando que, adulto ya,  conseguía despertar victorioso de uno  de sus sueños más preciados?

 

Esta noche reconocemos sus méritos académicos y celebramos su éxito en compañía de sus familiares y amigos.  Hoy se hace público lo que, durante lentos y duros años, todos ustedes acariciaron en secreto.  Se les reconoce como los mejores entre el selecto alumnado de la Universidad Francisco Marroquín.  Ustedes son hombres y mujeres “excelentes”, como decía Ortega y Gasset, y me permito subrayar este calificativo.   Ustedes se miden según una norma que está más allá de lo mediocre y lo ordinario.  Ustedes han descubierto que vale la pena ser exigentes con ustedes mismos.   

 

Han dedicado largas horas a pensar, leer, discutir y escuchar.  El aprendizaje es un arduo trabajo.  Este es su merecido fruto, su justa recompensa.  Su conducta es, a los ojos esperanzados de otros niños y jóvenes a quienes aún les queda camino por recorrer, un ejemplo para que los imiten y sigan.  Para el Consejo Directivo de la UFM ustedes constituyen el símbolo vivo de la excelencia académica,  con la que todos estamos empeñados  en esta casa de estudios.

 

Porque “[e]n la UFM entendemos por excelencia una calidad superior que hace a las personas dignas de singular aprecio o estimación.  Y, por excelencia académica, la calidad de ideas, principios y actuaciones de quienes, como profesores o alumnos, se sitúan habitualmente por encima del simple cumplimiento material y rutinario de su deber, constituyendo ante todos un ejemplo de vida coherente.  La excelencia así entendida solo es posible en un marco de libertad, competencia y respeto”.

 

Tristemente, la mayor parte de los hombres son indiferentes a la excelencia.  Su vida es pura reacción.  No toman iniciativas.  Obran a merced de sus necesidades y hasta prefieren dejar que otros piensen y decidan por ellos.  Su vida es pura rutina.  Lo trascendente  es ajeno a sus preocupaciones.  Para ellos, filosofar sobre los principios de la civilización que se está desarrollando en Occidente es una pérdida de tiempo. La libertad, la paz y la justicia los tienen  sin cuidado.

 

Pero ustedes, que son excelentes, no pueden ignorar los principios de nuestra civilización.  Deben vivir en “perpetua tensión”, como diría Ortega y Gasset: como una flecha dispuesta siempre a salir lanzada en busca del blanco.   Mantener viva la civilización actual exige el mayor y el mejor esfuerzo de un selecto grupo de hombres y mujeres como ustedes,  para poner lo más en alto posible  la bandera de los principios éticos, jurídicos y económicos de una sociedad de personas libres y responsables. A ustedes les corresponde, como en su momento  lo hicieron por ustedes sus padres y recientemente su Universidad -su alma máter-  transmitir directamente a los demás el asombro y la admiración por lo que de verdad vale la pena, y seguir dando ejemplo, contra todo y a pesar de todo.

 

Un gran politólogo y escritor norteamericano de la primera mitad del s. XX  -admirador, por cierto, del “profesor” Ortega y Gasset– solía contar la historia de Isaías, el profeta, y el remanente.  El remanente es aquello que queda de algo.   Isaías dice en 6.11 y 6.13: “¿Hasta cuando, Señor? Y Dios respondió: Hasta que las ciudades estén asoladas y sin morador, y no haya hombre en las casas, y la tierra esté hecha un desierto...[y] si quedare aún en ella la décima parte, ésta volverá a ser destruida; pero como el roble y la encina, de los que al ser cortados aún queda el tronco, así será el tronco, la simiente santa”. 

 

Lo que nos dice Isaías es que del tronco que queda después de cortado el árbol surgirá una civilización nueva.   Cada generación debe renovar la civilización. Y ese es trabajo de pocos –del remanente–  que, como ustedes, buscan la excelencia y defienden sus principios.  Ustedes son los encinos y los robles de la civilización occidental,  que fertilizan su vida desde principios firmes y duraderos. Ustedes son el tronco de la vid, del que  reiteradamente brotará la vida misma, el amor por la libertad, el respeto a la propiedad, la observancia de la justicia y de todos los derechos individuales.

 

Pregúntense ahora si son el retoño de sus padres,  cuyo reconocimiento y amor buscan, como aquel niño de ocho o nueve años que una noche como esta asistió a un acto similar a este.  En otro plano, esta Universidad es como una madre para ustedes, su alma máter.  Quienes ahora estamos constituidos en autoridades de la misma nos sentiríamos sumamente complacidos, si todos, o por lo menos algunos de ustedes, asumen como  ideal ser “profesores” de la vida,  dispuestos a inculcar y transmitir la admiración y el  respeto por los valores de la civilización de Occidente dondequiera que se hallen.  Si logramos esto en la Universidad, le habremos encontrado su sentido a la comparación profética del “remanente” y, al menos por ahora, habremos visto cumplida nuestra misión.

 

 

* Giancarlo Ibárgüen S. es rector de la Universidad Francisco Marroquín y Presidente del Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES) y miembro de la Sociedad Mont Pelerin.