K´ulantun winaq

Luis Figueroa*[i]

 

Según un mito tzutujil, los K´ulantun winaq son hechiceros cuyas costumbres malignas no tenían límites.  Cuenta la tradición que, antes de nacer, el Niño Jesús le advirtió a la Virgen María que no confiara en nadie porque los K´ulantun winaq andaban por ahí hambrientos de él.

 

El mito de los K´ulantun winaq seguramente tiene relación directa con las historias de temidos robos de niños para sacrificios, entre los indígenas; y según la leyenda, que posiblemente fue inventada por los franciscanos que cristianizaron a los tzutujiles, Jesús vino al mundo para acabar con aquellos hechiceros. 

 

Quinientos años después del que pudo haber sido el origen de aquel relato, los niños siguen siendo las víctimas.  Pero ahora, se les sacrifica en el altar de la política hipócrita y en el ara de los intereses mezquinos.

 

En medio de mentiras, como la de que la adopción no estaba regulada en Guatemala; y en medio de exageraciones como la de que eran innumerables los robos de niños para darlos en adopción los K´ulantun winaq del siglo XXI consiguieron una ley que centralizó los procesos de adopción y le dio el monopolio de los mismos a un Consejo Nacional de Adopciones.

 

En la mente de los burócratas y de los políticos aviesos, así como en las mentes de la personas de entendimiento modesto,  con centralizar y burocratizar los procesos de adopción, todos aquellos iban a ser transparentes e iban a beneficiar a los niños. 

 

¡Por supuesto que eso ni es así, ni va a hacer así!  Lo primero que ocurrió con el recién creado Consejo es que se hizo evidente que es un botín político.  Y si sólo se tratara de pipoldermos* peleándose por un hueso ¿a quién le importaría? Empero, lo que está en juego, aquí, son las vidas de miles de niños. 

 

Para hacer la historia corta, esto es lo que ha estado pasando:  la anterior administración nombró a sus tres zares para el Consejo, a pocos días de tener que dejar el poder.  La administración socialdemócrata, consciente de que el Consejo es una fuente de poder y de plata, quiere imponer a sus propios zares.  El Ejecutivo retiene los $1.3 millones de presupuesto que tiene asignado el CNA.  Más de dos mil niños, que estaban en vías de conseguir padres, ahora están en el limbo.  Los K´ulantun winaq (en sus embajadas, en sus ONG y en sus oficinas mugrosas) se deben estar relamiendo.

 

Por mi parte, creo que la administración tiene derecho a imponer sus zares en el Consejo porque dichos puestos no fueron diseñados como la presidencia de la Junta Monetaria, o la jefatura del Ministerio Público.  Estos últimos puestos no deben coincidir con los períodos constitucionales de la presidencia de la República porque así lo manda la ley.  Sin embargo, el CNA es un órgano colegiado cualquiera y, en ley, nada impide que los pipoldermos de turno nombre en él a los suyos.  Además conviene que así sea para que luego no se diga que el trabajo del Consejo perjudica a los niños y que es un fracaso rotundo “porque es dirigido por gente ajena”. 

 

Lo del presupuesto merece atención aparte porque ¡es una vileza!  Para los niños que sueñan con tener familia, los pleitos entre pipoldermos son crueles.  Es de desalmados estrechar el cuello de botella que es el CNA, hasta el punto de cerrarlo completamente por falta de recursos para operar.  Ya es repugnante que los procesos de adopción estén monopolizados y centralizados en el citado Consejo, como para que encima la mezquindad de los intereses bajos ocasione que los niños tengan que esperar más, y más, y más.

 

Este es sólo el principio.  Estas son sólo unas de las primeras consecuencias “imprevistas” de la nueva ley de adopciones.  Ley  que K´ulantunes y pipoldermos generaron y aprobaron con el aplauso cómplice y con la inacción de muchos.  Lo que cabe ahora, es reconocer que hubo un error y descentralizar y desmonopolizar los procesos de adopción.

 



* Profesor de Filosofía Social en la Universidad Francisco Marroquín, Guatemala y autor de http://luisfi61.blogspot.com

*Pipoldermos: pícaros políticos que temporalmente detentan el poder.