La sanción de la víctima

Luis Figueroa*

 

Una víctima sanciona, aprueba o autoriza su victimización cuando colabora con su victimario. 

 

El cliente al que no le incomoda que le vendan libras de 14 onzas, le da su aprobación al estafador.  El trabajador que cree inevitable la presión del sindicato, le da su autorización al chantajista.  El tributario que se ve a sí mismo como contribuyente, sanciona la expoliación a la que es sometido.

 

En el discurso de John Galt, Ayn Rand escribió: “Comprendí que llega un punto, en la derrota de todo ser virtuoso, en que su consentimiento es necesario para que el mal triunfe…y que ningún tipo de daño que le hagan los demás puede tener éxito si él decide negar su consentimiento.  Comprendí que podía poner fin a sus atropellos pronunciando una simple palabra en mi mente. La pronuncié. La palabra es: No[1]”. 

 

La sanción de la víctima ocurre cuando aquella está dispuesta a sufrir en manos del mal, y a aceptar su papel de objeto de sacrificio, sólo por el “pecado” de haber creado valores[2], explica Leonard Peikoff; y eso es lo que le pasa al empresario que cede ante la idea de que su responsabilidad social va más allá de la de generar ganancias.

 

En La buena empresa, estudio sobre la responsabilidad social corporativa, publicado por The Economist y disponible, en español, en el Centro de Estudios Económico-Sociales (teléfono 2338-7828), se explica correctamente que la Responsabilidad Social Empresarial es “el tributo que el capitalismo universal rinde a la virtud[3]”.

 

Aprovechando una desconfianza generalizada en el capitalismo, “se ha logrado que las compañías se responsabilicen, poniendo en evidencia a aquellas que, de manera especial, atentaban contra los principios de la responsabilidad social de las empresas y movilizando en su contra a la opinión pública y a una prensa casi universalmente receptiva.  A nivel ideológico, al menos, el mundo corporativo se ha rendido y se ha pasado al otro bando[4]”.

 

A la sombra de la RSE han surgido empresas consultoras para asesorar a las compañías.  Lo que antes eran buenas y razonables prácticas de administración y de relaciones públicas, ahora se ha convertido en industrias en sí mismas.  Y los que se creen beneficiarios de la RSE, o sea un montón de asociaciones de caridad, de ONG y de integrantes de la llamada sociedad civil, pronto empezarán a hacer crecer sus demandas. 

 

Por lo pronto, el presidente Berger, en el III Foro sobre RSE ya fue a decirles a los empresarios “socialmente responsables” que deben pagar más impuestos[5].  ¿Cuánto tiempo tardarla, la RSE, en convertirse en la barrera no arancelaria de moda?

 

El problema de fondo, sin embargo, es que la RSE abona la idea de que si el empresario ha de tener ganancias, por lo menos debe compartirlas responsablemente.  En el marco de la RSE, la virtud no reside en crear valor, o en ser honesto.  Reside en “devolverle algo a la comunidad”; y aquella idea no es nueva.  Viene de una larga tradición que no sólo busca mejorar las instituciones, las leyes, y el bienestar material; sino que buscan mejorar a las personas.  Como ha dicho P.J. O´Rourke, “ser generoso con las minorías y con los pobres no es suficiente; ahora hay que identificarse con los oprimidos.  El cuidado apropiado de los recursos naturales ya no es adecuado; ahora hay que ser sensitivo con el ambiente[6]”.

 

Aquella tradición perversa no quiere un mundo de gente con mejores vidas.  Quiere la vida en un mundo con mejor gente y para hacer mejor gente se requiere del poder de Dios, y de algo más[7], advierte O´Rourke.

 

En el contexto de la RSE, el empresario honesto que sirve a los consumidores, que mantiene buenas relaciones con sus proveedores, y que motiva a los trabajadores para obtener mejores rendimientos de su capital, ya no es un benefactor de la humanidad si no se adhiere a las nuevas exigencias.  Ese empresario, que debería ser tenido por heroico, resulta siendo una víctima que, al no atreverse a decir No, se convierte en culpable y sanciona el actuar de sus victimarios.

 

 

 

 

 

 

*Luis Figueroa es columnista del diario Prensa Libre y miembro del Seminario de Filosofía de la Universidad Francisco Marroquín.

 

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[1] Ayn Rand. La rebelión de Atlas. Grito Sagrado, Buenos Aires, 2003. P. 1124 y 1125

[2] Leonard Peikoff.  Objectivism: The Philosophy of Ayn Rand. Dutton, 1991. Pp. 333-334

[3] La Buena empresa, estudio sobre la responsabilidad social corporativa. The Economist y Universidad Francisco Marroquín, Guatemala, 2006. P. 1

[4] Ibidem. P. 2

[5] Prensa Libre, 24 de agosto de 2006. P. 20

[6] Michael K. Deaver, Ed. Why I am a Reagan Conservative. P. J. O´Rourke. The Shocking Convictions and Astonishing Grabbiness of the Left. Harper Collins, New York, 2005. P. 69

[7] Michael K. Deaver, Ed. Op. Cit. P. 70