Padres y madres,

y otros disparates

Luis Figueroa*

 

Como cizaña en trigal descuidado se han multiplicado las propuestas disparatadas de modificar el Himno Nacional.  Yo le temo al día en el que cantemos: “Nuestros padres y madres lucharon un día/ Encendidos y encendidas en patrio ardimiento”. Los columnistas Pablo Rodas Martini[1] y Fernando González Davison[2], entre otros, se cuentan entre los promotores de los cambios en el Himno.

 

Yo entiendo la dificultad que tenemos muchos para identificarnos con el Estado de Guatemala.  Por ejemplo, encuentro difícil identificarme con una sociedad que cree que unos les deben pagar sus aficiones e intereses a otros.

 

Para ilustrar aquello veamos: el martes 14 de septiembre de 2004, en la sección de cartas de los lectores de Prensa Libre, Héctor Cardona, seguramente encendido en patrio ardimiento, pidió que el Gobierno organizara un concierto con 30 marimbas en la Plaza de la Constitución. Supongo que, como a mí, a él le gusta la marimba.  De hecho cuando me despierta mi despertador, lo hace en una radio que transmite música de marimba.

 

Como un conjunto de marimba cuesta poco más o menos Q4,600[3] por cinco horas, aquella pretensión tendría un costo mínimo de Q138,000 sólo en el rubro de músicos. A ello le faltaría agregar la seguridad, la publicidad, toldos, inodoros portátiles, equipos de sonido, y cosas así.

 

No es valido suponer que si las marimbas que tocaran fueran del gobierno no tendrían costo alguno.  Es un hecho que los sueldos de los músicos y el mantenimiento de los instrumentos, así como su transporte, están contemplados en el presupuesto de la nación; y los paga usted, con sus impuestos.  Recuerde que no hay tal cosa como un almuerzo gratis.

 

Tampoco es válido decir que aquella debería ser una función del Estado, porque entonces se confirma mi hipótesis.  Es decir, que hay unos que usan al Estado para conseguir lo que quieren, a costa de otros[4].  Es difícil, entonces, identificarse con semejantes antivalores.  Peor aún si se extienden a casi todas las líneas de intereses.

 

Y lo malo no es sólo que unos paguen sus intereses con el trabajo de otros; sino que los recursos escasos, que no se usan para cosas importantes como para que haya seguridad en las calles, o empleo en el área chortí[5], se empleen en satisfacer vanidades.

 

Y como de disparates se trata, aquí va otro: Colin Powel acusa a Guatemala de ser negligente con la religiosidad de los pueblos indígenas[6].  Curiosa acusación de un funcionario cuyo país, hasta hace poco, sentaba a sus negros en la parte de atrás de los autobuses y que construyó una pared para que no entren los latinoamericanos, o que rechaza con puritanismo el vicio del juego y la corrupción de los casinos, ¡excepto! en sus reservaciones indígenas.

 

 La dirigencia indígena tiene la culpa de este desatino.  Felipe Gómez sostiene que “cualquier católico o evangélico tiene acceso a los lugares de culto, pero los mayas deben pedir permiso y en ocasiones pagar por ingresar a ellas”[7]

 

Pasa por alto, claro, que los templos católicos y evangélicos son propiedad privada y que sus propietarios pueden abrirlos gratuitamente al público, si quieren, porque obtienen, de otras formas, los recursos para su mantenimiento.  En cambio, los sitios arqueológicos, siendo propiedad colectiva, no tienen fuentes de ingresos para su conservación.

 

Dice Powel que “la excesiva afluencia de turistas a lugares sagrados es una intromisión en la espiritualidad maya”. Sugiero, entonces, (¿para añadir al disparate?) que los sitios arqueológicos sean privatizados y que los compren sociedades anónimas mayas para que los administren como quieran. 

 

Eso sí, no olvidemos que los mayas “no eran teocracias pacíficas.  La guerra constante y la captura de cautivos prominentes (para ejecutarlos luego de prolongadas degradación y tortura) era el nombre de su juego”[8] y que “los aztecas han tenido mala prensa por su afición por los sacrificios humanos; pero ciertamente nunca les inflingieron a sus víctimas la tortura y la mutilación características de los sacrificios mayas”[9]. En los murales de Bonampak vemos como “el sacrificio del corazón fue la causa última de la muerte de este cautivo, pero las marcas de cortes en su cuerpo nos informan de que aquel fue precedido por la tortura.  En contraste, la rápida, deliberada extracción del corazón que practicaban los aztecas puede ser considerada como un acto misericordioso”[10].

 

Como hoy estamos en disparates pregunto: Si los mayas aprovecharan la desincorporación de los activos arqueológicos y les restituyeran su carácter sagrado, ¿cómo serían sus ceremonias? ¿Destriparían vivas centenares de gallinas como ocurre actualmente en Iximché?[11], o ¿Regresarían, en purismo cultural, a derramamientos de sangre como el descrito en el dintel 24 de Yaxchilan, en el que una mujer se atraviesa la lengua con un lazo con espinas?[12]

 

*Luis Figueroa es columnista de Prensa Libre y profesor auxiliar de Filosofía Social en la Universidad Francisco Marroquín.

 



[1] El Periódico, 10 de septiembre de 2004, página 15.

[2] Sigo Veintiuno, 16 de septiembre de 2004, página 14.

[3] Unos US$581, en septiembre de 2004.

[4] Ya lo había dicho Federico Bastiat (1801-1850): “El Estado es la gran ficción por medio de la cual todo el mundo intenta vivir a expensas de los demás”.

[5] Menciono el área chortí, en el oriente guatemalteco, porque los medios de comunicación han hecho reciente alusión al hambre y la falta de oportunidades en esa región; empero, las oportunidades de trabajo escasean en todo el país porque no hay suficiente inversión de capital. 

[6] Prensa Libre, 16 de septiembre de 2004, página 3

[7] Idem.

[8] Linda Schele y Mary Ellen Miller. The Blood of Kings. Kimbel Art Museum, 1988. P. 3

[9] Idem. P. 4

[10] Idem. P. 217

[11] “Mientras que uno de los sacerdotes invocaba a Dios, a Satanás y al emperador, una sacerdotisa le pasaba un gallo por el cuerpo a una señora de edad mediana, y otro chamán rociaba con guaro a tres hombres. Esa fue mi primera experiencia en ceremonias mayas… Del acto me llamaron la atención dos cosas: La primera fue que después de mucho whisky, candelas, miel y hierbas, la sacerdotisa (con ayuda de una niña) descabezó al gallo, le arrancó las alas, le abrió el pecho y le sacó el corazón, para luego esparcir la sangre del ave; y la segunda, fue que sus dos colegas llevaban sendos celulares al cinto.
Pasado el shock de haber visto la forma cruenta en que el pobre gallo pagaba el pato por las necesidades espirituales y materiales de la dama que era sometida a la ceremonia, mi atención se centró en los teléfonos móviles”.  Vi esto, con mis propios ojos en noviembre de 2001; y el relato lo incluí en mi columna Carpe Diem, que entonces era publicada en el diario Siglo Veintiuno.

[12] La escena a la que me refiero está en el Dintel 24 de Yaxchilán.  La Señora Xoc es la esposa de Escudo Jaguar; y ella es quien se tortura a sí misma. En el Dintel 17, de la misma ciudad hay otra escena parecida; pero la protagonista es la Señora Balam-Ix, una generación después que la Señora Xoc.  Uno podría pensar que estas prácticas eran exclusivas de Yaxchilán; pero no, hay escenas horriblemente cruentas en Bonampak y Copán, por ejemplo.  Es decir, a todo lo ancho de la región maya.