Filosofía Británica: David Hume

 

Raúl Morales Baten

 

 

 

 

                                                            INTRODUCCIÓN

 

            Antes de estudiar la “Filosofía británica”, como indica el título de este seminario, considero necesario hacer la distinción entre Filosofía expresada en lenguaje inglés, Filosofía inglesa y Filosofía británica de hoy, porque generalmente es difícil distinguirlas. En la primera, se involucra la filosofía de todos los países que tienen como idioma oficial el inglés; en la segunda, la Filosofía inglesa, se incluye la filosofía de Inglaterra que comenzó con Adelardo de Bath (c. 1080- c.1145), las filosofías de Escocia, de Irlanda y de Estados Unidos de América en su época colonial. La tercera, la Filosofía británica de hoy, es la filosofía actual de la Gran Bretaña, que “se encuentra firmemente inserta en la tradición de la filosofía analítica, una tradición compartida con Norteamérica, Sudáfrica y Australia (y algunos países europeos, sobre todo Alemania y Austria)”. Al instituirse que a este seminario concierne el “estudio del pensamiento de John Locke, David Hume, Adam Smith, Edmund Burke o Adam Ferguson”, concluimos que corresponde el periodo de la Filosofía inglesa.

            Al respecto, la Enciclopedia Oxford de Filosofía (2008: 600) indica: “La filosofía inglesa comienza propiamente con Adelardo de Bath (c. 1080- c.1145), expositor de la ciencia árabe, traductor de Euclides y autor de un tratado sobre el problema de los universales. Este tópico había sido instalado en el centro de la discusión filosófica por los franceses Guillermo de Champeaux, Roscellino y Abelardo. Con Juan de Salisbury (1115-1180) se registra el impacto de los redescubiertos escritos de Aristóteles.

            »Armonizar las doctrinas de Aristóteles con las creencias cristianas se convirtió en un proyecto dominante entre los filósofos medievales; proyecto desalentador, puesto que Aristóteles pensaba que el mundo no había tenido comienzo, y no era creado por tanto, y que sólo el «intelecto agente», una pequeña e impersonal parte del alma, sobrevivía a la muerte. La reconciliación planeada fue sistemática y gloriosamente efectuada por Tomás de Aquino en el tercer cuarto del siglo XIII. Una adhesión más conservadora a la posición opuesta y más espiritual de la filosofía neoplatónica de San Agustín era la norma casi universal en Inglaterra durante este periodo: en Alejandro de Hales (c. 1178-1245), el maestro de San Buenaventura, que acaudilló el movimiento antiaristotélico en Francia, en Roberto Grosseteste (c. 1175-1273), el primer gran filósofo de Oxford, autor de grandes contribuciones a la ciencia natural, y en su rebelde discípulo Roger Bacon (1220-1292), que consideró el experimento y la matemática como herramientas esenciales para el conocimiento natural”.

            Hay que hacer notar que algunos textos consideran que la Filosofía inglesa se inició con Roger Bacon, fraile franciscano conocido como Doctor Mirabilis (Doctor Maravilloso), estudiante y profesor en Oxford y París, que consagró muchos años al estudio de filosofía y ciencia, en especial óptica y alquimia, considerando “el experimento y la matemática como herramientas esenciales para el conocimiento natural”, siendo uno de los primeros defensores del método científico basado en las obras de Platón y Aristóteles “a través de los principios científicos islámicos, como Avicena y Averroes”. Las obras de Bacon, trataron los campos de filosofía, teología y ciencia.

            Eudaldo Forment (204: 257) comenta sobre Roger Bacon: “Aplicando el método experimental y matemático, Bacon realizó varios experimentos, sobre todo, con lentes. Fueron muy conocidos sus estudios sobre el arco iris. En su Epístola de Secretis operibus artis et naturae, de una manera profética habla de las futuras adquisiciones científicas, con la aplicación del método matemático experimental aplicado a la naturaleza. Entre ellas, que los barcos se moverán por medios mecánicos, el vuelo por los aires con máquinas, los viajes al fondo de los mares, máquinas que levantarán enormes pesos, moverán puentes sin soportes y vehículos para viajar a gran velocidad”.

            En la Filosofía Inglesa, la mayoría de filósofos que se incluyen en la Alta Edad Media son franciscanos, entre ellos: el escocés John Duns Escoto (c. 1266-1308), llamado Doctor Subtilis (Doctor Sutil), uno de los más importantes filósofos medievales, de quien se conoce poco, al extremo que aún se discute si nació en Duns o en Maxton, estudió en Oxford, Cambridge y París; su pensamiento filosófico y teológico está unido con la primera escuela franciscana, pero inicia la segunda escuela al añadirle elementos nuevos a la primera como lo es la asunción del aristotelismo, haciendo que la filosofía de Aristóteles ocupe un lugar extremadamente preferencial, que lo hace criticar a Tomás de Aquino por ser distinto y opuesto al que planteaba el tomista, lo que condujo al incremento y  endurecimiento de la crítica del tomismo, lo que llevó al criticismo de Ockham.

            Guillermo de Ockham (c. 1285-1349), llamado Doctor Supersutil, franciscano inglés estudiante de Oxford, fue acusado de herejía en 1324 por el Papa Juan XXII, por sus comentarios a las Sentencias, y se le hizo un proceso en Aviñón que duró cuatro años, aunque no fue condenado. Por huir de ese lugar junto a tres franciscanos “espirituales” y buscar protección en Munich con el emperador Luis de Baviera, el Papa los excomulgó y en 1346 destituyó a Luis IV de Baviera. En Munich dejó de escribir sobre filosofía y teología y se dedicó a la política. Fue el creador del nominalismo, como respuesta al problema de los universales, y sostuvo que la fe y la razón son irreconciliables, y que cualquier intento de fundamentar racionalmente el dogma religioso acabaría por destruirlo. Ockham, un precursor del empirismo, indicaba que todo el conocimiento natural provenía de la consciencia sensorial directa. Junto a Escoto, sostuvo que la generalidad es característica del lenguaje y “limitaron el alcance de la razón al afirmar la absoluta libertad  de la voluntad infinitamente poderosa de Dios”.

            Eudaldo Forment (204: 353) comenta: “En la tormentosa vida de Guillermo de Ockham y en su obra escrita, con la que se convierte en el máximo representante del nominalismo, se ha visto un precedente de la modernidad, de la secularización moderna o de la separación de la autoridad eclesiástica y religiosa. En el orden especulativo, Ockham representaría la autonomía de la filosofía frente a la teología. Sin embargo, en este aspecto, parece más cercano a la realidad el considerarle como un teólogo que, pretendiendo seguir a san Agustín, rechaza la metafísica medieval antigua de las esencias universales, porque la ve como un peligro para defender la omnipotencia y libertad de Dios”.

             Después de siglo y medio de desarrollo, la filosofía inglesa entró en un letargo por doscientos años, hasta que John Wyclif (c. 1320-1384), teólogo y reformador inglés que enseñó teología en Oxford, con sus posturas eclesiásticas y políticas parecidas al protestantismo, pues negaba la autoridad papal sobre el poder real y sólo aceptaba la suprema autoridad de las Sagradas Escrituras, hizo que la sequía intelectual fuera oficial y la filosofía permaneciera en silencio durante el siglo XV y “las luchas religiosas del primer período preisabelino de los Tudor, poco propicio igualmente para el pensar independiente”.

            Al reiniciarse en el Renacimiento el estudio de la filosofía en Inglaterra, surgieron los más grandes filósofos que dieron un giro a la filosofía mundial, entre ellos David Hume, considerado el principal y más grande escritor inglés, aunque “sus ensayos y sus obras de carácter histórico gozaron de gran apreciación, su filosofía no tuvo éxito en su país durante su vida y, aparte del escándalo que suscitaba por su reputación de heterodoxia teológica, no despertó un gran interés. Sí se considera hoy en día a Hume como el principal filósofo británico y, desde luego, como el escritor más importante de su época, se debe en gran parte a que sus teorías han nutrido, por decirlo así, al empirismo moderno. Hume ha ejercido, sin ningún género de dudas, una influencia decisiva sobre el pensamiento filosófico; pero si exceptuamos la influencia que ejerció su empirismo sobre el pensamiento de Kant, las más importantes manifestaciones de esta influencia han tenido lugar en el último periodo.” (Frederick Copleston, 2004: 332).

            Por lo anterior, el presente trabajo se ha basado en el pensamiento del mayor representante de la filosofía inglesa, David Hume —el más importante filósofo inglés y el último del gran triunvirato de empiristas británicos—, por ser uno de los considerados “clásicos”, es decir, “porque sus doctrinas influyeron e influyen de tal manera en la posteridad que, convertidas en hitos, han orientado y conformado en parte el desarrollo del pensar filosóficos”. Hay que hacer notar que con Hume culmina la Ilustración inglesa y la concepción empirista logra sistematizarse, llegando a todas las partes de la filosofía: a la teoría del conocimiento, a la ética, a la política, a la estética y a la filosofía de la religión.

            De David Hume, Johannes Hirschberger (2000: 129) comenta: “Con Hume alcanza el empirismo inglés su culminación doctrinal, y adquiere la acometividad revolucionaria que partirá de él. Locke había realizado un gran avance y fue propiamente el fundador de la escuela: pero, al tomar en consideración demasiados aspectos simultáneamente, acusa falta de consecuencia y carece de espíritu polémico. Ambas cosas tienen realidad plena en Hume. Su crítica es cortante y su voluntad de sistema ambiciosa. Hume rompe definitivamente con la tradición metafísica occidental, que va desde Heráclito hasta Leibniz, e inicia el movimiento que lleva a las modernas filosofías antimetafísicas. No es Kant sino Hume el verdadero creador de la llamada filosofía moderna; pues Hume es quien despertó a Kant de su sueño dogmático y es él quien, a diferencia de Kant, no dio marcha atrás en su positivismo, sino que erigió la pura facticidad en fuerza de valor sin limitaciones: la percepción sensible, el placer, la utilidad, en una palabra, el hombre solo, y el hombre bajo el solo aspecto de su condición espacio-temporal.

            »Téngase bien en cuenta este contraste; para los estoicos es la filosofía todavía la ciencia de las cosas divinas y humanas, como lo fue siempre para la antigüedad; para el medioevo es la ciencia de lo trascendente; en Hume la filosofía se contrae simplemente a una dimensión humana”.

REINICIO DE LA FILOSOFÍA INGLESA

 

            Con el ascenso del hombre para ocupar un lugar principal  en el universo y el regreso a la antigüedad clásica grecolatina durante los siglos XV y XVI, surgió el Renacimiento, segundo nacimiento del hombre (el regreso a la vida que había perdido tras la caída de Adán), que se configuró en dos aspectos básicos: “el florecimiento del humanismo, que implica una valoración del hombre por encima de cualquier otra realidad, y la adopción de la cultura clásica como modelo. Se produce un giro antropocéntrico que propicia el desarrollo de un saber secularizado, cuyo principal objetivo es el estudio de la naturaleza, otorgando una importancia creciente a la observación y a la experimentación Estas características favorecen la aparición de la ciencia moderna y de un pensamiento que cuenta entre sus más ilustres representantes con Nicolás de Cusa, Marsilio Ficino, Pietro Pomponazzi, Nicolás Maquiavelo, Francis Bacon, Montaigne, Tomás Moro, Giordano Bruno, Erasmo de Rótterdam, Martín Lutero, Nicolás Copérnico, Paracelso, Vesalio, Miguel Servet y Tartaglia.” (Enciclopedia Universal Santillama, 1996. 1365).

            En esta época, siglos XVI y XVII, comenzó a configurarse la Gran Bretaña, Inglaterra, Escocia y País de Gales, cuando la Reina Isabel I de Inglaterra (1558-1603) designo como su sucesor a Jacobo VI, rey de Escocia, convirtiéndolo así en Jacobo I de Inglaterra, realizando con esta designación, la unión de los dos reinos y la subida al trono inglés de la dinastía Estuardo, unión que fue oficial con la firma del Acta de 1707. “La dinastía Estuardo mantuvo continuos enfrentamientos con los parlamentos hasta 1649, año en que el rey Carlos I fue derrotado en la batalla de Preston. Tras lo que se estableció el régimen republicano de la Commonwealth y comenzó la dictadura de Oliver Cronwell, lord protector del reino. A su muerte se restauró la dinastía Estuardo con Carlos II, que combatió a los holandeses.” (Enciclopedia Universal Santillama, 1996: 1358). En este periodo destacaron los filósofos Francis Bacon (1561-1626), Thomas Hobbes (1588-1679), John Locke (1632-1704) y George Berkeley (1685-1753).

            Con respecto a Francis Bacon, filósofo inglés, la Enciclopedia Oxford de Filosofía (2008: 601) indica: “Francis Bacon (1561-1626) pudo haberse beneficiado de una cierta renovación de la vida filosófica en el Cambridge isabelino, pese al manifiesto desdén que mostró por el curso de sus estudios oficiales. Bacon proyectó un gigantesco esquema de renovación filosófica del cual llegó a completar tres cuartas partes: una crítica de las falsas filosofías —escolástica, humanidades y ocultismo— y de los obstáculos que hay en la humana naturaleza para la adquisición de conocimiento real; un detallado examen y clasificación de todas las disciplinas intelectuales actuales y posibles; y una nueva técnica para adquirir genuino conocimiento científico mediante la inducción eliminativa.”

 

PRECUSORES

 

            En la baja Edad Media, en el Reino Unido se fue desarrollando un movimiento filosófico que desembocó en lo que se denominó Empirismo (término que proviene del griego que significa experiencia), en contraposición del racionalismo característico de la filosofía continental. Ya en la Antigüedad, lo empírico se refería al conocimiento que los expertos en general obtenían a través de su experiencia obtenida en lo útil y técnico, lo que  contrastaba con al conocimiento teórico concebido como contemplación de la verdad al margen de cualquier utilidad, era independiente de la experiencia y constituía la Sabiduría. Los primeros en mantener una actitud empirista fueron los sofistas.

            Al nacer en Inglaterra el periodo fecundo de finales del siglo XVII a finales del siglo XVIII, que fue denominado Iluminismo, Ilustración o Época de las Luces, surgieron grandes filósofos, especialmente los representantes de empirismo ingles: John Locke, George Berkeley y David Hume, conocidos como el triunvirato de empiristas británicos, los que se convirtieron en la pieza clave de la filosofía inglesa y del desarrollo de la Ilustración. El empirismo moderno lo inició John Locke al dar los fundamentos, lo continuó George Berkeley con su empirismo inmaterialista, y el sistema del empirismo lo hizo David Hume,

            Francisco Larroyo, en el Estudio Introductivo del Tratado (David Hume, 2005: XV) comenta: “La filosofía de la Ilustración nace en Inglaterra. John Locke es su caudillo. Allí pudo desarrollarse gracias a un ambiente de tranquilidad política, terminado el periodo revolucionario, que culmina en la llamada Revolución incruenta (1688). Pierre Bayle es el pionero del Iluminismo francés, en el cual, por cierto, sobresale la crítica social y las corrientes des sensismo y materialismo. Leibniz, a su turno, inaugura la Ilustración alemana, conciliadora, en verdad, pero justo al tomar posición de manera relevante respecto de Locke y de Bayle”.

            La filosofía inglesa de la ilustración se basó en cinco ideas: el empirismo, el deismo, la moral naturalista, liberalismo y la francmasonería. El empirismo, tiene como centro el entendimiento humano, el que será la base de la problemática de la filosofía posterior; el deismo, la creencia en la divinidad que se manifiesta en la razón del hombre como religión natural “y no de un ser revelado históricamente, acaso de manera milagrosa”; la moral naturalista, que será “una moral independiente de cualquier religión positiva y de toda suerte de revelación sobrenatural”; el liberalismo, como una doctrina que demanda la defensa, organización y práctica de la libertad, y la francmasonería, formada por una comunidad secreta universal de “librepensadores de carácter filosófico, al servicio de una vida progresista, filantrópica, enemiga de prejuicios y supersticiones”. (Hume, 2005: XV)

            David Hume, economista, historiador y el más grande filósofo inglés, cuya filosofía desembocó en escepticismo, fue fuertemente influenciado por los dos empiristas que lo precedieron: John Locke (1632-1704) y George Berkeley (1685-1753), por varios escritores franceses entre ellos Pierre Bayle (1647-1706) y de intelectuales ingleses: Isaac Newton (1642-1727), Samuel Clarke (1675-1729) y Joseph Butler (1692-1752), Francis Hutcheson (1694-1746). Producto de esta influencia, Hume introduce el empirismo sistemático en la ética, la estética, en la filosofía de la religión y en la política, basado especialmente el la obra de Isaac Newton, es por eso el subtítulo del Tratado: Ensayo para introducir el método del razonamiento humano en los asuntos morales.

            Francisco Larroyo, (David Hume, 2005: XV) comenta: “En torno al tema de las cualidades primarias y secundarias puede hacerse la radiografía del tránsito que se opera de Locke a Hume, pasando por Berkeley. Locke rechazó la objetividad real de las cualidades secundarias (color, sabor…), pero no la de las cualidades primarias (extensión, movimiento…), si bien dando una noción de sustancia y de causa en nexo con su método psicológico. Berkeley da un paso adelante en este subjetivismo. Niega objetividad así a las cualidades secundarias como a las cualidades primarias. Hay más, impugna la existencia de la realidad corporal y la causalidad física. Sólo reconoce el ser de la sustancias espirituales (inmaterialismo). Hume, llevando a sus lógicas consecuencias el empirismo, que se atiene únicamente a cuanto procede de la experiencia (ya de manera inmediata, ya mediata), llega a la negación de toda sustancia (material y espiritual) y de cualquier especie de causalidad ontológica”-

DAVID HUME

 

            David Hume, cuyo apellido original Home lo cambió en 1734 porque en Escocia Home se pronunciaba Hume, nació el 7 de mayo de 1711 (el 26 de abril, según el antiguo calendario Juliano que fue remplazado en Inglaterra por el calendario Gregoriano el 2 de septiembre de 1752), en el norte de Lawmarket, Edimburgo, como segundo hijo de una familia presbiteriana que pertenecía a una rama menor de la línea de los condes de Home, la cual estaba formada por Joseph Home, abogado, y Catherine Falconer, hija del Presidente del Colegio de Justicia y de sesiones de la corte escocesa, Sir David Falconer, quienes habían contraído matrimonio el 4 de enero de 1708 y procreado tres hijos. Dos varones y una hembra. Su padre Joseph, falleció en 1713 a la edad de 32 años, poco después que David cumplió dos años, “dejándome, con un hermano mayor y una hermana al cuidado de nuestra madre, una mujer de singular mérito, quien, aunque joven y atractiva, con devoción educó y cuidó a sus niños”, indica Hume (2002: 57) en su autobiografía, Mi propia vida, escrita poco antes de morir. Al fallecer el padre, como era la costumbre, dejó la heredad de la familia al hijo mayor John (dos años mayor) y a David un exiguo patrimonio.

            La vida de David Hume, puede dividirse en etapas que fueron significativas en su carrera. Pasó su niñez modestamente en Ninewells, una pequeña localidad de la villa de Chirniside, a nueve millas de Berwick, en las orillas de Escocia. David tenía 12 años, cuando acompañó a su hermano a estudiar para abogado en la Universidad de Edimburgo, pero la dejó dos años después y se dedicó, por su propia cuenta, a leer y estudiar autores clásicos (especialmente los escritos filosóficos de Cicerón), también historia, literatura, filosofía antigua, matemáticas y ciencia contemporánea, lo que le permitió decidir que “la filosofía existente contenía «poco más que disputas sin fin», y se aplicó a buscar «algún medio por el cual pudiera ser establecida la verdad»”.

            Los intensos estudios que realizó durante cuatro años, lo llevó a una crisis nerviosa y psicológica, que le hizo tomar la decisión de trasladarse a Francia, en 1734, radicándose en La Fleche, una localidad de la villa de Anjou, conocida por su colegio de jesuitas donde estudiaron un siglo antes Descartes y Mersenne, en donde se propuso “lograr que una rígida frugalidad supliera mi deficiencia de fortuna, mantener intacta mi independencia, y considerar despreciable cualquier empresa que no fuese el perfeccionamiento de mis talentos literarios”, indica en su autobiografía. En este lugar, la vida reposada le permitió estudiar francés, leer autores europeos, especialmente a Malebranche, Dubos y Bayle, y redactar y preparar su primera obra: Tratado de la naturaleza humana, la que publicó en Inglaterra entre 1739-1740, a donde había retornado en 1937.

            El Tratado fue publicado en forma anónima en tres libros después de que el Obispo Butler le eliminó algunos segmentos, especialmente el que abordaba los milagros. Las dos primeras partes, el Libro I, Del entendimiento y Libro II, De las pasiones, salieron a luz pública en 1739, y en 1740 el Libro III, De la Moral y un Sumario (Abstract) de los dos primeros libros. Hay que hacer notar que muchos fueron considerados como autores del Sumario, especialmente Adam Smith. Tal fue la decepción de Hume por el fracaso que tuvo la publicación del Tratado que le hizo decir: “Nunca fue una empresa literaria más desafortunada que mi «Tratado de la naturaleza  humana». Nació muerto de las prensas, sin haber logrado siquiera sobresalir lo suficiente como para excitar un murmullo entre los fanáticos”. Las diferentes partes del Tratado, las reestructuró posteriormente y fueron publicadas en forma individual, con la esperanza que así tuviera aceptación pública.

            El Tratado de la naturaleza humana; Ensayo para introducir el método del razonamiento humano en los asuntos morales, es realmente un “tratado” como lo indica el título, es considerado la base de toda la aportación que hizo Hume con su obra. Lo publicó de acuerdo a su estructura de tres libros, subdivididos en partes y secciones, siguiendo un orden de manual escolar. Libro I, Del entendimiento, dividido en cuatro partes que llevan los epígrafes: De las ideas (con siete secciones); De las ideas del espacio y el tiempo (seis secciones); Del conocimiento y la probabilidad, (16 secciones), y Del sistema escéptico y de otros sistemas de filosofía (siete secciones). Libro II, De las pasiones, dividido en tres partes: Del orgullo y la humildad, subdividido en 12 secciones; Del amor y el odio, con 12 secciones, y De la voluntad y las pasiones directas, con 10 secciones. El Libro III, De la moral, lo dividió en tres partes y un pequeño apéndice: De la virtud y vicio en general, con dos secciones; De la justicia y la injusticia, subdividido en 12 secciones, y De otras virtudes y vicios, con seis secciones.

            Denis Huisman (2002: 621) comenta: “El Tratado de la naturaleza humana es considerado hoy la obra más importante de Hume, aunque no era ciertamente de la que el autor se sentía más satisfecho. Además, el público le había juzgado más bien indigesta, reservándole una acogida muy fría. La decepción de verse mal comprendido (Hume fue acusado de pirronismo y de ateismo) le empujó a publicar versiones más accesibles de su filosofía, bajo forma de Ensayos y de Investigaciones que le aseguraron una notoriedad definitiva”.

            En la Introducción, Hume indica el propósito del porqué “fundamentar la ciencia del hombre, aquella ciencia con la que se relacionan todas las demás, en la experiencia y la observación”. En el Libro I desarrolla la teoría del conocimiento, dedicando la primera parte a las ideas de relación, de modo, de sustancia, de la asociación de ideas y de las ideas abstractas, reanudando así la crítica desarrollada por Berkeley en su Tratado de los principios del conocimiento humano. Hume divide los contenidos del espíritu o percepciones en dos clases distintas: las impresiones y las ideas, las que pueden ser simples o complejas, según admitan o no distinción o separación de partes. Al respecto, Denis Huisman (620) comenta: “Hume distingue entre impresiones e ideas, que son copias de las impresiones. Toda idea es una combinación de impresiones o de otras ideas. Como Locke, Hume rechaza toda forma de idea innata: lo incondicionado, el suelo del espíritu, es la impresión. A continuación expone una teoría de la conexión de las ideas. Las ideas se asocian por semejanza, por contigüidad espacial o temporal y por causalidad. Estas leyes son para el espíritu el análogo de la ley de la atracción en la física newtoniana.”

            En la segunda parte trata de las ideas de espacio y tiempo, ambos como ideas abstractas. La tercera parte hace una crítica al concepto de causalidad y la dedica al conocimiento y a la probabilidad. La cuarta parte la dedica al escepticismo y los demás sistemas filosóficos. Ll. Bria et allí (2004: 658), explican: “En el primer libro, a pesar de la crítica al concepto de «causa», Hume nos sitúa ante un mundo de impresiones sensibles de ideas, entre las que la imaginación establece una relación predominantemente causal, que determina nuestra forma de pensar y de acercarnos a ese orden del mundo que nos es desconocido.”

            El Libro II tiene un interés psicológico porque se ocupa de las pasiones, destacando “las consecuencias morales, la crítica a la creencia filosófica y vulgar de que se pueden «combatir las pasiones con la razón», mostrando que la razón por sí sola «no puede nunca ser motivo de ninguna acción de la voluntad».” Francisco Larroyo, en el análisis del Libro II del Tratado (2005: 235), explica: “Respecto a los antecedentes de sus estudios sobre las pasiones —y la moral—, precisa volver la mirada a los moralistas ingleses encabezados por Othon Ashley Cooper, conde de Shafthesbury (1671-1713) quienes oponiéndose  por igual a la ética de la religión revelada y a la de un naturalismo hobbesiano, aceptan que el hombre es portados de una tendencia emotiva susceptible de conducir su vida moralmente. Pero es obligado subrayar que de los mencionados moralistas sólo toma la proyección general. La doctrina de Hume ostenta una estructura asaz diferente”.

            Con respecto al contenido del Libro II, Denis Huisman (2002: 621) comenta: “Pero conviene no olvidar que ése no es exclusivamente un libro psicológico, aunque se pueda encontrar en la lectura del Tratado un interés cierto en temas relacionados con la psicología. Con lo que aquí no topamos es con una «ciencia del hombre».” También Francisco Larroyo, en el análisis del Libro II del Tratado (2005: 235), indica: “En seguida de su doctrina del conocimiento, consignada en el primero, Hume se propone en este libro, el segundo (of the passions), suministrar los fundamentos de una psicología del sentimiento y de la voluntad, de consecuente y señalada importancia para las reflexiones sobre la ética como disciplina filosófica. Obvio es añadir que la vía psicogénita es la manera de cuestionar y resolver el problema y problemas sugeridos como, como fue el caso en el tratamiento de los temas gnoseológios.”

            El Libro III lo dedica a la moral, oponiéndose al racionalismo moral de Clarke, “negando que las distinciones morales deriven de la razón, y afirmando que los valores no tienen realidad más que en el sentimiento de aprobación o reprobación de los espíritus hacia las acciones, siendo el placer y la utilidad los factores que determinan ese sentimiento moral.” (Ll. Bria et allí, 2004: 658). En todo el libro predomina la idea de simpatía y antes que nada, la importancia de la moral, pues “es algo decisivo en todo orden de quehaceres humanos, encontrándose la paz de la sociedad en riesgo cuando no es regulada la conducta de los hombres. El tema lo desarrolló en tres partes y un apéndice, considerando que la primera parte, De la virtud y el vicio en general, tiene un carácter metodológico y en la última sección de la tercera parte proporciona las conclusiones, ofreciendo un panorama aleccionador de “puntos de vista de los temas capitales (de la simpatía y sentido moral, de la justicia y el bien público, de la utilidad social y la política, etc.). No omite oportunas reflexiones en orden a los conceptos de felicidad y dignidad humana. En la investigación sobre la naturaleza del hombre, precisa captar los elementos de ésta para comprender correctamente su enlace en las variadas manifestaciones de la conducta”. Francisco Larroyo, en el análisis del Libro III del Tratado (2005: 385)

            Frederick Copleston (2004: 299) explica: “Hume es famoso especialmente or su análisis epistemológico y por el estudio que hace sobre la causalidad y los conceptos del yo y de la identidad personal, es decir por el contenido del primer libro de de su Tratado. Pero él describió su Tratado sobre la naturaleza humana como un intento de introducir el método experimental de razonamiento en el campo de los temas morales. En la Introducción dice que en las cuatro ciencias: lógica, moral, crítica y política, «se contiene casi todo lo que nos puede interesar conocer, o puede contribuir al mejoramiento y ornato del entendimiento humano». Deja claro también que espera establecer las bases de la ciencia moral. Hacia el final del primer libro habla de haber abordado varios tópicos que le «facilitarán el camino para desarrollar las opiniones que vas a seguir», y alude a «a esas inmensas profundidades filosóficas que se muestran ante mí». Al principio del tercer libro declara que la «moral es un tema que nos interesa sobre todos los demás». Es verdad que él utiliza el término «filosofía moral» para designar a la ciencia de la naturaleza humana, y que la divide en la que «estudia al hombre como principalmente nacido para la acción» y la que le estudia «como un ser razonable que activo», pero no cabe duda de la importancia que Hume atribuye a la filosofía moral en el sentido ordinario. Se consideraba a sí mismo como desarrollando la obra de Shaftesbury, Hutcheson, Butler, etc., y haciendo por la moral y la política lo que Galileo y Newton habían llevado a cabo por las ciencias naturales. «La filosofía moral está en las mismas condiciones que lo estaba la filosofía natural con respecto a la astronomía antes de Copérnico». Los antiguos astrónomos inventaron sistemas intrincados sobrecargados de hipótesis innecesarias, pero estos sistemas dieron lugar por lo menos «a algo más simple y natural». Es así como Hume desea descubrir los principios fundamentales o elementales que influyen en la vida ética del hombre”.

 

CAMINO AL ÉXITO

 

            El fracaso editorial que tuvo Hume con su Tratado, en lugar de derrotarlo lo hizo reiniciar con brío la búsqueda del triunfo. Regresa a Ninewells, Escocia, en donde escribe y publica dos exitosos volúmenes de Ensayos: Morales y Políticos, en 1741 y 1742, lo que le hizo animarse a optar en 1944, en la Universidad de Edimburgo, la cátedra de Ética y de Filosofía Pneumática (psicología); pero, por su reputación de hereje y ateo, fracasó en su intento de obtenerla y lo hizo optar por regresar a ocuparse en otras tareas. “Continué con mi madre y mi hermano en el campo, y en ese tiempo reanudé el estudio d la lengua griega, que había descuidado mucho en mi tierna juventud.

            »En 1745 recibí una carta del Marqués de Annandale, que me invitaba a residir con él en Inglaterra. Noté también que los amigos y familiares de ese joven noble estaban deseando ponerle bajo mi cuidado y dirección, porque el estado de su mente y de su salud lo requería. Viví junto a él doce meses. Mis cargos durante ese tiempo produjeron un ascenso considerable de mi pequeña fortuna. Entonces recibí una invitación del general St. Clair para servirle como secretario en su expedición que al principio se decía contra Canadá, pero que al cabo se resolvió en una incursión a la costa de Francia. El año siguiente, a saber, 1747, recibí otra invitación del General para servirle en el mismo puesto en su embajada militar a las cortes de Viena y Turín. Así pues, vestí el uniforme de oficial y fui presentado en esas cortes como ayudante de campo del General, junto a Sir Harry Erskine y al capitán Grant, ahora General Grant. Estos dos años constituyen casi las únicas interrupciones que mis estudios han sufrido durante el curso de mi vida. Los pasé gratamente y en buena compañía, y mis cometidos, junto a mi frugalidad, me reportaron una fortuna que yo llamaba ‘independiente’, aunque la mayoría de mis amigos se inclinasen a sonreír cuando me oían decirlo; en definitiva, ahora era dueño de cerca de mil libras”. (David Hume, 2002: 58-59).

            Francisco Larroyo, en su estudio preliminar del Tratado, dice: “De 1748 a 1752, ello es, hacia los 40 años de edad, tiene lugar una etapa decisiva en la evolución filosófica de Hume. Concibe, redacta y edita obras que, además de traerle la buscada fama, significaron un ajuste y afinamiento de sus ideas de tal alcance que darán la entonación y perfiles clásicos de su sistema. Helas aquí: Tres ensayos sobre moral y política (Three Essays Moral and Political), 1748; Ensayos morales y políticos, 1748 (nueva edición aumentada); Ensayos filosóficos sobre el entendimiento humano (Philosophical Essays Concerning Human Understanding), 1748, obra clave, que, en la siguiente edición llevará el título de Investigación sobre el entendimiento humano (An Enquiry Concerning Human Understanding), 1751; Investigación sobre los principios de moral (Enquiry concerning the principles of Morals), 1751, considerada por el autor como su mejor obra; Discursos políticos (Political Discourses), 1752. A esta obra se añade a veces un «elenco de escocesismos».” (David Hume, 2005: XXXIV)

            Investigación sobre el conocimiento humano. Hume, siempre consideró que el fracaso de su Tratado se debió a la forma como lo publicó y no a su contenido, por lo que rehizo la primera parte del Tratado y lo publicó, mientras estaba en Turín, con el nombre de Ensayos filosóficos sobre el entendimiento humano, título que en la segunda edición lo convirtió en Investigación sobre el conocimiento humano, obra que  tampoco obtuvo gran aceptación. “A la vuelta de Italia me atormentó encontrar a toda Inglaterra agitada por causa de la Libre investigación del doctor Middleton, mientras mi labor no se tenía en cuenta para nada y se despreciaba. Una edición nueva, publicada en Londres, de mis Ensayos morales y políticos no obtuvo mucha mejor aceptación”. (David Hume, 2002: 58-59). Tanta fue su decepción, que Hume regresó, en 1749, a vivir dos años con su hermano en la casa de campo (su madre había fallecido en 1745 a los 61 años), pues John contrajo matrimonio el 21 de abril de 1751 y David regresó a la ciudad.

            De los años que vivió con su hermano. David Hume (2002: 59), exterioriza: “Allí compuse la segunda parte de mis Ensayos que llamé Discursos políticos, y también mi Investigación sobre los principios de la moral, que corresponde a otra parte del Tratado que modifiqué. Mientras tanto, mi editor, A. Millar, me informó de que mis primeras publicaciones (todas salvo el desafortunado Tratado) estaban empezando a ser tema de conversación, que su venta aumentaba gradualmente y que se pedían nuevas ediciones.” El resultado de estas publicaciones, fue que algunos miembros de la iglesia publicaron algunas réplicas y con la del Dr. Warburton, Hume consideró que sus obras empezaban a ser estimadas, pero mantuvo la decisión de no contestarle a nadie y mantenerse al margen de las disputas literarias.

            Sobre su regreso a la ciudad. En 1751, David Hume (2002:60), dice: “En 1751 me marche del campo a la ciudad, la verdadera escena de un hombre de letras. En 1752 fueron publicados en Edimburgo, donde entonces residía, mis discursos políticos, la única de mis obras que alcanzó éxito en su primera edición. Tuvo buena acogida en el extranjero y en casa. El mismo año se publicó en Londres la Investigación sobre los principios de la moral, que, en mi opinión —la cual no debería juzgar sobre esta materia— es de todos mis escritos, históricos, filosóficos o literarios, el mejor sin comparación. Inadvertido y desdeñado llegó al mundo”.

            La Investigación sobre el conocimiento humano, es una nueva presentación del primer libro del Tratado, en donde quitó y redujo algunas partes y añadió otras, tratando de lograr una presentación más asequible y popular. Sobre la obra, Francisco Larroyo, en su estudio preliminar del Tratado, indica: “La Investigación sobre el entendimiento humano, que es una nueva exposición del Libro I del Tratado, se diferencia de éste en dos importantes puntos: a) se rectifica la concepción de espacio y tiempo sustentada en el Tratado con la mira de hacer ver que la geometría posee el mismo grado de validez teorética que la aritmética y la geometría; b) en general, la Investigación centra sus tareas en torno del conocimiento científico al paso que el Tratado abarca toda especie de saberes.” (David Hume, 2005: XXXIV).

            Hume planeó la Investigación sobre el conocimiento humano en doce secciones, “para determinar los poderes del entendimiento humano y los límites de su legítima aplicación”, haciendo un “recuento de los materiales con que el entendimiento trabaja, la manera en que los organiza, y las dificultades que encuentra en su labor”. Las secciones llevan los siguientes epígrafes: De las distintas clases de filosofía, Del origen de las ideas, De la asociación de ideas, Dudas escépticas referentes a las operaciones del entendimiento, Solución escéptica a estas dudas, De la probabilidad, De la idea de conexión necesaria, De la libertad y la necesidad, De la razón de los animales, De los milagros, De una determinada providencia y de una vida futura y De la filosofía académica o escéptica.

            Con respecto al contenido de la obra, Frederick Copleston (2004: 248) expresa: “En la Investigación sobre el conocimiento humano, Hume dice que la ciencia de la naturaleza humana puede tratarse de dos modos distintos. Un filósofo puede considerar al hombre como nacido principalmente para la acción y afanarse entonces en exhibir la belleza de la virtud con vistas a estimular al hombre para una conducta virtuosa, o bien puede considerar al hombre más bien como un ente racional y dedicarse a la iluminación del entendimiento del hombre mejor que a perfeccionar su conducta. Los filósofos de esta última clase «consideran la naturaleza humana como un tema de especulación, y la examinan con un criterio riguroso, para encontrar los principio que regulan nuestro entendimiento, excitan nuestros sentimientos y nos hacen aprobar o rechazar cualesquiera objetos, acciones o comportamientos particulares». Los filósofos del primero de los tipos señalados son «claros y obvios»; los últimos son «exactos y abstrusos». La mayor parte de los hombres prefiere a los primeros, pero los segundos son necesarios para que los primeros posean algún fundamento seguro”. Más adelante comenta: “Hume se halla parcialmente interesado en ensalzar en la primera Investigación ante sus lectores la línea de pensamiento que desarrolla en la primera parte del Tratado, que en su opinión no obtuvo al ser publicada la debida atención a causa de su estado abstracto. De ahí su apología de un estilo de filosofar que vaya más allá de la simple edificación moral. Pero también aclara que está asumiendo de nuevo el proyecto original de Locke: determinar el alcance del conocimiento humano”.

 

ETAPA FINAL

 

            En 1952, la facultad de Derecho de la Universidad de Edimburgo lo nombró su bibliotecario, lo que le dio la oportunidad de trabajar en el proyecto que le había inquietado, escribir la Historia de Inglaterra, la que publicó en seis volúmenes en 1754, 1756, 1759 y 1762. Al inicio, fue poco aceptada el primer volumen Historia de los primeros Estuardos, pero el segundo (de la muerte de Carlos I a la Revolución) ya no fue rechazado y al final, la obra fue un éxito y le proporcionó los fondos para vivir holgadamente durante el resto de su vida. En el ínterin, Hume publicó en Londres su Historia natural de la religión, junto a otras obras pequeñas, la que también tuvo repulsa. “Su aparición pública fue más bien oscura, salvo por el panfleto que el Dr. Hurd escribió contra ella, con toda la petulancia intransigente, la arrogancia y la insidia que distingue a la escuela de Warburton.

            En su autobiografía, sobre el inicio de la publicación de su Historia, Hume (2002: 60) indica: “En 1952 la Facultad de Derecho me eligió para que fuera su bibliotecario, un oficio del cual recibí pocos emolumentos, o ninguno, pero que puso a mi disposición una vasta biblioteca. Entonces concebí el proyecto de escribir la Historia de Inglaterra, pero asustado ante la perspectiva de tener que encadenar un relato a través de u período de 1700 años comencé con el ascenso de la Casa de los Estuardo, una época en la que, pensé, destacadamente se empezaron a producir tergiversaciones sectarias. Confié con optimismo, lo admito, en el éxito de esta obra. Pensé que era la única historia que se había desentendido a la vez del poder actual, de los intereses, de la autoridad y del griterío de los prejuicios populares. Y como la materia se encontraba al alcance de todos, esperé el correspondiente aplauso. Pero terrible fue mi decepción. Cayó sobre mí un clamor de reproches, desaprobación e incluso aborrecimiento. El inglés, el escocés y el irlandés, el liberal y el conservador, el eclesiástico y el sectario, el librepensador y el creyente, el patriota y el cortesano se unieron en la rabia contra el hombre que se había atrevido a derramar una generosa légrima por la desventura de Carlos I y del Conde de Strafford. Y tras apagarse las ebulliciones iniciales de su furia, algo todavía más mortificante: el libro pareció hundirse en el olvido. El señor Millar me comunicó que transcurrido un año sólo había vendido cuanta y cinco ejemplares”.

            En 1761, al entregar los dos últimos volúmenes de su Historia, Hume decidió terminar con su estadía en Edimburgo y regresar a Escocia definitivamente, pero en 1763 recibió una invitación del Conde de Hertford para que lo acompañara  como secretario a su embajada en París, oferta que al inicio rechazó y al final aceptó ante la insistencia del Conde. Desempeñó el trabajo con gran satisfacción hasta 1765, porque el Conde había nombrado Lord teniente de Irlanda, quedándose encargado del despacho. En su estancia en París tuvo gran amistad con Jean-Jacquess Rousseau (1712-1778).

            A principios de 1766 regresó a Edimburgo acompañado de Rousseau, quien al poco tiempo le entabló una querella porque dijo que su anfitrión estaba intrigando contra él para arruinar su reputación, por lo que decidió retirarse a su pueblo natal, en donde estuvo poco tiempo, porque en 1767 el General Conway (hermano del Conde de Herrford) le pidió que fuera su vicesecretario, puesto que aceptó inmediatamente y lo desempeñó por dos años. En su autobiografía, sobre su regreso comenta: “Volví a Edimburgo en 1769 muy opulento (pues poseía unos ingresos de mil libras al año), saludable y, aunque un tanto quebrantado por la edad, con el propósito de disfrutar mucho tiempo de mis comodidades y de presenciar el ascenso de mi reputación.” (David Hume, 2002: 63).

            En la primavera de 1975 a Hume le apareció una dolencia intestinal, la que se complicó y lo llevó a la tumba. Hoy sabemos que fue un cáncer intestinal. En el transcurso de su enfermedad, se preparó con la misma paz que vivió toda su vida, al extremo que escribió su epitafio: “Nacido en 1711, Muerto  en 1776. Dejando a la posteridad que añada el resto”, y se puso a revisar toda su obra a efecto de que las nuevas ediciones fueran mejores. James Boswell lo visitó semanas antes de su muerte y Hume le dijo que sinceramente veía la vida después de la muerte como “el capricho más irracional”. David Hume falleció en su casa de Edimburgo el 25 de agosto de 1776 y fue enterrado en Calton Hill. “Adam Smith le dedicó el siguiente comentario: «En general, siempre lo he tenido, tanto en vida como desde su muerte, por la más cercana aproximación a la idea de hombre cabalmente sabio y virtuoso que la naturaleza de la fragilidad humana pueda quizá permitir».” (Ted Honderich, 2008: 559).

 

PENSAMIENTO

 

            A David Hume se le ha considerado como el “filósofo de la naturaleza humana”, tal y como veladamente se denominó en las Conclusiones del Libro Primero del Tratado de la naturaleza humana (2005: 232): “Por mi parte, mi única esperanza es que pueda contribuir un poco al avance del conocimiento, dándole en algunos respectos una dirección diferente a las especulaciones de los filósofos y poniendo de relieve más claramente aquellos asuntos que sólo pueden esperar seguridad y convicción. La naturaleza humana es la única ciencia del hombre y ha sido hasta ahora la más descuidada. Será suficiente para mí el poder haberla encarrilado y que la esperanza de esto sirva para curar a mí temperamento de la melancolía y a vigorizarle de la indolencia que a veces me domina”. 

            En el Tratado de la naturaleza humana, David Hume presentó la base de lo que fue su pensamiento, la que amplió al reelaborar los libros I y III con las Investigaciones: el Libro I, lo llamó Investigación sobre el conocimiento humano, al que adicionó la parte sobre los milagros que le habían quitado en el Tratado, y al Libro III ya revisado lo llamó Investigación sobre los principios de moral. Es curioso anotar que el Libro II, sobre las pasiones, nunca lo revisó ni reelaboró. Johannes Hirschberger (2000: 129-130) ilustra: “Su obra principal filosófica llevará por título bien significativo: Tratado sobre la naturaleza humana y sus capítulos introductorias tratarán de justificar esta centralidad filosófica del ser del hombre. En el umbral de su Enquiry sobre el entendimiento dirá textualmente: «La filosofía del espíritu o la ciencia de la naturaleza humana.» Kant introducirá de nuevo una ley trascendental con sus postulados. Hume y sus secuaces permanecerán fieles a la tierra. Y un continuador de esta nueva línea se atreverá a decir: si hubiera dioses, ¿cómo soportaría yo el no ser un dios?”

            Asimismo, Nicolás Abbagnano, en su Historia de la Filosofía (2000: 318) comenta: “En realidad, todas las ciencias se vinculan con la naturaleza humana, aun aquellas que parecen más independientes como las matemáticas, la física y la religión natural: porque también éstas forman parte de los conocimientos del hombre y caen bajo el juicio de la potencias y facultades humanas. Por esto, el único medio de llevar adelante la investigación filosófica es la de encaminaría directamente hacia su centro, que es la naturaleza humana; desde el cual podrá después moverse fácilmente hacia la conquista de as demás ciencias, todas más o menos relacionadas con ella (Ibíd., introd.). Pero la naturaleza humana, para él, es fundamentalmente sentimiento e instinto más bien que razón. La misma razón investigadora es una especie de instinto que lleva al hombre a aclarar lo que instintivamente se acepta o cree. Cuando la razón descubre que aquellas verdades que se consideran objetivas, o sea, fundadas en la misma naturaleza de las cosas son,  en cambio, sujetivas y dictadas al hombre solamente por el instinto y por el hábito, surge un inevitable contraste entre la razón y el instinto. Pero este contraste se soluciona reconociendo que la misma razón, que duda y busca, es una manifestación de la naturaleza instintiva del hombre”.

            En el Tratado Hume afirma que el saber depende de la ciencia sobre el hombre y considera que es la antropología la base de ese saber, por lo que es necesario instituir de nuevo la ciencia de la naturaleza humana “para poner fin a las disputas filosóficas, que no son sino consecuencias de un método equivocado”, y propone un nuevo método basado en la experiencia y la observación. Al respecto, Mariano Fazio y Daniel Gamarra (2002: 198) indican: “En Hume está presente la idea, que ya hemos visto en muchos filósofos modernos, de que la filosofía tiene un fin eminentemente práctico: la filosofía sirve para encontrar el mejor modo a través del cual los hombres puedan llegar a ser felices. Con esta finalidad, Hume elabora su teoría del conocimiento; piensa que los hombres, para ser felices, deben atenerse a los datos de la experiencia, rechazando las pretensiones ilusorias del razonamiento metafísico.

            »La teoría del conocimiento debe ayudar al hombre a verificar sus capacidades y potencias. Con un empirismo radical en la base de su gnoseología, Hume se dirigirá hacia un escepticismo extremo. Las tímidas afirmaciones del empirismo lockiano, profundizadas y radicalizadas por Berkeley, llegan a sus últimas consecuencias con la teoría gnoseológica de Hume”.

            En su obra, Hume partió explicando el funcionamiento del interior de la persona y lo concluyó con lo que sucede en el mundo exterior, pero afirmando que para construir una filosofía con la misma exactitud de la física es indispensable no superar los límites de la experiencia, la que es “el único ámbito del conocimiento científico”, que él convierte como el principio base de su filosofía. Le da dos sentidos a la experiencia, uno de la experiencia actual de la sensación y el otro, se refiere a la experiencia del pasado, en donde la memoria desempeña un papel importante. “Podemos afirmar, pues, que tomada en el primer sentido, la experiencia es el contacto con el fenómeno sensible, con la realidad inmediata que impresiona a los sentidos. La sensación está caracterizada por su vivacidad e inmediatez.

            »La costumbre, por su parte, es la guía de la vida humana, dado que convierte en útil la experiencia. Sin el influjo de la costumbre, el hombre quedaría siempre en la ignorancia sobre cualquier cuestión de hecho, excepto sobre aquellas cosas que se le presentan inmediatamente en la sensación”. (Mariano Fazio y Daniel Gamarra, 2002: 199)

            Al inicio del Tratado, Hume indica que el contenido de la mente, al que llama percepciones, se divide en impresiones e ideas: las impresiones, son “las sensaciones, pasiones y emociones” y las ideas son “las tenues imágenes de aquéllas” en el pensamiento, en la reflexión y en la imaginación; ideas que divide, a su vez, en simples y complejas: las ideas simples pueden entrar en la mente sólo por una vía: como copias de nuestras impresiones; y las ideas complejas se forman a partir de ideas más simples. “Las sensaciones son independientes entre sí, pero la imaginación y la memoria unifican las impresiones y las ideas que se derivan de ellas. La imaginación y la memoria realizan esta operación según tres principios: la semejanza, la contigüidad en el espacio y en el tiempo, y la relación causa-efecto.” (Mariano Fazio y Daniel Gamarra, 2002: 201). Los tres principios son cualidades de la imaginación.

            Al desarrollar el tema, dice que se adquieren las creencias acerca de cosas de las que no tenemos experiencia, a partir de una impresión real, suponiendo a continuación, una relación causal, planteando así su tesis de que la creencia no proviene de la razón. La razón sola no puede decirnos lo que se cree. “La razón y la experiencia juntas tampoco pueden producir dicha creencia. Nuestra experiencia está confinada a ciertas zonas del espacio y del tiempo”, pero hay que agregar el principio de que la naturaleza es uniforme, que el futuro se parece al pasado. Dice que la razón no es la que origina nuestras creencias, sino que es la costumbre o hábito, que “una creencia difiere de una mera concepción porque la primera es «vital o vívida»”, e insiste que “Nuestras ideas no son producto de la razón, sino de la «imaginación»”.

            Hume indica que hay dos tipos de razonamiento, el demostrativo (la deducción) y el probable (causal), con los que ninguno de los dos se puede demostrar el principio de uniformidad de la naturaleza, pues en el primero es posible la no uniformidad y el segundo ya presupone esa uniformidad. Ted Honderich (2008: 560) dice: “Por otra parte cree que nuestros procesos de razonamiento inductivo están en una «correspondencia» genuina con los procesos del mundo; según él la inducción es «esencial para la subsistencia de las criaturas humanas»; e incluso dice que las conclusiones causales poseen un tipo de certeza propio que es «tan satisfactorio para la mente […] como lo es la de tipo demostrativo». Tal vez la manera de reconciliar estas afirmaciones consista en recordar que la «razón» no es para Hume «más que la comparación de ideas y el descubrimiento de sus relaciones»; por tanto, descubrir que la «razón», en este sentido, no es la fuente de nuestras creencias inductivas es algo muy diferente de decir que la inducción, en un sentido más general, no es razonable”.

            Con respecto al conocimiento de la relación causa-efecto, Hume considera que proviene de los sentidos de la experiencia que es efecto de la costumbre y no del razonamiento, la que tiene tres tipos de relaciones, contigüidad, prioridad temporal y conexión necesaria, siendo ésta última la principal pero obra de la imaginación. Mariano Fazio y Daniel Gamarra (2002: 204) comentan: “Hume no tiene la pretensión de desvelar el misterio de la causalidad. Todo lo contrario: partiendo del empirismo fenomenista radical —ningún ser está presente en lamente salvo las percepciones— solo quiere dar una razón del porqué de esta forma que tiene el hombre común de conectar los diversos hechos, y esta razón es la costumbre. La costumbre, para Hume, es un verdadero principio de la naturaleza humana, que hace más fácil la vida ordinaria. Sin embargo este principio no anula su escepticismo de fondo, que presenta la solución al problema de la causalidad como meramente pragmática”.

            Aunque el hombre tiende en forma natural a pensar en la existencia del mundo exterior por la imágenes que son presentadas por los sentidos y la filosofía enseña que solo conocemos una imagen sin poder explicar que relación se da entre un supuesto objeto y la imagen sensible, Hume indica que este problema de la existencia del mundo exterior es irresoluble desde el punto de vista gnoseológico. Sin embargo, indica que “la conexión entre el mundo exterior y conocimiento sensible es un problema que se debe resolver sin salir del ámbito de la experiencia, dado que se trata de un problema de hecho. No se puede recurrir a la veracidad Dios —como había hecho Descartes— porque así no podría dar razón de los errores sensibles: si Dios es el garante de nuestros sentidos, estos serían infalibles, cosa que no es verdadera”. Hay que hacer notar que: “Hume considera que las cualidades secundarias de los objetos son subjetivas, y también  algunas primarias, como la extensión y la solidez”. (Mariano Fazio y Daniel Gamarra, 2002: 205)

            En el Tratado, Hume inicia así su planteamiento (2005: 166): “Así, el escéptico continúa razonando y creyendo, aun cuando afirma que no puede defender su razón por la razón, y por la misma regla debe asentir al principio relativo a la existencia de los cuerpos, aunque no pueda pretender, mediante argumentos filosóficos, mantener su veracidad. La naturaleza no ha dejado esto a su elección y ha estimado sin duda alguna que era un asunto de demasiada importancia para confiarlo a nuestros razonamientos y especulaciones inciertas. Podemos preguntarnos: ¿Qué causas nos inducen a creer en la existencia de los cuerpos? Pero es en vano preguntarse: ¿Existen o no cuerpos? Esto es un punto que debemos aceptar como seguro en todos nuestros razonamientos”.

            Además de su doctrina del conocimiento que Hume desarrolló en el Libro I del Tratado de la naturaleza humana y amplió en Investigación sobre el conocimiento humano, otros temas que desarrolló Hume en sus obras fueron sobre las Pasiones, la Moral, la Política y la Religión. En el Libro II del Tratado, Hume toma de los moralistas ingleses, encabezados por Othon Ashley Cooper, conde de Shaftesbury (1671-1713) la proyección general y, siguiendo a Hutcheson, para diseñar su teoría de la moralidad con base en una teoría del juicio estético agregándole una doctrina de las pasiones. Francisco Larroyo (David Hume, 2005: 235) indica: “En tres partes queda dividido este libro segundo. La primera lleva el rubro Del orgullo y la humildad. La segunda está consagrada al amor y el odio, en nexo, como la anterior, con tros afectos determinantes. De la voluntad y las pasiones directas es el epígrafe de la tercera parte. Aquí desenvuelve la señera cuestión de la libertad humana, problema-puente que lo conduce de inmediato al estudio de la conducta moral, materia del libro tercero. Hume publicó una síntesis de todo el libro segundo, más tarde, en 1757, como parte de su libro Cuatro disertaciones, la segunda de éstas intitulada De las pasiones”.

            Además, Ted Honderich (2008: 562) dice: “Hume comienza su estudio de las pasiones con el orgullo y la humildad. «Todo lo que se relacione con nosotros produciéndonos placer o dolor, producirá igualmente orgullo o humildad». Una bella casa produce placer en todo el que la contempla; pero producirá orgullo solamente en aquel que esté relacionado con ella, por ejemplo el arquitecto o el propietario. Y nos explica este sentimiento apelando a dos mecanismos. La casa está relacionada con el propietario, de manera que —por asociación de ideas— la idea de la casa produce en él la idea de si mismo. Esto contribuye al orgullo, porque el yo es «el objeto de orgullo».) Al mismo tiempo, la casa produce placer, y —por asociación de impresiones— el placer produce orgullo. Mediante los procesos asociativos, la casa produce el sentimiento de orgullo”. En la segunda parte del Libro II, trata en forma similar sobre el amor y el odio, haciendo la diferencia que en el orgullo y la humildad, el objeto es uno mismo, pero en el amor y el odio es de otra persona, y en la Tercera parte del Libro II, De la voluntad y las pasiones directas, demuestra que el determinismo es compatible con una forma de libertad.

            Sus estudios y teoría sobre la Moral la presenta David Hume en el Libro III del Tratado, los que completó y amplió en el libro Investigaciones sobre los principios de la moral con un lenguaje más accesible, estudio que el Libro III lo divide en tres partes y la Investigación en nueve secciones, cuatro apéndices y un diálogo, tratando de preservar la dicotomía entre filosofía y tendencias naturales: “Aunque desde un punto de vista gnoseológico no se puede afirmar la identidad del yo, sí se puede hacer desde un punto de vista moral y práctico a partir de un estudio de las pasiones y del interés personal”, agregando que la moral no se basa en la razón.

            Mariano Fazio y Daniel Gamarra, (2002: 206) comentan: “La moral de Hume se centra en los conceptos de placer y dolor. La virtud produce una impresión agradable; el vicio, en cambio, una desagradable. El motivo último del obrar humano se encuentra en el rechazo del dolor y en el deseo del placer. La moral, por lo tanto, se reduce a un mero sentimiento inundado de necesidad, mientras el ámbito de la razón queda subordinado a la pasión. La razón no constituirá nunca un motivo suficiente para la acción: solo puede mostrar a las pasiones los medios más aptos para alcanzar la felicidad. Citemos este célebre pasaje del Tratado: «La razón es, y solo puede ser, la esclava de las pasiones, y no puede pretender otra función sino la de servirlas y obedecerlas».”

            Según David Hume, con el deseo humano es con respecto a la sociedad, lo que hace que tenga la pretensión de sociabilidad. Él dedicó para resolver el problema dos obras específicas a la filosofía de la religión: Historia natural de la religión y los Diálogos sobre la religión natural, pues pensaba que el estudio de la religión se debe basar en la antropología, es decir, lo que se desea estudiar es el sentimiento religioso del hombre y no la esencia y los atributos divinos, haciéndolo todo con base en la experiencia y la observación. “Para Hume, la religión es un tipo de filosofía”.

            Mariano Fazio y Daniel Gamarra, (2002: 206) comentan: “Nuestro filósofo, en el momento de analizar el origen de la sociedad, se aleja de las posiciones individualistas de Hobbes y de Locke. La necesidad, el instinto, la debilidad congénita del ser humano hacen que el hombre se encuentre desde el inicio de su existencia en medio de la sociedad. El hombre tiende naturalmente a buscar su propio interés, pero al mismo tiempo esta tendencia egoísta está moderada por una tendencia de benevolencia desinteresada. El cemento que da fuerza y unión a la sociedad no es un supuesto contrato originario, sino el interés común que los hombres tienen en conservar la sociedad. Para que este interés común prevalezca sobre el interés particular, se establecieron los gobiernos, que tienen como tarea principal hacer respetar las leyes de convivencia, «el interés y la utilidad comunes generan infaliblemente una norma sobre lo que es correcto y lo que es equivocado».”

            Como un resultado del análisis de la vida social que hace Hume, son las ideas sobre política que plasma en su ensayo El Contrato originario, en donde “examina las dos tesis opuestas del origen divino del gobierno y del contrato social, y afirma que ambas son verdades, aunque no en el sentido que pretenden. La teoría del derecho divino es verdadera en líneas generales, porque todo lo que sucede en el mundo entra en los planes de la providencia, pero ésta aprueba al mismo tiempo toda clase de autoridad, lo mismo la de un soberano legítimo que la de un usurpador, la de un magistrado que la de un pirata. La teoría del contrato social es también verdadera en cuanto afirma que el pueblo es el origen de todo poder y jurisdicción y que los hombres, voluntariamente y para  obtener la paz y el orden, abandonan la libertad natural y aceptan leyes de sus iguales y compañeros. Pero esta doctrina no se verifica en todas partes ni completamente. Los gobiernos y los estados nacen las más de las veces de revoluciones, conquistas y usurpaciones. Y la autoridad de estos gobiernos no puede considerarse fundada en el consentimiento de los súbditos”. (Nicolás Abbagnano, 2000: 331).

            Hume indica que hay dos clases de deberes humanos: los del instinto natural que impulsan al hombre, como el amor a los hijos, la gratitud con los bienhechores y la piedad hacia los desgraciados, los que son independientes de toda obligación y consideración pública o privada utilidad, y los deberes que proceden del sentido de obligación que surgen de la necesidad de la sociedad humana, “tales son la justicia o respeto a la propiedad de los demás, la felicidad u observancia de las promesas y, asimismo, la obediencia política o civil, ya que sin ella la sociedad no podría subsistir. “Por consiguiente, Hume adopta una posición intermedia entre la doctrina de la resistencia a la tiranía proclamada por Locke y la resistencia pasiva afirmada por Berkeley”. (Nicolás Abbagnano, 2000: 331).

            No existe la menor duda que David Hume fue uno de los intelectuales más grandes del siglo XVIII y el filósofo más representativo de la Filosofía Inglesa y fundador de la filosofía moderna, pues sus aportaciones en cuatro campos fueron significativas: como escritor, cuyo estilo fue siempre elogiado; historiador, especialmente por sus aportaciones a la historia inglesa; economista, con sus aportaciones en sus ensayos, y como filósofo, fueron grandes y perdurables, aunque a la fecha no se ha investigado cuánto influyó en su amigo y discípulo Adam Smith, uno de los iniciadores de la Filosofía de la Libertad, lo que llevaría a un sitial mayor en la Economía y Filosofía Austriaca.

            Al respecto, Federick Copleston (2004: 332) comenta: “Hume fue considerado en Francia el principal escritor inglés y en sus visitas al país fue ensalzado en los salones de París. Pero aunque sus ensayos y sus obras de carácter histórico gozaron de gran apreciación, su filosofía no tuvo éxito en su país durante su vida, y aparte del escándalo que suscitaba por su reputación de heterodoxia teológica, no despertó un gran interés. Si se considera hoy en día a Hume como el principal filósofo británico y, desde luego, como el escritor más importante de su época, se debe en gran parte a que sus teorías han nutrido, por decirlo así, al empirismo moderno. Hume ha ejercido, sin ningún genero de dudas, una influencia decisiva sobre el pensamiento filosófico; pero si exceptuamos la influencia que ejerció su empirismo sobre el pensamiento de Kant, las más importantes manifestaciones de esta influencia han tenido lugar en el último período.

            »En vida de Hume hubo, sin embargo, algunos pensadores que ofrecieron, en su propio país, una acogida más o menos favorable a sus ideas filosóficas. Entre ellos merece la pena destacarse su amigo personal, Adam Smith. Además hay algunos críticos moderados de Hume; entre ellos el filósofo moral Richard Price. Por otra parte, Thomas Reid formula una respuesta más extensa a la obra de Hume. Reid fue el fundador de la escuela escocesa del sentido común”.

            Por considerar interesante el comentario que al final del capítulo dedicado a David Hume hace Johannes Hirschberger, con el título de Hume y la posteridad (2000: 144), lo transcribo a continuación: “Pero Hume no es sólo el hombre que despertó a Kant de su sueño dogmático, sugiriéndole el material de fondo de su teoría del saber humano y su peculiar concepción de la Religión como mera fe. De Hume data toda filosofía que, renunciando al deber ser, toma sólo en consideración lo puramente fáctico.

            »Hume es el antípoda de la sabiduría de la antigüedad y del medievo, que quiso vivir y modelar esta nuestra vida desde un mundo de verdades intemporales. Para Hume no existe más que el mundo sensible, el tiempo y el hombre. Esta filosofía dejó también muy marcadas sus huellas en las valoraciones históricas del mundo cultural, social y político. El hombre autónomo de la edad moderna hace historia muy diferentemente del hombre antiguo y medieval, que centraba más su mirada en los factores suprahumanos. Por mucho tiempo se consideró la moderna autocratización del hombre como un gran adelanto. Después de los acontecimientos políticos de nuestro siglo, se horroriza el hombre ante sus «progresos»; ve que del desencadenamiento de lo demasiado humano se han derivado justamente brutalismos infrahumanos; se mira ahora al mundo y a la vida como una amenaza mortal. Es digno de notarse que no fue la filosofía alemana la primera que hizo de la fuerza el principio supremo, la que entronizó la cupiditas naturalis, la que declaró al hombre señor del mundo, y enarboló el principio de que es bueno y justo cuanto sirve al egoísmo individual o colectivo. Los dogmatizadores de todo esto son más bien Mauiqvelo, Spinoza, Hobbes y Hume. Nietzsche es tan sólo un seguidor”.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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